A partir de 2003, con el levantamiento de la primera edición de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) por el Instituto Nacional de las Mujeres y el INEGI, comenzó en México el estudio a gran escala del problema de la violencia de género, con la activa participación de las instancias oficiales en alianza con el sector académico. El gran salto adelante que representó la Endireh fue su carácter pionero al ser la primera con una muestra de hogares a nivel nacional (y la primera de su tipo en Latinoamérica) destinada a la medición de la violencia contra las mujeres, de pareja (2003), y de pareja y de otros tipos en sus ediciones subsiguientes (2006 y 2011). Paralelamente, a partir de 2003 otras encuestas de carácter nacional han sido levantadas también desde el sector público, pero enfocándose a sectores específicos de la población. Como lo demuestra el estado del arte de esa investigación, en los últimos años se ha acumulado un número muy significativo de investigaciones sobre violencia contra las mujeres en México. Apoyándonos en esta acumulación de estudios y evidencias, en este artículo nos proponemos sintetizar qué sabemos y qué nos falta saber sobre el problema de la violencia en contra las mujeres en México.

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Ilustraciones: Kathia Recio

Qué sabemos

El homicidio de mujeres se incrementó dramáticamente a partir de 2007. Desde 1980 y hasta 2007 la tasa de homicidios en general de este país había venido descendiendo de manera sostenida. Sin embargo, a partir de 2007, en el contexto de la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno federal, la tasa de homicidios de hombres y mujeres se incrementó dramáticamente, y en tan sólo cuatro años volvimos a los niveles de tres décadas atrás. Si bien a partir de 2013 estas tasas han comenzado nuevamente a descender, es evidente que el hondo desasosiego nacional, debido al problema de la inseguridad, está bien fundado.

El homicidio de mujeres presenta claras determinaciones de género. La proporción de muertes por homicidio entre la población joven (de 19 años o menos) así como entre la población de mayor edad (de 60 años y más), es más elevada entre mujeres en comparación con los hombres. Es decir, proporcionalmente hablando, se asesina a más niñas y mujeres de la tercera edad que a niños y hombres de la tercera edad. Por otra parte, la mayoría de los homicidios de mujeres se da en el espacio doméstico, si bien en los últimos años se incrementó de manera muy evidente la proporción de homicidios de mujeres ocurridos en la vía pública. Por último, los medios más crueles de homicidio han aumentado: ahora más mujeres son asesinadas por arma de fuego, golpes sin armas y violación, ahorcamiento, estrangulación y ahogamiento, así como por armas punzocortantes; en cambio, en los últimos 10 años ha disminuido drásticamente la proporción de mujeres muertas por negligencia y maltrato, así como por envenenamiento o ataques con armas corrosivas. Además de éstas, existen muchas otras evidencias de que el género —en particular, ser hombre o ser mujer— se asocia directamente con el riesgo de sufrir una muerte violenta, así como con la forma, el lugar, las circunstancias y los motivos por los que unos y otras mueren por homicidio.

Los determinantes del homicidio de mujeres son diferentes de los de los hombres. El crecimiento de la tasa de homicidios de hombres se asocia a la guerra contra el narcotráfico, a la existencia de cárteles en la zona y a condiciones de inequidad. El crecimiento de la tasa de homicidios de mujeres, en cambio, no muestra una asociación con dichos factores, ni con otras variables socioeconómicas locales. Por tanto, estamos ante indicios que apuntan a la verosimilitud de la hipótesis feminista que postula la existencia de fuerzas específicas, como el patriarcado y la desigualdad de género, que le imprimen una dinámica particular al homicidio de mujeres.1

La mayoría de las mujeres experimenta violencia en el contexto familiar. El carácter sistémico de la violencia de género se aprecia, también, en el hecho de que sólo 33% de las mujeres de 15 años y más han podido llevar una vida relativamente libre de violencia pues no atestiguaron ni sufrieron violencia en su infancia, ni la han ejercido o sufrido en la escuela, ni la han sufrido por parte de su pareja, ni la ejercen contra sus hijos. Para los otros dos tercios, en cambio, la violencia ha estado presente en sus vidas en una o más de estas modalidades.

El 42% del total de mujeres (unidas, solteras, separadas y viudas) ha sufrido alguna forma de violencia de pareja alguna vez en su vida. Al comparar las tres ediciones de la Endireh (2003, 2006 y 2011), sin embargo, un hallazgo notable se refiere a la tendencia decreciente que al paso de los años se registra en la prevalencia (contrario a lo que ha ocurrido con los homicidios). Entre las mujeres unidas o casadas de 15 años y más la violencia física en los últimos 12 meses pasó de 9.3% en 2003 a 4.4% en 2011; en ese mismo periodo la violencia sexual cayó de 7.8% a 2.8%; la violencia emocional pasó de 34.5% a 23.3%, y la violencia económica de 27.3% a 16.1%. Esto parecería indicar que la violencia no letal contra las mujeres está disminuyendo, dato que contradice las evidencias respecto a otros tipos de violencia de género. La Endireh 2016 (que se levantará a fines de este año) permitirá confirmar o corregir esta hipótesis.

A mayor empoderamiento de las mujeres menor riesgo de sufrir violencia física y sexual. Además del contexto social en que viven las mujeres, es en el tipo de relación que sostienen con sus parejas donde radican las claves que explican el riesgo de que sufran (o no) algún tipo de violencia. Así, en la medida en que se incrementa la participación de los hombres en las tareas domésticas disminuye drásticamente el riesgo para la mujer de sufrir cualquier tipo de violencia de pareja.2 La implicación de este hallazgo, en términos de política pública, es inmediata: hay que promover activamente, a través de campañas masivas y duraderas, la corresponsabilidad de los hombres en las tareas del hogar. Las razones del efecto protector de esta variable radican en el carácter invisible del trabajo doméstico (que, a diferencia del trabajo que se realiza fuera del hogar, sólo se ve cuando no se hace) y en el efecto concientizador que ejerce sobre quienes comienzan a hacerlo tras largos años de sólo darlo por sentado.

Otras mediciones del grado de poder con que cuentan las mujeres en su relación de pareja muestran también claras asociaciones con el riesgo de sufrir violencia. Así, el índice de autonomía (capacidad de la mujer de decidir por su cuenta cuestiones sobre trabajar por un pago, ir de compras, visitar a otras personas, comprar algo para sí misma o cambiar su arreglo personal, participar en una actividad vecinal o política, hacer amistad con alguna persona o votar por algún partido o candidato) tiene efectos muy claros respecto a la violencia física y sexual: a mayor autonomía, menor riesgo de sufrir ambos tipos de violencia.

Un patrón un poco más complejo se observa respecto al índice de roles de género (medida en que las mujeres apoyan una visión más igualitaria entre hombres y mujeres) y el índice de poder de decisión de la mujer (la influencia efectiva o capacidad de intervención de las mujeres en el proceso de toma de decisiones en cuestiones personales, sexuales y reproductivas, de crianza y educación de los hijos, y otras de tipo familiar). En ambos casos, un mayor empoderamiento de la mujer se asocia a un menor riesgo de violencia física y sexual, pero a un mayor riesgo de violencia emocional. Cabe suponer que este efecto “negativo” del empoderamiento con respecto a la violencia emocional será sólo temporal en tanto que quizás expresa el desajuste de muchos hombres ante los nuevos roles que están jugando las mujeres.

Las mujeres enfrentan barreras de género para solicitar y recibir ayuda. Pervive una cultura patriarcal que coloniza tanto las prácticas de los prestadores de servicios de salud y justicia, como la misma decisión que toman las mujeres acerca de la conveniencia o no de presentar una denuncia o solicitar atención médica. Sólo un reducido porcentaje de mujeres presenta cargos contra sus agresores, mayoritariamente cuando se trata de violencia física. Aunque cierta proporción de mujeres considera haber sido bien atendida, aún sigue existiendo una gran falta de preparación de parte de los funcionarios que laboran en las instituciones médicas y de justicia que les permita ver el problema de la violencia contra las mujeres como una genuina materia de trabajo.

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Qué nos falta saber

La intersección entre el género y otros factores. No existe una indagación sistemática sobre la violencia que sufren las mujeres en ciertos supuestos específicos. Por ejemplo, no sabemos qué pasa con las mujeres que tienen alguna discapacidad. También carecemos de información más precisa sobre la violencia que sufren en particular las mujeres migrantes. (Los testimonios de las que viajan sobre el tren denominado “La Bestia” son sobrecogedores. La condición de migrante indocumentado constituye una vulnerabilización adicional a las mencionadas anteriormente, que es urgente investigar en relación al problema de la violencia.) Tampoco se ha explorado la violencia a la que están expuestas las mujeres no heterosexuales, tanto en el ámbito de la pareja como en el familiar, laboral y comunitario. La literatura de otros países muestra que también en las parejas formadas por personas del mismo sexo existe un grave problema de violencia, que en este país ha permanecido del todo inexplorada. Hasta la fecha tampoco se han realizado investigaciones en poblaciones indígenas con instrumentos en sus propias lenguas, debidamente validados de acuerdo a su contexto cultural, y con entrevistadoras capacitadas para hacer investigación en dichos espacios. En síntesis, es necesario investigar los cruces entre el género y la discapacidad, la migración, la preferencia sexual y la condición indígena.

La importancia estratégica de los análisis regionales. Habida cuenta de que las encuestas nacionales como la Endireh tienen representatividad estatal, es indispensable realizar análisis jerárquicos que permitan incluir el papel de los factores estructurales en el nivel regional. Esto apenas se ha hecho y el resultado ha sido muy revelador, pues las variables asociadas a la explicación de la violencia funcionan diferente en las diversas regiones. Por ejemplo, un alto nivel de autonomía de las mujeres, en entidades con menor desigualdad de género, como la Ciudad de México, es un factor protector contra la violencia; pero ese mismo nivel de autonomía, en estados con una elevada desigualdad de género, se vuelve un factor de riesgo.3 Sabemos, entonces, que en materia de violencia contra las mujeres las encuestas analizadas a nivel nacional apenas tienen un valor indicativo. Para fincar políticas más eficaces es preciso realizar análisis estatales y regionales.

Violencia contra mujeres por la ex pareja. Una variante que ha permanecido inexplorada hasta ahora se refiere a la violencia que sufren las mujeres en el contexto de una separación o divorcio, y por parte de sus ex parejas. Esta violencia se refiere no sólo a los cuatro tipos ya mencionados (física, sexual, emocional y económica), sino a las distintas formas que puede adoptar la agresión en estas circunstancias: retención ilegal de los hijos, denegación de la pensión ordenada por el juez o mutuamente acordada, alteración de la información personal (como salario) para disminuir el monto mensual a pagar a la mujer, despojo de propiedades, expulsión de la casa, tráfico de influencias, etcétera. Es importante estudiar este tipo de violencia pues suele ejecutarse por parte de los hombres en connivencia con otros actores sociales clave, particularmente abogados y jueces, así como los parientes y otro tipo de personas. El estudio sistemático de estos atropellos debe permitir desentrañar una de las variantes del funcionamiento de la sociedad patriarcal, así como su capacidad para activar recursos y agresiones en contra de las mujeres.

La medición de la violencia en el noviazgo. En los últimos años las encuestas que han incluido tanto a mujeres como a hombres en sus muestras han reportado resultados sorprendentes. Es el caso de la Encuesta Nacional sobre Violencia en el Noviazgo (Envin 2007), según la cual 10% de hombres reporta haber sufrido violencia física de parte de sus novias, contra sólo 3% de mujeres que reporta lo mismo de parte de sus novios.4 Algo similar ocurre con los datos de la Encuesta Nacional de Exclusión, Intolerancia y Violencia en las Escuelas Públicas de Educación Media Superior en México (ENEIVEMS 2007 y 2009). De acuerdo a esta fuente, casi 26% de los adolescentes varones reporta haber sufrido alguna forma de violencia en el noviazgo, mientras que esta proporción es de sólo 10% entre las mujeres. Es necesario dilucidar el carácter de estas cifras. Es posible que estemos ante datos válidos, en cuyo caso habrá que buscar las explicaciones teóricas adecuadas. Pero también es posible que estemos ante datos poco válidos ante lo cual habrá que buscar las causas: una posibilidad, por ejemplo, es que los hombres sobrerreportan la violencia de que han sido objeto por extrañamiento (la agresión femenina les resulta atípica, de acuerdo a los estándares de género), mientras que las mujeres subreportan la violencia que han sufrido por normalización (algunas formas de agresión pueden resultarles típicas de lo que cabe esperar de los hombres). Es necesario continuar con esta línea de indagación.

Investigación sobre la bidireccionalidad de la violencia de pareja y en el noviazgo. Lógicamente, también es necesario impulsar estudios que exploren de forma sistemática la bidireccionalidad de la violencia, esto es, no concentrarse solamente en la violencia que las mujeres sufren, sino también en la que ellas ejercen. Esta línea de indagación debe llevarse a cabo en diálogo con el debate internacional actual sobre esta materia con el fin de evitar la trivialización del problema o la reducción de la aparente bidireccionalidad a una supuesta equivalencia con la violencia que ejercen los hombres. La hipótesis fundamental que ha guiado nuestros análisis de la Endireh es que la violencia de pareja que sufren las mujeres debe entenderse en el contexto relacional de la pareja. Por tanto, al entrevistar sólo a mujeres se pierde un cúmulo de información muy relevante para teorizar adecuadamente el problema. Necesitamos información sobre el contexto en el cual se produce la violencia (bidireccional) de pareja para poder comprender la naturaleza de esa violencia.

Estudios de los agresores, sus motivaciones, sus estrategias, sus justificaciones. También hace falta desarrollar una línea de investigación que se centre en los agresores de mujeres, para dilucidar sus motivaciones, sus estrategias y sus “justificaciones”. Un estudio de Segato5 en Brasil con presos por violación permitió formular una de las hipótesis más audaces y de más largo alcance en relación a los feminicidios de Ciudad Juárez, a saber: que se trata de un código entre hombres que usan cuerpos de mujeres para comunicarse entre sí y marcar territorio y jerarquías. La apuesta es que al estudiar a los agresores debe ser posible obtener elementos para nuevas hipótesis que permitan ampliar el conocimiento que tenemos sobre el funcionamiento de la sociedad patriarcal y sus articulaciones específicas, en el plano de los actores/ejecutores, con la violencia contra las mujeres.

 

Después de 13 años de la realización de la primera Endireh, y luego de la realización de múltiples y diversos estudios cuantitativos y cualitativos en torno a las diversas expresiones de la violencia contra las mujeres, es mucho lo que podemos dar por conocimiento acumulado, y son claras las preguntas fundamentales que aún tenemos por explorar. Las políticas públicas pueden apoyarse en el conocimiento consolidado, al mismo tiempo que una nueva política de impulso a la investigación en esta materia puede concentrarse en las prioridades aquí detectadas. Así evitaremos el riesgo de investigar más sobre cosas que ya conocemos al costo de postergar innecesariamente la exploración de preguntas de urgente resolución.

 

Roberto Castro
Sociólogo. Es investigador titular del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM. Especialista en violencia de género, teoría social y salud.


1 Valdivia, M. y R. Castro, “Gender bias in the convergence dynamics of the regional homicide rates in Mexico”, Applied Geography, vol. 45, 2013, pp. 280-291.

2 Casique, I., “Ìndices de empoderamiento de las mujeres y su vinculación con la violencia de pareja”, en Casique, I., R. Castro (coords.), Retratos de la violencia contra las mujeres en México. Análisis de Resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011, Inmujeres, México, 2012, pp. 72-143.

3 Frías, S., Gender, the State and Patriarchy: Partner Violence in Mexico, ProQuest LLC, Ann Arbor, 2008.

4 Castro, R. y Casique, I., Violencia en el noviazgo entre los jóvenes mexicanos, Instituto Mexicano de la Juventud y CRIM-UNAM, Cuernavaca, 2010.

5 Segato, R. L., Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 2003.