Era un domingo de abril. Un domingo como muchos otros domingos y un abril harto de marzo. Esta vez el calor de mayo parecía lejano, irrelevante. La diferencia entre este domingo y su abril, con los previos, era la enfermedad. Los días, impregnados de dolor, buscan otros días, otras lecturas, propias o ajenas.

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Ilustración: Kathia Recio

Las propias, las de uno, escriben, “el dolor, cuando el final acecha, es indecible: las palabras necesitan nuevas palabras. Nada como el dolor expone los límites del lenguaje”. Las ajenas, las de otros, las del mundo, “la enfermedad abre grietas, ofrece historias dentro de otras historias, unas lumi-nosas, algunas oscuras. En esa zona luz y oscuridad se confunden. Eso es la enfermedad y eso es el dolor; ningún dolor es idéntico a otro dolor: lo visible palidece, lo invisible se apersona. Asomarse por las grietas es necesario”.

Setenta y siete años habían transcurrido con sus domingos y sus abriles sin que Pedro, el dueño del cuerpo, supiese de su cuerpo. “El cuerpo sano es ligero; el cuerpo enfermo pesa”, había leído años atrás. El cuerpo enfermo cambió. Adquirió voz y se entremetió entre los órganos sanos.

Los poetas han escrito sobre las diversas caras de la sordera; una es la enfermedad. Quien la vive lo sabe: dialogar con ella no es posible. La enfermedad no escucha. Es altiva e insensible. Entenderla requiere construir un camino para llegar a ella. Un camino nuevo donde el tiempo viejo, el del cuerpo sano, encuentre las vías para platicar con ella y con uno mismo. 

Cuando la enfermedad irrumpe todo cambia. Domingo y abril, sus horas y sus minutos transcurren con otro ritmo. Los ojos y la mirada de la enfermedad modifican y trastocan el tiempo. Siempre ya no es siempre, nunca ya no es nunca.  Acontecimientos antes impensados toman la palabra. Mirar hacia atrás y hacer un recuento de los años transcurridos es indispensable. “Yo ya no”, “yo con otro”, “yo sin mí”, son juegos de palabras no escritos pero sí presentes. Cuando avanza la enfermedad no hay quien no se pregunte ¿cuánto tiempo más? Emily Dickinson: “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie”. Algo similar sucede con la enfermedad. Ignorar fragmentos de la realidad es atributo de la salud; la enfermedad expone recovecos, propios y ajenos de la realidad, de la existencia. 

¿Cuánto tiempo más? es una pregunta incómoda cuando la cuestión proviene de alguna ruptura. Enfermedad significa ruptura: con lo normal, con los días, con las certezas. En un tris, como sucede al nacer y al morir, la vida cambia. Cambia todo, sobre todo el tiempo. Domingo demarcó una frontera: la del tiempo antes y la del tiempo después, y abril corría con un ritmo distinto, inédito: el de los días con enfermedad, el de antes y después.

Enfermedad conlleva ruptura. De poder a no poder; de perderse en el tiempo a contar los días, las semanas, los domingos, los abriles. De coger un lápiz nuevo con las manos y escribir: “No seré yo quien lo achique, no será este lápiz el que escriba sobre otros. Ahora yo soy mi otro; los de antes, los enfermos lejanos, han entrado en mí”. Ruptura no como final, sino como movimiento, como escritura: “El dolor abre una puerta mientras cierra la de al lado. La abre en el día, la traba cuando cae la noche. Dolor es llave y cerradura”.

¿Cuánto tiempo más? era la pregunta. Imbuido entre los signos de interrogación, Pedro escribía, se escribía: escribir permite tolerar lo intolerable.

Pedro era arquitecto; su tiempo libre lo dedicaba a escribir. Muerte, dolor y enfermedad eran temas recurrentes. Ahora él se había convertido en el motivo. Tos, hemoptisis, cansancio, falta de aire, médico, radiografía, médico. Doctor: “Cáncer pulmonar con metástasis”. Pedro, “¿seguro?”, médico, “seguro”, Pedro, “¿no hace falta biopsia?”, médico, “no”, Pedro, “¿cuánto tiempo más?”, médico: “poco, cuatro, seis meses, no más”. Pedro, camino a su casa, ¿cuánto tiempo más?

Recién había leído El año del pensamiento mágico de Joan Didion. En el libro, la autora comparte sus acciones, reacciones y reflexiones frente a la muerte súbita e inesperada de su marido: “La vida cambió rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acabó”.

Era un domingo de abril. Un domingo diferente a todos los domingos, con los lunes y los martes y los miércoles y los jueves y los viernes y los sábados de abril, llenos y vacuos, siempres y nuncas, sin promesas ni esperanzas para los días de mayo.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

2 comentarios en “Era un domingo de abril

  1. En efecto. La vida cambia. Da un giro total. Es como si de pronto ingresáramos a otra dimensión de la existencia, una en la que todo se desploma y sólo queda el dolor, la desesperación, el tiempo como un espacio cerrado que no se mueve. Cuando la perspectiva se cierra y sólo queda el sufrimiento como raíz de vida, entonces es legítimo contar con el derecho y los recursos para despedirnos de este mundo con dignidad.
    Pero cuando alguien logra sobrevivir a un abismo como éste, la vida también le cambia. Se muestra en toda su transparencia, en toda su plenitud, todo reducido al instante maravilloso que se vive. La vida cambia para adquirir un sentido nuevo, nuevos significados. Lo más sencillo es lo más grandioso, lo más profundo.
    Y se llega a descubrir eso que durante milenios ha sido la gran pregunta de la filosofía: ¿por qué la vida?, ¿para qué vivir?,

  2. Gracias Ramón, gracias por tu sentido comentario, con el cual concuerdo. Sólo agregaría el poder que tiene la enfermedad para modificar o replantear cuestiones vitales, entre ellas, los límites de la vida y la posibilidad de acceder a vivencias necesarias como calidad de muerte.
    Saludos,
    Arnoldo Kraus