“Otras veces estaba enfadado. Yo había hecho algo malo, no importaba qué, y él me castigaba, me ponía encima de sus rodillas, me levantaba la falda y me pegaba en el culo, eran humillantes, sus azotes, me daba fuerte, yo lloraba y me retorcía, le prometía que no lo haría nunca más, pero él solía mostrarse implacable entonces, me ataba a alguna parte, y se iba…”. Si bien el escenario es similar, no es Anastasia Steele quejándose de Christian Grey quien así se expresa, sino la protagonista de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes.

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Ilustración: Sergio Bordón

A diferencia de la novela de Almudena Grandes, apreciada como una gran obra de la literatura erótica, la trilogía escrita por la E. L. James ha sido sometida de manera casi unánime por escritores y críticos literarios —si es que alguno de ellos se animó a leerla, o al menos lo reconoció públicamente— a un trato similar al que, contrato firmado de por medio, eran sometidas las mujeres por esa especie de superhombre del sexo travieso y monógamo en serie que es Christian Grey.

Y aunque es verdad que E. L. James no es Anaïs Nin, tampoco ayuda demasiado que Anastasia, Ana, abuse de los adjetivos cada vez que nos habla de quien, más que ser amado, desea ser su amo; así, Grey es guapo, hermoso (“el hombre más hermoso del planeta”), ardiente, divino, sexy, listo, divertido, poderoso, ardiente, sensual y palabras afines repetidas más de cincuenta veces (no es broma) a lo largo del libro. Para enamorar a una mujer (un hombre queda descartado pues, a pregunta expresa de Ana, el Sr. Grey establece firmemente que es heterosexual), Grey cuenta además con otro superpoder: es multimillonario. Su único “defecto” —para Ana, al menos— es que le gusta azotar a sus mujeres.

Desde su publicación en 2011, de Cincuenta sombras de Grey se han vendido ejemplares suficientes para que cada mujer en edad de trabajar en América Latina cuente con su propio libro. Es el umbrío objeto del deseo de sus lectoras, que aprovecharon las nuevas tecnologías para, en un principio, leerlo discretamente en sus dispositivos electrónicos, y un objeto de escarnio para sus innumerables detractores, quienes no han dudado en etiquetarlo como “porno para mamás” y no se cansan de invertir incontables horas en leer y releer la trilogía de Grey (“la leemos para que usted no tenga que hacerlo”, justifican), para después inundar Twitter, YouTube, Facebook y otros dominios de la red con blogs, videos y páginas enteras con críticas y burlas de esta historia de sexo, azotes y lágrimas que bien pudo ser escrita por Corín Tellado.1 El placer cuasi orgiástico, con tintes masoquistas, que a los no fanáticos del Sr. Grey les proporciona la lectura y posterior condena de Cincuenta sombras… y de sus admiradoras es digno de estudio (de hecho, hay un artículo de Sarah Harman y Bethan Jones que hace esto desde una perspectiva feminista) y algunos estudiosos del tema aventuran la hipótesis de que esta animadversión está bajo la sombra de una misoginia que no permite ver los aspectos positivos del fenómeno que representa que un libro erótico escrito por y para mujeres, en el que el orgasmo femenino es central, sea leído de manera masiva por millones de ellas en todo el mundo.

Sin hacer un juicio de valor —estético o de otro tipo—, los numerosos análisis por especialistas en sexualidad, psicólogos y sociólogos clasifican a Cincuenta sombras… a veces como una obra pornográfica, en ocasiones como erótica o, para evitar distraerse del tema en específico que les interesa, simplemente la ubican como una novela rosa con descripciones sexuales explícitas. No son pocos quienes concluyen que, en realidad, se trata de un romance de cuento de hadas, como el de La bella y la bestia, en el que el amor de Ana transforma a Grey y viven felices con sexo “vainilla” para siempre. Y con “vainilla” nos referimos a sexo “convencional”, extirpado de las prácticas de Bondage y disciplina-Dominación y sumisión-Sadismo y Masoquismo, abarcadas por las siglas BDSM, que han hecho famoso a Grey y a la novela.

Una buena parte de las críticas negativas hacia el fantástico mundo sexual de Christian Grey proviene, precisamente, de las personas que disfrutan del BDSM, quienes consideran que la novela distorsiona la realidad de sus relaciones y perpetúa que se les estigmatice como pervertidos y enfermos que requieren de tratamiento para “curar” lo que, aún en este siglo, es considerado parte del índice de la edición más reciente (2013) del Manual diagnóstico y estadístico de desórdenes mentales, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría2 (APA, por sus siglas en inglés. No confundir con la Asociación Estadounidense de Psicología, que comparte las mismas siglas).

La estadística orgásmica de la Srita. Steele y del Sr. Grey

Para determinar los mensajes que sobre BDSM contiene Cincuenta sombras de Grey, en enero de este año Kristen Mark, directora del Laboratorio de Fomento de la Salud Sexual de la Universidad de Kentucky y su estudiante de posgrado Christine E. Leistne, desmenuzaron línea por línea, palabra por palabra, todas las escenas sexuales de cada uno de los libros de la saga de Grey. En su artículo, las autoras enlistan un total de 44 escenas sexuales: 13 en Cincuenta sombras de Grey, 16 en Cincuenta sombras más oscuras y 15 en Cincuenta sombras liberadas.

Entre otros hallazgos, gracias a este análisis de contenido tenemos que Christian comunica a Ana su deseo sexual en 43.2% de las escenas en que tienen sexo, en 75% de ellas tanto Ana como Christian experimentan orgasmos y Ana, hasta entonces virgen, tiene uno en su primera experiencia con penetración del pene en la vagina —algo que, citan las autoras, si bien no es imposible, sí es extremadamente raro en la vida real—. Ambos amantes comunican sus deseos, fantasías, preferencias y límites sexuales, de manera verbal y no verbal, durante 81.8% de las escenas sexuales, si bien es Christian quien domina la comunicación sexual al preguntar siempre directamente a Ana cómo se siente.

En 72.7% de las escenas el consentimiento es explícito y en 18.2% de ellas las acciones no verbales de los protagonistas sugieren que están de acuerdo con la actividad sexual; 4.5% de las veces Ana dijo inicialmente que “no”, pero terminó fornicando con Christian (o, si lo preferimos, “cogiendo”, aunque en la traducción “no mexicana” del libro se usa “follar”). La ingestión de bebidas alcohólicas fue frecuente en varias escenas; en tres de ellas que uno de los amantes estuviera borracho provocó que el otro decidiera no tener sexo, y en una Christian emborrachó ligeramente a Ana a propósito para tener actividad sexual que ella no deseaba (y, de paso, para darle unas nalgadas). En la mitad de las 44 escenas sexuales el Sr. Grey usó condón y en 4.5% no hubo ningún método anticonceptivo. Fue Christian quien decidió siempre el método anticonceptivo a usar y la única vez que no tuvo control sobre éste Ana se embarazó (y no tardó en recriminárselo). En 66% de las escenas la pareja buscó algún elemento nuevo como parte de sus juegos sexuales, experimentando con diversos juguetes sexuales que los interesados pueden comprar en línea, desde la “auténtica” corbata de seda de Grey hasta el kit de bondage para principiantes.

Y así llegamos al tercer protagonista de la novela: las prácticas de BDSM están presentes casi en la mitad de las escenas de la trilogía (47.7%). Uno de los mensajes centrales de la serie de “Cincuenta sombras…” es que quienes practican BDSM lo hacen por haber sufrido un trauma y que, por lo tanto, no se trata de un comportamiento sexual sano, sino de una psicopatología que requiere de ayuda profesional y esto, de acuerdo con Leistne y Mark, refuerza los estereotipos asociados al BDSM. Las autoras mencionan que alrededor de un 10% de la gente practica alguna forma de BDSM, que los contratos entre la sumisa y su amo, como el descrito en estas novelas, no son comunes y representan un pequeño subgrupo de los practicantes y que, a diferencia de Ana, quienes participan en el BDSM lo hacen porque así lo desean. Los estudios muestran que quienes disfrutan de estas prácticas sexuales exhiben niveles de bienestar y funcionamiento psicológico similares a quienes no lo hacen. Más aún: la mayoría de los sádicos y masoquistas estudiados tienen una larga relación de pareja, valoran la comunicación y el consentimiento en sus prácticas y, en estos casos, el BDSM ha fortalecido su relación.

La lectura de este producto… ¿puede ser dañina para su salud?

Una segunda sombra se extiende sobre Grey: un estudio publicado en la revista Journal of Women’s Health y encabezado por Amy E. Bonomi, psicóloga de la Universidad Estatal de Ohio, acusa a Christian Grey de manipular y buscar el control completo de Anastasia bajo el disfraz de las prácticas de BDSM. Según su análisis de la primera novela de la saga, hay un desequilibrio de poder en la relación entre Ana y Christian, en sus primeras cuatro semanas, con conductas parecidas a las observadas en parejas que sufren violencia crónica en la vida real. Bonomi y sus colegas observan que Christian controla todos los aspectos de la relación y usa tácticas de abuso emocional tales como acechar a Ana, aislarla de sus amistades y familiares, intimidarla, amenazarla y humillarla. ¿Ejemplos? Cuando Ana se emborracha en un bar, Christian la rastrea mediante la Blackberry que él le regaló y, en lugar de llevarla al departamento de ella, la desviste y la acuesta en la cama de él; al despertarla, la humilla diciéndole que no tuvo sexo con ella porque estaba comatosa y la necrofilia no es lo suyo, tras lo cual la intimida y amenaza: “… si fueras mía, después del numerito que montaste ayer no podrías sentarte en una semana” y comienzan sus intentos de aislarla al recordarle que su amigo José la puso en riesgo en el bar al intentar besarla. De manera rutinaria, Christian amenaza a Ana con castigarla por poner los ojos en blanco y por sus hábitos alimenticios (siempre que puede, intenta obligarla a comer).

Las respuestas de Ana son, de acuerdo con Bonomi, las observadas en mujeres maltratadas, incluyendo el sentirse amenazada (“Quiere hacerme daño… ¿y qué hago yo ahora? Me cuesta disimular el horror que me produce”), modificar su conducta para mantener la paz en la relación, ocultar información sobre interacciones con amigos y familiares para evitar el enojo de Grey, experimentar ansiedad por tener intimidad y una relación “normal”, sentirse atrapada por la presión constante de Grey para que firme el contrato que lo convierta en su amo, someterse a las órdenes de él —lo que, enfatizan Bonomi y sus colaboradores, no es parte del BDSM, ya que testimonios de mujeres que participan libremente en estas prácticas indican que lo disfrutan; una de ellas, sobre su primera experiencia, afirmó: “Y él me pegó con su mano en mis nalgas y me encantó. ¡Mucho!”. Anastasia, por el contrario, al recibir 18 nalgadas confiesa: “Muy en el fondo, deseo rogarle que pare. Pero no lo hago. No quiero darle esa satisfacción…”. Los altos niveles de ansiedad de Ana y Christian ante la posibilidad de romper su relación son los típicos de una relación de abuso de pareja; a pesar de ello y aunque Ana se la pasa llorando ante esta posibilidad buena parte de la novela, luego de ser tundida a cintarazos, exclama: “Eres un maldito hijo de puta” y abandona a Grey. Pero, al igual que la dinámica de relaciones parecidas en la vida real, el rompimiento dura sólo tres días, como nos enteramos en la segunda novela.

Preocupada porque no sólo los niños y Alonso Quijano modifican sus actitudes y comportamiento en respuesta a la ficción —trátese de caricaturas o de libros—, Bonomi encabezó un segundo estudio para determinar el riesgo que representa la “glamourización” de la violencia contra las mujeres, bajo el disfraz del romance y el erotismo, en las lectoras de Cincuenta sombras…, para lo cual encuestó a 655 mujeres, 219 de las cuales habían leído por lo menos la primera parte de la sombría trinidad. Sus sospechas resultaron ciertas: quienes leyeron la primera novela, pero no las otras dos, tuvieron una mayor probabilidad que quienes no lo hicieron de haber tenido una pareja que les gritaba o maltrataba verbalmente. Bonomi y colaboradores especulan que el ver reflejada su situación de abuso de pareja en el libro pudo ser la causa principal de que no continuaran leyendo los otros dos. Quienes leyeron la saga completa tuvieron mayor probabilidad de haber tenido algún episodio alcohólico en el último mes y cinco o más parejas sexuales en el transcurso de su vida, lo que está asociado con víctimas de violencia en mujeres adolescentes y adultas jóvenes. Un dato interesante para los cinéfilos es que la trilogía de Grey reprobaría la prueba de Bechdel, en la que dos mujeres tienen que platicar entre ellas de algo más que no sea un hombre.

Cincuenta sombras en el aula

Sombría en verdad es la evidencia en contra del Sr. Grey, pero, ¿no hay algún estudio que arroje una luz más positiva sobre estas novelas? Más que un factor de riesgo para la salud femenina u otro libro comercial con nulo valor literario, los sociólogos Suzan M. Walters y Michael Kimmel ven en Cincuenta sombras… una herramienta de aprendizaje de, precisamente, sociología. Walters y Kimmel analizan en el salón de clases el texto para hablar sobre lo que la sociedad hipermoderna de este siglo entiende por feminidad y masculinidad, y para explicar lo que en educación sexual se conoce como “agencia sexual”,3 que es la habilidad de alguien, por ejemplo Ana, para consentir o declinar el participar en alguna práctica sexual.

Los estudiantes (hombres y mujeres) de Walters y Kimmel consideraron que Ana era fuerte e independiente y varias compartieron el autocriticismo de ella sobre su físico y se identificaron con sus objetivos profesionales (trabajar en una editorial), a la vez que su deseo de ser amada y tener una familia. Tanto hombres como mujeres opinaron que Ana se equivocaba al aceptar practicar BDSM con Christian por amor, dado que no era placentero para ella. En resumen, las mujeres que participaron en el estudio de Walters y Kimmel expresaron su deseo de tener una vida como la de Ana: un muy buen trabajo, un esposo guapo y rico y gran sexo: libertad profesional y sexual, pero con matrimonio e hijos.

“… Seguramente, el placer que él obtenía ante el espectáculo de su cuerpo encadenado y entregado, debatiéndose en vano y al oír sus gritos era tan vivo que no consentía en privarse de la menor parte de él prestando sus propias manos, porque sus intervención activa le hubiera distraído…”. Definitivamente, Cincuenta sombras de Grey no es Historia de O (Pauline Réage), pero las evidencias indican que, posiblemente, para la gran mayoría de las lectoras de E. L. James el kit de bondage para principiantes sea suficiente para satisfacer su curiosidad por explorar los territorios del BDSM.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Quien crea que es una exageración, puede leer Fruto prohibido o alguna de las otras 25 novelas eróticas que, de las miles de novelas de Corín Tellado, escribió esta autora con el seudónimo de Ada Miller: “Natalia había bordeado peligrosamente una encrucijada… Hasta que tropezó con la práctica atroz de un sádico, que abriría a sus ojos una humedad de llanto”.

2 Esta última edición del mamotreto de casi mil páginas, obra de referencia obligada en esta área médica, ha sido fuertemente criticada por neurólogos y otros científicos por, a su juicio, no considerar de manera suficiente los modernos avances y estudios en áreas tan estrechamente ligadas a la salud mental como las neurociencias y la psicología experimental. Y es que, por ejemplo, no fue sino hasta 1973 que la APA eliminó la homosexualidad como una de las patologías enlistadas en dicho manual.

3 En inglés, sexual agency. No me culpen por la traducción, la ciencia está llena de casos similares. En oceanografía y meteorología, por ejemplo, tenemos la boyancia (buoyancy), que aunque es verdad que podría traducirse como “flotabilidad”, sigue usándose indiscriminadamente como sinónimo.