Damos la bienvenida a esta nueva columna de Luis Javier Plata Rosas, un espacio dedicado a la divulgación de temas científicos que echa anclas en la literatura, el arte y la cultura

Razones para hacerse el muerto

“Me quedé inmóvil” es una de las frases hechas más famosas de la literatura de terror y, como bien sabemos gracias a los fabulistas, “hacerse el muerto” puede ser una buena estrategia para evitar ser atacados por un oso, dependiendo de si el plantígrado en cuestión nos ve como comida o si tiene algún otro motivo para acercarse a nosotros. En el primer caso, a pesar de lo que aseguran autores como Samaniego (“… mas como este animal, según se cuenta, de cadáveres nunca se alimenta…”), fingirnos difuntos posiblemente lo único que hará será facilitar las cosas a nuestro hipotético depredador.

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Y es que la explicación de que numerosas especies exhiban esta catatonia, conocida en el medio científico de manera algo informal como hipnosis animal y más precisamente como inmovilidad tónica o tanatosis, si bien la etimología de este último término puede llevar a confusiones, ya que hay animales que asumen un estado de parálisis no para fingirse muertos, sino para asumir una postura que dificulta a sus depredadores el ingerirlos como botana; es el caso del saltamontes de la especie Criotettix japonicus, quien extiende por completo sus patas con espinas para evitar ser comido por el anfibio de la especie Rana nigromaculata: esta rana generalmente se traga a su presa por completo, algo bastante difícil y doloroso cuando su comida se ha empeñado en hacer lo opuesto a doblegarse –—iteral y metafóricamente hablando—.  Otras hipótesis para explicar las ventajas adaptativas de la inmovilidad tónica son: 1) el depredador no se comerá a una presa “muerta” para evitar la posibilidad de contagiarse de lo mismo que mató a esta última; 2) una presa inmóvil es más difícil de localizar para un depredador que una que se está moviendo —esto no funciona, por supuesto, si el color de la presa contrasta bastante con el del medio en que se halla—; 3) una presa inmóvil señala con este comportamiento que su consumo es nocivo para la salud de su posible depredador; 4) el depredador soltará a la presa “muerta” para tener la oportunidad de atrapar a más presas, durante este descuido el “muerto” resucitará y salvará su vida.

Cuando es el Homo sapiens quien entra en la categoría de presa, estudios recientes muestran que la inmovilidad tónica es desencadenada, de manera involuntaria, como una cascada de estrategias defensivas que está en función de la intensidad del miedo percibido ante una posible amenaza. Si algo nos asusta un poco, nos quedamos quietos; si nos asusta más, huimos o peleamos; y si de plano nos aterroriza, como nos señalan Poe y otros autores, nos quedamos petrificados. La palabra clave en nuestra inmovilidad tónica es: involuntaria, ya que quienes la experimentan pueden atraer sobre ellos la vergüenza y la culpa —un policía, por ejemplo, que se quede inmóvil durante un asalto—, e incluso dificultar que se haga justicia en una corte —víctimas de violación sexual que no muestran evidencia de haberse resistido a su agresor—.

No debe confundirse la inmovilidad tónica con una segunda estrategia de defensa de nombre similar y de innegable valor adaptativo, conocida eufemísticamente como “hacerse el occiso”, y entre los estudiosos del tema como “hacerse pendejo”, aún se ignora en qué medida se trata de un comportamiento involuntario, si bien ya hay autores que han registrado su uso intensivo y extensivo por todo el país.

Razones para no “nadar de muertito”

“…el candirú es un pez pequeño en forma de anguila o gusano de medio centímetro de grosor y de unos cinco de largo que circula por ciertos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas, y que se cuela por la picha o por el culo, o por el coño de las mujeres faute de mieux, y se queda allí enganchado gracias a sus espinas afiladas sin que se sepa bien con qué objeto porque no ha habido ningún voluntario que observe in situ el ciclo vital del candirú…”. Como correctamente podría llevarnos a concluir el uso de algunos términos nada técnicos en esta descripción, de su autoría no es responsable un ictiólogo sino William S. Burroughs en “El almuerzo desnudo” (en la traducción de Anagrama de Martín Lendínez, de ahí la “picha” por “prick”), pero esto no significa que el candirú y su supuesta conducta sean material de la más insufrible ficción. O, en todo caso, por más de siglo y medio y hasta este año nadie había tenido el cuidado de explorar a fondo qué tanto de leyenda urbana había en esta fábula amazónica para nadadores nudistas.

Más preocupado por las pirañas que por el candirú al nadar en el río Amazonas, el turista aventurero, sobre todo si es hombre, tal vez debería pensarlo dos veces antes de descargar su vejiga, ya que este pequeño pez de la especie Vandellia cirrhosa, de unos cuantos centímetros de largo, confunde la urea de la orina humana con el amoniaco excretado por otros peces a través de sus branquias; siendo un parásito que acostumbra introducirse en dichas branquias para alimentarse, esa pequeña confusión lo lleva a una mucho mayor y de trágicas consecuencias para el viajero: en lugar de penetrar por una branquia, penetra por la uretra de un pene o por la vagina. Si el turista tiene la suerte de ser mujer la solución es sencilla, pues basta con sacarlo de ahí con ayuda de la mano o de algún instrumento. El pene complica bastante la situación cuando el hombre es el objeto de la confusión del candirú, pues algo hay que hacer para evitar que llegue a la vejiga y se instale cómodamente ahí, alimentándose de la sangre de los muros de este órgano hasta matar a su involuntario anfitrión. Y ese “algo” es amputar un miembro que, por lo común, goza de notable estima.

Desde finales del siglo XIX naturalistas y exploradores reportaron la existencia de este pez violador de humanos, y en 1930 quedó constancia del candirú en la literatura científica en un artículo del American Journal of Surgery; su aparición en esta revista es engañosa, dado que Eugene Willis Gudger, no reporta haber extraído un candirú de la uretra o de la vejiga de un paciente, sino que se limita a registrar lo que testigos oculares aseguraron haber presenciado. Poco importó que en más de cuatro décadas las pruebas no pasaran de ser meras anécdotas. O, en todo caso, poco importó para el autor de otro artículo, publicado en 1973 en la revista Urology, concluyera que “la evidencia es abundante y está confirmada”. En todo caso, el candirú como uno de los escasísimos ejemplos de vertebrado seudoparásito —para quitar el prefijo sería necesario que el hospedero sobreviviera, por lo menos lo suficiente para determinar que se ha establecido este tipo de relación— ha vivido a sus anchas en las páginas de revistas y textos científicos hasta el siglo XXI (el biólogo marino Eugene H. Kaplan le dedica un capítulo en su libro Sensous Seas, publicado en 2006).

No convencidos de ello, y preocupados por la seguridad de los viajeros en vísperas del Mundial, en enero del 2014 el Journal of Travel Medicine publicó una revisión exhaustiva sobre el riesgo real de sufrir una amputación peneal durante nuestra visita a Brasil. A la luz de la evidencia —o, más bien, de la falta de ella, puesto que no hay un sólo reporte confirmado de un paciente con un pez en su uretra—, Irmgard L. Bauer concluye que es innecesario atar los prepucios —quienes los tengan— o tomar algún otro tipo de medida precautoria al nadar en el Amazonas.

Razones y sinrazones para matar una vaca (y comérsela)

Advertencia: Si lo ofende la comida porno o es ilegal leer sobre comida porno en su localidad, por favor abandone esta página ahora. Jonathan Franzen nos da un buen ejemplo de lo que es la food porn en Las correcciones: “Los pasteles llevaban muchísima mantequilla, y el glaseado también era de mantequilla. Una vez se lavó las manos y abrió una botella de Chardonnay, se comió cuatro de ellos…”. La comida porno o food porn no son, por lo tanto, esos pasteles, moldeados como genitales, propios de despedidas de solteros —y solteras, añadiría Fox—; se trata más bien de alimentos que, en una sinestesia de pecados capitales, despiertan la lujuria de nuestras papilas gustativas y nos llevan a un orgiástico atracón, tras el cual queda la culpa por el seguro incremento en nuestros niveles de colesterol, glucosa y triglicéridos.

Food porn, fast food, slow food, Frankenstein food, gastronomía molecular —la ciencia ya nos permite consumir un patch work, molecularmente ensamblado, de carne de salmón y atún, o cerdo y res—, gastronomía literaria y literatura gastronómica, comida orgánica, vegana y macrobiótica —para alcanzar el equilibrio cósmico de yin y yang en la mesa del New Age… La comida ha dejado de ser solamente una necesidad nutricional para convertirse en un símbolo de nuestras simpatías y compromisos (o falta de ellos)  ambientalistas, éticos, sociales, políticos e, inclusive, artísticos. Si hace unos meses fue posible degustar una hamburguesa con auténtica carne de res artificial, cultivada en el laboratorio a partir de células madres de una vaca que, agradecida, continúa rumiando feliz por la campiña inglesa, lo avant-garde en el arte biotecnológico son proyectos como “Disembodied Cuisine”, instalación en la que Ionat Zurr y Oron Catts cocinaron en Nantes, en 2003, ancas de rana, igualmente cultivadas en laboratorio, al estilo Nouvelle Cuisine. Al final de la exposición, las ranas de las que se extrajo el tejido para cultivar las ancas fueron liberadas en un estanque. ¿Es la comida cultivada, en palabras de Aldous Huxley, “El principio de la aplicación en masa aplicado, por fin, a la biología”? ¿Nos llevará la carne in vitro a “Un mundo feliz”? Si uno es una vaca, qué duda puede haber.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.

 

2 comentarios en “Las (sin)razones de la muerte

  1. Cuánto se agradece un texto inteligente, ameno y fresco. La ciencia bendita que da para tanto.

    Bienvenido Luis Javier.