El virus de la indignación ha doblegado a Estados Unidos: el país se conduele de mal de Trump. La epidemia se esparce y brota exuberantemente en el grupo que mandaba, o que sentía hasta hace poco la seguridad de ser el sujeto privilegiado de la nación. Los hombres blancos especialmente son vulnerables. Pero ¿qué clase de mal es la indignación? ¿Cuál es la relación entre la dignidad y la indignación?

01-dignidad

En su acepción clásica la dignidad refería a la cualidad de ser digno, ser merecedor de algún puesto o privilegio (estos puestos también se nombraban antes “dignidades”). En las sociedades de Antiguo Régimen la cualidad de ser merecedor era conferida por duques, reyes o papas: la dignidad sólo podía ser conferida por una autoridad, por un noble. Sólo un aristócrata podía ennoblecer a otro; no se podía ser noble por aclamación popular. Lo vil envilecía. Sólo lo noble confería nobleza.

Y las dignidades que recibía cada clase o estamento quedaban al final justificados en el cuerpo de la ley. Por ejemplo, el famoso debate entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda acerca de si los indios eran o no seres racionales, sirvió para decidir jurídicamente cuál sería la dignidad del indio, tema relevante en América hasta el día de hoy. Si se decidía que el indio no era un ser racional, podía entonces ser esclavo.

Uno de los logros más importantes de la revolución francesa fue la ciudadanización de la dignidad. Para el revolucionario la dignidad era un atributo humano, pero en realidad no de todos los humanos, sino sólo de aquellos que fuesen dignos ser ciudadanos plenos. Importaba que los ciudadanos fuesen adultos de sexo masculino, y con los atributos racionales que les confirieran capacidad plena de deliberación autónoma. La dignidad ciudadana, como la de los indios en Bartolomé de las Casas, se defendía a partir de un argumento acerca de su racionalidad. La mujer y el esclavo quedaban excluidos porque no tenía capacidad racional plena.

Ahora bien, aunque los siglos XIX y XX trajeron la ampliación radical de la dignidad ciudadana la lucha por la dignidad tuvo siempre un doble filo: uno radical de ampliación de la dignidad, y otro conservador, que busca preservar las dignidades de grupos consolidados. Por eso el racismo floreció también a la par de las revoluciones republicanas: había que seguir dominando a seres supuestamente inferiores en las colonias externas e internas. No se podía universalizar la dignidad y seguir con aquella explotación, y por eso inventaron nuevas teorías raciales. En el caso de Estados Unidos tenemos de una parte toda la historia de la lucha civil de mujeres, negros o mexicanos por la adquisición de una plena de dignidad ciudadana, y de la otra la lucha cruenta por la manutención de los privilegios de la ciudadanía de quienes siempre la habían tenido. Ambas fueron luchas de indignados. Importa recordar que los linchamientos se entendían como manifestaciones de justicia popular, orientados a mantener una línea bien clarita entre quienes eran plenamente ciudadanos y los que no lo eran.

Por eso es justo decir que la indignación goza de una buena fama inmerecida. Demasiado frecuentemente sale de enojos causados por la reducción de privilegios y no por una pulsación igualitaria. La llamada “sana indignación” puede ser en realidad un signo clasista, racista o sexista, y es esta modalidad la que estamos viendo en Estados Unidos de hoy, donde una “mayoría” blanca y masculina pierde su situación de privilegio.

Así las cosas, ¿cómo restaurar la dignidad de los indignados? ¿Cómo se pueden sanear los agravios de una población en franco descenso social? Por desgracia, viene bien a cuento voltear de nuevo a aquellas formas de política de masas que tanto preocuparon a los pensadores antifacistas, con su preocupación por pensar el autoritarismo como una forma de autorizar al seguidor, y no únicamente al líder. ¿Cómo funcionaba aquello?

El concepto de “identificación” ofrece una clave útil. Sigmund Freud definió la identificación como una forma primitiva de identidad. Si imaginamos el triángulo edipal (madre-padre-hijo), la “identificación” se da no entre el hijo y el objeto frustrado de su deseo (la madre), sino entre el hijo y quien consigue acceso ella. El “padre” en esta forma de identidad es una figura idealizada y agigantada, que expresa de manera exagerada y a veces grotesca su poder de acceso a aquello que el “hijo” más quiere. El líder autoritario es una figura de identificación que dramatiza en su cuerpo y en sus gestos una capacidad privilegiada de acceso a todo aquello que sus seguidores más quieren, y que no pueden tener.

Y, efectivamente, la identificación está a la vista en la relación que han construido Donald Trump y sus seguidores. El millonario güero atrae a los güeros empobrecidos. El millonario güero pone en su lugar a todas las Hillaries del mundo. El millonario güero se atreve a decir lo que todos piensan: que Obama es un intruso; que el lugar que le corresponde a los Marcos Rubios es el de achichincle, no el de jefe. Trump se atreve a pisotear toda la bisutería del lenguaje “políticamente correcto”. Como figura de la lucha libre, escupe, espeta, empuja, atropella, gesticula y triunfa. Trump ha sabido conseguir lo que todo hombre blanco cree merecer: poner su nombre en alto, ganar dinero a manos llenas, contratar y correr empleados, acostarse con mil mujeres. Promete que la república será tan exclusiva como sus hoteles. A Trump todo le resbala. Eso es también lo que buscan sus seguidores. Quieren volver a ser merecedores de aquello que perdieron.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es El regreso del camarada Ricardo Flores Magón.