Miles de turistas visitan cada año Bonampak. Cientos de ellos hacen excursiones en la selva, y muchos se alojan con los lacandones, los últimos descendientes de los mayas, que los llevan a visitar sus ruinas, también sus milpas, y les explican lo que les han transmitido sus ancestros sobre la selva. Los lacandones, como las piedras de Bonampak, son un puente con el pasado. Y los turistas se vuelven a casa sabiendo que han recuperado algo valioso, porque han estado en comunión con un mundo auténtico, incontaminado. No viajan al azar. Hay compañías turísticas que ofrecen “el lugar ideal para los que buscan una experiencia auténtica a precios económicos”. Ofrecen el acceso a esa zona de contacto con la naturaleza, con el pasado, con algo telúrico, mediante la inmersión en la sociedad intemporal, inmutable y armónica que forman los lacandones, en su selva.

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Ilustración: Estelí Meza

Hay que precisar un poco: los lacandones no son descendientes de los antiguos mayas de la selva, sino que migraron desde Campeche y Yucatán, indios caribes o acaso fugados de las haciendas yucatecas, según Juan Pedro Viqueira. No están en feliz armonía, ni entre sí ni con sus vecinos, ni con la naturaleza. Y no viven de las milpas. Por otra parte, Bonampak no se llamaba Bonampak: el nombre se lo puso Sylvanus G. Morley (en maya yucateco significa “muros pintados”, porque eso fue lo que más le llamó la atención a Morley). No obstante, la experiencia es real para los turistas.

Escribo al hilo de una pequeña pieza de orfebrería etnográfica de Julie Liard, S’affirmer lacandon, devenir patrimoine (Paris: IHEAL, 2010). Los lacandones tienen existencia jurídica, una muy particular, desde 1972, cuando el gobierno donó a las 66 familias que eran entonces las 614,321 hectáreas de la selva, que se suponía que era su tierra ancestral (por lo visto, influyeron sobre  todo las gestiones de la antropóloga suiza Gertrude Duby, pero ésa es otra historia), y desalojó para eso a unas cuarenta comunidades de choles, tzeltales, tzotziles y tojolabales. Actualmente los lacandones se encargan de la gestión de Bonampak, junto con el INAH, y son choferes, vigilantes, guías —viven fundamentalmente del turismo, y de las organizaciones ecologistas dedicadas a la preservación de la selva.

Desde el siglo diecinueve, arqueólogos e historiadores han alimentado la  fantasía de la excepcionalidad maya, y la densa elaboración etnográfica de los últimos cien años ha establecido, de modo similar, la excepcionalidad lacandona. Eso es lo que atrae al turismo que busca la experiencia de algo auténtico, y es lo que permite que los lacandones vivan de escenificar su identidad. O lo que los turistas suponen que es su identidad.

El caso es curioso, aunque sucede algo similar con todo lo auténtico (es decir, que normalmente es falso: fabricado). Y acaso sea inevitable. Sucede por ejemplo con los tuareg que acompañan a los turistas en el Sahara, que no son tuareg, pero sería muy largo de explicar. No obstante, la necesidad a la que obedece esa búsqueda es indudable —aunque no está claro qué significa.

Me viene la idea de que uno de los primeros turistas de la autenticidad fue seguramente Stendhal (tras él Merimée, Dumas, Nerval). Eso buscaba en Italia, especialmente en el sur, y eso encontró siempre: un puente con el pasado, un temperamento inflamable, fantasioso, la gravedad arcaica de las pasiones, algo áspero y natural, entrañable (algo precisamente no burgués, no de Grenoble). Dedicó cientos de páginas a hablar de sus viajes, de sus estancias en Sicilia. La duquesa de Pallian, incluso está fechada en Palermo. En la Vida de Rossini, una mención entre tantas, relata su viaje de Palermo y Nápoles a bordo de una speronara, bajo una tempestad: habla entre divertido y curioso de las supersticiones de los marineros, de su miedo a la jettatura, habla de los amuletos que llevaba él consigo, comprados en Palermo, y cuenta que se acercó a la imagen de Santa Rosalía para pedirle que enviara a Sicilia la educación pública.

Es una estampa vivísima. Lo interesante es que Stendhal nunca estuvo en Sicilia ni hizo nunca ese viaje en barco (ni compró esos souvenirs, desde luego). La fabulosa, múltiple, inagotable autobiografía de Stendhal está llena de esa clase de cosas. Es claro que la insistencia en hablar de Sicilia significa que le hubiera gustado ir, pero hay más. Seguramente, si hubiese viajado habría encontrado eso mismo (como los turistas encuentran en la Lacandona esa ventana al pasado, y los que van al Sahara viajan junto a fieros, nobles, románticos tuareg). El viaje en busca de la autenticidad es en mucho una aventura íntima.

Es demasiado fácil hacer bromas con todo ello. No vale la pena. Lo que es absolutamente real —en México o en Marruecos— es la representación de la autenticidad. Algo dice.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

7 comentarios en “Turistas

  1. Falso por demas falso. BONAMPAK ya se llamaba asi. YAXSHALUM si fue cambiado por YAXCHILAN. Investiguen bien por favor. Como posdata: no se llamaba Moctezuma; su nombre era MOCTECOSHUMA.

  2. Mucho antes que existieran las haciendas yucatecas, siglos antes, incluso del descubrimiento de Bonampak se tienen registro de la existencia de los indios “caribes” (y no por que fueran del mar con ese nombre) en el desierto (por despoblado) de Lancandón. El que nunca ha estado en la región es Gonzalbo. Hubo un tiempo en que esa región estuvo en disputa entre Tabasco, Chiapas y Guatemala y sus unicos habitantes originarios fueron los lacadones…migraciones forzadas de otras etnias han invadido y disminuido los dominios de esos descendientes de los Mayas, que por supuesto, no sólo habitaron Yucatán sino prácticamente toda Centroamerica…

  3. Las precisiones históricas son bien venidas, pero más allá de eso el turista busca muchas veces lo auténtico, en la ciudad de San Francisco, ciudad opulenta, todavía se pueden ver en sus calles uno que otro disfrazado de hipie pretendiendo vivir de la dádiva del turista, uno de sus barrios antaño famoso por su ambiente contra cultural es parte de la guía para ser visitado, convertido a estas horas en un falso decorado, ahora pululan en sus calles fantasmas de hombres y mujeres de diferentes edades enganchados a las drogas. Desechos del pasado en la ciudad magnífica presa de una nueva fiebre del oro.