Pues amarga la verdad,
quiero echarla de la boca;
y si el alma su hiel toca,
esconderla es necedad.

—Quevedo

 

Aparte de la agricultura, la tambora o la belleza de sus mujeres, Sinaloa es conocido por el narcotráfico y la violencia. En ese sentido, no resulta extraño que encabece las listas de las entidades con mayor número de homicidios del país, o bien que al iniciar 2016 éstos reflejen una tendencia a la alza en el estado: seis mil 754 en lo que va de la administración de Mario López Valdez contra seis mil 626 ocurridos durante el sexenio de Jesús Aguilar Padilla.1 El año pasado el Índice de Paz 2015 situaba a Sinaloa como el tercer estado “menos pacífico” de México, sólo por debajo de Guerrero y Morelos. Según el informe del Institute for Economics and Peace (IEP), “en los últimos 12 años Sinaloa sólo se clasificó fuera de los tres estados más violentos una vez, en 2003, y ha sido el segundo estado más violento en cuatro ocasiones”. Más aún, de acuerdo con los indicadores que miden la dinámica de los niveles de paz en México, durante este periodo la tasa de homicidios de Sinaloa fue la segunda más alta del país, y la de delitos cometidos con arma de fuego ocupó el primer lugar. Y aunque las tasas de delitos violentos y de crímenes de la delincuencia organizada fueron menores que el promedio nacional, la ineficiencia del sistema judicial fue “notoriamente alta”, pues más de 80% de los homicidios cometidos en el estado no resultaron en una condena.2 Por su parte, en el reciente Índice Global de Impunidad México IGI-MEX 2016, Sinaloa vuelve a destacar como una entidad con un “grado de impunidad alta” debido al mal desempeño de sus instituciones de justicia.3

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Ilustración: Víctor Solís

En el caso de la capital sinaloense la situación es mayormente desalentadora. Según el Índice de Paz Metropolitano (IPMM), una medición de las tasas de homicidios y de delitos con violencia en las 76 zonas metropolitanas más grandes del país, indica que entre 2011 y 2013 Culiacán fue la ciudad menos pacífica de todas. Por el hecho de ubicarse en “la tercera entidad federativa menos pacífica”, y la cual experimentó “un alto nivel de actividad de los cárteles y violencia relacionada con el tráfico de drogas durante la década pasada”, los homicidios se convirtieron en el principal factor impulsor de su falta de paz. Durante este breve periodo Culiacán —con apenas 880 mil habitantes— registró una cifra de mil 676 homicidios, es decir, 63.5 muertes por cada 100 mil personas. Casi 49 muertes más por cada 100 mil que el promedio metropolitano, lo que representa una diferencia de cerca de 77%. En cuanto a los delitos con violencia presentó una tasa elevada de ocho mil 892 casos por cada 100 mil habitantes, frente a menos de siete mil del promedio nacional. De éstos, 60% correspondió a robos, 39% a asaltos y 1% a violaciones. Sobre los asaltos el IPMM reporta que entre 2011 y 2013 éstos aumentaron de tres mil 458 por cada 100 mil personas a un total de nueve mil 130 por cada 100 mil.4

Así pues, más allá del eufemismo “menos” o “más pacífico”, el Índice de Paz reveló que desde hace una década la violencia ha contribuido a la configuración del paisaje cotidiano de la entidad. Dicha situación —el hecho de que Sinaloa y Culiacán se sitúen entre los lugares con mayor violencia del país— ha sido confirmada, más de una vez, por los alarmantes números rojos del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP) y del Semáforo Delictivo. Y al iniciar 2016 nuevamente es ratificada por las cifras del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal A.C., las cuales sugieren que en 2015 la capital sinaloense no sólo se posicionó como la segunda ciudad más violenta de México, sino que escaló del puesto 24 (que tenía en 2014) al 17 en el ranking de las 50 urbes más violentas del mundo.5

De acuerdo con lo anterior, puede decirse que tal como lo demuestran los datos duros sobre homicidios, delitos violentos e ineficacia del sistema judicial, la violencia es una amarga verdad que golpea a Sinaloa, y en especial a la ciudad de Culiacán. Lo curioso es que dicha verdad —lo que en realidad es y/o lo que en realidad pasa en el estado— no corresponde con la verdad que perciben los sinaloenses. En el caso concreto de Culiacán parece reinar un clima social sumamente positivo, de gran optimismo, frente a temas como seguridad, paz y violencia. Al menos esto es lo que sugiere la primera Encuesta sobre Capital Social Negativo,6 presentada a finales de 2014 en El Colegio de México, y la cual vale la pena recuperar pues a contraluz del mencionado Índice de Paz y de los diversos reportes sobre homicidios —incluido el más reciente del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal A.C. y los constantes números rojos de la prensa local—, ofrece algunas pistas acerca de la compleja relación entre cultura y violencia que asoma en Sinaloa.

 

Inédita en América Latina y financiada por la Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana de la Segob, la Encuesta sobre Capital Social Negativo busca medir qué tan democrático o qué tan pernicioso es el ciudadano mexicano.7 Para realizar dicha medición se seleccionaron 10 municipios considerados como zonas de riesgo por el gobierno federal: Ahome, Culiacán y Torreón en el norte; Toluca, Cuernavaca, Cuautla, Pachuca y Ecatepec en el centro; Campeche y Ciudad del Carmen en el sureste del país. En éstos se llevó a cabo un exhaustivo estudio mixto —cualitativo y cuantitativo— que por un lado comprendió entrevistas a profundidad con autoridades, organizaciones no gubernamentales, líderes religiosos, académicos, policías y ex policías con la finalidad de lograr una mayor comprensión del contexto de los municipios de análisis. Y por otro, se aplicaron 600 encuestas por municipio, las cuales permitieron identificar variables para construir indicadores sobre el comportamiento del capital social entre los habitantes.

Cabe advertir que capital social es la red de relaciones a partir de la cual un individuo, grupo o institución define su posición dentro del espacio social o su pertenencia a determinada sociedad. Y su definición depende de tres factores fundamentales que son el Bonding (el vínculo personal directo), el Brindging (la colaboración social) y el Bricking (la institucionalización del vínculo), es decir, el grado de confianza que tienen los ciudadanos entre sí y su sentido de comunidad, la probabilidad y la disposición de organizarse con sus vecinos ante problemáticas sociales, y la confianza en las instituciones como en la participación ciudadana. Así, el capital social se construye de manera relacional en dos direcciones: positivo y negativo.

Como podemos imaginar, el sentido positivo revela la existencia de una sociedad más democrática, con altos niveles de confianza interpersonal, una activa colaboración en asuntos de la comunidad y un buen nivel de credibilidad de las autoridades. En cambio, el capital social negativo está marcado por un distanciamiento del Estado de derecho y por un rechazo de los cauces institucionales como alternativa para canalizar las demandas sociales e individuales, anteponiendo a cualquier criterio moral o legal el privilegio personal o del grupo que permite movilizarse por esta vía. En suma, puede decirse que cuando una sociedad tiene más capital social negativo es más proclive a la violencia y al rechazo del Estado de derecho y a las instituciones.

 En lo que se refiere a los 10 municipios encuestados, todos se encuentran en un cuadrante de riesgo, muy cercanos al capital social negativo. Según esto, la mayoría de su población es más propensa a romper las reglas de la convivencia democrática que a apoyarlas. Y si bien esto aplica para el conjunto de la muestra, debe apuntarse el caso sobresaliente de Culiacán que aparece como el municipio con menos descomposición social pese a sus altos índices de violencia. De acuerdo con los resultados de la investigación, en Culiacán funcionan mejor que en los otros lugares los vínculos interpersonales, la colaboración social y hay una gran confianza en las instituciones de justicia (ésta, incluso por arriba de la media nacional y de la media registrada en el estudio).

Por ejemplo, en Culiacán la confianza entre las personas es la más alta con 29%. En términos de vida cultural comunitaria, 6% de la gente dice acudir a eventos culturales, porcentaje muy alto si se compara con el bajísimo 1% de Ciudad del Carmen, otro de los municipios analizados. Asimismo, 4% de los cualiacanenses declara pertenecer a partidos políticos (uno de los datos más elevados) y 29% a organizaciones religiosas. Por su parte, Culiacán tiene el índice de confianza en el presidente más alto de la encuesta con un 15%, y en la confianza en los jueces se posiciona muy por encima de la media nacional con 7%. También existe una elevada aprobación —72%— de instituciones como el Ejército y la Marina. En cuanto a la imagen de los diputados, los senadores, el gobernador, las autoridades municipales y los partidos políticos, siempre arroja porcentajes que superan los de la pacífica Ciudad del Carmen.

En la evaluación de las políticas públicas, 31% de la población afirma que el gobierno está ganando la lucha contra el narcotráfico, cifra que sólo es superada por Torreón que arrojó un 39%. En términos de calidad de vida, Culiacán es el mejor lugar para vivir: 18% está totalmente satisfecho viviendo en dicho lugar, lo cual representa, otra vez, el dato más alto de la encuesta. En lo concerniente a este tema vale mencionar que lo que dicen los culiacanenses sobre la calidad del transporte público contrasta claramente con los riesgos denunciados por los habitantes del Estado de México. Por otra parte, al preguntarle a los entrevistados si en su comunidad ha oído disparos en la vía pública, en Culiacán se registró el índice más alto de personas que los han escuchado. Pese a ello, éstas también declararon no tenerle miedo a los disparos. Asimismo, los culiacanenses afirmaron no ver escenarios inseguros en la calle. Incluso, la percepción sobre la seguridad de la colonia donde vive y en el transporte público es más alta aquí que en los otros municipios. Y en lo que se refiere a las agresiones contra mujeres arrojó la percepción más baja, mientras el Estado de México registró la más elevada. Así pues, el entorno urbano de seguridad en Culiacán es el más positivo y pacífico según la encuesta. En este sentido, el municipio sinaloense aparece como el menos degradado socialmente y con una envidiable calidad de vida.

Sin embargo, si comparamos los datos duros sobre homicidios en Culiacán y la percepción de sus habitantes, algo no cuadra, no corresponde. Hay una clara discrepancia entre la realidad de la violencia que se vive en Sinaloa y lo que la gente percibe, participa o reacciona frente a ella. Lo anterior obliga a hacernos varias preguntas que de alguna manera ya fueron planteadas por los autores de la Encuesta sobre Capital Social Negativo, pero que hoy en día son sumamente pertinentes para el caso sinaloense. Por ejemplo, ¿cuáles son los aspectos culturales que afectan la definición o aceptación de la violencia? ¿Cuáles son los valores que llevan a una parte de la sociedad a respaldar la violencia y el crimen organizado o, peor aún, a no reconocerlos como fenómenos sociales? ¿Quién está asegurando o desde qué ámbitos se está construyendo ese clima positivo de percepción en Sinaloa? Y por último, si no es la violencia, entonces ¿cuáles son las verdaderas preocupaciones de los sinaloenses? Esto cabe preguntarlo porque pese a las percepciones de los culichis y de los sinaloenses en general, los números rojos están ahí como una amarga verdad que poco coincide con la versión del propio gobierno del estado. Ahora bien, a la luz de la reciente ola de violencia que se ha vivido en Sinaloa —sobre todo en la región sur—, en la que 116 personas fueron asesinadas durante el mes de febrero (entre ellas 14 mujeres),8 y con lo que Malova suma ya 128 homicidios más que su antecesor, ¿se seguirá sosteniendo el clima social positivo en la entidad? Y si es así, ¿cómo explicar esa tremenda distancia entre los constantes hechos de sangre y la forma en que los sinaloenses enfrentan y perciben las prácticas violentas? Sin lugar a dudas eso sólo podremos comprenderlo en la medida que nos aproximemos, con seriedad, al complejo tema de la cultura.

 

Liliana Plascencia
Candidata a doctora en historia por el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, actualmente escribe su tesis Violencia, discursos y prohibiciones en el sur de Sinaloa, 1935-1945.


1 Noroeste, 1 de marzo de 2016.

2 Índice de Paz México 2015. Un análisis de la dinámica de los niveles de paz en México, Institute for Economics and Peace, marzo de 2015, p. 17. Disponible en: http://bit.ly/1MTerfA

3 Índice Global de Impunidad México IGI-MEX 2016, Centro de Estudios sobre Impunidad y Justicia/Universidad de las Américas Puebla, México, febrero de 2016, p. 51. Disponible en: http://bit.ly/1RL8mTF

4 Índice de Paz México 2015, p. 36.

5 Seguridad Justicia y Paz. Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, A.C., “Caracas, Venezuela, la ciudad más violenta del mundo del 2015”, 25 de enero de 2016. Disponible en: http://bit.ly/1qjpWrY

6 La Encuesta sobre Capital Social Negativo fue presentada en el marco del Seminario sobre Violencia en México. La sesión de dicho seminario llevó por título “Los pilares culturales del crimen organizado”. Se encuentra disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=BWXmR_xe3QM

7 En su totalidad este apartado se basa y retoma la información de la Encuesta sobre Capital Social Negativo, realizada por el Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia (CASEDE) y Sistemas de Inteligencia en Mercados y Opinión (SIMO), con el apoyo financiero de la Segob.

8 Noroeste, 1 de marzo de 2016.

 

8 comentarios en “Sinaloa, o la compleja relación entre cultura y violencia

  1. Buen acopio de datos y links al respecto. Eh. Se explicaría mejor esa percepción de su estado del sinaloense respecto a la que tiene el mexiquense del suyo, por ejemplo, viendo el tipo de delitos que en ambos lugares se cometen. No es lo mismo un estado compuesto de más o menos 15 millones de habitantes, con zonas super pobladas y pobres, que un estado con menos de 3 millones de habitantes, con pobreza pero sin esa peligrosa densidad demográfica. Luego, ¿cuántos sinaloenses reciben dinero del contrabando, directa o indirectamente? Policias, ejército, empresarios, políticos, familiares de los contrabandistas. Pareciera lógico que los ajustes de cuentas por negocios se vean como algo natural, pues no hallan otra manera de resolver sus diferencias. Esto influye en un machismo tradicional que hace suyo resolver violentamente las diferencias: me ofende la esposa, el vecino, algún otro tipejo, y pues, si se siente grave la ofensa, hay que matar. Al cabo y sobran armas en la región, el tráfico de las mismas. No sé si es expresión de Jalife, pero en Sinaloa tenemos una pax mafiosa de décadas (un cártel domina o un conjunto de estos domina la región desde hace mucho). Hemos crecido en cantidad de población, pero tal vez nuestras cifras de asesinatos por cada 100000 hab. siempre han sido algo altas. Estaría interesante ver un estimado de cifras en un periodo de 50 años o algo así. Pero sí: Plascencia también menciona lo cultural. Habría que seguir indagando también ahí, como lo ha hecho Néry Córdova, Elijah Wald, etc.

  2. Excelente material, claro pero a la vez confrontante. Con respecto a la paradoja que implica tener una percepción generalmente positiva estando ubicados en un contexto de evidente violencia, una arista que sería interesante explorar sería el cobijo o arropo que obtienen las organizaciones delictivas por parte de la sociedad. Ya sea por conveniencia, ya sea por afectividad o lazos familiares, o ya sea por miedo, pero esa aprobación social que tienen quienes delinquen podría explicar esta percepción positiva dentro de un contexto no tan positivo.
    Ahora, ¿que tal si estos habitantes están tan habituados a la violencia, que los hace un tanto más insensibles a sus consecuencias?
    Comparto un link que atiende este aspecto:
    http://www.expreso.com.mx/expreso-expresion/fuera-de-ruta/114529-delincuencia-en-el-norte-de-mexico-irompiendo-estigmas.html

  3. Simple y sencillamente ya se acostumbraron a la violencia, es algo tan cotidiano que ya forma parte de tu vida.

  4. Dicen que si pones una rana en agua hirviendo, esta brincara, pero si la pones en agua fria y le prendes fuego, ella permanecera ahi hasta hervir.
    Los Culichis hemos tenido en nuestra siempre en nuestra vida el “habitante” del narcotrafico, nuestro suelo y nuestro clima lo han permitido, es tierra fertil.
    El contraste del que se habla en la nota del Capital Social Positivo y Negativo, es que los Carteles han tenido sus guerras entre ellos, claro, ha habido daños colaterales, pero estos han sido pocos.
    ¿ Acostumbrados a los balazos ? Igual y si. pero es lo mismo, sabemos que son pleitos “caseros” entre las bandas rivales.
    Claro que existen otro tipo de delitos, pero la “etiqueta” que tiene el Sinaloense es de ser narcotraficante, y eso se arregla entre ellos.
    No con esto quiero decir que este bien, pero es nuestra tierra, y, aqui nos toco nacer y vivir.
    Por eso el Sinaloense y en especifico el Culichi tiene un amor por su tierra, por su gente, por su familia. Y eso es algo que como dice el estudio no lo tienen muchos municipios.

  5. Es típica la incredulidad de la gente que no es de Sinaloa al ver números negros contra la percepción del sinaloense ante el narco y sus factores adjuntos, su percepción respecto a la seguridad en su entorno inmediato. Esta incredulidad es particularmente notorio en la gente que es del centro del país.

    A diferencia de otros estados como Michoacán, Tamaulipas o el Estado de México, el narcotráfico ha estado en Sinaloa de manera abierta desde por lo menos los 50’s del siglo pasado. Es ya un componente integrado socialmente, con sus muy propias características que lo diferencían de los problemas del narco en otros estados.

    Para entender por qué la percepción del sinaloense no coincide con la idea alarmante de los analistas al ver números estadísticos, deben tratar de entender cómo ve un sinaloense al narco y la violencia:

    – El narco no intenta controlar el estado, es parte de la sociedad, y es parte integral de ella principalmente mediante vínculos familiares y de compadrazgo.
    – El narco en Sinaloa reparte dinero, ya sea en los pueblos perdidos en la sierra, o en ciudades como Los Mochis, Mazatlán o Culiacán. A veces como soborno, a veces para apoyar a sus pueblos natales
    – Invierten su dinero en propiedades y empresas locales, compran autos en las agencias locales. Mucho del dinero del narco se queda en el Estado, y todos en Sinaloa saben que eso es lo que ayuda a mantener a flote al Estado.
    – No se mete en la delincuencia común. Al contrario, mantiene bajo control a los criminales de poca monta. Un ejemplo reciente, fue la ola de robo de vehículos a mano armada en Culiacán hará unos 4 o 5 años. En pocos meses, comenzaron a aparecer ejecutados acusados de ser robacoches. El problema prácticamente desapareció a las semanas.
    – No extorsiona a los empresarios locales, cosa que sí ha sucedido fuertemente en otros estados como Michoacán y Tamaulipas.
    – No entra al secuestro ni trata de personas, a diferencia de este problema que sí es muy visible en Guerrero o el Estado de México, donde el narco ha mutado a explotar multiples delitos a la vez.
    – Se matan entre ellos por deudas, traiciones, o para expulsar a los “contras”. Buscan limitar el daño colateral y mantener un perfil bajo. ¿Bloqueos y quema de vehículos en carreteras? ¿Balaceras a diestra y siniestra? ¿Emboscadas a fuerzas de seguridad? Eso no es común en Sinaloa, a pesar del elevado número de muertos. No se puede decir lo mismo de Tamaulipas.
    – Por último, no obligan a nadie a entrar al negocio; pero es visto como medio de movilidad social relativamente aceptable, con sus consabidos riesgos.

    La mejor analogía que podría dar respecto a la impresión que tiene un sinaloense del narco, es la que tiene un chilango de Tepito: es peligroso, pero si no te metes, no pasa nada.

  6. Interesante. No se olvide que el Chapo es visto como un chingón en la sociedad sinaloense, que la actividad del narcotráfico es de larga historia en esa entidad y que en esa cultura de la violencia existe un cierto orgullo y un claro machismo. Negocios son negocios, algo muy por delante de Guerrero, por ejemplo, bueno hasta novelistas tienen.

  7. Mientras haya las culichis, mota, tambora y lavado de dinero, la percepcion de que hay menos descomposición social, prevalecera