Vista desde Puebla, la ciudad de México tiene los volcanes al revés. Si yo cierro los ojos para pensar en ellos, brota la Mujer Dormida siempre a la derecha del Popocatépetl. Porque así los vi la primera vez y durante muchos años.

Pero para quienes los miran desde México, lo correcto es con ella a la izquierda.

Así es la geografía de la mirada. No sólo es el cristal, sino el lugar desde el que hacemos nuestro el mundo lo que marca el modo en que lo entendemos. Y lo amamos.

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Ilustración: Gonzálo Tassier

Cuando llegué a este lado de la tierra sabía que iba a vivir aquí el resto de mis días. Que los volcanes estarían al revés casi siempre y que, como sucede, los podría ver muy poco. Pero no me importaba. Todo en esta ciudad era inmenso y promisorio. La palabra libertad se volvía dos cuyo sonido aún es horrible. Distrito Federal. Pero cómo se oía era lo de menos, lo de más era estar en el ombligo de mi país, haciendo lo que se me daba la gana.

Sé que no pude elegir mejor, lamento sólo que un hombre no haya vivido para darme la razón. La Puebla que dejé en 1970 era angosta y hermosa. Ahora se ha vuelto ancha y deforme. Tiene lugares invencibles y esperpentos como derrotas. Pero no es de Puebla que hablo, sino de lo que desde allá nombrábamos México. Lo que ahora se llama con mayúsculas Ciudad de México. No les he preguntado a mis hijos, raro porque yo todo les consulto, qué opinan de que el Distrito Federal haya dejado de existir. No sé siquiera si este lugar en que nacieron, al que se deben, en el que viven o al que añoran, alguna vez, en sus oídos, fue el Defe. Si se consideraron defeños. Yo más bien creo que a ellos chilango les resulta más cercano. Para mí, esta ciudad ha sido siempre México. Caben perfectamente en mi cabeza y mi inquietud México el país y México este centro de ruido, caos, mugre y esperanzas múltiples al que nos hemos hecho adictos. Cuando llegué a estudiar aquí, ya estremecía. Ya entraba de golpe y sin permiso a la emoción de conocerla. Y todo lo inaudito era posible. Tener novios cuyo destino y origen no importaba, que a ellos no les importara ni el origen de mi apellido, ni la contradicción de mi estatura. No ser divina como fue mi mamá hasta el último de sus días dejó de contar como el primer defecto de mi adolescencia. El segundo había sido la electricidad. Y el tercero la impertinencia. Lo que fueron mis cualidades de la niñez volvieron a ponerse en el lugar de mis deseos. Lo que me hacía vulnerable a los ojos del pequeño mundo, aquí no le importaba a nadie. De todo había permiso, hasta de andar entre los trenes del Metro a medianoche. Y con quien fuera. Nunca les tuve miedo a sus calle oscuras. Y la recorrí a todas horas y desde una punta hasta la otra durante muchos años.

Trato de recordar cuándo vine aquí la primera vez. He dicho que nos trajeron al zoológico y que una jirafa mordió la punta de mi trenza. Pero ahora creo que eso lo inventó mi imaginación. Estoy segura de que a los trece años vine con el colegio a la Villa, a Chapultepec y a patinar en hielo. Todo en un día. Con razón en la noche asusté a mi hermana con el primer síntoma de una enfermedad que me acompañó buena parte de la vida. Pero tampoco estoy hablando de esa reina de la noche que puede ser la epilepsia, estoy diciendo que a esta ciudad se tejió mi fortuna. Y que ha sido para bien, como lo es para tantos chilangos.

Vengo a saber que no todos los que habitamos este reino merecemos semejante designio. Sólo los extranjeros, sólo quienes llegamos aquí cargados de otra memoria, cada quien con sus volcanes o sus vidas volteados al revés, para construirnos otro mundo sin soltar aquel del que venimos.

La capitalota la llamaba el ingeniero Carlos Mastretta quien veía en ella toda suerte de peligros. Nadie nunca vaticinó tantas tormentas y tormentos como los que él me puso en una carta llena de miedo con la que ni así consiguió moverme de este rumbo en el viven casi todos mis más queridos, la mayoría de mis amigos, el fresno y la araucaria, la calle con sus hoyos y la luna de cada mes sobre los edificios. Aquí están Bellas Artes, con sus vivos y sus muertos, el gentío en la calle de Madero, la luz de la mañana en Chapultepec, los cuentos que me cuentan las voces de quienes vienen a comer porque les gusta mi posada. Aquí la revista nexos, los cines en los que enseñé a mis hijos la pasión por el cine, las calles en que los asaltaron, en las que vuelven a enamorarse cada mañana. Aquí está el cuarto de Catalina, el estudio de Héctor, el departamento de Mateo y Greta. El palco futbolero de la San Miguel Chapultepec y la hermosa Rotonda de las Personas Ilustres.

Desde aquí siento los volcanes al revés y pienso en mis hermanos que están mirándolos al derecho. Y en que aquí también pusieron su esperanza y su fortuna mis otros dos hermanos.

La primera vez que dormí en esta tierra más de tres noches fue por invitación de mi tía Julia. Una mujer de ojos redondos y boca llena de gracia que tras una vida complicada jugaba cartas con mi abuela mientras la iba distrayendo con los cuentos de las cosas para todos raras que hacían los parientes de México. Para mi familia, México era una ciudad remota, en la que sucedían asuntos extraordinarios y poco edificantes. Aquí vivían todos los hermanos de mi abuelo materno. Y sus tres hermanas. Las tres divorciadas por más de nueve razones, durante la segunda década del siglo XX. Entonces había que ser audaz para decidirse a un divorcio, pero las tres lo fueron y las tres resultaron capaces de mantenerse y salir adelante sin mayores escándalos. Hijas de un médico liberal y una mujer con lengua de navaja, ninguna de las tres hermanas de mi abuelo pudo lidiar con un marido. Los hermanos, en cambio, la llevaron muy bien con sus mujeres. Nada más uno se divorció y eso porque como era piloto de aeronaves tuvo a mal hacerse de una novia en cada puerto y eso lo metió en un lío sólo reparable volviendo a la bien hallada soltería. Cuatro de ellos vivían en paz con mujeres que no daban guerra. En cambio todos tuvieron hijos que entre 1960 y 1975 se divorciaron en caída libre. Así que para nosotros México era una ciudad permisiva en la que cada quien atendía a su juego sin padecer opiniones ajenas ni malos modos sociales. Sólo en México había personas divorciadas, en Puebla yo no conocía a ninguna. Luego vine a saber que mil mujeres hubieran hecho bien dejando a sus maridos inhóspitos y majaderos, arbitrarios y hasta criminales,  pero ahí el silencio era una regla de oro y quienes se atrevían a romperlo, si bien les iba salían expulsados hacia la ciudad prohibida. México con sus desfiladeros y sus volcanes vistos al revés.

Todo al revés en esta ciudad que crecía ayudando a sus habitantes a tener vidas privadas que resultaran menos públicas. Catalina Ascencio, diez años mayor que mi madre, salió huyendo en cuanto murió su marido, aún no se sabe de qué mal, pero de seguro por malvado. Dicen que en México vivió libre y tan feliz como se puede ser. Pero todo eso lo inventé aunque no lo dudo, porque me lo contó un poeta excéntrico, ciego y taurino al que también encontré aquí como a uno de mis primeros tesoros.

Quien después sería la abuela de mis hijos y a su tiempo la antropóloga Guzmán, me ayudó como nadie y quizás sin saberlo a encontrar mi derecho en este envés. Alcanzó a saber que por más maldiciones que le dedique, he de vivir en ella, dichosa de pisarla todos los días.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

15 comentarios en “La geografía de la mirada

  1. ¡Qué hermoso texto, Ángeles del alma, y qué bello descubrimiento el de la geografía al revés! Me ha hecho recordar que gran parte de mis ocios de muchacho y de hombre joven los pasé leyendo en la azotea con alpende de la casa de mis padres, y que alzando la vista del libro y mirando al Este veía en lontananza la línea alta de la ribera izquierda del río Tinto, y de derecha a izquierda La Rábida, Palos de la Frontera y Moguer, de cuyo caserío destacaba la torre de su iglesia mayor, de la que Juan Ramón dice en “Platero y yo” con una imagen fulminante: «Parecía, de cerca, una Giralda vista de lejos». Ese paisaje que era como una ilustración del libro de JRJ, si yo siguiera viviendo en esa misma casa, ya no lo podría ver. Mis hijos, y no digamos ya mis nietos, habrían crecido viendo un ciclorama de edificios de doce, quince, veinte plantas, que lo tapan por completo. Todo esto me has hecho recordar y reflexionar leyendo tu columna de este mes. Los dioses (aztecas o cualesquiera que sean) sigan bendiciendo tu escritura.

  2. Es el miedo eterno que tienen casi todos los padres a que sus hijos cambien de lugar; y no digamos de amistades.
    Qué largo se hace esperar todo un mes para volver a leerte.
    Un gran abrazo.

  3. La onda expansiva de Ángeles Mastretta en “La geografía de la mirada”, nos ha invitado a ver y revivir nuestros paisajes, ya convertidos en el recuerdo de una geografía irrepetible. Ricardo Bada con su comentario y Vicente Quiroga con su correo, tan próximos en el tiempo y en el espacio de nuestros años jóvenes en Huelva, también me invitan a “geografiar” (horrible palabro) mis paisajes ya imposibles.
    Desde las ventanas traseras de mi casa huelvana, veía el Cabezo, pequeña montaña de tierra amarillenta, en la que tanto jugaba y convertía en jirones mi modesto y escaso vestuario. Unas excavadoras sin conciencia mordieron aquel trozo de mi Cabezo… para plantar allí un centro de El Corte Inglés.
    Desde las mismas ventanas, también se divisaba el llamdo Barrio Obrero (de los trabajadores de las minas inglesas), una de las más atractivas de lo que se ha dado en llamar La Huelva Victoriana. Una horrible mole arquitectónica (centro de formación profesional) se interpuso en aquella despejada visual.
    Otro paisaje que pasó a la historia, esta vez desde la casa del vecino de arriba, fue la mitad del Velódromo, campo del Recreativo de Huelva, equipo decano del fútbol español.
    En fin, así fue, así es, la geografía (y la historia) de mi mirada.

  4. Querida Ángeles:
    En medio de tanta desolación reconforta encontrar tu mirada en esa linda y bienvenida nostalgia que tan bien retratas. La geografía de la mirada -la geografía Mastretta- invita a reflexionar en las geografías propias, aquellas que nos han acompañado o nos han abandonado.
    Gracias por tu texto.
    Abrazo muy afectuoso,
    Arnoldo Kraus

  5. Me E N C A N T A!!!! la manera en que esta G R A N D I O S A escritora alborota mi amor por México, por todos los Méxicos -aunque conozco pocos-. Gracias Ángeles M, por la maravilla de escritura y oportunidad de pasear por las calles al lado de gentes que sin saberlo están en mi corazón, espero regresar pronto!!!!!

  6. Me encanta su manera de mirar la vida . Leí su libro arráncame la vida . Y desde ese momento me enamore de sus letras . Con admiración ¡ para ud.

  7. No conoci la Ciudad de Mexico de los años setenta (en realidad yo apenas naci en esa decada) pero a quienes escucho platicar sobre esa epoca lo hacen con tanta nostalgia que se antoja haber estado ahi!

  8. Me uno al comentario que se hace largo esperar un mes para leerla. Yo la sigo desde “Arráncame la Vida” sin tregua y feliz de compartir sus infinitas experiencias, sus palabras tan precisas llenas de encanto. Mil gracias.

  9. Cuántos recuerdos se me fueron agolpando en la cabeza en cada frase y en cada palabra de esa geografía ciudamexiqueña que nos describe con gracia, talento, calidez y sabrosura. Nuestra Ciudad de México ahora ciudad y estado a la vez, ya no más nuestro querido DFectuoso, sigue siendo refugio y casa de muchos inmigrantes provincianos que llegan haciendo la mar local como la tierra de la gran promesa y de las variadas oportunidades. Los volcanes, al derecho o al revés según se mire, siguen siendo referentes naturales infaltables en el paisaje citadino. Gracias Ángeles Mastretta, sus colaboraciones en Nexos nos vuelven a la vida cada mes.

  10. Me encantó leer este retrato del DF de la Sra. Mastretta porque me recordó mi DF, el que yo viví cuando inicié mi carrera en la publicidad, por allá en los 80s. Es un lugar único en el mundo que tuve la fortuna de conocer y ¿sufrir? No sé si tanto, sólo gozar. (Siendo cachanilla sabía que mi vida estaba demasiado ligada al Río Colorado.) Gracias, Ms. Mastretta, por los bellos recuerdos de una ciudad a la que siempre volveré.

  11. Dejar del lugar de origen, como salir del útero. Un salto al encuentro de la propia identidad…
    Cuanta belleza en pocas imágenes, Ángeles. Un lujo leerte.