Hay días en que al abrirle las ventanas al sol se me antoja volar. No sólo darle un empujón al picaporte, sino salir tras él que ha quedado flotando sobre el alero de cristal cubriendo el patio. Y ya de ahí soltarme, dar un brinco a la punta delfresno. Quizás desde allá arriba pueda mirarse una pequeña bahía que ensueña a mil seiscientos sesenta y cinco kilómetros de este lugar en que imagino un vuelo. Entonces ya no serán dos horas en avión, menos dieciocho en auto, sino sólo un segundo con los ojos cerrados y de regreso a las puestas de sol dorando el ánimo con la sensación de que todo debería ser bueno y generoso como esas tardes. Volar.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Dice mi historiadora predilecta que esquiar en nieve es lo más parecido a ir volando. La oigo y le creo porque ella no habla de lo que desconoce, pero segura de que tal emoción ya no ha de andar entre las mías. Yo puedo ser intrépida a grados que lindan con la tontería, pero no tonta al grado de imaginarme siendo así de intrépida. Conque de ese vuelo no tendré sino la idea. Lo mismo que de ese otro juego que es mantenerse en equilibro encima de una tabla desplazándose sobre la cresta de las olas. Hipnotiza mirarlo. ¿Qué sentirán? También eso debe ser como volar.

A todos nos intrigan los pájaros. Miles de animales consiguen lo que nosotros no podremos jamás, pero no conozco a nadie que quiera mover la nariz como lo hace con su trompa un elefante. En cambio, volar. Incluso quienes saltan por los trapecios y van de cuerda en cuerda por los circos siempre convocan a los pájaros. No a los monos, ni a los osos, ni a las ardillas, sino a los pájaros.

Y pensar que nosotros, a ellos, no les importamos nada. Cuando nos acercamos al hechizo de un pelícano detenido en la playa, se incorpora despacio y se larga con su pico a otra parte. Lo mismo las garzas y las gaviotas. Todos los pájaros vuelan cuando nos acercamos. Para su fortuna, nosotros no volamos, al menos, no como ellos, que por eso escapan. ¿Cómo volamos? Y si volar fuera un aroma, ¿cuál sería? ¿Y si el tiempo volara? Qué pregunta. El tiempo vuela. A ése no hay pájaro que lo desafíe. Sobre todo si quien trata con él tiene más de 50 años. Qué diré yo que este octubre voy a cumplir 66. Número capicúa. El siguiente será 77 y al siguiente ya no sé si he de llegar. Ocho, ocho. ¿Y si llegara a 99? Nueve, nueve. Ya estoy volando. ¿Será que me aburriría? Hay quien dice que sí. Yo digo que imposible. Claro, tendrían que ponerme unos ojos nuevos, unas nuevas rodillas, unos brazos, un par de oídos. Pero para que no sea mucho volar, mucho pedirle al dios de lo imposible, podría yo quedarme con estos, los de esta edad, así, como los tengo, medio maltrechos pero todavía muy útiles. Funcionando incluso de más, porque hay cosas que no querría yo oír: la música en los restoranes, por ejemplo. Y cosas que no querría ver: la cara de los monstruos que abundan. Pero sí el horizonte, sí oír a Liszt, sí tanto. Podría ver películas días y días. El estómago que no me empeore porque ya da bastante guerra y el chiste es poder con las palomitas mientras cruzan las historias y la series frente a nosotros. Las rodillas de ahora me alcanzan para doblarse cuando algo quiero levantar del suelo, sirven muy bien para subir las escaleras, para bailar. ¿Qué más necesito de ellas? No quiero hincarme frente a nadie. Hago mis oraciones mientras duermo. O cuando canto. Eso sí, cada día canto peor. En la cena de año nuevo de repente me quedé muda y no pude cantar las pequeñas cosas. Esas que el viento arrastra allá o aquí. Ya no les digo el “Casta diva” porque esa nunca me ha salido más que tarareada y en la ducha, como la llama la maestra María José Rodilla. Española, de Cáceres, y mexicana, de Coyoacán. He pasado con ella unos días frente a distintos mares y clarísimo me ha quedado que de libros me falta una eternidad. Soy, como casi todos los mexicanos, una ignorante de la literatura de los siglos XVI, XVII y XVIII, los de la Nueva España. Como eso no era México, dicen. La profesora me cuenta que sus alumnos llegan a la universidad sin saber quién era Sigüenza y Góngora. Un científico, un escritor, un poeta, un ensayista, un sabio, un curioso sin límites, un lingüista, un hombre de cabeza libre en mitad de los canales heridos, los incendios y los levantamientos populares: Carlos de Sigüenza y Góngora.

Se lo digo tal cual a la maestra: yo tampoco sabía nada de don Carlos cuando llegué a la universidad. Quizás había aprendido, para pasar un examen, que nació en 1645 y murió en 1700. Porque así nos enseñaban literatura en la preparatoria: los nombres y las fechas. Nunca la cercanía con qué libros escribieron quiénes, mucho menos una línea suya. Yo di con sor Juana a los quince años porque me encanté con sus sonetos de amor despechado. Ya de ahí jalé la hebra hasta sus palabras y a cada tanto me embrujo con algunas. Sus alegorías, su hermenéutica, los preciosos cuadernos que llamaba “borrones”, los dioses griegos a cuya apelación se rendía. En el Primero Sueño, para decir uno que recuerdo, Harpócrates, el dios del silencio prudente, representando a la noche.

Pero del olvidado Sigüenza, apenas tenía el aroma de su nombre y su siglo. Me propuse leerlo. Entonces sí, a volar. Por orden de la maestra primero la novela, porque aunque Alonso Rivera, originario de Puerto Rico, sí haya existido y su rara colección de historias haya sido verdad, el hecho es que Sigüenza y Góngora la pasó por el tamiz de su prosa refinada y al tiempo en que recuperó la voz del aventurero de un modo en que ése nunca hubiera podido hacerlo creó la primera novela mexicana. Infortunios de Alonso de Rivera se llama este libro que me puso a volar todo un día. Qué novela tan divertida y llena de gracia. Al mismo tiempo una sofisticación que va regalando a toda velocidad la colección de anécdotas extraordinarias que el narrador cuenta como si fueran algo común. En pocas páginas, Alonso, que empieza teniendo trece años, abandona a sus padres, el aprendizaje de la carpintería y Puerto Rico para ir a Veracruz y de ahí a Puebla. En el trayecto pasa por Xalapa y en las cumbres del camino descubre el frío. Al llegar a Puebla conoce el hambre, cuando decide ir a la ciudad de México, el deslumbramiento. Hasta aquí que les cuento van seis páginas. Lo que sucede cuando le da media vuelta al mundo vuela en la precisión verbal de un escritor extraordinario, que no deja de ser de culto, porque pocos los conocen y poquísimos lo estudian. Bien habla, cuando habla mal de nosotros, la maestra Rodilla. Sigo con los infortunios, Alonso de Rivera encuentra abrigo en la ciudad de México como un espejismo delirante, pero no lo guarda, porque el hombre no se puede estar quieto. Cuando muere, en su primer parto, la mujer con quien se casa enamorado, sale de Acapulco a Filipinas. No sé cómo agradecer la lectura de sus vicisitudes. Me prometo no perder a don Carlos. Filósofo, historiador, matemático, anticuario. ¿Cuánto más?

Tras la novela, publicada por Alfaguara, con el delicioso prólogo de María José, he leído una crónica ensayo cuyo título sugiere todo: Alboroto y motín de los indios de la ciudad de México, 1692. Está publicado por el Centro de Estudios Literarios, Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Literatura Mexicana, volumen 20, número 2. Pero la verdad yo lo encontré en la red. Tanto ahí se parece al ahora y, al tiempo, todo es tan distinto, que ilumina y emociona. Es muy triste. Está narrado con la misma sorpresa con que ahora se narran nuestras desavenencias y desgracias como si fueran nuevas.

Qué vuelo más extravagante ha sido este de leer así, en desorden, el orden de hace tanto tiempo. Bien está ambicionar unas alas. Me espera ahora el Manifiesto philosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos. Un texto de 1681. ¿Alguien quiere volar?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

6 comentarios en “Volar con los tímidos cometas

  1. Dices que mejor para las aves que los humanos no tengamos alas, y es asi, pero tenemos escopetas.
    Para qué queremos alas si tenemos libros.
    Un abrazo largo y agradecido, por tu texto.

  2. Y preguntas : y si volar fuera un aroma ¿cuál sería ?
    Para mí , el olor del heno húmedo en las praderas , de donde las aves migratorias levantan el vuelo para el largo viaje al sur en las cortas tardes de otoño.

  3. Estupendo texto, pero va aclaración pertinente: el libro se llama “Infortunios de Alonso Ramírez”.