En 1983, en el pequeño pueblo de Narborough, en Leicestershire, Inglaterra, una joven de 15 años fue violada y asesinada. Dos años más tarde, otra mujer de la misma edad, en el pueblo vecino de Enderby, fue violada y asesinada de la misma manera. La policía arrestó a un Richard Buckland, quien después de ser interrogado confesó ser autor del segundo, pero no del primer crimen.

La policía sospechaba, por el tipo de sangre encontrado, que el autor de ambos asesinatos era el mismo.

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Ilustraciones: José María Martínez

Dos años antes del segundo asesinato un joven científico de la Universidad de Oxford, Alec Jeffreys, había anunciado el desarrollo de una técnica para desarrollar “la huella genética” del ADN. El descubrimiento de Jeffreys fue utilizado por primera vez para resolver aquel enigma. Se tomaron muestras de más de dos mil hombres que vivían alrededor de las escenas del crimen y se compararon con las muestras de semen encontradas en las víctimas.

Buckland, el confeso, era inocente. El doble asesino era Colin Pitchfork, un panadero de la localidad. La invención de Jeffreys, que le traería los más importantes premios de la ciencia en los años posteriores, cambió para siempre el trabajo policiaco en el mundo.

30 años después la utilización de muestras de ADN es rutinario en investigaciones criminales y se han evitado, literalmente, miles de falsas acusaciones. Sólo en Estados Unidos 333 personas ya con largas condenas —20 de ellas a la pena de muerte—, muchas con supuestas confesiones en su expediente han sido exoneradas gracias a la huella genética.

Pero, ¿cómo era que Buckland había confesado? Había entregado detalles que sólo la policía conocía, era una confesión perfecta que de no ser por el ADN le hubiera merecido años de cárcel.

 La prueba reina le habían llamado a la confesión en las escuelas de derecho por años.

La huella de ADN, primero, y desde entonces una serie de estudios de psicólogos, criminólogos, lingüistas, neurólogos, abogados han mostrado que la prueba reina no es tal.

Aquel caso transformó para siempre la manera en que policías, investigadores y jueces valoran una confesión. En Europa, partes de Asia, América Latina y Estados Unidos se han transformado por completo procedimientos no sólo de aseguramiento de escenas criminales sino de técnicas y supervisión de interrogatorios de testigos y sospechosos.

No es así en México que hoy enfrenta en dos de los casos más emblemáticos de los últimos años una paradoja especial.

En el llamado caso Narvarte, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal tiene el video de tres individuos saliendo del edificio donde más tarde se encontrarían cinco cuerpos sin vida. Tiene las declaraciones de los tres —dos de los cuales aceptan ser los de los videos— pero ninguno confiesa haber matado a nadie.

En el caso Iguala la Procuraduría General de la República tiene un puñado de confesiones, todas coincidentes, con muchos detalles, casi perfectas, de individuos que dicen haber transportado a los normalistas de Ayotzinapa desde un punto llamado Loma de Coyote hasta al basurero de Cocula, haberlos asesinado y después incinerado. La PGR, sin embargo, no tiene cuerpos, no en el basurero. Y lo único que une al basurero con los restos encontrados en el Río San Juan son, hasta el momento que escribo esto… confesiones.

Son los dos lados de una tradición enraizada en nuestros cuerpos policiacos y ministeriales gracias a dos factores: el valor casi absoluto que le dan los jueces mexicanos a la primera declaración y su consecuencia: los métodos (tortura, maltrato, amenazas, largos arraigos) con que por años se ha logrado que esa declaración sea una confesión.

En los expedientes mexicanos, los que leen los jueces y magistrados para fundamentar sus decisiones y sentencias, están ausentes uno de los factores fundamentales para valorar la verosimilitud de cualquier declaración, más aún una confesión: las preguntas.

En las miles de fojas de los expedientes judiciales las confesiones siempre son largas peroratas en las que el acusado lo recuerda todo de golpe, recorre horas, a veces días, sin interrupción alguna. Detalles, personas, colores de ropa, vehículos, marcas, conversaciones. Si creyéramos lo que ahí se lee, todos los declarantes mexicanos tienen memorias prodigiosas que funcionan sin ayuda.

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En 2010, frente a la persistencia de las falsas confesiones en el sistema judicial, la agencia británica para el mejoramiento de la policía financió a un grupo de investigadores europeos para que hiciera una revisión de los más importantes estudios sobre falsas confesiones y tácticas de interrogación policiaca. El objetivo era saber qué método es más eficaz para evitar confesiones falsas y obtener declaraciones verdaderas.

Cito del documento: “La entrevista y el interrogatorio de los sospechosos pueden ser particularmente importantes para asegurar las condenas de personas culpables y liberar al que se ha acusado injustamente. Hay dos métodos para interrogar sospechosos: el de recopilación de información y el acusatorio. El enfoque de recopilación de información, que se utiliza en el Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia, y en otros lugares, así como en casi toda Europa Occidental, se caracteriza por la construcción de una buena relación con el sujeto, la búsqueda de la verdad y la escucha activa. El enfoque acusatorio, que se utiliza principalmente en Estados Unidos y Canadá, se caracteriza por la acusación, la confrontación, la manipulación psicológica y el no permitir la negación”.

¿Qué método utilizan los interrogadores mexicanos? Imposible saberlo. El sistema judicial mexicano oculta el interrogatorio y frente al juez lo convierte en una aparente declaración voluntaria dejándolo sin elementos de juicio.

En 2010 el profesor Brandon Garret de la Universidad de Virginia estudió 250 casos de falsas confesiones de personas exoneradas por la prueba de ADN. Encontró que en todos los casos las narrativas de la confesión del inocente parecían fiables y corroboradas por pruebas obtenidas en la escena del crimen.

“Durante el juicio la policía y los fiscales reportaron que los acusados habían ofrecido detalles del crimen, por lo que poseían conocimiento interno del crimen. La contaminación de estas confesiones se mantuvo a lo largo del juicio sin ser detectada, eso tal vez explica por qué durante tanto tiempo se creía que no podría ocurrir una falsa confesión. Debido a la contaminación de las confesiones el sistema de justicia penal no podía desenredar lo que ocurrió. Aunque había indicios de la falta de fiabilidad en muchas de estas confesiones, todas pasaron el juicio, la condena y los procesos de apelación posteriores. De hecho, en ocho de estos 250 casos las pruebas de ADN ya existían en el momento del juicio, pero la confesión de culpabilidad era lo suficientemente fuerte como para superar las pruebas de ADN de inocencia. Algunos tribunales negaron alivio para algunos acusados incluso después de que se obtuvieron las pruebas de ADN. Estas confesiones falsas resistieron escrutinio, precisamente porque fueron reforzadas por los hechos detallados que, ahora sabemos, le deben haber sido pasados durante el interrogatorio al acusado por sus interrogadores”.

Por “contaminación” los expertos entienden toda la información que los investigadores acercan al interrogado antes de comenzar el procedimiento formal.  

“Los tribunales que condenaron a los inocentes en primeras instancias enfatizaron uniformemente en sus sentencias que las confesiones contenían admisiones que sólo el verdadero asesino o el violador podía saber. La grabación selectiva de muchos de estos interrogatorios sólo cimentó tal contaminación, ya que la grabación se había hecho después de que los detalles ya habían sido revelados por el interrogador al sospechoso y éste los había hecho suyos”.

 

Hasta la reforma del sistema de justicia penal de 1998, que debe estar en funcionamiento en todo el país a mediados de este año, para el sistema judicial mexicano la primera declaración, aun si se alega que fue hecha bajo tortura, sin abogado o bajo otro tipo de presión como largo arraigo, sigue teniendo valor probatorio, ya que según la antigua jurisprudencia las declaraciones posteriores obedecen “a un reflejo defensivo del quejoso”, mientras que su primera declaración efectuada sin tiempo suficiente de aleccionamiento merece mayor crédito”.

Aún más, la jurisprudencia mexicana decía que si una confesión “es obtenida mediante golpes, y ésta se encuentra corroborada con otros datos que la hacen verosímil, no por la actitud de los elementos de la policía, se deberá poner en libertad a un responsable que confesó plenamente su intervención en determinado delito, quedando a salvo, desde luego, el derecho del sujeto para denunciar ante la autoridad competente la actitud inconstitucional de los agentes de la autoridad que lo hayan golpeado”.

“Otros datos”, por cierto, pueden ser la confesión o declaración de un testigo, obtenida con los mismo métodos.

Es decir, la tortura, los largos arraigos, los maltratos y la intimidación son también producto de un sistema que por décadas los aceptó y los sancionó como una manera válida de obtener pruebas. De hecho, la confesión y las declaraciones incriminatorias se convirtieron, aquí sí, en la prueba reina. Según algunos cálculos, en México son el motivo de más de 80% de las sentencias condenatorias.

Hasta los años recientes ninguna policía, ni investigador tenía por qué desarrollar técnicas de interrogación. Algunos golpes, un par de amenazas han sido suficientes.

Por lo mismo, nunca se proveyeron herramientas para premiar a quien dice la verdad con sentencias menores o cárceles más amables, como las tienen otros países.

El nuevo sistema contempla que una confesión frente a un juez, acompañada de otros medios probatorios, será recompensada con el llamado “proceso abreviado”. Con ciertas condiciones, ahora el confeso podría obtener reducciones significativas en su sentencia de hasta dos terceras partes de la pena en delitos culposos.

La herramienta, sin embargo, podría poner presión en los inculpados para confesar lo que no hicieron, con tal de no someterse a la incertidumbre de un juicio.   

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El que tal vez sea el estudio más citado sobre confesiones frente a policías e investigadores fue liderado por Saul Kassin y cinco investigadores más provenientes de igual número de universidades de Estados Unidos publicado en 2009.

El doctor Kassin es reconocido como uno de los principales expertos en falsas confesiones del mundo. Sus recomendaciones han sido adoptadas por decenas de departamentos policiacos y fiscalías en Estados Unidos.

En 1985 propuso una clasificación para las confesiones que hoy se utiliza en todo el mundo: voluntaria, coaccionada obediente y coaccionada internalizada. Kassin ha establecido que aunque entre 15% y 10% de exoneraciones postsentencia gracias a la huella de ADN han contenido falsas confesiones, “la frecuencia de declaraciones de culpabilidad por falsas confesiones es imposible de saber, pero dado que este porcentaje no incluye las confesiones probadas como falsas antes del juicio por el ADN, ni aquellos casos donde no hay ADN utilizable, y los crímenes menores que no merecen escrutinio postsentencia; los casos que hasta ahora se conocen son, seguramente, la punta de un iceberg”.

El estudio citado clasifica lo que hasta hoy se sabe de las falsas confesiones inducidas por los interrogadores de tres maneras: con base en las características del sospechoso: jóvenes, adolescentes, con poca capacidad cognitiva o intelectual, enfermedades mentales y ciertas características de personalidad como la tendencia a obedecer y la vulnerabilidad frente a la sugestión; según las tácticas de interrogatorio: tiempo excesivo para agotar al acusado, presentación de falsa evidencia en su contra y minimización de la acusación; y de acuerdo a la llamada fenomenología de la inocencia, cuando el acusado, confiando en el sistema de justicia, le dice a su interrogador todo lo que quiere oír con tal de acabar el episodio y confiado en que la justicia prevalecerá.

La doctora Elizabeth Loftus, especialista en memoria cognitiva, en particular aplicada a las ciencias forenses, responsable entre otras cosas de haber desmontado hace algunos años la ola de falsas acusaciones de abuso infantil basadas en memorias inducidas por terapeutas, ha escrito sobre el poder de la inducción y la distorsión de la memoria.

Loftus escribió sobre un experimento en que “los participantes vieron un accidente de tráfico simulado, luego recibieron información del accidente por escrito pero algunos sujetos fueron engañados sobre lo que vieron. Por ejemplo: una señal de alto fue referida como una de precaución, los que recibieron la información falsa tendieron a adoptarla como su propio recuerdo; dijeron que habían visto el signo de precaución.

En otro experimento a los participantes se les mostró un video de un mitin político donde hubo violencia. A la mitad se les dio información falsa sobre el video que acababan de ver. En ambos experimentos aquellos que no recibieron información falsa tenían recuerdos muchos más certeros o verídicos.

“Este grado de distorsión de la memoria ha sido encontrada en estudios sobre una gran cantidad de materiales. La gente ha recordado vidrios rotos y grabadoras inexistentes, un hombre rasurado como si tuviera un bigote, cabello lacio como rizado y aun algo tan grande como un granero en una escena bucólica en la que no había ninguna construcción. En resumen, alimentar de información engañosa después del evento puede alterar la memoria de una persona de una manera poderosa e incluso predecible”.

En una cosa coinciden todos los estudios y especialistas, la única manera de valorar una confesión o la declaración de un testigo que señala a un presunto culpable es conocer las condiciones en las que esas declaraciones fueron obtenidas. Por eso los cuerpos policiacos, los fiscales y los jueces en la mayoría de los países con sistemas de justicia avanzados graban completos los interrogatorios y los transcriben tal cual.

En México, hasta hoy, lo que el juzgador ve son hoja tras hoja con discursos un poco incomprensibles, impregnadas con el lenguaje del mecanógrafo y no del declarante. Y sin la voz de quien preguntó.

¿Quién miente en las declaraciones de Narvarte o de Iguala? ¿Sobre qué mienten y sobre qué no mienten? Imposible saberlo. 

¿Qué técnicas se enseñan en nuestras fiscalías y ministerios públicos? ¿La acusatoria, la de extracción de información? ¿La de la empatía? ¿Se verifica cada una de las informaciones y se regresa al interrogatorio para confrontar al sospechoso? No lo sabemos.

En Iguala sobran confesiones y faltan cuerpos. En Narvarte hay cuerpos y sobran declaraciones de supuestos inocentes.

Se supone que en julio de este año el nuevo sistema de justicia penal debe terminar el reinado de la confesión como prueba reina.

Tic, tac, tic, tac.

 

Carlos Puig
Periodista. Es articulista de Milenio Diario y titular del programa En 15, transmitido por Milenio TV.

 

3 comentarios en “Confesiones

  1. Un analisis y muestra de labor perioditica altamente profesional y con el objetivo plenamente cumplido de informar al ciudadano, Gracias Sr. Puig

  2. No creo que los dos ejemplos sean extremos opuestos. A las instituciones les encanta litigar en medios y posicionar las tesis de los asesinos solitarios, que se mandan solos. En el caso de Iguala, no se ha querido investigar en serio a los militares y los policías federales involucrados, en el caso Narvarte, es al Gobierno de Veracruz a quien no molestan a pesar de que es una línea de investigación que podría explicar la tortura y asesinato de las 5 personas. Los probables responsables de los delitos son ofrecidos en sacrificio mediático y judicial para no continuar con las investigaciones de la cadena criminal y de corrupción en las instituciones.

  3. Excelente artículo, solo una precisión, la reforma que esperemos pueda remediar (no por sí sola claro) esta situación, data del 2008 no de 1998.