Una duda o pregunta apropiada, según creo yo, y bastante actual es la de ¿quién o qué va a tomar el papel de la novela y el relato de ficción en lo relativo al progreso moral de los seres humanos? Y no es sólo una pregunta pertinente para aquellos que se encuentran en camino de educarse o de comprender el valor del arte y la cultura que los contiene, sino para todos los que desean organizarse políticamente bien y nada más no logran hacerlo. Debe parecer exagerado tal cuestionamiento, e incluso absurdo o aburrido para cualquier persona no interesada en el tema, pero si se examina con detenimiento el asunto de la educación moral no se podrá negar del todo que ha sido a través del drama histórico, el teatro, la poesía y la novela que las personas hemos logrado “ver” (en un sentido mucho más amplio que el que nos ofrece el cine, la televisión o el juego electrónico) con mayor profundidad hacia el mundo de los sentimientos, las pasiones y los vicios propios de la compleja naturaleza humana.

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Ilustración: Adriana Quezada

La gracia piadosa y el refinado sentido del humor que transmiten los personajes en las novelas de Joseph Roth, o el agrio cúmulo de amargura y odio hacia el ser humano que rezuman las obras de Thomas Bernhard, por ejemplo, me ayudaron a aproximarme con mayor plenitud a la virtud, la miseria, la crueldad y felicidad pasajera que puede llegar envolver a un hombre en su tránsito por la vida. Es verdad que si uno no está interesado en nada referente a lo humano puede concentrarse, si tiene posibilidades o no lo matan antes, en el estudio de los insectos, los dinosaurios o los cometas que en su errancia por el espacio pasarán cerca de la Tierra en algunos cientos de años (la inocencia del científico es, sin embargo, una bella diatriba). La libertad en que vivimos —la cual por cierto es un concepto demasiado humano— le permite a algunos eremitas vivir concentrados en cuestiones que consideran más importantes que ese extraño accidente en la vida de las cosas que denominamos hombre. Son sabios ensimismados que, en lo personal y de forma muy íntima, me despiertan una profunda envidia.

En la actualidad el concepto de Occidente resulta ser problemático e inconmensurable y, por lo tanto, difícil de comparar con un supuesto Oriente el cual se le opone en actitud y filosofía vital, ya sea en las costumbres de la vida cotidiana (¿igualdad versus armonía?) o en el ámbito de los mundos espirituales posibles: Yo, de entrada, renunciaría a siquiera dar hoy en día un juicio sostenido o enraizado en el concepto de Occidente. Pese a ello y apenas hace quince años Richard Rorty escribió —en un ensayo sobre Heidegger, Kundera y Dickens— que la cultura occidental resultó, pese a todas sus lacras y taras de intolerancia, egocentrismo, colonialismo y racismo, etcétera… la más autocrítica y al mismo tiempo la más atraída por la diversidad y el reconocimiento de la singularidad que suponen otras culturas diferentes a ella. Y siendo consecuente con este alarmante juicio, Rorty se arriesgó a afirmar que ha sido la novela, más que la filosofía —más un Dickens o un Zola que un Heidegger—, la responsable de fomentar y acrecentar el grado de tolerancia y conciencia de la diversidad en el seno de la que todavía, a nuestro pesar, continuamos llamando cultura occidental. (Si tal término supone problemas morales y anímicos para alguien entonces puede borrar la frase cultura occidental y en su lugar escribir: el legado de los griegos, más sus añadiduras.) 

Es verdad que entre las carretadas de escoria fílmica que impone el cine y la televisión existe una porción de historias y dramas transmutados en películas y series filmadas de cierta calidad  —a mí también me gustaban algunas telenovelas del siglo XX y hoy me agrada una que otra serie de televisión—, pero poco tienen que ver éstas con la novela o los relatos que hacen uso del lenguaje literario para expresar historias, ya que no es lo mismo ver y seguir las escaleras de un guión simulado en imágenes que imaginar y dotar de realidad a una supuesta escena ficticia.

La lectura provoca el surgir de la imaginación. La pantalla transmite imaginación asimilada. Es justo por ello que Rorty y otros filósofos consideraron que la novela contribuye al progreso moral de los lectores, puesto que sin doblegarlos bajo el contundente peso de una Verdad universal o sistemática, pone en la mesa de nuestra sensibilidad los fragmentos de una verdad dramática diseminada. De ese modo la novela ofrece un medio de comprensión —no reflexión— vía la palabra que ahonda en la naturaleza humana, o más bien, en las múltiples y encontradas aristas de lo que solemos llamar naturaleza humana. Es evidente también, hecho en verdad desgraciado, que si los filósofos o los novelistas y escritores tenemos que resaltar e insistir en las virtudes de la novela como fuente de progreso moral es que ésta ya se ha marchado o está a punto de hacerlo.

Es popular la opinión de que en filosofía no existe ya ningún nuevo problema que plantear ni al cual dedicarle tiempo permanente y, sin embargo, los seres humanos no logran siquiera ponerse de acuerdo en cuestiones éticas aparentemente sencillas como la de ¿cuánto dinero debe uno ganar por determinado trabajo? Apenas discutimos cualquier asunto cotidiano no tardamos más de unos cuantos minutos en ver aparecer problemas éticos, es decir filosóficos, que somos incapaces de resolver puesto que no hemos reflexionado en ellos lo suficiente. Y si no se ha tenido ninguna clase de aproximación con la obra literaria de inclinación dramática, entonces menos se estará dotado de una experiencia en cuanto a la guerra de carácteres, personajes, y demás retruécanos de la pasión humana (hermenéutica, pues). Si uno duda de estas palabras no tiene más que abrir el periódico y constatar que desde hace tres o cuatro décadas se discuten los mismos problemas de siempre sin superarse o resolverse debido a que ni siquiera han logrado plantearse, expresarse y comprenderse bien por el lector común, cada vez menos dispuesto a la literatura y más alucinado por las luces de la pantalla. En fin, yo a mis novelitas y ustedes a lo que les venga en gana.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “La imaginación sin poder

  1. Excelente Artículo, y si, para aquellos que transitamos del libro a la computadora nos llegan tus palabras hasta el tuétano, para mis hijos por ejemplo, aunque les agrada la lectura, esta es muchas veces dejada de lado por la información o los juegos que están al alcance de sus tablets. Gracias por la reflexión.