Los niños van subiendo la escalera de la nueva casa frente al viejo Atoyac, mientras la voz del tío cineasta dice sus nombres: Isabel, Alfredo, Paulina, Lorena, un borrego cargado por Daniela. Las producciones ChipCar volvieron a la carrera de la fama tras haberla conquistado por primera vez con La partida de la nostalgia, una película con duración de diez minutos, protagonizada por los hermanos que vivían en el número 1310 de la calle 15 Sur, sus primos, los habitantes de la casa 1312, y dos viudos. La madre de unos y el padre de otros.

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La iridiscente mamá de los primos murió de cáncer, tras una vida febril y vertiginosa, al final de 1968, año de catástrofes varias que esta familia vio pasar como si el aire no estuviera más que regido por la suya. Y con razón. Alicia tenía 39 años, cinco hijos, un marido lector que con el tiempo se fue volviendo sabio, una hermana quebrada por la pena.

Poco después, en el siempre catastrófico 1971, murió el papá de los hermanos. Él también dejó cinco hijos y en vez de un hombre viudo, una mujer de nuevo resistiendo la vida como si ésta no le hubiera ya dado suficiente dolor quitándole a su hermana. 

Pero no estábamos hablando de penas sino de cine. La partida de la nostalgia es una película risueña que filma la última comida en casa de los hermanos. Había que dejarla porque tres ya vivían en México, una iba a casarse pronto, el otro había tenido a bien, más movido por la piedad que por la fe, entrar al seminario de los jesuitas.

La madre de los hermanos, tan bonita y valiente que sin duda sus hijas parecen sus hermanas las regulares, está guisando la sopa cuando el micrófono le pide sus impresiones. Ella esgrime una sonrisa. Se mudarán de casa, piensa el espectador, no de hogar. Su hijo va entrevistando a los hermanos mientras la cámara los acompaña por los cuartos de la casa en que han vivido dieciocho años. Ahora todo se ve más chico. Doce, en el comedor, están apretaditos, cada cual en su silla y su piel, mientras quienes los miran los acompañan con el recuerdo entre los ojos. Han puesto las películas que la segunda hermana cosechó todo el año, sacando los rollos de distintos armarios, para ponerlas juntas, porque ahora es ella, y no la terca de su hermana mayor, la empeñada en recordar, como un cargo que antes no se daba.

Cuando dejaron de ver las películas sobre los hermanos y los primos jugando en el jardín, desfilando con sus vestidos ampones, sus moños en las trenzas y sus pequeñas corbatas de moño; cuando los espectadores perdieron de vista al abuelo y a los demás difuntos en blanco y negro, aparecieron en la memoria, irrepetibles, las infancias de sus hijos. Las de esos niños que en el último rollo cantan junto al río. Porque todo lo nuevo pasó con el agua corriendo abajo, unas veces tranquila y otras pestilente, como no había sido. El agua entonces ya triste, porque desde hará cuarenta años que se iba muriendo hasta que hace muy pocos la gente con cabeza y memoria ha empezado a auxiliar su abandono.

Durante la infancia de los hermanos y los primos no se hablaba del río sucio. Incluso había mujeres que acercaban sus piedras a la orilla y con esa agua lavaban todas las mañanas del sábado. Mientras, entrando a la ciudad el río aún era transparente y los hermanos con sus primos andaban sobre las piedras mirándose los pies. En sus películas, medio pálidas, el río llegaba a un lago en el que nadaban temblando, porque el agua era helada todas las estaciones, apenas bajando limpia desde la alta cuenca del Balsas, las cumbres, los manantiales, los arroyos del Izta-Popo y la Malinche.

No duró mucho esa paz, veinte años después de esas películas empezaron a ser más los moscos que los lirios y más los lirios que aquello que fue agua. Ahora sólo hay mugre muda, haciendo un líquido que ya es H2, porque al oxígeno se lo ha tragado el mundo de olvido al que el lago hace tiempo dejó de pedir ayuda.

En las películas de los hermanos y los primos el río y el lago se dan por dados, así que los bautizos y las primeras comuniones están mejor filmadas que una lancha brincando sobre el agua, jalando a dos muchachas que esquiaban riéndose mientras el abuelo de los hermanos y los primos manejaba dejando una estela que ellas iban cruzando sin caerse. Ellas, dos hermanas que se perdieron a destiempo.

La casa de aquel campo frente al lago era pequeña, era la única, la rareza que el abuelo construyó con piedras de la zona, piedras que pulidas pueden ser mármol, piedras que abandonadas no son ahora nada. La casita de Valsequillo, la llamaba la familia que en medio de la ya desde entonces ladronería oficial asolando la ciudad y sus alrededores, no tenía más empeño entre semana que gozar los oficios diarios de la vida diaria, ni otro el domingo que el juego vario de los varios juegos. De ahí que la infancia de los primos y en consecuencia las de sus hijos estuvieron regidas por el deber de la felicidad, aprendida como una disciplina.

Por eso La partida de la nostalgia es una película cuya única tristeza es el nombre, porque todos tienen una sonrisa, hasta los viudos que arrastrados por sus hijos se dejan llevar por el sin remedio de una alegría contagiosa. Saben los chicos y los grandes que han perdido una parte esencial de sus tesoros, pero han de llegar los hijos de unos, los nietos de los otros, los bisnietos de una abuela que cultivaba rosas, a empeñarse en las bicicletas, el columpio en la cuerda colgada del árbol que cuando jala a las alturas enseña el río que brilla, contra el sol, disimulando su tormento.

Porque entonces, he dicho que desde hace cuarenta años, el Atoyac había dejado de ser agua que canta, como lo que significa decir su nombre. Y cuando los niños lo notaron, sus papás —los hermanos y los primos— empezaron hablar de cómo hacer qué, para recuperarlo.

La película más reciente la tomaron con muchos teléfonos. Una expedición, a la que acudieron varios de los amigos y parientes de los hermanos, los primos, sus hijos y sus sobrinos, salió de San Martín Texmelucan, cerca de la fábrica Volskwagen para llegar hasta el Parque Ribereño tejido a golpes de buena voluntad frente a un tramo del río moribundo.

Todos los demás fueron a verlos llegar: ellos bajaron de unas lanchas de plástico, vestidos de hombres rana, con todo el cuerpo envuelto en trajes repelentes, con escafandra, salvavidas y gorros. En donde les caía una gota de agua las manos se les pringaban de rojo o azul, según hubieran teñido las telas en las fábricas que aún echan al río sus desagües. Si una gota les hubiera entrado a la boca embozada los hubiera podido envenenar alguno de los tóxicos que gran parte del drenaje de la ciudad aún desahoga sobre el río. Sólo el empeño en que fueron educados hizo que algunos bajaran de la lanchas celebrando la gloria de su odisea. Apestaban el aire al que entraron quitándose los trajes de buzo, mojándose las manos con las botellas de agua limpia que les llevaron sus familias y las de quienes sin mayores proezas físicas se han embarcado en el proyecto de una agrupación llamada: “Dale la cara al río”.

A quien hemos llamado la segunda hermana, beligerante activista ecológica, se reunió con Amy Camacho y otros muchos preocupados de atender el reproche del agua, con el fin de hacer un pacto cuyo propósito es rescatar el tercer río más contaminado del país. Ha escrito ella que cuando se emprende algo así, siempre hay que tener claro que tal vez no alcanzará la propia vida para ver cumplido el deseo. Quienes pusieron las primeras piedras de una pirámide o de una catedral supieron que pasarían varias generaciones hasta que alguien las viera terminadas.  

El Atoyac cruza veinticinco municipios del estado de Puebla. A su paso, las aguas limpias van recibiendo las descargas de aguas negras, azules, moradas, amarillas. El último municipio que cruza el río, antes de desembocar en la presa de Valsequillo, es el de la ciudad de Puebla, que genera el cincuenta por ciento de las descargas sobre el agua del Atoyac, hasta contaminarla ocho veces más de lo que marcan las normas oficiales mexicanas.

“Dale la cara al río” tendrá que seguir existiendo cuando otros, dentro de mucho tiempo, vean las películas de los años en que el río empezó a estar tan sucio que mientras Daniela, la niña, cantaba, iba pegándose en las piernas para matar los moscos salidos de su mugre rodante. Estará limpio, pero habrá quienes guarden la certeza de su condición frágil. Y lo sigan cuidando. 

Al terminar la nueva revisión de la irrenunciable Partida de la nostalgia, muertos de risa y música, la hermana ecóloga dejó caer los brazos y les dijo como si fuera bisabuela: “Se nos fue la vida”.

“Ni lo pienses”, respondió la hermana mayor empujando el futuro, tranquila, acompañada por fin en su obligación de custodiar la memoria.

http://www.dalelacara.org

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Se nos fue la vida

  1. El proyecto “Dale la cara al río” seguirá adelante gracias a todos esos jóvenes “hermanos-primos, primos-hermanos” que, no sólo han vivido tan de cerca la lucha por la recuperación de otras aguas, sino que han tenido el ejemplo a seguir a su lado. ¡Feliz Año, Ángeles y no dejes de custodiar la memoria!