Por un momento, dos o tres días después del fatídico viernes 13 de noviembre, cuando íbamos conociendo la brutalidad con que habían sido asesinadas decenas de personas jóvenes e inermes y se sucedían las manifestaciones de dolor, pareció posible que de las cenizas de la masacre renaciese una nueva Europa, unida, coherente.

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​Pero la realidad es otra cosa. En otra Europa, que no en ésta, los atentados terroristas de París habrían servido para reforzar su unión política y agrupar a sus distintos miembros en torno a un discurso contundente y, sobre todo, coherente. No han pasado ni tres semanas (cuando escribo este texto) y ya se ha hecho de nuevo evidente, una vez más, que ésta es ya, digan lo que digan sus dirigentes, una Europa maltrecha, dividida, desintegrada y sin un propósito común. La ausencia de los órganos políticos de la Unión Europea (UE) en el debate sobre cómo afrontar la nueva ola terrorista, el peso de los tiempos electorales de cada uno de los gobiernos (Francia exhibiendo ostentosos aires de guerra, España retractándose de su colaboración en Mali después del atentado en un hotel de Bamako), los cálculos estratégicos de cada uno de ellos (Alemania en sus relaciones con Turquía) y la proverbial falta de una política exterior común de la UE (ni siquiera, hay que decirlo, en líneas generales más allá de las establecidas por la OTAN, es decir, Estados Unidos)… definen con crudeza el estado de la cuestión de una Europa desavenida, contradictoria y profundamente hipócrita.

​La imagen del presidente francés, François Hollande, recorriendo en solitario las cancillerías de las grandes potencias del mundo, aliadas en lo general además, en busca de apoyo contra el autodenominado Estado Islámico (EI), capaz de grabar y difundir las torturas, hablaba por sí solo de lo hasta ahora mencionado. Peor aún: ponía en total evidencia la política de Francia de los últimos 10, 15 años, no digamos ya la de Estados Unidos y también la del resto de Europa, en su connivencia con Arabia Saudí y Qatar, reconocidos financiadores del EI en su particular guerra contra El Assad y, por tanto, Irán.

​Por eso resultaba tan esclarecedor el editorial del periodista Joseph Macé-Scaron, en la revista Marianne del 26 de noviembre, con el título de “Guerra contra Daesh, ¿dónde están nuestros aliados?” y su respuesta dando cuenta de la imposible alianza, en el medio y largo plazos, entre países cuyas elites políticas y económicas han amarrado sus intereses económicos y, por tanto, su destino a otros que son la negación misma (Arabia Saudí, Turquía, Rusia) de los teóricos principios que durante un breve tiempo dieron sustento a la UE. El acuerdo en estos últimos días entre Alemania (por boca de la UE) y Turquía, aliado en términos prácticos del EI, ofreciéndole al primer ministro turco tres mil millones de euros y el relanzamiento de las negociaciones para su entrada en la Unión Europea a cambio de controlar el flujo de refugiados es más de lo mismo.

Los atentados de París han golpeado, además y por si todo lo anterior fuera poco, uno de los pilares sobre los que se asienta, o asentaba, la construcción europea: Schengen. Aunque ahora se atribuya una posible suspensión del acuerdo que permite la libre circulación de personas a la crisis de los refugiados, no es ninguna casualidad que se haya avivado el debate sobre su pertinencia después de los atentados de París: la reticencia de la opinión pública europea para suspender los acuerdos de Schengen por la entrada de refugiados desaparecerá cuando se justifique como motivo para evitar que posibles terroristas circulen libremente. La falta de coordinación policial en materia de seguridad que demostraron los atentados de París, con las idas y venidas entre Bélgica y Francia de personas ya fichadas por la policía de cada país y de las que se sabía que tenían o habían tenido vínculos con Siria e Iraq, será posiblemente la tumba de Schengen, al menos durante un buen tiempo. Ese día podrá entonarse entonces el réquiem por la UE que alguna vez conocimos.

Quienes vivimos de cerca el terrorismo en el País Vasco y tuvimos la desgracia de crecer a su siniestra y despiadada sombra sabemos bien que no existen atajos para combatirlo, aunque haya quien sueñe con creer lo contrario. Hay quien sostiene, no sin razón, que el recorte de libertades que puede implicar la lucha antiterrorista (como el estado de emergencia decretado por Francia a raíz de los atentados de noviembre) es un triunfo de los terroristas, que no sólo buscan difundir el pánico sino también el malestar y el descontento. Pero la realidad es que sin lucha policial no existe posibilidad alguna de controlar a nadie dispuesto a inmolarse asesinando en el camino a decenas de personas. Otra cosa es que los jueces no estén ausentes de ese combate ni que la policía termine sustituyendo al sistema judicial en la observancia de las garantías individuales. Ése es el nuevo desafío de Europa, otro más.

​En estos días de intensos debates en los medios de comunicación franceses, Gilles Kepel, verdadero conocedor del yihadismo y la población musulmana francesa, calificaba de error la estrategia de guerra adoptada por Hollande dentro del territorio europeo. Coincidía con Olivier Roy, especialista en el islam, en la necesidad de enfrentar el problema terrorista dentro de Francia al menos como un asunto estrictamente de seguridad, y no bélico, reforzando la coordinación policial dentro de Europa. Para ambos, aunque discrepantes en otras opiniones sobre la materia, la actitud de Hollande erigido en jefe de guerra contra un supuesto “ejército yihadista” en suelo francés sirve únicamente el propósito del Estado Islámico de encumbrarse al nivel del Estado francés y, por esa vía, encontrar una relevancia internacional que no tendría si se le confinara como una simple parte del conflicto localizado en Siria e Iraq.

​En cualquier caso, ninguna de esas consideraciones, que tienen más que ver con cómo resolver un problema que ya está sobre la mesa, ayuda a solucionar en nada la desafección de una parte de la población musulmana, por pequeña que ésta sea, con los valores europeos. Y es aquí donde cabe la pregunta de si hay alguien, de entre la clase política europea (de derecha o izquierda), capaz de entender la naturaleza del fenómeno en toda su complejidad, sin simplezas, y diseñar una estrategia acorde para hacerle frente sin causar en el proceso nuevas e irreparables heridas. Yo, personalmente, lo dudo. En este mismo registro, Gilles Kepel reprochaba a la universidad francesa haber destruido los estudios árabes y la ausencia de especialistas en la materia. Nada que no haya sucedido también en el resto de países europeos donde quienes asesoran a los gobiernos son, como sucedió en la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos en marzo de 2003, funcionarios y otros políticos. Y de esos polvos, estos lodos.

Por clara que parezca la estrategia del Estado Islámico (al decir de Kepel: dividir y aterrorizar Europa, provocar una guerra civil acentuando las contradicciones dentro de las comunidades musulmanas forzadas a elegir entre Occidente y el islam), la confusión para determinar con precisión la motivación última de los terroristas de noviembre o de Charlie Hebdo, de Mohammed Merah en Toulouse, o de Nemmouche Mehdi en el Museo judío de Bruselas, no termina de despejarse. La amalgama ideológica que sustenta el discurso con que se pretende justificar esos actos, la mezcla antisemita y contra Occidente, no explica casi nada. Explica mucho más que en la trayectoria de muchos de esos jóvenes, de los que pasan al acto terrorista, estén presentes el fracaso escolar, la pequeña delincuencia (robos, asaltos violentos, drogas…) y la radicalización ideológica tras su paso por la cárcel.

Quienes han estudiado el fenómeno de estos yihadistas europeos saben que la religión es verdaderamente un factor menor, que influye mucho más en su ánimo la necesidad de transformarse en alguien formando parte de una nueva comunidad que les acoge a cambio de entregar su individualidad y autonomía. El debate suscitado por Olivier Roy al ningunear a estos terroristas calificándolos de “pieds nickelés” y de hablar de la islamización de la radicalidad como explicación de la deriva de esos jóvenes marginales y marginados, frente a la tesis que enfatizan la influencia de sus raíces magrebíes y la experiencia de la descolonización en su vida familiar y comunitaria, no mengua en nada el problema real de su desafección por lo que representa Europa y la utilización que de su extravío, bien en las mezquitas o en redes sociales, hacen otros de ellos.

Quienes, equivocadamente, insistieron en enero, cuando el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, que todo era resultado de unas caricaturas malhadadas, que esos jóvenes eran terroristas dolidos en sus creencias más profundas, han debido despertar en estos días de noviembre de su ensueño y darse cuenta de que el terrorismo yihadista es mucho más que el efecto de la ira religiosa de unos fanáticos: es un medio para imponer un modo de vida, de pensar y de ver el mundo que no sólo rechazamos la inmensa mayoría de los europeos sino que militamos activamente contra él. De ahí que no se entienda tampoco la falta de pasión y de convencimiento con que algunos, desde la izquierda sobre todo, defienden una forma de vivir en Occidente que, con todos sus defectos, garantiza un régimen de libertades que, entre otras cosas, les permite a ellos expresarse. La pasividad y el silencio culpable de esa izquierda europea contra la defenestración de homosexuales que practica el Estado Islámico, por ejemplo, o el maltrato sistemático a las mujeres son parte de la duplicidad con que miran el mundo.

El terrorismo suele causar, además de miedo, efectos psicológicos no siempre reconocibles a simple vista, pero muy reales y que, como sucedió en el País Vasco, pueden terminar determinando el debate político: uno de ellos es el intento de congraciarse con quienes ejercen el terror, bien refugiándose en el silencio o rebajando la crítica a sus actos porque alguna “razón” o algún “agravio” padecieron en su origen que explica su comportamiento. Sobra decirlo: Europa, Occidente, tendrá que corregir demasiadas cosas en infinitos campos de política interior y exterior, pero contra el terrorismo no hay atajos, y eso significa también exigir a nuestros dirigentes políticos un mínimo de coherencia en cuanto a con quienes confraternizan y deciden hacer negocios.

Fuenterrabía, diciembre 2015

 

Beatriz Martínez de Murguía
Escritora. Autora, entre otros libros, de La vida a oscuras. El gueto de Varsovia 1940-1943, en la actualidad dirige el Proyecto de Traducción al Español del Archivo Ringelblum (declarado Memoria del Mundo por la Unesco en 1999).