Por el filo de las contraventanas entra un rayo de luz. Aún estoy medio dormida, pero creo que voy saliendo de Cozumel en una panga. Y me llamo Alice Dixon. Es 1877, he pasado siete meses en la isla.  Tengo 22 años. Estoy casada con Henry Augusto Le Plongeon. Doctor, antropólogo. Fotógrafo como mi padre y como yo. Queremos llegar a Honduras Británicas y “a pesar de su poco invitadora apariencia, hemos tenido que decidirnos a salir a bordo de El Triunfo, un velero viejo, urgido de que lo pinten, cosa que resultaría imposible dada la falta de espacio. El capitán, Antonio, es el espécimen más sucio de cuantos marineros sucios hemos tenido el infortunio de conocer. A su compañero lo llaman Antonio, el segundo, para distinguirlo de su jefe. Jim, un hombre negro, es el cocinero y asistente general. Un sujeto de apellido Trejo hace las veces de piloto. No existe una brújula a bordo. Tales objetos se encuentran poco entre los veleros que navegan esta zona. Hay cuatro pasajeros además de nosotros, cada uno con un montón de equipaje. A todo esto hay que agregar 25 tortugas enormes, algunas en cubierta y otras abajo, un corral con gallinas haciendo boruca, dos grandes jaulas llenas de patos, otra con canarios, un perro faldero muy malcriado, una gata con seis gatitos, dos cabras y una inmensa colonia de cucarachas de cuanta especie pueda existir”.

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Desde mi cama, recordándola, yo sueño que voy echada sobre uno de mis bultos con ropa, entreabriendo los ojos bajo el sombrero de palma para ver de últimas la orilla blanca de la isla. No pienso en nada, siento un gozo tibio. Ando meciéndome con el agua, suelta en un abismo de luz del que no querría salir nunca. Podría morirme, pero he de amanecer. No tengo todo el día para ensoñar con los viajes de Alice Dixon Le Plogeon y su marido Augusto, un par de viajeros en busca de rastros de la Atlántida que para cuando hacen este viaje a Cozumel ya han pasado mucho tiempo entre las pirámides de Yucatán, fotografiando por primera vez Uxmal y Chichén, al tiempo en que iban inventando extravagancias. Ellos encontraron al primer Chac Mool y ellos le dieron ese nombre. Luego derivaron que era la representación de un príncipe de la Atlántida y ahí perdieron toda credibilidad con quienes debían ser sus colegas. El siglo XX ya no valoró sus logros porque se confundieron con sus errores, por eso es bueno leer de sus aciertos y saber de ellos por primera vez.

Alice Dixon viajaba con un cuaderno que con el tiempo la ayudaría a escribir uno de sus libros: Here and there in the Yucatán.

Anoche estuve leyendo algo de todo eso en el fantástico libro que Ric Hajovsky, un obsesivo historiador llegado del norte, ha escrito sobre Cozumel. En medio de tal historia, y a propósito de los sembradíos de tabaco en Cozumel y de qué destino se les daba, Hajovsky cita a Alice. Me encantó la naturalidad agraciada con que ella describe el velero y la travesía. Su tono me ha tomado el entresueño. Y no quiero despertar a un martes cualquiera. Así que apelo a la memoria del texto de Alice contando: “Tenemos sobradas sospechas de que además llevamos un cargamento de contrabando y estamos conscientes de que el guardacostas que nos sigue anda en busca de veleros como El triunfo. En consecuencia, el gesto adusto del capitán pocas veces se relaja con una sonrisa. Esconde su ansiedad pidiendo, a cada rato, prestados, nuestros binoculares. Para nuestro disgusto, porque hay muchas cosas interesantes que ver a lo largo de la costa. Al tercer día alcanzamos la isla de Ambergris y nos detuvimos en San Pedro, una pintoresca villa de pescadores rodeada por largos sembradíos de palmeras. Aquí se comprueba nuestra sospecha de que a bordo traemos contrabando. Al anochecer, unos 20 mil cigarros se colocan sigilosamente en una lancha de fondo plano que los lleva, con muchas precauciones, hasta la orilla. Luego serán trasladados a Belice en pequeños barcos de pescadores”.

Según Alice, desde ahí los mandaban al mundo diciendo que eran cubanos, cuando en realidad habían salido de la hacienda Colombia, en Cozumel. ¿Qué más daría? Cualquier cosa crecida en aquella hacienda debió ser tan bueno como una habano, pero ya desde entonces había marcas y tendencias. En Nueva York, alguno de los personajes de Edith Wharton, de aquellos que se reunían tras la cena, en el cuarto para fumar, desde el que juzgaban el comportamiento de las mujeres tipo Alice Dixon, no hubiera confiado el placer de su sobremesa al humo de un cigarro yucateco.  

El cuaderno de Alice está fechado en 1876. Quiero seguirla en mi duermevela. No quiero despertar. Todo alrededor es azul. Hasta el aire. Y yo soy una mujer muy joven, curiosa, arrebatada, entusiasta. A quien le fascina viajar. Lo mismo que a mi marido que es antropólogo sin más escuela que su vocación, pero obsesivo, incansable a pesar de tener 20 años más que yo. Él está empeñado en demostrar que los mayas fueron los primeros pobladores de la tierra y que la cultura egipcia salió de Yucatán, pasando por la Atlántida, antes de que ésta desapareciera tragada por el mar.

Yo quiero que a mis cenizas les pase lo que a la Atlántida de los Le Plongeon, que un día las aguas de esta costa se las traguen sin más.

Alice está enterrada en Nueva York, lejos de sus archivos, guardados entre las colecciones especiales de el Getty Research Institute, en Los Ángeles, California. Sólo dos investigadoras han hurgado en todas las fotos y textos que dejó la pareja. ¿Cómo habrán vivido en sus viajes? Ric Hajovsky me manda una foto de ellos en su campamento de Chichén Itzá. Están sentados en el portal de una de las pirámides. Ella, frente a una mesa llena de libros, trajina con un compás, acomodada en un banco de madera tosca. Usa un vestido claro y una trenza oscura. La mesa tiene un mantel de rayas, como salido de un telar de cintura, encima hay dos torres de libros y la talla de un pequeño jaguar. A un lado, apoyados en el suelo y contra la pared, hay una guitarra, una escopeta, una bolsa de yute y un sombrero grande. Cerca, detenido en sus largas patas, como una torre, un trípode para colocar su cámara. Casi a la altura del piso, sobre un bloque de piedra, está sentado Augusto. Leyendo. La barba le ha crecido hasta la cintura, lleva una camisa de manta y los pantalones más deshilachados que puedan ustedes imaginarse. Sin duda un precursor de la moda. Junto a él hay una percha con sombreros. El que debió ser de Alice tiene una cinta clara y un moño. Atrás, a la sombra, bajo un toldo de manta, hay una hamaca. Y cerca una mesita baja, con trastes de barro, tal vez encontrados al cavar. Todo ahí les pertenecía. Sólo un par de locos como ellos podían arriesgarse al sol inclemente de esos lugares, interesados en un pasado que no le importaba a nadie más.

Yo he de moverme de esta cama en la ciudad de México, entender que no estoy columpiándome en un velero, pero me vuelve a ganar la fantasía.

De seguir viva, Alice Dixon, esa mujer de ojos oscuros, a quien también he visto vestida de mestiza, en una foto quizás tomada en Mérida, tendría cien años más que yo y tal vez hubiera conseguido el reconocimiento que aún no tiene. Porque el delirio espiritista, al que la pareja dedicó los últimos 25 años de su vida, le quitó seriedad al trabajo de sus viajes y a la condición excepcional de sus descubrimientos.

Yo no creo en los espíritus, sólo soy una agnóstica con sueño, admirando el valor de una mujer remota que, con apenas 22 años, decidió emprender un viaje a México, enamorada desde que lo vio de un señor que había vivido el doble de sus años, al que ella encontró de tal modo fascinante que cuando volvió a su casa tras escucharlo en una conferencia, le dijo a su madre: “Hoy conocí al hombre con el que sé que he de casarme sí o sí”. Para entonces, Henry Augustus Le Plongeon nacido en 1826, en Jersey, Channel Islands, tenía 47 años. Y ya le había dado media vuelta al mundo. Tras graduarse en París, en la escuela politécnica, se embarcó junto con un amigo a lo que entonces llamaban las Américas. Y navegó hasta Valparaíso en Chile. Ahí se puso a dar clases de cuanto pudo. Y cuando llegó a Chile la fiebre del oro, él decidió viajar a California en donde trabajó planeando y supervisando las obras para construir una zona llamada Marysville. No lo ha de haber hecho mal, porque con la venta de la tierra que recibió a cambio de sus servicios viajó a Inglaterra, en donde aprendió a pasar a papel los negativos de cristal de sus fotografías. Al Caribe, a Australia, a China y a las islas del Pacífico viajó para experimentar las técnicas fotográficas en todo tipo de climas. Con la misma naturalidad que si hubiera vivido en estos tiempos, como si volara, volvió a San Francisco en donde puso un estudio fotográfico y decidió aprender medicina, probablemente de la boca de otro médico, porque para 1861 ya tenía en la puerta de su oficina una placa que lo anunciaba como doctor. En el mismo lugar, el estudio de un fotógrafo y el consultorio de un médico. Y quienes entraban por uno encontraban también al otro. En 1862 volvió a viajar. Esta vez a Perú en donde abriría otro estudio fotográfico. Ahí vivió ocho años tomando fotos, recorriendo las ruinas incas y dando clases en un colegio jesuita. Diez años después conoció a la joven Dixon. Para entonces hablaba español perfectamente, había escrito varios libros y tenía una lengua convincente con la que sedujo a Alice. Habrá tenido también otros encantos porque ella lo siguió a Yucatán en donde vivieron, trashumantes, más de 12 años. Por lo que puede leerse en su cuaderno, ella era acuciosa y simpática. También era buena fotógrafa porque aprendió el oficio, entonces nada fácil, de su padre. En pareja excavaron las ruinas mayas, fotografiaron todos los edificios, los grabados, los glifos. Y viajaron por la península de punta a cabo.

Estoy haciendo corta una larga historia, porque he de abandonar el movimiento de mi barca en Cozumel. En 1885 los Le Plongeon volvieron a Nueva York. ¿Quién lo diría? A descansar. Ahí voy a dejarlos, para no seguir traicionando mi deseo de escribir una novela. Porque para mi asombro Alice Dixon y Augusto Le Plogeon existieron para dar fe de que la realidad muchas veces no sería creíble si fuera ficción.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “Aquí y allá

  1. ¿Sigue en activo la hacienda Colombia en Cozumel? No me importaría darme un garbeo por sus aguas aunque fuera en un velero tan lamentable como El Triunfo.
    Hasta enero. Besos

  2. ¡Qué vidas tan aventureras, tan llenas de curiosidad ! Estaba escrito que su destino era hacer juntos todos eso caminos con gran complicidad! Seres excepcionales ! ¡qué ganas de leer todos esas rutas y logros…Qué pareja tan interesante ! Mcjaramillo, si lo dices en serio, empezamos a mirar lo del Velero y me apunto…Besos.

  3. Escribe, escribe, Ángeles! Acabo de comprar tu último libro que llegó por estos lares; fue una alegría saber que había algo tuyo reciente otra vez. Fascinante, sí tu relato recordando a esos valientes de 1877. Mil gracias por recibir tus escritos mes a mes.