Aunque se entienda, no está del todo claro lo que se quiere decir cuando se habla del silencio de Los Pinos. Ni mucho menos por qué ese silencio deba ser motivo de preocupación. Para empezar, porque no son especialmente silenciosos en Los Pinos, ni el presidente ni la gente de su equipo. Nadie se queda callado. Los secretarios de Estado son más o menos habladores, según. Pero todos hablan, a veces de más.

El silencio de Los Pinos es otra cosa, algo que se echa de menos, un hueco, que se deja sentir incluso en las declaraciones. Más bien: se deja sentir precisamente en las declaraciones, que llaman la atención sobre todo por lo que no dicen. Es como si el presidente estuviera en otra parte, en otra  conversación, que no se entiende muy bien. No que esté callado, sino que lo que dice resulta irrelevante.

Es indudable que hay en el país un clima de intranquilidad de perfiles bastante borrosos, domina una sensación de enojo, irritación, una ansiedad a ratos iracunda, que a falta de otro objeto se fija en el gobierno federal. El enojo puede estar más o menos desorientado, y puede que en muchas cosas carezca de fundamento, pero eso en realidad es lo de menos. Hablar del silencio de Los Pinos obedece en parte a los reflejos de nuestro presidencialismo, pero es que la crisis está enfocada en la presidencia. Y nada de lo que se dice desde Los Pinos parece servir para remediarla.

Dice Héctor Aguilar Camín que la inesperada eficacia de los primeros años, de los primeros meses, hizo ganar autonomía al gobierno, y lo hizo al mismo tiempo más insensible, hasta producir en él un “talante anestesiado que lo induce a pasar por alto o a atender tarde los escándalos de corrupción y violación de derechos humanos que salen a su paso”. O sea, que lo que queremos señalar cuando hablamos del silencio del gobierno federal es una mezcla de insensibilidad, desinterés, arrogancia. Eso aparte de la incomodidad que resulta de que no hayamos saldado cuentas con el PRI, ni la sociedad ni el gobierno ni mucho menos los demás partidos. No sabemos qué hacer con él: ni con la realidad histórica, política, del PRI, ni con el PRI imaginario y todo lo que lleva consigo. En ese aspecto al menos estamos reviviendo un pleito antiguo, que no hay manera de resolver porque pertenece al pasado. Pero ésa es harina de otro costal.

Me quedo de momento con esa comunicación tarda, negligente. No deja de ser algo extraño. Porque se suponía que la mayor virtud del equipo gobernante era precisamente su capacidad de comunicación. Se dijo durante la campaña, incansablemente, y se ha repetido en todos los tonos, que el presidente era sobre todo un producto de la publicidad. Se hizo mucho de su relación con Televisa, de su matrimonio, de los anuncios en la televisión —y de sus corbatas y su peinado. Las innumerables caricaturas que ponen al presidente con el logo de Televisa, cargando una televisión, hablando en la televisión, ya no son ni siquiera divertidas. Insisto: lo suyo, se suponía, era la imagen, el espectáculo, la capacidad para aprovechar los medios de comunicación masiva, y la habilidad de su equipo para eso que en el lenguaje periodístico se llama el “spin”.

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Algo ha cambiado. Algo hay que no estaba en el inicio del sexenio. Las explicaciones que puede articular el equipo de la presidencia ya no son convincentes, ni los gestos tampoco. Estará acaso la misma gente, con las mismas ideas y los mismos materiales, tratando de mover los mismos mecanismos de antes, pero algo ya no funciona —y de hecho, con cada nuevo intento las cosas empeoran. Sin otro motivo que ese intento fallido.

Pero lo más llamativo es que nadie parece tener una explicación mejor de lo que pasa, nadie consigue realmente conectar con el ánimo de la gente. De modo que el descrédito del gobierno federal no contribuye a alimentar la credibilidad de nadie más. Ni en los partidos de oposición ni en el Congreso, ni siquiera en la segunda fila hay nadie que haya podido dar sentido a la intranquilidad (y por eso habrá quien piense que en realidad no es tan grave). En la prensa tenemos la gritería monótona de siempre, declaraciones, chismes y boletines. Visto así, el silencio de Los Pinos no es más que un indicio, el más notable, de la ausencia de conversación pública: lo que nos falta es eso.

Veamos. En estricto sentido, nadie habla solo porque no hay lenguajes privados (los que haya, no se entienden: es decir, que no son lenguajes). Las explicaciones no se producen en el vacío, sino que necesitan el apoyo de una trama conceptual: un sistema de ideas, significados compartidos, supuestos, creencias —un lenguaje. A partir de ahí puede decirse algo nuevo, pero sin ese piso común, por decirlo así, no se puede decir nada. Y eso implica que una explicación tiene sentido, y puede ser verosímil, eficaz, sólo si forma parte de una conversación. Si no me equivoco, el origen del problema está ahí.

Hace algún tiempo, y durante dos décadas largas, estábamos de acuerdo en que el problema, casi el único del que había que ocuparse, era la democracia. Y estábamos de acuerdo en que el problema de la democracia eran las elecciones, concretamente la parcialidad de las autoridades en los procesos electorales, la intervención del gobierno, el uso partidista del gasto público, todo lo que con expresión genérica se llamaba el “fraude electoral”. En ese contexto adquiría sentido la conversación pública. Sabíamos lo que quería decir una acusación de fraude, y sabíamos que era importante. Y las explicaciones, las disculpas y alegatos y defensas tenían sentido, y podían ser eficaces. Los gestos del gobierno, los de gobiernos priistas, acusados de fraude, podían ser eficaces, incidían sobre el ánimo de la gente, incluso cuando resultaban insuficientes —y siempre resultaban insuficientes, dicho sea de paso.

Bien: aquella conversación podía ser reiterativa, simplista, superficial, y podía estar descaminada además. En su momento se dijo. Pero hacía que resultase significativo lo que decían todos, en el gobierno y en la oposición, y en los medios. Estábamos equivocados, pero estábamos de acuerdo, hablábamos de lo mismo y compartíamos un lenguaje. Eso es lo que nos falta hoy. No sabemos siquiera en qué consiste el problema, no sabemos exactamente qué nos duele, y no hay esa trama de ideas y supuestos compartidos, ni siquiera estamos de acuerdo en lo datos más básicos sobre lo que sucede: no compartimos ni siquiera la información. Y por eso no hay nadie que sepa hacer frente al ánimo depresivo, exasperado, ni que pueda hacerse cargo de él.

Los publicistas de Los Pinos están tan perdidos como los del PAN y el PRD. Es como si hablasen todos dentro de una campana de cristal, y sólo pudiésemos verlos así, boqueando aparatosamente, sin hacer ruido —como en una televisión con el sonido apagado (por cierto: así de frágil es el medio).

 

Nuestros políticos son en general bastante ineptos, vaya eso de entrada. Y no son mucho mejores sus asesores de imagen, publicistas, consejeros. Pero hay que decir que este decaimiento de la conversación pública pone de manifiesto también el fracaso de la prensa. Que es acaso el más estridente de los fracasos de nuestra vida pública —la asignatura pendiente, sin remedio. Tenemos una prensa menos que mediocre, falta de responsabilidad y de pudor, una prensa deshonesta, venal, frívola y mendaz. Que malamente explica lo que sucede echando mano de un lenguaje gastado, que no resuena con nada. Su crítica, cuando es más exigente y belicosa, a duras penas sale del lugar común.

Por ejemplo, nadie nos ha explicado, tocaría a la prensa hacerlo, cómo es la sociedad de Iguala, que produjo la masacre de los 43. Tenemos sólo la cháchara de los cárteles, las rutas, la plaza, el precio de la heroína. Nada. Nadie nos ha explicado, tocaría a la prensa hacerlo, en qué consiste el enojo, la intranquilidad, a qué se refiere en realidad la debacle de la popularidad del presidente. Tenemos encuestas de opinión, índices de aprobación, poco más. O nada más. Nuestra prensa va a remolque de las declaraciones de la clase política —todo lo más, se permite la audacia de publicar filtraciones, chismes de la política de pasillos. De eso está hecha nuestra conversación pública.

En ese vacío habla el gobierno federal. Se refiere a lo que publica la prensa, que es un reflejo degradado de su propia información —un laberinto de espejos.

La prensa da cuenta de la irritación, la inconformidad, porque está en la calle. Registra los gritos en las manifestaciones. Ofrece la descripción más elemental de la realidad. El gobierno responde a eso. Y se esfuerza por ofrecer una imagen de normalidad. Se enfrenta al enojo con la intención de serenar los ánimos, quiere tranquilizar, quiere ofrecernos la imagen de una gestión profesional y responsable. En un alarde de franqueza, el presidente va a la Asamblea General de la ONU a denunciar el riesgo del populismo —eso que no es él.

Bien: el problema básico es que esa normalidad es inaceptable. Que la normalidad es inaceptable. En México, hoy, necesitamos algo excepcional. Hemos experimentado algo excepcional, y necesitamos darle un nombre, un sentido. El silencio de Los Pinos se refiere a eso.

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En el país hay irritación, hay inconformidad. Pero hay también desconcierto. Y tal vez sea más importante el desconcierto. De pronto, el presente no tiene sentido, porque no sabemos hacia dónde vamos, no sabemos qué aspecto tiene el futuro —aparte de las vaguedades de la prosperidad y el bienestar. Por eso mucho de lo que sucede resulta absurdo.

Los sucesos no encajan en un relato, en una historia con sentido. No sólo es angustiosa la masacre de Iguala, sino que no sabemos cómo contarla. No sólo es monstruosa la desigualdad, la destrucción de las instituciones, sino que no podemos integrar nada de eso en una narración que se entienda —y que sea por lo menos admisible. La normalidad es la negación de todo relato, dice que esto es lo de siempre, no va a ninguna parte. Y eso es trágico.

La transición democrática (lo que fuera eso) estuvo saturada de significados. Y tuvo además un relato de gran intensidad dramática, hasta el anuncio del resultado de la elección del 2000. Por eso resultó finalmente decepcionante. Porque no había nada que pudiera estar a la altura de lo que se había prometido. Después vino el eterno presente del “Estado-de-Derecho”, eternizado en los convoyes militares que empezaron a cruzar las carreteras del país. El relato —fragilísimo, superficial— de los cárteles, y la lucha contra el crimen organizado, explicaba una narración reiterativa, caricaturesca, que no iba a ninguna parte. Pero había que matar a los malos.

Llegó entonces el Pacto por México, y la marejada de las reformas aprobadas por consenso. Fue un inicio espectacular para el gobierno de Enrique Peña Nieto, que mostró un empuje que no había habido en los 20 años anteriores. Pero tuvo una resonancia muy escasa. Para empezar, porque los resultados de las reformas se verán dentro de algunos años, si todo va bien (y todavía no). Pero también porque los otros firmantes necesitaban mantener su imagen como opositores: el PAN no podía anunciar a bombo y platillo la reforma fiscal, ni el PRD la reforma energética. Algo más: el hecho de que las reformas fuesen producto de un pacto, negociado en privado, impidió que tuviesen una épica. El pacto nos ahorró la escenificación del conflicto. Y por eso no hubo un momento dramático en que se tomara la decisión, de sí o no, sobre ninguno de los temas: impuestos, petróleo, electricidad, televisión, teléfonos. Todo estaba resuelto de antemano.

Las reformas se aprobaron a costa de que nadie pudiese hacer ostentación de ellas. La única de la que nos ocupamos todavía, años después, es la reforma educativa, porque es la única que enfrentó una resistencia activa, beligerante, incluidas manifestaciones, bloqueos, amenazas. E incluía un calendario de exámenes, que le dio un aire dramático que las demás no tuvieron.

En ese contexto se produjo la masacre de Iguala, que es el origen de esto.

 

Iguala, la desaparición, el asesinato de los 43 normalistas, fue la experiencia de algo excepcional, que nadie ha conseguido nombrar todavía. La explicación estándar dice que fue “la gota que derramó el vaso”, o algo así. Yo creo que fue otra cosa, muy distinta. No un episodio en una serie, no un hecho algo más grave, o mucho más grave, en una concatenación de sucesos similares —no fue eso, aunque también haya sido eso.

A ver si consigo explicarme. Lo que hace que un suceso cualquiera se convierta en un acontecimiento no son las características del hecho en sí: que haya más o menos muertos, por ejemplo. No eso, sino el modo como se asimila. Nuestra experiencia está organizada culturalmente. Todo lo que sucede tiene su lugar en el sistema cultural, forma parte de una estructura de sentido, por eso sabemos lo que significa. Mejor dicho, por eso podemos atribuirle un significado. Ahora bien, esa estructura existe en la historia —y puede cambiar. Hay hechos que abren la posibilidad de una transformación de la estructura, porque permiten una reorganización de significados. En un sentido muy concreto, inauguran un mundo nuevo. Creo que Iguala fue un hecho así.

No fue “la gota que derramó el vaso”. No fue la culminación de un proceso de irritación creciente, que llegara al límite. No fue una masacre más. El episodio mismo fue experimentado como algo inédito, y tuvo por eso un efecto estructural que no hemos calibrado, que no se entiende del todo. Todavía nos falta mucho para entender la estructura de la coyuntura de Iguala, y por qué adquirió súbitamente esa densidad. En primer lugar, desde luego, estaba la violencia: dramática, descarnada, más atroz en cada nuevo recuento de hechos; estaba también la colusión entre policías y criminales, flagrante, homicida; estaba la corrupción de las autoridades, el atropello cotidiano, la soberbia, la mezquindad; también el hecho de que las víctimas hubiesen desaparecido, cosa que convoca toda clase de fantasmas; y el hecho de que fuesen estudiantes: una palabra de complicadas resonancias en México —el futuro, los hijos, la juventud, la esperanza. Y más: sucedió pocos días después de que se anunciara el proyecto del nuevo aeropuerto de la ciudad de México, un espectacular alarde de modernidad; y sucedió poco antes de que apareciese en los medios el escándalo de la “casa blanca”, de la esposa del presidente. Y mucho más. Porque el acontecimiento se fue construyendo con todo lo que sucedió después: declaraciones, investigaciones, marchas, protestas, el descubrimiento de otras fosas, otros cadáveres, la consagración como icono del número 43.

La sociedad mexicana experimentó un acontecimiento excepcional. Y necesitaba que se reconociese como algo excepcional. La frase “Fue el Estado” abría todas las posibilidades. Ofrecía una manera nueva de entender el orden político. El Estado, hagamos el ejercicio, este Estado es una concentración del poder que junta a políticos, policías, empresarios, criminales, en un sistema de exacción predatorio, que ha hecho funcional —y cotidiana— la violencia extrema, y la absoluta degradación de la sociedad (no se olvide: el Chereje, el Tomate, el Gil, el Chino, son ciudadanos mexicanos, sociedad civil, que pueden asesinar a 40 jóvenes, con perfecta naturalidad). La masacre ofrecía la posibilidad de romper con ese Estado, que pudimos entrever con una rara claridad.

La opción estaba abierta para cualquiera, del presidente abajo. Cualquiera podía haber señalado a ese Estado para romper con él. Cualquiera podía haber asumido la masacre de Iguala como hecho inaugural de un nuevo orden, haberla reconocido como acontecimiento, y aprovechar la luz que arrojaba sobre el funcionamiento de nuestro orden social. Bien: no cualquiera, pero el gobierno federal sí podía haber señalado el arreglo entero de ese Estado como enemigo, no un alcalde monstruoso y su señora, sino el orden que los produjo, y encabezar un movimiento para la reorganización del sistema de poder local en el país, por ejemplo. Aprovechar las imágenes del horror para señalar lo inaceptable, aprovechar el sentido de urgencia para exigir, imponer, exhibir otros estándares de civismo, para dar un nuevo sentido a la idea de una comunidad nacional.

En lugar de eso, optó por tranquilizarnos, y tratar de serenar los ánimos, optó por ofrecernos la normalidad, la gestión profesional de un incidente aislado. Y los opositores, los que quisieron aprovechar la masacre, se han limitado a acusar al Ejecutivo federal de delitos bastante inconcretos —otra forma de la normalidad. O la han integrado al sistema de protesta local de Guerrero, como otro capítulo de una larguísima historia de violencias, uno más.

Y seguimos, un año después, a vueltas con Iguala, sin que nadie haya armado una explicación de miras un poco más amplias, sin que nadie haya sabido construir la masacre como acontecimiento.

 

El cambio de época de las “reformas estructurales” no fue un verdadero cambio de época. Porque no ha habido nada realmente nuevo, porque nadie se hizo cargo de anunciarlo. La restauración del PRI no es tampoco una restauración: los pequeños poderes prohijados por nuestra transición tienen más fuerza que nunca. La masacre de Iguala dice eso, dramáticamente.

Hablar del silencio de Los Pinos es una manera de decir este desconcierto. Ningún actor político ha sido capaz de dar sentido a lo que pasa. Y acaso ese sea el último rasgo que hace de Iguala un acontecimiento —que nadie haya sabido reconocerlo y explicarlo como tal. Es un duro relato, que por eso conserva algo de la densidad simbólica de los mitos. Déjenme decirlo de un modo un poco pomposo: en el origen de este ánimo descontentadizo, angustiado, el problema no es la economía, no es el desempleo, no son las reformas ni la falta de reformas, sino el sentido de la historia —el que no hay.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es: Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, 2015.

 

10 comentarios en “El silencio y los silencios

  1. Hay razones fundadas para el descontento, se contraen deudas impagables, sin dar ninguna explicación. Las restricciones económicas están afectando a todos los mexicanos, el cinismo que demuestran todos los gobernantes, son efensivos para todos, trabajos no hay, nuestra moneda es de caricatura, aunque tengas licenciatura o algún master, de nada sirve. Cada día vamos de mal en peor. ¿como no va a haber descontento?

  2. Hay mucha razón en tus argumentos Fernando. Pero no debemos olvidar que en la sociedad si existe una conversación y que tanto políticos, como periodistas y medios de comunicación sólo se escuchan a sí mismos.
    Tu eres ejemplo de que la sociedad nunca ha dejado de conversar de los asuntos que le preocupan.
    Y el énfasis de esa conversación pública se da en la pérdida de libertades que hemos estado padeciendo los mexicanos. La válvula de escape todos la conocemos.

  3. Imposible de estar en desacuerdo, sobre todo en relación con la prensa: no sabemos nada de la sociedad de Iguala, ni de ningún otro punto del país, nuestra prensa es totalmente insustancial, fantasmagórica, como el propio país.

  4. El artículo es acertado y oportuno, incluso como provocación. Me parece, no obstante, que hay dos vacíos, o silencios, cuya omisión no parece azarosa y merece así una justificación. El primero concierne a la crítica de la prensa nacional. En la desestimación de la calidad del periodismo en México, juicio con el que coincido parcialmente, no es más posible hacer caso omiso de las condiciones de intimidación y, en ocasiones, ataque frontal en la que operan los periodistas en el país. Incluso dentro de las definiciones más austeras de democracia, la garantía de una cierta libertad de expresión es condición de posibilidad no sólo para nombrar a este régimen político sino para pensar su sentido — pensar, justamente, “el silencio de los Pinos”. La segunda omisión que merece a mi juicio mayor reflexión es aquella referente a “la verdad histórica” y su lugar en la constitución de los hechos en Iguala como “acontecimiento”. Es decir, cuando se trata de hablar de estos hechos, el presunto silencio de los Pinos es en realidad el lugar de un discurso y de un espectáculo precisos. Así, la imposibilidad de “contar” la masacre de Iguala que sugiere el artículo parece ser también resultado de una resistencia de los silentes (en plural) a reconstruir historias sin documentos.

  5. Extraordinariamente atinado. Sé que las referencias en los blogs son un poco odiosas, pero es muy obvio que esta interpretación se nutre intelectualmente de las contribuciones de Sewell y otros, y reconocerlo no estaría de más. Sobre todo porque en algunos de los más agudos pasajes del texto se puede adivinar el contorno de una crítica a la teoría sewelliana del “acontecimiento”, cosa que no es menor.

  6. Hace poco Elena comentaba “México es muy inferior a su pasado”, coincido con ella y con usted. El conjunto de los mexicanos nos encontramos vulnerables ante demasiado.

    Nos cuidamos de la policía y de los criminales mimetizados uno en el otro. La confianza en nuestros vecinos ha bajado tristemente a niveles escandalosos, tal como lo reportó el INEGI hace no mucho. El deterioro crece y el panorama es sombrío, angustiante.

    Como me gustaría sentirme orgulloso de mi país y convivir pacificamente. Son demasiadas injusticias sin respuesta… es una carencia de proyecto colectivo atroz.

    Son momentos sombríos. Ya ha pasado por ahí éste país en otras ocasiones y mucho sufrimiento se ha ocasionado. No quiero que mis hijos, cuando los tenga, crezcan en un presente tan podrido.

    Quizás migre como muchos otros, exiliados en otro país, expulsados por este torbellino neoliberal en donde mandan los mirreyes y los criminales, con sus salarios de hambre y sus carros de lujo.

    El siguiente escándalo superará al anterior, y el siguiente a ése. Un país en el que es el colmo todo el tiempo.

  7. Un buen artículo, sin duda. Razones hay muchas para el silencio del gobierno. El cúmulo de desaciertos es enorme realizado a trasmano de la sociedad, inclusive engañando, ocultando la información que todos los mexicanos debemos saber: Las mentadas reformas estructurales, no han producido ningún beneficio al país. Fueron realizadas con mucha perversidad, ocultan los verdaderos alcances que pretenden. Están conviertiendo a México, en un laboratorio neoleiberal, con verdaderos estragos para las futuras generaciones. Lo peor es que son sumisos ante el poder transnacional. Y como dice la nota, la incapacidad de los políticos es proverbial, nunca se había visto un conjunto tan grande de ineptitud. Se han aplicado a mostrar sus miserias, sin pensar someramente en el significado de la palabra patriotismo. Hay errrores que tardan generaciones en ser remediadas. Entonces, su silencio tiene muchas aristas.

  8. El lenguaje del gobierno y de los politicos ya no tiene relación con el dia a dia de las personas. LAs variables macroeconomicas dicen cosas contrarias a la experiencia de la gente, y en lugar de poner atención a lo que la población experimenta, se inventan excusas de porque la población en general “no ve la realidad como ellos la ven”.

    La única opción que dan es , “aguántate, vendrán tiempos mejores”. Pero así llevamos ya décadas..

  9. El vacío que provoca vivir bajo un gobierno tan inepto como perverso es terrible. Cuando trabajaba como secretaria, mi vida se llevaba a cabo con limitaciones económicas, ahora las tengo en lo económico, social. La situación de temor, desconfianza, miedo impiden intentar ser un buen ser humano a muchos de nosotros. Volver a los tiempos de los años 60, 70, y pensar que fueron mejores habla de lo inestable de la vida social en este país sin rumbo. Pude estudiar dos licenciaturas y una maestría, sin que eso haya traído a mi vida mejoras ofrecidas por un gobierno que apoye el conocimiento. Afortunadamente, me quedó el gran aprendizaje de ser libre gracias al conocimiento pero eso me lo otorgué yo misma, como muchísimos mexicanos que salen adelante en medio de la nada y sin ningún apoyo.