Hace ya muchos años Jürgen Habermas puso en circulación la idea de la democracia deliberativa como un modelo político superior al de la democracia meramente electoral en donde el voto mayoritario, ya sea para elegir al gobernante o para tomar decisiones, es lo único que cuenta. Para él como para muchos otros filósofos y politólogos, las democracias se legitiman no —o al menos no únicamente— como consecuencia del voto sino como consecuencia de la deliberación pública entre gobernantes y gobernados.

Estas dos concepciones no son, en realidad, excluyentes. A través del voto mayoritario se toman las decisiones. A través de la deliberación se llega al voto razonado, al voto informado y fundamentado, a la opinión que nos formamos de los gobernantes. Deliberar antes de decidir significa llenarse de razón y si algo necesita un gobernante democrático es precisamente eso: llenarse de razón. Explicar frente a la nación por qué se optó por un tipo de política pública y no por otra es el primer paso de la rendición de cuentas. En el lenguaje más llano y simple, deliberar significa confrontar ideas, posiciones, posturas y argumentos; entablar conversaciones con el fin de convencer o ser convencido. Su utilidad es inconmensurable. Sus beneficios innegables.

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Aunque arriesgado y más trabajoso, escuchar y ser escuchado tiene un doble rendimiento. De un lado abre nuevos horizontes para dar con alternativas que no se habían considerado, para alcanzar mejores soluciones, para rectificar. Del otro brinda la posibilidad de persuadir, de conquistar adeptos, de ganar legitimidad. Aunque no fuese por convicción sino por conveniencia los gobiernos deberían ser los primeros promotores de un vigoroso y constante debate público.  

Pues bien, nuestros gobernantes —llámense Ejecutivo federal, gobernadores, legisladores o líderes partidarios— no parecen adscribirse al modelo político de la democracia deliberativa. No se les ve entusiastas. Prefieren agotar la democracia en el acto de votar, de desplegar las facultades de decisión que la Constitución indudablemente les otorga o de juntar mayorías parlamentarias en los casos en los que se requiere la conjunción de dos poderes o de dos fuerzas políticas.

Puede alegarse que desde que hay pluralidad en los órganos de gobierno la clase política dialoga entre sí. No estoy segura siquiera de que esta afirmación sea muy exacta. Lo que suele ocurrir es que intercambian bienes más que ideas y opiniones, que negocian canonjías más que discutir posturas y cursos de acción alternativos. Los legisladores no entablan un diálogo entre sí o con el gobierno para ver si es mejor asignar más dinero al campo o a la educación, intercambian una partida presupuestal por otra porque así conviene a sus intereses o, en buen español, a sus clientelas. No discuten si conviene la reelección, la comercializan por la negativa a introducir la segunda vuelta. No debaten sobre el perfil de ministros que requiere la Corte o de consejeros que conviene al INE, reparten cuotas.

Y, ¿con la sociedad? Con la sociedad no quieren reflexionar, ni alegar, ni exponerse. Y, ¿frente a la sociedad? Frente a la sociedad no quieren explicar, ni justificar sus decisiones. Guardan silencio. Ya fueron votados, ya ocupan sus puestos y con eso les basta. Se saben en el poder por el tiempo que dura el encargo y lo ejercen con una sordina puesta, como ésa que se utiliza para disminuir la intensidad del sonido de ciertos instrumentos.

Por lo general, no han optado por acallar las voces disidentes.

Con todas sus insuficiencias, la sociedad hoy habla, grita, debate y se manifiesta. Lo hace en las calles, en la prensa, en la radio y la TV, en las redes, en los desplegados, en los libros, en los coloquios, en los reportes de los think tanks y en cuanto foro público se inventa. Cualquiera que lea un periódico, que escuche un programa de opinión o que asista a un seminario sobre asuntos de actualidad sabe que hay una diversidad de opiniones y que casi siempre éstas encuentran la vías de expresarse. Pero en una democracia no se trata únicamente de tolerar el disenso y dejar que cada quien diga lo que piensa. Insisto, salvo en contadas excepciones, el gobierno no suele silenciar a la sociedad. Pero con respecto a nuestras opiniones, posturas o propuestas guarda silencio. La opción del gobierno ha sido “dejad hablar, dejad pasar”. Aun en los casos que escuchan y aun en los casos que cambian de opinión o incluso de decisión no ofrecen explicación.

Hay desde luego excepciones. Ejemplos de ello son el diálogo establecido respecto al conflicto en el Instituto Politécnico Nacional, las jornadas en favor de la justicia cotidiana o el retiro de la candidatura a la Suprema Corte del senador Raúl Cervantes. Más recientemente el debate nacional al que ha instruido convocar el presidente con motivo de la marihuana.

Pero la normalidad a la que nos tienen acostumbrados es a la de un gobierno que no se anima ya no digamos a liderar o incitar el necesario debate público sino al de uno que ni siquiera se anima o se arriesga a participar con la seriedad, intensidad e información suficientes en el debate que sí ha propuesto buena parte de la sociedad organizada.

Junto a las pocas ganas de debatir, el gobierno ha adoptado otro vicio: el del silencio respecto a las decisiones que toma.

Nadie niega que el gobernante tiene el derecho a decidir. Para eso fueron electos el presidente y el gobernador y el legislador. Pero esto no los exime de dar explicaciones ni los faculta para guardar silencio. Al igual que un ministro de la Corte debe presentar un proyecto fundando su resolución respecto a una controversia constitucional, el integrante del IFT está obligado a hacer públicos los criterios para otorgar una concesión o los comisionados del INAI a publicitar las razones para resguardar cierto tipo de información, en una democracia se espera de sus gobernantes explicaciones sobre el porqué de sus decisiones. Concuerden o no con las preferencias expresadas por grupos organizados de la sociedad.

Y aquí es donde más se nota el silencio.

Por qué el nombramiento del secretario de la Función Pública o por qué el retiro del presunto candidato de Los Pinos a la Suprema Corte de Justicia. Por qué la cancelación del tren México-Querétaro o por qué la concesión de Capufe al Consorcio Telepeaje Dinámico para operar el sistema IAVE. Por qué no hay explicación a la persistencia de la estrategia de seguridad cuando vemos que la tasa de homicidios sigue en niveles inaceptables y por qué se sigue posponiendo una ley que respalde la participación de las fuerzas armadas en las tareas de seguridad pública. Por qué los legisladores guardan silencio sobre la desaparición del fuero y por qué callan respecto al inadmisible acotamiento de las candidaturas independientes.

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No dudo que los gobernantes tengan argumentos para hacer lo que hacen o dejan de hacer y posiciones sólidas que pueden sostener y poner a circular, pero en la mayoría de los casos no lo hacen. No exhiben ni comparten sus razones. Prefieren reservarse sus argumentos sabedores de que por la boca muere el pez o temerosos de que se mantenga vivo un debate que no pueden ganar. El secreto, la reserva, el ocultamiento, la circunspección no hablan de un gobierno transparente a pesar de que México presida este año la Alianza para el Gobierno Abierto.

Imponer es más fácil pero no necesariamente más eficaz. El silencio tiene costos. El silencio se paga caro no sólo en legitimidad sino también en resultados. Un gobierno que guarda silencio dice con su silencio muchas cosas. Dice que no le importa lo que piensan sus gobernados. Dice que habiendo llegado al poder se siente merecedor de tomar sus decisiones sin más trámite que el de tomarlas. Dice que es autosuficiente y no necesita de nadie más allá de su círculo íntimo. Dice que no se siente obligado a explicarse frente a los ciudadanos. Dice, al final, que se sabe impune y que no tiene que rendir cuentas.

Es cierto que exhibir argumentos, emitir explicaciones, dar razones puede ser arriesgado, pero es más cierto que la palabra enriquece y el silencio empobrece. Un gobierno que calla es un gobierno que no tiene posibilidad de convencer aunque por el tiempo que dura pueda imponer. La deliberación pública conviene porque llena de razón. No se trata únicamente de que una decisión reciba el consenso mayoritario, se trata de que tomar decisiones sin discutir, sin escuchar, sin esgrimir argumentos, sin dar razones no es un acto genuinamente democrático.

Como en casi cada uno de los problemas que aquejan a nuestra polis las cosas son de ida y vuelta. Así como la corrupción no es un atributo exclusivo de la clase política, así tampoco el silencio es distintivo del gobierno. En la sociedad callamos muchas cosas. A veces por miedo, a veces por interés, a veces por ignorancia o apatía. Los medios —más los locales pero también los nacionales— son un buen ejemplo. Nadie tiene mayores recursos y mejores plataformas que ellos para ventilar los asuntos públicos y dar voz a la diversidad. Lo han hecho y lo hacen cada vez más pero el uso que se hace de ellos en cobertura, solidez informativa y promoción de un debate cada vez más inteligente está muy por debajo de lo que requiere una democracia deliberativa.

A la conversación endogámica entre la clase política de la que el Pacto por México ha sido el mejor ejemplo del primer trienio del gobierno urge añadirle el debate público con los gobernados y, junto con él, urge la formación de un gobierno que exponga y comunique con claridad sus decisiones, que explique por qué las toma, que se abra a las rectificaciones y, si lo hace, diga por qué.

Ése podría ser el distintivo de los tres años de gobierno que vienen y que comienzan precisamente este 1 de diciembre. Escuchar y deliberar, fundar y explicar, promover el debate público son signos de fortaleza y salud democrática. Es el silencio el que esconde una debilidad. Silenciar el silencio y dar paso al ruido que debe caracterizar a una democracia vigorosa no parece ser una mala idea.

 

María Amparo Casar
Profesora-investigadora del CIDE. Editorialista del periódico Excélsior.

 

5 comentarios en “Los sonidos del silencio

  1. Espléndido Ensayo: el mismo nos hace reflexionar y en mi entender es necesario el análisis para tomar las mejores decisiones de Políticas Públicas para nuestro país.
    Da la impresión que controlando cantidad de electores darán cálidas de leyes, se nos trata cómo carentes de madurez, sólo dejan que medio protestamos y nos callan con el silencio.
    Felicidades Dra. Ma. Amparo

  2. Muy explicativa la nota de Amaro Casar, pero ella misma responde sus dudas, sobre la omisión de gobernantes, cuando indica que como se sientes impunes, si llamados a cuentas, les importa un comino, lo que piensen los demás. Más claro ni el agua. Pero me gustó su artículo, nítido y veraz, saludos.

  3. Al este gobierno le pasó que controló todas las fuerzas que se vanagloriaban de independientes, dando golpe a quien se resistía (medios independientes) y lideres, y al final que tuvo la pelota ya no supo que hacer para meter el gol solito y sin portero, en otras palabras se le hizo duro el engrudo.

  4. Estoy de acuerdo con el sentido de la nota, la opcion que ha tomado este gobierno es el silencio, Esta opcion seguramente fue medida, planeada, y esta siendo ejecutada no solo por el gobierno sino por los grupos de poder, a modo que cada quien haga su parte, el gobierno aplica el silencio y gran parte de los medios de comunicacion y de intelectuales se prestan al lavado de imagen del gobierno a los 3 niveles, de modo que el silencio del gobierno se complementa con los que hablan en lugar del gobierno, para hacer o tratar de hacer ver lo que es negro blanco, lo negativo como positivo, lo historico como verdadero, y a la gran masa de ciudadanos le enredan los acontecimientos, de tal modo que aunque casi todo mundo hace critica de las muchas faltas de los gobiernos, el estar sujeto a un proceso (bombardeo) de desinformacion muy bien planeada y ejecutada, y el tener que estar muy al pendiente de la sobrevivencia economica, permite que la mayoria de las personas nos diluyamos en una pasividad ciudadana generalizada
    En resumen si el silencio esta funcionandole tan bien al gobierno (federal, estatal y municipal), no creo que cambien la estrategia, es mas ya prepararon al INE, a la Suprema Corte, al DF, y parenle de contar, para que en el 2018 siga el tricolor aunque cambien los colores o no lleve colores.

  5. las cosas son de ida y vuelta hoy en mexico
    los precisos ejemplos de la dra Casar deben se ser vistos con atencion
    si se quiere mejorar la comunicacion democratica