En dos días sendas noticias dieron pie a este escrito. Copio los encabezados: “Científicos contra robots armados”; “Windows 10 te permite hablar con tu ordenador”. Días atrás leí una noticia similar: en julio, en Japón se abrió el primer hotel —Henn na es su nombre— manejado por androides, quienes además de verificar los papeles en la recepción llevan el equipaje, sirven café y, por si fuera poco, hablan inglés, chino, japonés y coreano —por ahora no hacen el amor.

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Las noticias me apabullan. Abro una libreta de notas para mitigar el desasosiego. Busco remedios contra los excesos. En la letra B, Zygmunt Bauman: “Ahora sé que el exceso de información es peor que su escasez”. En la otra V, la “v chica”, Kurt Vonnegut: “Mis tecnologías favoritas son el buzón de la esquina, mi agenda y la Enciclopedia Británica”.

Mediar siempre es necesario. Ideas tecnológicas que avasallan contra sabiduría producto de muchos años de reflexión. El reto es encontrar el justo medio: uso y abuso de la tecnología —robots armados y Windows como conversador— versus prudencia y “manejo humano” de la tecnología y sus derivados. El reto es, a la vez, claro y complejo: no todo lo técnicamente posible es éticamente aceptable ni todo lo que la tecnología puede fabricar o crear debe hacerse.

Inmenso brete. No hay quien defina cuáles y cuántos son los “límites adecuados” de la tecnología y cuántos y cuáles de ellos rebasan los “límites humanos” de la ética. Los robots, ya sea como guerreros o como políglotas amables y serviciales, asombran y ensombrecen al mismo tiempo, y motivan a preguntar: ¿deberían existir límites en la transformación de nuestra propia naturaleza, de la Naturaleza y de la sociedad? (Aparco en este pequeño ensayo las modificaciones anunciadas por los genetistas desde 1968 con respecto a las conquistas científicas capaces de guiar nuestra propia evolución, como son la secuenciación del genoma humano, la clonación, la fertilización in vitro, o los bebés “a la carta”.)

La irrupción en la vida cotidiana de robots y androides cuya función es sustituir al ser humano es una muestra del poder de la ciencia. Poco a poco las máquinas suplen a los seres humanos. Basta pensar, dentro de una miríada de ejemplos, en las máquinas que cobran en los estacionamientos o en las encargadas de expedir boletos en los aeropuertos. Su innegable eficacia contiene dos aristas: genera dinero a los países ricos que las fabrican y quita empleos en países pobres. Esa realidad, tecnología creada por el Poder, tiene, Perogrullo dixit, connotaciones éticas y forma parte de la “era de la técnica”.

La “era de la técnica” es un término utilizado por Ortega y Gasset y por Heidegger. El concepto lo retoma Josep M. Esquirol para referirse a la “…radical transformación técnica del mundo, de la técnica convertida en nuevo mundo, de la modificación no sólo ya de aspectos sectoriales o concretos de la vida humana, sino de aspectos mucho más generales y relevantes: de la manera de pensar, de ver el mundo, de vivir, de organizar la vida política y de legitimar el poder… es decir, de la técnica convertida también en ideología, en megasistema, en poder ilimitado o superación del humanismo” (Josep M. Esquirol, Los filósofos contemporáneos y la técnica. De Ortega a Sloterdijk, Gedisa, 2011).

Ficción convertida en realidad: androides que hablan varios idiomas, robots que no hablan pero matan, y Windows 10 como compañero. La “superación del humanismo”, como advierte Esquirol, es real: androides que suplen humanos y que no se agotan ni piden aumento de sueldo, computadoras que acompañan y que no se enojan ni les da sueño, y robots que matan sin ensuciarse ni agobiarse por la sangre o la muerte de bebés superan las preocupaciones de los viejos filósofos y convierten la ficción literaria en realidad. ¿Qué escribirían hoy Aldous Huxley, Mary Shelley o el escritor checo Karel Capek, quien acuñó el concepto moderno de robot? 

El poder cada vez más impresionante de la tecnología produce admiración y alarma. Imposible no sentirse atraído por el impacto de las nuevas tecnologías. No hay ámbito intocado: salud, sistemas de comunicación, aeronáutica, vivienda han alcanzado niveles otrora impensables. Imposible no cuestionar el poder tecnológico sin pensar en la necesidad de replantear el panorama ético, humano y mundial.

La biotecnología y otras tecnologías seguirán reproduciéndose. La apuesta es dotarlas de ética; el reto es discernir si es o no éticamente correcto que sigan creciendo sin preguntarse si es conveniente dar forma, como ya dije, a todo lo que puede hacerse. Cavilar en los límites de las “antropotécnicas”, término creado por Peter Sloterdijk para referirse a los procesos de domesticación humana, es necesario.

Vonnegut y Bauman me atraen. Sus mensajes advierten: repensar “lo humano” es obligado. Androides y robots me emocionan y me asustan. Ni melancolía ni edad perdonan: prefiero la sonrisa o el gesto humano de una recepcionista de carne y huesos, y conversar con un ser humano que con Windows 10.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

4 comentarios en “¿Cómo serán los seres humanos?

  1. Quiza haya un peligro más grande que el avance técnico en robótica e ingeniería genética: los avances en neurociencia cuestionan la existencia de la conciencia y/o del libre albedrio.

    El problema es que la tradicion ética occidental se basa enteramente en que tenemos conciencia y libertad, lo que a su vez fundamenta la dignidad humana. Si la conciencia y la libertad se cuestionan, llegaremos a un “ecosistema humano” donde todo lo que pueda hacerse se hará.

    No es un tema nuevo. En la religión, Lutero habia hablado de la doctrina de la predestinación. En la física clásica, el determinismo negaba de raiz la libertad y la conciencia (pero al llegar la física cuántica, el determinismo perdió fuerza). Con el derrumbe de la metafisica en filosofía, surgieron sistemas que identificaban los conceptos de “derechos inalienables, intrínsecos” y el concepto de dignidad, con ficciones metafísicas. Algunos los abandonaron totalmente y otros intentaron fundamentarlos como convenciones surgidas del trato social entre individuos racionales; pero no dejan de ser convenciones que sólo obligan en cuanto quien las viola, recibe un castigo social, pero no por ser verdaderos en si mismos.

    Quizá como parte de la bioética del futuro deba abordarse el problema de la conciencia y el libre albedrio, como fundamentos del derecho de decidir por nosotros mismos.

    • Luis:
      Aprecio tu comentario. Como seguro sabes, una nueva, no tan nueva disciplina, la neuroética, advierte de los peligros que atinadamente señalas, el de la conciencia y el del libre albedrío, bienes humanos, personales, no compartibles ni objetos de influencias externas. Modificar esas estructuras corresponde al poshumanismo -nadie lo quiere. Hay un libro de la filósofa española, Adela Cortina, dedicado al tema. En el Blog que publico esta semana toco el tema de ética y libertad. Quizás te interese leerlo.
      Saludos,
      Arnoldo k

  2. No estoy muy familiarizado con sus terminos, pero entiendo de lo debaten. Supongo que mi labor y contribucion que puedo hacer para mejorar nuestra sociedad. Es educar a mis hijas. Se que es muy complejo hablar de democracia, justicia o valores o prejuicios morales. Pero si creo en que hay valores universales que deben conservarse, trabsmitirse y practicarse. Asi que creo que si no olvidamos estos y nos apoyamos en la tecnologia podriamos ser felices. Lo geaves es si esa tecnologia se pone al servicio los antivalores. Como las guerras, la violacion y atropeyo de derechos humanos. Etc.ya llegue a mi destino. Jaja.

    • Javier:
      La tecnología no es un “antivalor”. El problema es su uso inadecuado y sus costos. Es, y será, una de las razones para profundizar la brecha entre ricos y pobres.
      Saludos,
      Arnoldo