Cuando llaman a la puerta de mi casa, abro sin preguntar quién es. Esto le dije al escritor Juan Cruz, mi amigo, un hombre cuya mirada provoca sosiego, con quien converso lo mismo del pan de cada día, que de libros, el mar, nuestras ciudades, mis hijos, el futuro, la memoria de nuestra mejor amiga, su nieto, su volcán.

Le dije también que lastima la idea de vivir en un país sitiado por la muerte. Se lo dije durante una de nuestras mil conversaciones, como quien piensa en voz alta, sin darme cuenta de que la emoción no siempre analiza, menos aún de cómo se vería tal cosa puesta, con letras grandes, en la contraportada de El País.

Nuestra conversación era un entrevista formal, no una catarsis, pero yo lo olvidé. Lo que deja claro que Juan es un extraordinario periodista. Y mejor así. Le dije de manera algo sombría otras de mis tristes creencias de esa mañana. Porque visto de lejos, México puede volverse una idea, y leído en mis respuestas una catástrofe.

01-puerta

Hablando con Juan, respondiendo a preguntas como: ¿No cesa la costumbre de matar? ¿Es sólo la droga lo que propicia este vendaval terrorífico? ¿El odio es la consecuencia o la causa de lo que sucede? ¿Este es el peor momento de México en su tiempo de vida? ¿Es matar por matar lo que sucede?, puse en mi boca, frente a mis hijos, que aquí tendrán hijos, una historia de horror sin matices. Como la que se ve cuando uno se para frente al agua muerta del río en que jugaba en la infancia.

Sin embargo, la trama que es este país nuestro tiene texturas. Así que no voy a desdecirme, pero sí quiero decir más.

Aquí sólo muy pocos matan por matar y no existe la costumbre de la muerte. Por eso nos asusta. No nos fascina, ni le tenemos culto. Le tememos y nos avergüenza no haber podido con ella. Y sí, la droga que los gringos persiguen de este lado, empieza a permitirse de aquel, pero aquí hay una guerra que ya no se sabe en dónde terminará, pero sí por qué empezó.

Cuando se nos informa que el ejército ha quemado cien hectáreas con marihuana, cuando vemos a esos muchachos, porque los soldados son muchachos, de las misma edad y a veces con la misma suerte que los estudiantes de Ayotzinapa, apilando las perfectas hojas verdes de talle largo, no dan ganas de matar, sino de morirse para no ver la estupidez que estamos cometiendo.

Cada vez que en Los Ángeles o a la vuelta de mi casa alguien entretiene su falta de imaginación o aviva su energía con alguna droga prohibida, aquí crece el crimen. Todo porque hay quienes creen que se debe prohibir algo de lo que enerva o fascina. Porque están permitidos el alcohol y el azúcar que también causan daños a la salud, pero que alegran nuestra vida sin que nadie se mate por culpa de nuestro afán por los chocolates o el Ribera del Duero. Así debería ser con todo lo que los humanos inventamos comernos, fumar, inhalar o untarnos para desobedecer el tedio. No sigo porque este alegato ya está muy dado aunque quienes deberían oírlo estén sordos. La ONU, por ejemplo, que está buena para juzgar, pero no para impedir la guerra contra la droga.

Sí, querido Juan, es el narcotráfico quien propicia este “vendaval terrorífico”. Y el gobierno que no ha sabido, ni sabe cómo hacer para detenerlo.

Pero aún somos mayoría quienes deseamos la paz y vivimos como si no hubiera riesgos, muchas veces como si fuéramos vivos eternos, que es la única manera de vivir. Yo lo que veo a mi alrededor es gente que despierta lejísimos de su trabajo, que toma un metro y luego un camión y luego sus dos pies para llegar hasta donde se gana el pan sin lamentarse. Gente que juega por la calle, y que come y corre sin queja ni riesgo. Aunque haya en el aire un recelo que antes no conocíamos. Ya no vamos de noche a la carretera, ya no queremos cruzar por ciertos barrios, ni visitar algunas ciudades, pero hay campo y lagunas y mil rumbos por los que se vive en paz y con la esperanza de no perderla. Y hemos de redimir los otros, porque tienen razón el dicho y el suegro de la cineasta Catalina, no hay mal que dure cien años. Por eso abro la puerta sin preguntar quién llama, porque hay luz en la mayoría de la gente. Yo amanezco a leer en los diarios las anécdotas de un país lacerado, pero luego arranco a vivir sin hablar de eso todo el santo día, perdida en el bien de andar con otros en el afán de vivir sin tropezarse.

Abro la puerta y entran los amigos. Tantos y tan diferentes que parece que vivo en una isla en el centro del mundo. Y todos traen la cabeza llena de planes y misterios que descifrar. Son gente que construye sus tardes y sus vidas sin odio, gente que no mira el futuro como espanto, ni este mundo como el peor de los mundos. Gente que se empeña en limpiar las aguas negras de su río.

No es matar por matar lo que nos guía, ni este país de ahora puede ser peor que el de antes. Sería como decir que España estaba mejor bajo el franquismo, sería no ver que en todos estos años hemos construido más que destruido. 

Apostarle a lo fatal, a espantar, no es lo mío. Lo mío es ver, ir contando, imaginar lo mejor, temer lo menos. Es injusto decir que este México está peor que ninguno. Y si uno lee lo que yo respondí, parece que sólo eso creo. Y lo malo es que gusta. De qué manera. La mirada umbría es lo que se lleva por estos rumbos, y tan bien hemos dado tal imagen que en España hubo quien dijo que mis respuestas fueron tibias.

Había en los años cincuenta del siglo pasado un programa de televisión dedicado a la música mexicana cuya entrada era un canción sonando, sobre el mapa de México: así es mi tierra,/ morenita y luminosa/ así es mi tierra/ tiene el alma hecha de amor.

Mientras esto cantaba la inocencia de nuestra tele, en México había tantos pobres, tantos muertos por habitante, tanta salud, tanta hambre, tanto analfabetismo, tantos políticos, tanto espanto como el de ahora, pero silenciado.

Cosas que ahora nos escandalizan sucedían como un rumor cotidiano al que pocos le prestaban atención. Poca gente iba a votar y a nadie le importaba el resultado porque todo el mundo lo sabía de antemano. La marihuana era una porquería más mal vista que el pulque. Y más barata, porque nadie se peleaba por ella. De aquel mundo injusto pero inocente, yo guardo la confianza con que se abría la puerta. Y dejo entrar la culpa y las noticias, pero también el juego, la voluntad y el gesto de quien se acerca a contar cuentos, vender comida, pedir un taco, comprar un refrigerador inservible. Abro la puerta y dejo entrar al ruido que tanto me enfurece, pero también al muchacho que trae la fruta del mercado, al que viene a dejar la farmacia, a lo señores que llenan el tanque de gas, al del agua purificada, a los mensajeros que traen libros, envíos de Amazon, cosas que Mateo y Greta compran por internet. Dejo entrar a los siete distintos repartidores de periódico que pasan todas las mañanas, al cartero que el 12 de noviembre pide un donativo para celebrar su día. Cuánta gloria pudo caber en la llegada del correo que, desde 1931, existe una fecha para honrarlos. Ahora ya sólo traen recibos del teléfono y facturas por la electricidad. Pero aún existen. Y aquí sigue pasando el mismo el hombre que hace veinte años me trajo un ejemplar de la primera edición de Mal de amores, y aún recuerda los brincos que yo daba y el gusto con que lo abracé como si en él cupieran lo mismo el editor que los lectores.

Mi casa todavía da a la calle, no a un umbral con cancerbero que dice quién sí entra y quién no. Y esa luz veo. ¿Qué más?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

9 comentarios en “Abro la puerta

  1. “¿Qué más?”, nada más, querida Ángeles. Sigue “en el bien de andar con otros en el afán de vivir sin tropezarse”. Ah, y sigue sin mirar a quien le abres la puerta.
    Un abrazo grande.

  2. Estoy completamente de acuerdo en conservar la inocencia y abrir la puerta de la casa y de México. Creo que en tus palabras suena más bonito, pero con mis palabras te digo que los que vivimos en y fuera de México debemos abrir la puerta inocentemente y decirles a todos los que creen que México es un sitio de barbarie que hay posibilidad de disfrutar una tierra soleada inocente y con lo necesario para que tengan vivencias que les llenen el alma.

  3. Angeles, gracias por escribir así, como tú escribes. Yo que he vivido fuera de México la mayor parte de mi vida, así recuerdo a mi tierra, “morenita y luminosa” llena de gente trabajadora y alegre. Me da tristeza escuchar los horrores que pasan allá, pero se, que junto con los horrores hay muchas historias de esperanza. El México que llevo en el corazón y que es parte de mí está rebosando de alegría y esperanza. ¿Cuantos años llevamos así? Por eso de los cien años. Escribe más por favor y sigue abriendo la puerta así, sin preguntar quien es.

  4. Haces bien. Confía. No hay nada más feo que la desconfianza.
    Eres feliz y se te nota.
    A los mexicanos nos haría falta conocer otros pueblos y ver cómo se quejan por nada. Cómo despilfarran su primer mundo.
    México, desde el Siglo XVI a la fecha es el mismo y así ha de desaparecer. Con ésta, su huella digital.
    Yo, como Joaquin Sabina, a veces me dan ganas de dormir, que no me molesten, aunque hable en sueños y que, cuando este chiflado mundo se haya arreglado entonces me permitan abrir los ojos. Pero, “Como Dios no concede deseos ni endereza jorobados” no queda otra que afrontarla….. Sin perder la sonrisa ni el equilibrio.

    Besos adorada.

  5. Como siempre, leerla es como un balsamo. Que afortunados somos de contar con su ingenio y su agradable estilo para decir las cosas. Gracias.

  6. Me recuerda a Maite Nicuesa y su artículo Como abrir el corazón sin miedo a ser herido. Abrir la puerta en cierta forma es abrir el corazón.

  7. “Así es mi tierra”, música de Tata Nacho y letra del distinguido sacerdote aguascalentense don Jorge Hope Macías, qepd. Gracias por recordarnos esa patria abundante y generosa, que a veces se nos olvida.