El mal que está en la raíz de todo el proceso histórico de la idea del descubrimiento de América, consiste en que se ha supuesto que ese trozo de materia cósmica que ahora conocemos como el continente americano ha sido eso desde siempre, cuando en realidad no lo ha sido sino a partir del momento en que se le dio esa significación y dejará de serlo el día en que, por algún cambio en la actual concepción del mundo, ya no se le conceda.
Edmundo O’ Gorman

Uno de los significados básicos del Dasein heideggeriano es que la existencia humana se despliega en una historicidad esencial. De esta idea parte Edmundo O’ Gorman para proponer su interpretación del 12 de octubre de 1492 como una fecha en la que inician dos historias: la inauténtica, referida al descubrimiento,y la auténtica, referida a la invención de América.

De ahí su crítica a la historiografía tradicional, esa que, en su lectura, inspirada por Ortega y Gasset, considera al pasado como un cadáver, una cosa cuyo ser es estático y separado de la única realidad radical, la vida humana. En ese sentido, “el pasado es algo que se refiere al hombre, que es nuestro”.

A partir de este primer gran presupuesto, O’ Gorman, en su ya clásico La invención de América. Investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir (FCE, 1977, segunda edición), afirma que el ser es atribución de significado. Colón no descubrió América porque, en principio, como dice Rodrigo Díaz Maldonado (autor en cuyo ensayo “La ruta de la invención. El jardín de los senderos que se bifurcan” se apoya este comentario), el objeto América, en términos humanos y no meramente físicos, no existía; y, enseguida, porque no fue el sujeto Colón, su conciencia, quien le otorgó ese significado.

América fue inventada. Esa es la historia auténtica. Es con Américo Vespucio con quien se concibe a este “trozo de materia cósmica” como el Nuevo Mundo, como la “cuarta parte” del mundo (a un lado de Europa, Asia y África). Por lo mismo, la historia es creación y no trabajo sobre un pasado inerte. Hay en ella una selección de posibilidades del ser, y eso fue lo que ocurrió en lo que desde entonces se conoce como América.

Unas posibilidades avanzan y otras se cancelan. En tanto fue Europa la “dispensadora de significados históricos”, esto supuso que las culturas prehispánicas no fueran consideradas como “mundos morales autónomos”, desconocedoras como eran de las verdades evangélicas. De lo que se trataba era de actualizar el ser de Europa en nuevas tierras.

Y este ensayo dio lugar a dos rutas de invención: la vía de la imitación escogida por el mundo ibérico (importación sin más de una religión, de unas instituciones, de una lengua, de un arte), y la de la adaptación del modelo a las circunstancias y no al revés, como ocurrió con el mundo anglosajón. La verdadera actualización, y al mismo tiempo la trascendencia de la cultura occidental, ocurrió en Norteamérica al elevarse como valores supremos la libertad y el trabajo.

Borges insistía, sospecho que no tan irónicamente, en que los latinoamericanos debíamos resignarnos a ser buenos europeos. Yo prefiero pensar que es posible un hecho de conciencia subcontinental que abra de nuevo posibilidades a la historia. A 523 años no del descubrimiento, sino del inicio de la invención de América, prefiero fiarme, y acaso confiarme, de las palabras de Richard Morse:

Los países metropolitanos que controlan, según se dice, los destinos latinoamericanos, están amenazados interiormente por incertidumbre económica y agotamiento de las posibilidades culturales. De su vida superracionalizada y desencantada brotan síntomas de paranoia y aventurerismo ciego. Su arsenal ideológico no logra ofrecer un esquema policéntrico y articulado del mundo. Si así se las ven los poderes “hegemónicos” —concluye Morse—, América latina no es ya un consumidor ideológico sino que posee mensajes para el mundo. Requiere su propio sistema de suministro (en “Latinoamérica. Hacia una redefinición de la ideología”, en Vuelta, No. 128, México, julio de 1987, p. 34).

 

Ronaldo González Valdés

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Un comentario en “12 de octubre: La actualidad de O’Gorman

  1. Lúcido enfoque. Oportuna la fecha. Ahora hay que tomar responsabilidades. Para mi Borges y Morse no están reñidos. Para dejar de ser Europeos hay que comenzar no solamente a enviar mensajes, pero a creer en ellos y ponerlos en práctica. Salir del victimismo cada 12 de octubre y dejar de hacerse el ofendido enarbolando las grandes palabras “invasión”, “conquista”, “genocidio”. Al fin y al cabo todos dialogamos en castellano, y las verdaderas víctimas, los vencidos, no tienen voz propia. La voz de los vencidos es siempre la defensa paternalista de un grupo de intelectuales y doctos medio burgueses que cree hablar por ellos. Los vencidos de ahora son los desposeidos y los humillados, los engañados y los estafados de nuestro tiempo. Los otros, los de entonces, son polvo de la historia.