En la actualidad sabemos que existe una interrelación fundamental entre la química, la disposición mental y el contexto social e histórico en el que se usan plantas con propiedades psicoactivas, interrelación que aún no comprendemos plenamente. En torno a la marihuana existe una gran cantidad de creencias sobre sus posibles efectos dañinos. Entre éstas destacan las que asocian su uso con el comportamiento violento. La gran pregunta entonces es: ¿Esto es verdaderamente así? ¿El “marihuano” es violento?

La revisión de aquellas investigaciones con gran rigor metodológico permite señalar que no; no es posible establecer una asociación causal entre consumir marihuana y tener conductas violentas. En pocas palabras: el empleo de marihuana no produce violencia. Algunos resultados incluso señalan que su consumo puede disminuir la agresividad y por lo tanto la probabilidad de realizar delitos de carácter violento bajo sus efectos.

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Los resultados particulares que tiene el consumo de marihuana en cada persona dependen de factores como el tipo de marihuana, la dosis, el modo de administración (además de la inhalación existen otras vías), la experiencia previa y estado de ánimo del usuario, sus expectativas y actitudes, y el contexto social en el que se consume —sobre todo el grado en que es aceptado y no estigmatizado o castigado el uso recreativo.

Los factores que podrían subyacer a algún comportamiento violento en los usuarios son muy variados; por ejemplo, obtener un efecto subjetivo diferente al esperado, cambios en el control de impulsos, desinhibición; el tipo de personalidad y/o ciertos trastornos conductuales, los ataques de pánico y los sentimientos paranoides que pueden desencadenarse durante la intoxicación, el incremento en el ritmo cardíaco e incluso la abstinencia, que puede ocurrir en los usuarios dependientes. También puede ser consecuencia de estilos de vida que involucran una mayor tolerancia y relación con conductas “antisociales”, ilegales o de riesgo.

A todo esto pueden agregarse otros aspectos, como el tipo y dosis de marihuana consumida y si ésta se utiliza mezclándola con otras sustancias psicoactivas. Si en los años sesenta y setenta del siglo pasado el contenido de delta-9-tetrahidrocannabinol (THC) por cigarrillo era de 10 miligramos, actualmente es de alrededor de 20, llegando a ser de entre 150 y 300 miligramos en cultivos especiales; esto hace evidente que solamente los usuarios avezados pueden disfrutar con tranquilidad los efectos de las marihuanas más potentes. Asimismo, si también se consume alcohol, cocaína o metanfetaminas, el comportamiento violento en realidad podría deberse a estas drogas, las cuales sí se han relacionado con este fenómeno.

Recordemos que quienes utilizan el cannabis lo hacen para lograr un cierto estado: de leve euforia y relajación, acompañado por alteraciones perceptuales, incluyendo la distorsión del tiempo y la intensificación de experiencias tales como comer, escuchar música o tener relaciones sexuales. Cuando se socializa con ella este estado puede acompañarse de risa contagiosa, locuacidad y aumento de la interacción con otros; lo que coloquialmente se ha denominado “estar pacheco”. Estos efectos ocurren típicamente 30 minutos después de fumarla y duran entre una y dos horas.

En el mundo occidental la marihuana ha sido un abarcador de identidad y cultura de aquellos que se resisten a las normas de la mayoría, y se le sigue asociando con tipos de música y ciertos estilos de vida. Esto incluye estados de ánimo positivos, actitudes más abiertas y tolerantes e incluso se le relaciona con la no violencia por su carácter contracultural. En su acepción sociológica, la contracultura hace referencia a las prácticas sociales, políticas e ideológicas que surgieron en los años sesenta en Estados Unidos, específicamente al hippismo, y que se extendieron a sectores juveniles de países industrializados hasta destruirse o integrarse. Actualmente esta contracultura, también denominada “cultura cannábica”, parece estar más fragmentada y no domina, necesariamente, las vidas de los usuarios como antes ocurría, habiéndose hibridizado con otras influencias culturales, a la par que su uso médico es cada vez más aceptado.

Esta normalización del consumo de marihuana ocurre en Estados Unidos y en los países europeos, ya que la marihuana se percibe en forma más benigna, pero que hay quienes opinan que en los países en vías de desarrollo el consumo de drogas puede tener un impacto más negativo en general, sobre todo en los sectores desfavorecidos o marginales. En este sentido, exclusivamente en aquellos sectores con mejor condición socioeconómica es en donde podría hablarse de un verdadero consumo recreativo.1 Por supuesto que no hay que descartar esta preocupación.

Pero tampoco hay que dejar de considerar que lo que en gran medida “sesga” la opinión que se tiene sobre los efectos psicosociales de la marihuana es la construcción sociocultural de los usuarios como sujetos violentos. Los medios de comunicación tienden a mostrar noticias sobre adictos a las drogas, relacionándolos con asesinatos y lesiones; pueden ofrecer una visión que oscurece una realidad social más amplia. El estereotipo que identifica al consumidor como “marihuano-hombre-joven-moreno-adicto-delincuente”, contribuye a generar en la población emociones de miedo y rechazo; fenómeno fuertemente asociado a representaciones sociales negativas. Éstas no necesariamente se corresponden con las características objetivas del fenómeno en sí, pero tienen consecuencias graves en términos de la discriminación y la exclusión que padecen los consumidores de marihuana, las cuales incluso impiden que soliciten tratamiento.

En suma, se requiere realizar más investigación para conocer qué factores subyacentes podrían estar operando cuando se llega a observar algún comportamiento violento en usuarios de marihuana, pues ya sabemos que no es causado per se por su consumo. Es necesario dar un peso mayor a los contextos, sobre todo cuando se fuma marihuana en coexistencia con ciertas conductas asociadas a estilos de vida “antisociales” o de riesgo. Por ejemplo, en países como Dinamarca la marihuana está fácilmente disponible y experimentar con ella no se percibe como un comportamiento desviado, por lo que los usuarios dependen menos de redes subculturales ilegales que les provean de ella. En contraste, en países como el nuestro los consumidores requieren entrar en contacto con sectores donde la ilegalidad es la marca característica de la compra, y donde pueden ocurrir simultáneamente otros comportamientos ilegales o violentos.

También es fundamental incluir más mujeres en los estudios y abordar a la violencia tanto desde la perspectiva de quien la padece como de quien la ejerce, lo que incluye no solamente investigar la violencia interpersonal entre hombres desconocidos o conocidos, sino la que ocurre a nivel familiar o de pareja, e incluso la violencia sexual, como lo reportan algunos trabajos más recientes. Entre las grandes preguntas a responder destacan las siguientes: ¿Los (o las) usuarios de marihuana que son violentos en algún ámbito, comunitario o íntimo, lo son porque tienen o están en contacto con estilos de vida “ilegales”? Es decir, ¿porque además de usar esta droga, utilizan otras, y porque transitan en contextos donde ocurren otros comportamientos antisociales? Recordemos que la mayoría de la violencia que se representa en los medios es la que tiene que ver con el tráfico de drogas y no con el consumo y que los efectos y consecuencias de las drogas no son iguales; la marihuana, la piedra, la heroína, las tachas o los inhalables no son lo mismo. Recordemos también que no todo usuario de marihuana es un adicto, y que la adicción requiere tratamiento y no castigo.

Es necesario, por supuesto, realizar investigaciones sobre el tema en México con diseños científicos rigurosos. Solamente así podremos tener resultados apropiados a nuestra realidad y contexto, y con base en ello se podrá debatir y construir una mejor perspectiva sobre los efectos psicosociales de la marihuana, y tomar entonces mejores decisiones para los usuarios y la sociedad, con menos moralismo y más argumentos.

 

Luciana Ramos Lira
Psicóloga social. Es investigadora del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”.


1 Ver Ramírez, A. R. L. (2013): “La droga, el contexto y el Estado. Jóvenes de estratos sociales medios y altos y su consumo ‘recreativo’ en tres municipios de El Salvador”, Revista Policía y Seguridad Pública, 2, pp. 145-208.

 

3 comentarios en “La marihuana no es violenta

  1. Vayan a un concierto de metaleros pachecos…todo es buena onda y estrambótico. Vayan a un concierto grupero con sombrerudos y musica pdorra… sin pelea no están contentos y si hubo muertito, mejor.