Si las personas fuéramos capillas, hace rato que muchos nos habríamos caído solos. En cambio, las cosas permanecen, siglos y siglos, mientras no haya quienes las consideren chatarra y las tiren, hasta con entusiasmo, como quien se deshace de un cachivache. Justo lo que sucedió, hace poco, con la  iglesia del Santo Cristo, en San Pablo del Monte.

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En cuanto se supo, los observadores extraños, remotos jueces, entendidos intelectuales, caímos en grandes lamentaciones y disgustos, en la urgencia de castigar, en la amenaza de cárcel para quienes usando máquinas derrumbaron la iglesita del siglo XVIII. Una barbaridad, dijo el Instituto Nacional de Antropología e Historia, otra fechoría para perseguir creyó la PGR. Y junto con tan grandes instituciones, todos a una contra Fuenteovejuna. Porque claro está que —lo digo tras oír y leer la historia durante varios días— en Tlaltepango o Vicente Guerrero, dentro del municipio de San Pablo del Monte, Tlaxcala, buena parte de la gente del pueblo estaba más que enterada y de acuerdo en desaparecer al comendador, materializado en el vejestorio azul con amarillo que impedía la vista de la nueva iglesia.

Recién descubierto el hecho y provocada la furia de los enterados, desaparecieron los autores de lo que tantos consideramos una aberración. El párroco don Juventino alegó, muy malhumorado, no tener facultades para dormir en once iglesias a la vez, por lo que no pudo ver lo que sucedió en la capilla del Santo Cristo. El presidente municipal puso los ojos en blanco y justificó su distracción diciendo que en el pueblo rigen los usos y costumbres y que el mando civil no puede intervenir en las decisiones de las autoridades religiosas: no sólo párrocos, sino mayordomos de distintas categorías, tras los cuales desaparecieron también los feligreses. Los vecinos parecían mudos. Los pocos que algo dijeron tienen miedo, porque saben que lamentar lo sucedido, ya no digamos acusar a los autores, puede costarles el repudio de muchos otros.

En principio nadie hizo, ni apoyó, ni vio, ninguna anomalía. Pero la iglesia nueva les gustaba más, la vieja les parecía tal, y el siglo XVIII demasiado lejano como para interesarse en el cuidado de aquel cuarto convertido en bodega que de ningún modo se veía como un tesoro. ¿Por qué? Pues porque eso se aprende, y se ve que ni en el seminario enseñan el valor de la historia. Porque nadie hizo nada para impedir lo que todos oyeron en el rumbo. Como si un temblor hubiera tirado la iglesita de colores que bajo la consideración de muchos afeaba el paisaje e impedía que el nuevo templo luciera en todo su esplendor. Tan fea como muchos la vemos, pero no sé si tan interesante como tal vez les parezca a nuestros descendientes dentro de otros tres siglos.  

San Pablo del Monte es uno de los sesenta municipios de Tlaxcala. Colinda con Puebla, Hidalgo y el Estado de México. De todo esto nos vamos enterando, ahora, porque Fuenteovejuna tiró la iglesia. Pero ni quién pensara antes en cómo era ahí la vida, ni en cuántos mayordomos deciden el destino de la comunidad, ni en cómo contarles a sus habitantes por qué importa, para el vivir de hoy, saber lo que sucedió hace tres siglos. Alguien, me disculpo por no citar su nombre perdido en la red, recordó lo escrito por Guillermo Tovar y de Teresa al pensar en las frecuentes demoliciones de los monumentos coloniales: “Los mexicanos sufrimos una enfermedad, una furia, un deseo de autodestruirnos, de cancelarnos, de borrarnos, de no dejar huella de nuestro pasado y de un modo de ser en el que creímos y al que nos consagramos. Somos actuales a costa de negar […] nuestra verdadera riqueza […] creemos que es necesario destruir el pasado para disponer del presente. Más que una mala costumbre, [esto] es un serio problema de identidad nacional”.

La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, sitios Artísticos e Históricos prevé una pena de hasta once años de cárcel a quien dañe el patrimonio nacional. Imaginen ustedes, como si no hubiera tantos delincuentes en serio, hay quien piensa castigar, con cárcel, la ignorancia. Quizás lo más conveniente sea que Fuenteovejuna siga callada y que el INAH, el Conaculta, los representantes de la Zona Militar, el gobernador y sin duda el obispo empiecen a hablar y a convencer. Porque no será sino venciendo la ignorancia como se impida que estas cosas vuelvan a suceder. Que el obispo no se sorprenda, que enseñe, que el gobernador no se asuste, que enseñe, que los coordinadores, directores, representantes de la Zona Militar e inspectores varios, antes de regañar y poner demandas penales, pregonen la importancia de nuestros bienes. No creo que en este caso haya quien sí supiera el valor, por ejemplo, del retablo, pero aun si la pérdida pasó por la ambición de alguien —cosa que dudo, porque hay retablos más valiosos en la zona y es más fácil robarlos que tirarlos—, algo tan complicado como el uso de máquinas para desbaratar la capilla en una noche, sólo sucede con la complicidad y la anuencia de casi todos.

Una mujer mayor, sin duda no tanto como la brumosa ruina, dijo con toda inocencia lo que muchos pensaban: “Yo vi que la capillita ya estaba muy maltratada, era un pedacito, no era muy grande y ahí mismo se hizo la asamblea en la que se decidió tirarla. No lo hicieron por mala voluntad, sino porque pensaron necesario que la nueva iglesia tuviera mejor vista”. 

Al parecer, hace quince años, el INAH había negado el permiso de tirar el decrépito cuartito del siglo XVIII con dos torres del siglo XIX. Lo sabían algunos, pero hemos comprobado que no entendieron las razones, que no les parecían justas y que de tal modo se sentían en otro confín del mundo que la tiraron por unanimidad, creyendo que nadie se enteraría, tras una asamblea de notables.

Seis metros de frente por diez de fondo quedaron convertidos en explanada. Y habrá quienes en silencio, ahogado el niño, estén contentos de que no pueda taparse el pozo.

Así sucede. Porque es grande el abismo y no hemos sabido cerrarlo.

Abundan cosas así: una pareja de abolengo en alta valoración de la naturaleza, compra un terreno inspirada en la belleza de una inmensa jacaranda sobre la que se trenza una bugambilia. Contrata un arquitecto aún más ilustrado, y entre los tres planean una casa que gira toda en función del árbol. Se le hacen concesiones al tamaño de la estancia, a la altura de las ventanas, a la orientación necesaria para el buen clima. Todo se construye con miramientos y pasión. Sin duda con las manos y el sudor de múltiples albañiles. Por fin queda lista la preciosa casa. Todo es fiesta. El arquitecto, dichoso con su creación libera a los trabajadores. Les pide que los siguientes dos días recojan bien el desorden porque el sábado pasará a revisar y el domingo llevará a los dueños. Lo adivinan ustedes: cuando el arquitecto llegó a ver la obra limpia, los muchachos habían tirado la jacaranda con todo y bugambilia. En el centro de la casa había un patio pelón. Dicen que el pobre hombre quería suicidarse. Con motivo. No se podía imaginar encontrando las palabras para contarles el desfalco a sus clientes. Todo porque ni él ni ellos se habían dado el tiempo para explicarles a los trabajadores la razón por la cual la casa era lo que era: un cinturón desde el cual contemplar la jacaranda en todas sus estaciones.

Y una más: buscando una locación extraordinaria, Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego encontraron una casa en Cananea. Pequeña casa con un cactus inmenso al frente. Un órgano de varios metros. De ésos que tardan decenios en crecer. Hecho el contrato, al poco tiempo volvieron a filmar. Uno de sus personajes visuales: el órgano aquel. El mismo que había desaparecido para que se viera mejor la casa.

Dos miradas, dos mundos, un abismo. Diría la viejita: No lo hicieron por mala voluntad.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “La capillita maltratada y un abismo

  1. Considero a la ignorancia peor que a la mala voluntad: ¿cómo se entiende uno con un ignorante?
    Lo malo es que la prioridad de los “enterados”, no es sacar de la ignorancia a los que la padecen.
    Espléndido y necesario.
    Besos

  2. Lo que cuentas pasa en el mundo entero por las mismas razones : ignorancia o codicia o las dos juntas. Total que nos vamos quedando sin pasado, el presente esta falto de interés y en el futuro lejano ya no estaremos . Hay que aprovechar al máximo lo que dejen.