Rodrigo Christian Núñez Arancibia, ex doctor y ex profesor de la Universidad Michoacana, como sabemos ahora, era un digno rival del Corsario Negro.1 Su carrera profesional fue un fraude; desde su tesis doctoral hasta el último artículo que publicó. Podríamos, ciertamente, hacerle un corrido; mas lo que me interesa de toda esta historia es otra cosa: lo que revela de la academia actual. Enfrentado a las tropelías del pirata uno de mis colegas me dijo enfáticamente: “¡Este tipo está loco!”. ¿Cómo pudo cometer tantos plagios tan descarados y pensar que no sería descubierto? Sin embargo, contra lo que piensa mi colega, estoy convencido de que el pirata Arancibia no era ningún loco sino por el contrario, un astuto conocedor de los mares que navegaba. Durante más de una década anduvo muy orondo, tomando al abordaje cuanto barco le apeteció. Aprobó un examen doctoral, presumiblemente libró con éxito una entrevista laboral, engañó a más de una docena de dictaminadores anónimos de publicaciones supuestamente serias (algunas de ellas en el padrón del Conacyt), pasó sin problema dos procesos de evaluación del SNI y fue promovido. ¿Cómo pudo hacer todo esto? Pudo hacerlo porque sabía muy bien cómo funcionaba el sistema: era un lobo de mar. Tenía una carta precisa de las corrientes marinas, esas fuerzas que no se ven, pero que determinan el flujo de las aguas. En particular, identificó dos: la irrelevancia de las ideas para la evaluación rutinaria de las carreras académicas y la fragmentación del conocimiento en regiones que, aunque formalmente son parte de un solo océano del conocimiento, en realidad son mares interiores sin vinculación real.

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El pirata y el corsario. La reacción más obvia a las tropelías de Núñez Arancibia es culpar a los directores y sinodales de tesis, autoridades, dictaminadores de revistas, miembros de comisiones académicas y colegas que por más de una década no se percataron de lo que estaba ocurriendo, literalmente, en sus narices. No deseo exculpar a nadie de sus responsabilidades. No está a discusión si fallaron. Es claro que lo hicieron. Sin embargo, el pirata fue muy hábil en identificar las oportunidades que el sistema de evaluación le ofrecía. Entendió que los criterios cuantitativos habían desplazado a los cualitativos. Y se percató de que la evaluación del contenido había sido concesionada. Qué dice un artículo importa menos que el lugar donde es publicado. Los comités —que deben revisar cientos o miles de expedientes en el caso del SNI— transfieren la responsabilidad de la evaluación sustantiva a otras instancias, las revistas y editoriales. Aquí hay un hueco en el sistema. La profesionalización de la carrera académica significa que para ser exitoso y sobrevivir un investigador debe publicar muchos libros y artículos. De ahí que proliferen las revistas y que casi todas las universidades publiquen los libros de sus académicos. Y en algún lugar de esta cadena de producción y cuantificación se pierde lo esencial del trabajo intelectual: el contenido sustantivo.

Núñez Arancibia sabía una verdad muy sencilla y contundente: sus evaluadores no leerían sus “productos”. Y como no los leerían no descubrirían que se trataba de plagios. (Tal vez pensó que la única forma en que podría ser descubierto era si un dictaminador resultaba ser el autor del trabajo plagiado pero eso, como veremos, ya lo había previsto.) Después de todo habían sido publicados en revistas indexadas que utilizaban el método de dictaminación por doble ciego (ni el autor ni los dictaminadores conocen sus identidades respectivas), ¿no era así? ¿Cómo engañó Arancibia a los dictaminadores de revistas y libros? Estas interrogantes me llevan al segundo punto.

El capitán del barco corsario descubrió el equivalente a la corriente del Golfo de los mares académicos: la fragmentación existente, pero no reconocida ni asumida. Uno podría ingenuamente pensar que en la era de la internet el plagio se volvería imposible. Todo está en línea. El mundo es más pequeño y está vinculado. Mientras que hace 20 años era casi imposible para los académicos mexicanos conocer los artículos publicados en Argentina, Chile o Perú, ahora cualquier revista académica, por modesta que sea, tiene su sitio con sus artículos en línea. Si bien hoy es más fácil plagiar, pues hay una infinidad de materiales, desde tesis doctorales en línea hasta el acervo aparentemente inagotable de sitios para estudiantes como El Rincón del Vago, también debería ser más fácil descubrir a los plagiarios con softwares especiales.

El problema, sin embargo, no es de recursos. La paradoja central es que en la era de la globalización digital la academia no se ha globalizado. Y si a los estudiantes a menudo se les somete a controles de “autenticidad”, no pasa lo mismo con sus profesores. Soledad Loaeza se pregunta qué pasaría si se hiciera una prueba de plagio en el catálogo de tesis de doctorado del SNI.2 Los académicos de una región no leen lo que escriben sus colegas de otras no porque no puedan hacerlo —sería sencillísimo realizarlo con un clic y Google— sino porque no les interesa y no saben que ese conocimiento siquiera existe. El provincialismo persiste en la era de la internet. Y tiene sus razones. Seguir las publicaciones que proliferan como hongos en los diferentes países y sus diferentes regiones, de Antioquia a Morelia pasando por Barcelona, a causa de la profesionalización, es para muchos simplemente imposible y más aún si las “novedades” no vienen de alguna metrópolis. Eso las haría, tal vez, más compartidas.  Muchos artículos se escriben para que se cuenten, no para que se lean. Todos saben eso, pero los piratas de la academia lo saben mejor que nadie. Así, han explotado eficazmente los huecos producto de la fragmentación del conocimiento regional.

A pesar de sostener que no calculaba sus fechorías, lo cierto es que el pirata Núñez Arancibia no desperdiciaba parque. Sabía dónde poner la bala. Si tomaba un texto de un libro publicado en México lo mandaba a una revista chilena; si, por el contrario, plagiaba un capítulo de un libro argentino lo mandaba a una revista de Guanajuato. Sabía que los dictaminadores de su universidad no conocerían el trabajo publicado en inglés. Y tenía razón. También sabía que su libro robado probablemente no llegaría a manos de los autores legítimos en Estados Unidos. (Muchos libros académicos publicados por universidades mexicanas nunca salen de las bodegas.) Ahí se equivocó. Eso sí, evitaba, como peligrosos escollos, un puñado de revistas que eran un poco más leídas en la región. Lo notable es que él sí conocía la carta náutica de todos esos mares. Entendía los alcances de la academia local y medró hábilmente con nuestras miserias. En efecto, como él mismo reconoce: “Uno puede encontrar textos que nunca han sido vistos. Además de dar clases y trabajar, nunca perdí el hábito de ser un buen lector”.3 Su apuesta a que no sería descubierto no era absurda en absoluto: contaba con la ignorancia recíproca de comunidades académicas, teóricamente abocadas a los mismos campos, comunidades que él, como transterrado, conocía muy bien. El riesgo era medido. Eso explica la longevidad de su carrera corsaria. Por eso los plagios eran tan burdos: en realidad no necesitaba engañar al lector. ¿Para qué maquillar los textos? Apostó al provincialismo académico y por más de una década esa apuesta pagó. Como un hábil ladrón de cajas fuertes, el pirata Arancibia nos deja a su paso un mapa valioso de las vulnerabilidades de nuestro medio. Núñez sabía cómo se construyen en la realidad las comunidades epistémicas locales y sabía que ese mapa no tiene nada que ver con nuestras ingenuas creencias de un mundo globalizado de referencias comunes capaces de lograr la acumulación del conocimiento. En una entrevista posterior el pirata Arancibia constató esto de viva voz: “A pesar de que existe una red tan globalizada, es demasiada la hiperespecialización en las líneas de investigación. Es imposible que los pares investigadores de otros países puedan leer todo lo que se publica y que estén cien por ciento al día de todo lo que se está difundiendo”.4

Lo mismo sabía Juan Pascual Gay, profesor de El Colegio de San Luis, quien en el 2000 tomó un artículo de Guillermo Sheridan de la revista Vuelta y lo publicó en otra “región”, la revista Arrabal en España. El modus operandi era idéntico.5 Gay no era, sin embargo, como Núñez Arancibia un self-made man. “Partí sin apoyos”, reconocería más tarde. No comenzó como grumete fregando el puente. Era, más bien, un corsario hecho y derecho, con patente de corso debidamente expedida por dignatarios del almirantazgo académico. Mientras que el advenedizo pirata Arancibia, recién iniciado en las lides bucaneras, iba escalando, un buque a la vez, en el SNI, el corsario de San Luis lo hizo con fulminante rapidez y muy pronto llegó a la cúspide. Todo un Francis Drake, vaya. Logró lo que otros no consiguen en décadas de trabajo esforzado. Explotó hábilmente, qué duda cabe, su patente. Cuando Sheridan lo exhibió en la prensa, más de 70 amigos, ex alumnos y colegas, algunos prominentes, firmaron una carta pública en su defensa.6 Aducían “matices” que lo hacían diferente del pirata Arancibia. Sin embargo, poco tiempo después salieron a la luz pública más casos. No sólo el corsario fue acusado en 2006 de presentar en un concurso como propio el trabajo de alumnos que asesoró, sino que en 1998 plagió el trabajo de Louis Panabiére sobre Jorge Cuesta.7 Es cierto: hay matices. Arancibia era un aventurero. No es lo mismo un mero pirata que un corsario, armado de su patente. Hasta en los bucaneros hay clases.

Podemos moralizar el análisis y llamarles cómplices a las diferentes piezas del engranaje que componen esta maquinaria.8 ¿Son cómplices la tuerca y el tornillo? Lo son en cierto sentido. Sin embargo, ignorar la dimensión estructural del problema no es una opción inteligente si queremos reformar el sistema.9 Esto no quiere decir que no haya responsabilidades de investigadores, autoridades e instituciones. Las hay. Muestra de ello es la respuesta de algunos colegas frente a la deshonestidad intelectual que es exhibida públicamente. Hay un claro reflejo mafioso, perceptible en ciertas partes de la academia. Para algunos colegas —plagiarios y no plagiarios— robar ideas no es asunto de mucha consecuencia. De ahí que cierren filas para proteger al pillo que ha sido descubierto con las manos en la masa. Es una omertá perversa y que se cultiva en el campus. En lugar de defender el principio de honestidad intelectual que hace posible, y que justifica, nuestro trabajo, manufacturan excusas para proteger a los plagiarios. “Linchamiento”, gritan cuando se expone y se critica a quienes han medrado del presupuesto y robado el trabajo de otros. “Sólo lo hizo una vez”, “no es grave”, dicen sin sonrojarse. Denle un coscorrón. La academia podrá ser una cofradía pero, ciertamente, no es un sindicato de impunidad. Quien roba el trabajo intelectual de otros abusa del principio esencial de la buena fe sin el cual las universidades simplemente no pueden funcionar. Por ello es crítico que quienes transgreden esas reglas no queden impunes. Sobre todo si pertenecen a los niveles más altos de la jerarquía académica, pues son los que deberían dar un ejemplo. Quienes los defienden y disculpan confunden la solidaridad con la colusión, el gremio con la pandilla y la amistad con la complicidad. 

 

De regreso en Chile, después de haber quemado su barco pirata, Arancibia fue encontrado y entrevistado por las periodistas Tania Opazo y Noelia Zunino, del diario La Tercera. La suya es la crónica del pirata en desgracia: “Rodrigo Núñez ahora está en Chile. Se ve ojeroso y no quiere hablar con nadie. Su voz se quiebra, le cuesta mirar a los ojos y sus manos tiemblan. No tiene trabajo y dice —probablemente sin equivocarse— que su carrera académica ha terminado. ‘Yo sabía que iba a chocar como un tren contra una pared, haciéndome pedazos. Y eso fue lo que pasó’, afirma”.

En un momento de congoja y depresión (Arancibia dice que no dormía y estaba por perder el juicio), el pirata le confesó a su psiquiatra sus fechorías: “Ahí entendió todo el puzzle, dijo que necesitaba más ayuda porque tenía un tema de trastorno de personalidad. Había que ver dónde se me había cambiado la perspectiva, la realidad. Yo creo que fue cuando plagié la tesis”.10 Despojado de la patente de corso, revocado su título de doctor, Arancibia comenzó a comprender el tamaño de su caída: “Cuando me avisaron me sentí completamente desnudo. Hay una cuestión de arrepentimiento no menor. Perdí toda mi vida, todo lo que había desarrollado. No hay más”.11 Cuando su entrevistadoras le preguntaron si se merecía una segunda oportunidad el ex corsario respondió contrito: “En estos momentos no. Yo sé que no soy sólo el plagiador serial que se dice, hice clases, hice investigación, pero es una vergüenza muy grande. Ahora estoy asumiendo la sanción social de haberle fallado a mucha gente, que es lo que más duele, y las sanciones que vengan. Pero si fallé en algo tan básico, como la responsabilidad moral de ser honesto, algo que aprendemos de niños, primero tengo que volver a eso para reconstruirme”.12

Enfrentado al verdugo, Sir Walter Raleigh, habiendo sido condenado a muerte por traición, pronunció estas últimas palabras el 29 de octubre de 1618: “He vivido una vida pecaminosa, en todas las profesiones pecaminosas; pues he sido soldado, capitán, capitán de navío y cortesano, todos ellos oficios de maldad y vicio”. Era la confesión de un pirata.

Los bucaneros no son una reliquia del siglo XVII. Están con nosotros aún: no sólo los émulos modernos de Raleigh, que abordan barcos mercantes cerca de las cosas de Somalia, sino los que se roban las ideas ajenas. Y los islotes de la academia a veces son islas Tortuga, refugios de notables piratas y corsarios.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 En un post del blog de esta revista, “El extraño caso del pirata Arancibia”, hice un recuento de los plagios conocidos de Núñez Arancibia, http://www.nexos.com.mx/?p=25571

2 Soledad Loaeza, “El ataque de los plagiarios”, La Jornada, 16 de julio, 2015.

3 Tania Opazo y Noelia Zunino, “Confesiones de un plagiario serial”, La Tercera, 1 de agosto de 2015. http://www.latercera.com/noticia/tendencias/2015/08/659-641025-9-confesiones-de-un-plagiador.shtml

4 Ídem.

5 http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2015/06/77155.php

6 http://www.nexos.com.mx/?p=25649

7 http://www.jornada.unam.mx/2006/05/22/
index.php?section=cultura&article=a03n1cul
http://www.eluniversal.com.mx/articulo/ cultura/letras/2015/07/24/aparecen-pruebas- de-otro-caso-de-plagio-de-juan-pascual-gay

8 Un alegato en esta dirección fue formulado por Luis Fernando Granados, “Cómplices del plagio”. http://elpresentedelpasado.com/2015/07/09/complices-del-plagio/

9 http://www.nexos.com.mx/?p=25681

10 Opazo y Zunino, op. cit.

11 Ídem.

12 Ídem.

 

10 comentarios en “De piratas y corsarios

    • Buenísimo es poco. Mejor adjetivarlo de excelente. Sólo que a nuestro colega el Sr. JA Aguilar se le olvidó -y este debe ser su talón de Aquiles- nombrar como responsable moral de las canalladas e irregularidades que se cometen en el SNI-Conacyt, como la carrera metéorica de Joan Pascual Gay que no es la única (el presidente de la comisión IV tiene su conciencia tranquila porque era su amigo), a su compañero de Institución en el CIDE: Dr. Cabrero.Debe ser el único que no se quiere enterar de lo que ocurre en el SNI, con lo fácil que es hacer una auditoría académica para detectar aquellos casos de carreras meteóricas. La otra cosa-nostra de la que está orgulloso el Dr. Cabrero, y que su colega Aguilar olvidó mencionar, es que los únicos dos casos escandalosos de plagio fueron perpetrados por extranjeros pertenecientes al SNI. Una extraña anomalía estadística. Cualquiera que sepa algo de cálculo de probabilidades sabrá qué significa eso. Una anomalía estadística y ética bastante sospechosa.
      Por lo demás, Sr. Aguilar, este artículo es glorioso e impagable. Seguro que el Dr. Cabrero ya tiene el mapa del tesoro, y sabe donde están las islas Tortugas, el Jesus of Lubeck (el barco de Hawkins, primo de Drake, donde hizo sus primeros pininos) o los libros con el logo de la calavera y las dos tibias cruzadas. Dios salve a la reina y a la omertá observada religiosamente por el Dr. Cabrero y sus honorabilísimos integrantes de las comisiones del SNI (uno de los cuales no deja de salir en el diario El Universal en la sección de Cultura, con pata de palo, garfio en el muñón de la mano, parche en el ojo y una guacamaya sobre el hombro). Los doctos y contemporáneos John “Long” Silver.

  1. DESDE LA UNIVERSIDAD DE GUANAJUATO DEFIENDEN A QUIEN COMETE PLAGIO

    Académicos del Colegio de Valenciana, de la Universidad de Guanajuato, firmaron una carta en defensa del profesor Juan Pascual Gay, que fue despedido del Colegio de San Luis (Colsan), donde laboraba como profesor en el área de Literatura, por cometer plagios reiterados, en concreto de un artículo del doctor Guillermo Sheridan publicado por Pascual Gay en el año 2000 en una revista de Barcelona, de una tesis de dos alumnos suyos que le denunciaron por este hecho en el año 2006, además de extraer párrafos de obras de otros autores para presentarlos como propios, actos delictivos, por robo de propiedad intelectual, que demuestran la intención clara de Pascual Gay por cometerlos.

    Los académicos de la Universidad de Guanajuato, en una carta contradictoria publicada en la revista Nexos (http://www.nexos.com.mx/?p=25649), dicen que la “falta” cometida por el doctor Pascual no es razón para el “linchamiento público” porque el denunciado “ha destacado por tener una trayectoria brillante y honesta”, y así tratan de excusar o quitar peso a los delitos cometidos rebajándolos a la categoría de “falta”, como si aprovecharse del trabajo y esfuerzo ajeno, como es escribir una tesis, fuera un hecho liviano que se puede valorar como algo anecdótico que no demerita esa “trayectoria brillante y honesta”; y luego señalan como “linchamiento público” la respuesta de la sociedad y de otros académicos (cuando el linchamiento es muerte por medio de una multitud y sin juicio previo) en vez de “escarnio público” o algo similar que no implique un asesinato, lo que demuestra el ánimo de manipular a la opinión pública invirtiendo los valores, personas que, por demás, saben perfectamente el significado y peso de las palabras, y eso es tergiversar para ayudar a un delincuente. Un delito es un delito, algo tan vergonzoso como el plagio de una propiedad intelectual, y ha de ser expuesto, tal como es, para que sirva como ejemplo y para que otros no lo vuelvan a cometer, y tratar de exculpar al autor de un plagio, siendo por demás académico, resulta una falta de honestidad al denigrar el nivel y los modos académicos en defensa de quien cometió un acto de corrupción.

    Y ahora cabe preguntarse lo siguiente: ¿En qué lugar dejan los académicos firmantes de esa carta a la Universidad de Guanajuato y al Colegio de Valenciana? ¿Con qué autoridad moral se pueden presentar ante sus alumnos cuando salen en defensa de alguien que plagió una tesis de dos alumnos?

    Cometer un delito de plagio de la propiedad intelectual debe ser castigado, repudiado por la sociedad, y no cabe ninguna excusa para tratar de rebajar en su gravedad a las personas que lo cometen, por ello resulta una vergüenza que salgan en su defensa aquéllos que deben hacer valer la honestidad académica. La herida cometida por los firmantes de la carta de mención es profunda, muy profunda, porque ponen a la Universidad de Guanajuato y al Colegio de Valenciana como instituciones que defienden a quien comete un delito que no se puede exculpar, rebajarlo o pasar por alto.

    Pablo Paniagua

    Direcciones de interés:
    http://www.nexos.com.mx/?p=25563
    http://www.eluniversal.com.mx/…/despide-el-colegio-de-san-l…
    http://www.eluniversal.com.mx/…/despide-el-colegio-de-san-l…
    http://pulsoslp.com.mx/…/…/25/pascual-gay-plagio-otro-texto/

  2. Excelente reflexión! Sólo un detalle a quienes comentan: cuando hablen del apoyo que recibió Pascual Gay en la Universidad de Guanajuato, NO GENERALICEN. Muchos de los que estamos aquí y somos académicos SERIOS sentimos vergüenza ajena y de ninguna manera hemos defendido JAMAS a tan siniestro personaje.
    He dicho.

    • El autor no generaliza. Los que no comparten esa carta de apoyo a Juan Pascual, en El Colegio de Valenciana, están bajo la señalada “omertá” o Ley del Silencio, lo cual, de algún modo, los convierte en cómplices de algo que no firmaron pero que dan como válido por no cuestionarlo en público y de manera grupal. Esa carta es como si todos la hubieran firmado porque “quien calla otorga” y si no se desmarcan están conformes porque afecta al Colegio entero, a los profesores y alumnos en su conjunto. El Colegio de Valenciana es una vergüenza al completo, y así lo deben percibir la gran mayoría de académicos mexicanos (y los que no lo son).

  3. Queda claro a través de la metáfora de los piratas y corsarios, como Juan Antonio Aguilar Rivera nos conduce a al análisis y a la reflexión personal, profesional, académica y en tantas dimensiones.
    En mi contexto como docente de estudiantes de posgrado que se forman en la profesión de educadores, un quehacer insistente, se orienta hacia el desarrollo de la competencia comunicativa escrita, dialogando con los expertos que publican, sin dejar de dar honor a quien honor merece.
    El aparato crítico de un documento por muy simple o sencillo que este sea, no debe pasar por alto que referir, parafrasear, citar es un ejercicio que no debemos olvidar nunca en nuestra labor como docentes, y pregonar con el ejemplo.

    Fernando Savater (1997) en su libro el valor de educar me invitó a reflexionar en mi labor todo el tiempo con metáfora ¿Cómo el mal educado podrá bien educar?, es decir ¿cómo puedes dar lo que no tienes? esto debería formar parte de nuestra historia de vida, personal, profesional, etc.

    Excelente trabajo para compartir con mis estudiantes y felicitaciones al Mtro. Juan Antonio por compartir este análisis.

    Saludos cordiales a todos
    César René Pérez Ramírez

  4. Agregaría a las observaciones hechas al documento del Dr. Aguilar Rivera, un síntoma que he notado desde hace tiempo y que dificulta enormemente la posibilidad de estar enterados cabalmente de “todo” lo que se escribe sobre una línea de investigación; se trata de una tendencia a no trabajar de manera cercana con los colegas de la misma institución. Me explico. A partir de una suerte de “separatismo inconsciente”, los años de trabajo en una misma institución provocan la desaparición de una colaboración sistemática y voluntaria, de tal manera que la comunicación sobre lo que se lee realmente no existe. Digamos que se manifiesta aquello de “cada chango a su mecate” y esta falta de comunicación abona tremendamente a disminuir las posibilidades de actualización puesto que honestamente es una realidad que no se puede leer “todo”.
    Yo invitaría a la autoreflexión de los cuerpos académicos, de las líneas de investigación, de los grupos de trabajo, de los miembros de institutos, en fin, de cualquier organización académica que involucre el trabajo conjunto, en particular de los científicos sociales, a volver a lo esencial: la colaboración social.

  5. Qué vergüenza de literatos y filósofos de la Universidad de Guanajuato que pretendieron minimizar el problema haciéndolo pasar como el descuido y error de una excelente persona. Quizá defendiendo a su amigo y los favores y facilidades que este les otorgó en su camino por la academía. El SNI ahora cesado debería regresar lo que CONACYT le dió… Y a sus asesorados y amiguillos investigar. Nunca se trató de un linchamiento sino de que la justicia se impartiera y sentara un ejemplo. Que no se le perdonara simplemente por ser vaca sagrada con sueldo de SNI. La Universidad de Guanajuato tiene buenos maestros a pesar del ridículo que algunos de ellos hicieron firmándo la dichosa y afamada carta del bochorno. Carta que también tiznó a Sicilia a quien por cierto ningún medio de peso ha cuestinado tan accidentada firma.

    Saludos desde la UNAM….