En ocasiones recojo las palabras de algunos enfermos. Otras veces las invento y otras más las transcribo a una de mis libretas sin saber si escuché lo que escuché o si inventé lo que inventé.

22-enfermedad

Entre escuchar e inventar, como sucede con la ficción y la realidad, la frontera no es nítida. Poco trasciende dirimir si importan o no los límites. Importa lo que queda, importan las palabras. Con los enfermos las lindes se diluyen. Miedo, dolor, incertidumbre, incapacidad, pérdidas, desasosiego y otra serie de adjetivos incómodos diluyen los confines entre lo que se escucha y lo que se inventa. Lo que persiste son las palabras:

—Cuando te mueras, ¿seguirás teniendo la enfermedad o ya no estarás enferma? —le preguntó una niña joven de 13 o 14 años a su madre durante la consulta médica.

—Cuando te mueres dejas de estar enfermo. La enfermedad es un problema de los vivos, no de los muertos —le respondió la madre.

(Y yo, sin mediar me dije: “Lo mismo sucede con la muerte. La muerte es un problema de los muertos, no de los vivos”.)

 

El lenguaje de quienes padecen es sui géneris. Es un idioma único, personal. La vivencia que cada quien hace de su mal no la dicta el lenguaje de las células enfermas, lo determina el bagaje personal. La casa, la escuela, la lectura, la percepción de la muerte, la salud o la enfermedad de los seres cercanos son los compartimentos de ese bagaje y las letras que conforman las palabras. La enfermedad le imprime un significado humano a las palabras y recuerda, entre muchas experiencias, que el libro de la vida, sobre todo cuando el cuerpo enferma, se cierra poco a poco.

Algunos enfermos dignifican su vida con palabras. Aparcar un tiempo el mal y suavizar heridas es suficiente.

 

Alberto, profesor de literatura en preparatoria, víctima desde joven de insuficiencia renal, sometido, sin éxito, a trasplante renal y sujeto a hemodiálisis tres veces por semana, solía decir:

—Imposible escapar de mi enfermedad, imposible sustraerme de ella. Ella es mía y yo soy de ella. Sólo me abandonará cuando fallezca.

Alberto mermaba sus dolores con las notas que en ocasiones escribía:

Cuando la enfermedad me da un respiro, intento atrapar el tiempo. El tiempo de la enfermedad es cruel, impide el sosiego, siempre huye. Me recuerda lo que soy: retazos de vida, peatón anónimo de la historia.

 

Gabriela, pasante de filosofía, portadora, desde joven, de una enfermedad poco frecuente —lupus eritematoso generalizado—, recaía con frecuencia por lo que, imposibilitada para salir, escribía un diario sui géneris: Ella era ella y quien constestaba era su alter ego.

—La enfermedad infecta mis días. Vivo humillada —le dijo Gabriela a su otra Gabriela.

—El tiempo, cuando enfermas, te arrincona, te asfixia. Me lo has dicho, ¿lo recuerdas? —replicó su alter ego.

—Sí, lo recuerdo. Cuando estoy muy enferma, escribo: “Tejo la muerte a partir de la vida. ¿Me entiendes?”.

—En una ocasión te escribí que los enfermos miramos el presente con las gafas del pasado. Y te dije también que cuando estoy muy enferma, el vínculo entre palabras y sucesos se rompe. La única forma de restablecerlo es insistiendo por medio de otras palabras.

 

Harold Brodkey, novelista estadunidense, recogió sus palabras cuando enfermó de sida; Brodkey falleció en 1996, tres años después de haberse infectado. En Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte, Brodkey se adentra en su ser enfermo a partir del diagnóstico. En esa época no había medicamentos capaces de detener la infección: “Y así fue como terminó mi vida y comencé a morir”, escribió.

El libro, escrito bajo el azogue de la muerte, retrata con crudeza y brutalidad, sin cortapisas y sin los melodramas propios de quien va a morir, su postura: “Miro fijamente a la muerte, y ella me devuelve la mirada”. Su prosa y su escrutinio sobre el dolor que lo doblaba sacuden: “El mundo sigue pareciendo muy lejano. Y oigo el susurro de cada momento que pasa deslizándose. Y sin embargo, estoy feliz; incluso sobreexcitado, de la manera más tonta. Pero feliz. Es de lo más raro pensar que uno pueda disfrutar su muerte”. La cercanía y la vecindad de la muerte llenaron a Brodkey de palabras: “La única forma en que la lucidez del lenguaje puede lidiar con los crueles vaivenes de la vida es contando una historia sobre la existencia real”.

Las palabras de los enfermos son escuela. Sus letras siguen y trazan otros caminos. Hablan de una vida rota, de una vida diferente. Hablan con sus palabras: “Vivir hasta morir” retrata ese apego. Escriben con su enfermedad: “Escribir retrasa mi camino hacia la inexistencia”.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. En 2013 publicó Decir adiós, decirse adiós (Mondadori). Este año SextoPiso publicará Recordar a los difuntos.

 

8 comentarios en “La enfermedad como escritura

  1. un pintor cuyo nombre era Julio ( no 4cuerdo el apellido) escribió en unobde sus cuadros: “la muerte existe mientras está uno vivo, al morir desaparece”, genial y cieŕto.

    • Concuerdo Francisco:
      Lo mismo decía Norbert Elías: “La muerte es un problema de los vivos, no de los muertos”.
      Gracias,
      Arnoldo

  2. También yo he pensado escribir algo cuando me encuentre muy enfermo en un cuarto de hospital. Imagino que leer mis palabras y saber que otros las leerán , será como un ejercicio terapéutico para darme valor; como un compromiso para no acobardarme, para enfrentar la muerte con dignidad.
    Pero me gustó la frase “escribir retrasa mi camino hacia la inexistencia”. y reflexiono que en realidad aunque yo sepa que nadie leerá mis palabras, el solo hecho de escrbirlas bastará.

    • Manuel:
      Pues sí. Muchas personas cuando confrontan su final miran hacia dentro, interiorizan, buscan compañía por medio de palabras, pintura, conversaciones. Eso hace la enfermedad. Y eso atempera el dolor. En Estados Unidos hay escuelas que se dedican a narrar la enfermedad; lo hacen enfermos y médicos.
      Saludos,
      Arnoldo

    • Mar:
      La vulnerabilidad producto de la enfermedad también de dota de palabtas. Te hace hurgar en tu interior.
      Saludos,
      Arnoldo

  3. La enfermedad y la cercanía de la muerte han sido y son fuente inagotable de inspiración literaria. La infinita variedad de matices que caracteriza a estas experiencias individuales confirma aquel viejo adagio médico de que “no hay enfermedades sino enfermos”. En ese sentido y llevado el concepto todavía más allá, hay quien dice que la enfermedad es una forma de ser.