Me gusta citar a Thomas Szasz (Budapest 1921-Nueva York 2012), profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Syracuse. Szasz fue un gran crítico de la influencia de la medicina moderna en la sociedad. Comparto una de sus ideas centrales: “Teocracia es la regla de Dios, democracia es la regla de las mayorías y farmacracia es la regla de la medicina y de (algunos) doctores” —algunos es adenda mía. La farmacracia, excelente denominación, impone sus reglas a través de una compleja urdimbre, soterrada en ocasiones, abierta en otras.

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El tejido farmacracia es amplio. Incluye a los medios de comunicación, a la sociedad ávida por descubrir las fuentes de la eterna juventud, a las compañías farmacéuticas, a algunos laboratorios clínicos y gabinetes de radiología, y a médicos, profesionistas absorbidos por sus quehaceres y poco contestatarios. Aunque en los últimos años las farmacéuticas han intentando limpiar su imagen, “comprar médicos” —sin decir comprar—, fue y sigue siendo política frecuente: viajes en avión en primera clase, hoteles cinco estrellas, menús irrestrictos y pagos millonarios por hablar de los nuevos fármacos en congresos son parte del tejido farmacracia. Muchos galenos sucumben a esas extorsiones y pocos se preguntan si es ético contribuir, sin cuestionar, con las farmacéuticas (los medicamentos, aunque a veces redondos, no deberían ser como los negocios redondos de Joseph Blatter y la FIFA).

La farmacracia victimiza a médicos y pacientes gracias a la propaganda; ambos ceden con facilidad a las modas terapéuticas. Es difícil no prescribir las nuevas moléculas. ¿Quién no piensa que lo nuevo supera a lo viejo? Dueñas de sabiduría mercadotécnica, las farmacéuticas conocen el arte de venderse; no por azar destinan el 30% del costo del producto en publicidad. Los médicos, atrapados entre las demandas del paciente, entre la Enfermedad Internet, la cual convierte a los usuarios en quasi médicos, así como el glamour de lo nuevo auspiciado por la propaganda televisiva, constituyen un universo casi infranqueable.

Si al tejido previo se agrega la frecuente incapacidad médica para diferenciar entre las bondades de los nuevos medicamentos y las certezas de los viejos, el éxito de la farmacracia es redondo. Un viejo axioma de la medicina ilustra el intríngulis actual, “ni ser el primero en recetar los nuevos medicamentos ni el último”. Cualquier doctor avezado sabe que los medicamentos nuevos no necesariamente son mejores que los conocidos, que son más caros y que sus efectos nocivos se conocen menos. El imparable conocimiento médico es atractivo. Aunque los estudios siempre demuestran los beneficios de los nuevos medicamentos cuando se comparan contra los viejos, son escasos los doctores que leen entre líneas.

Doblegarse ante la propaganda es predecible. Más lo es cuando la Enfermedad Internet y la arrogancia de la medicina contemporánea se conjuntan y ofrecen su piedra filosofal donde dolor, envejecimiento y depresión son eventos controlables. Ejemplo triste es la sumisión médica ante el enfermo que exige los nuevos fármacos.

Algunos libros de divulgación aportan datos interesantes. En La moda negra. Duelo, melancolía y depresión (Sexto Piso, 2011), Darian Leader afirma: “Mientras que el trabajo de  un investigador individual que estudie deter-minadas drogas tal vez tenga una tirada de cincuenta o cien ejemplares para enviar a sus colegas, los resultados financiados por la industria farmacéutica tal vez tengan tiradas de 100 mil ejemplares y se distribuyan gratis a los doctores”. Renglones adelante remata, “Es ahora bien sabido que la mayoría de los estudios de la efectividad de los antidepresivos son financiados por la industria farmacéutica y que hasta hace muy poco los resultados negativos rara vez fueron publicados”.

Magnífica la idea del psicólogo William James, hermano del afamado novelista Henry James. En 1894 —sí, ¡1894!—, al referirse a las farmacéuticas, escribió, “los autores de esos anuncios deberían ser tratados sin piedad y considerarlos enemigos públicos”.

A Leader le parece que la depresión es la piedra angular de un negocio rentable cuyos orígenes son beneficio económico, sumisión y admiración sinfín hacia la tecnología. Empastillar a la sociedad es leitmotiv de las farmacéuticas (empastillar es un vicio de la modernidad: sugiero, modestamente, incluirlo en la próxima edición del Diccionario de la Real Academia Española).

Generar patologías es una moda. Aunque tampoco existe el término patologización de la comunidad, esa idea retrata algunos aspectos de nuestros vínculos con las enfermedades y con sus hacedores —Disease Mongering—, con las farmacéuticas y con la tecnología: patologizar a los seres humanos es empresa redituable.

La farmacracia ha subsumido a algunos fragmentos de la población y generado inmensas ganancias. Basta encender la televisión y enterarse de las novedades para detener la vejez e impedir la aparición de la calvicie, para luchar contra la celulitis y asegurar la erección hasta el día de la muerte. La industria, para no despreciar al sexo femenino, creó una pastilla rosa (el Viagra es azul) cuyo fin era incrementar el deseo y el orgasmo en mujeres. Con las mujeres, los científicos masculinos y la farmacracia fracasaron: la pastilla rosa desapareció pronto del mercado.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. En 2013 publicó Decir adiós, decirse adiós (Mondadori). Este año, SextoPiso publicará Recordar a los difuntos.

 

9 comentarios en “Farmacracia

  1. Es lamentable, pero hay que admitir que, con mucha frecuencia, ni siquiera hace falta una inversion muy grande para convertir a un medico en “promotor” de un medicamento o de equipo medico ( nuevo o no), aunque se no se sepa a ciencia cierta su utilidad o los efectos colaterales de su uso. Basta con asistir a cualquier congreso medico para ver a los colegas casi pelearse por una pluma o una taza para café (aunque sean de calidad deficiente). La farmacracia es todopoderosa a nivel mundial, regulando hasta lo que conviene investigarse y lo que no; es triste saber que la tuberculosis ( que como cualquier otro microbio ha cambiado desde su descubrimiento) siga siendo combatida con los mismos medicamentos que al principio, pues es mas redituable adelgazar obesos y garantizar erecciones mas prolongadas que ayudar a tercermundistas ventrudos y desnutridos. La medicina conforma tambien un gran negocio y, como todo gran negocio, implica que muchas veces no es enteramente limpio.

  2. Nacho:
    Gracias por tu comentario. Agrego, a lo que dices, lo que una vez me contó un visitador médico en un Congreso: “Si quieres saber si son médicos, avienta un hueso y observarás como se pelean entre ellos”. Sí, es una pena que las farmacéuticas dicten las reglas. Te recomiendo que leas artículos sobe “disease mongering” -invención de enfermedades. Encontraras en la Red varios; yo he escrito al respecto. Con lo que no concuerdo es con tu observación sobre la tuberculosis: sí hay nuevos medicamentos.
    Gracias por nutrir la discusión,
    Arnoldo

  3. Me queda claro que mis dolores mi abuela los hubiera curado con un tecito y que de mis “males” muchos los he incorporado en mi soma a causa de la publicidad. ¿Es justificable el alto precio de los medicamentos para los verdaderos males actuales? ¿Es justificable que las farmaceúticas sigan lucrando con el dolor?

    • Berenice:
      Sí, muchos síntomas curan por si solos (aunque curan mejor con la ayuda de la abuela). Y sí: las farmacéuticas gastan en propaganda mucho dinero. Treinta por ciento del precio del fármaco proviene de la inversión en propaganda.
      Saludos,
      Arnoldo

  4. Arnoldo Kraus, felicidades por tu interesante artículo. Lamento que estemos desde hace muchos años en la era del mercantilismo médico. Hace algunas semanas escribí en Facebook algo relacionado con esto bajo el título de “La tétrica bolsa de valores farmacéutica”. A ver qué te parece. Saludos.

    • Hola Esteban:
      Leí tu comentario en Facebook. Concuerdo con lo que dices. El problema fundamental no es lo que cobran las farmacéuticas -“tienen derecho”-; el problema es la cultura de enfermedad que venden y la proganda que subsume a la población. Y sí, tienes razón en lo que escribe en tu página.
      Saludos,
      Arnoldo