En las últimas décadas la esperanza de vida del ser humano ha aumentado. Esa conquista se debe, entre otras razones, a consejos dietéticos, ejercicio físico, mejor control de enfermedades infecciosas, advertencias sobre los daños producidos por tabaco, alcohol y contaminación ambiental. Dichas nociones son el sustrato de la mayor longevidad en los países ricos (en las naciones pobres la esperanza de vida ha aumentado menos).

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Otros médicos aseguran que los cambios favorables se deben también a controles más estrictos en las cifras de laboratorio. Años atrás se hablaba de diabetes mellitus cuando la cifra de glucosa era 140 mg/dl; tiempo después los niveles disminuyeron, primero a 125 mg/dl, y posteriormente a 110. Hoy el valor normal es 100 mg/dl. Historia similar es la del colesterol: quince años atrás se recomendaba tratamiento farmacológico con cifras mayores a 270 mg/dl; ahora se inicia tratamiento a partir de 200 mg/dl —siempre tomando en cuenta los valores del colesterol de baja densidad, el llamado colesterol “malo”.

Esos cambios, consideran la mayoría de los galenos, incrementan la esperanza de vida. Otros, preocupados por cuestiones éticas, advierten que tales modificaciones sí benefician a los enfermos y al unísono favorecen a varios interlocutores: médicos, laboratorios clínicos y compañías farmacéuticas. La invención de enfermedades —Disease Mongering, término creado en 1992 por Lynn Payer, periodista especializada en temas de salud— es un espacio formidable: la derrama económica y la conversión de individuos sanos en enfermos potenciales es negocio redondo.

Dependiendo de la falta de escrúpulos éticos de médicos y farmacéuticas, cualquier dolencia o síntoma puede convertir al sano en enfermo, al poco enfermo en muy enfermo y al síntoma en posible patología. En el rubro “la invención de enfermedades” —Disease Mongering—, las alteraciones psiquiátricas son, además de las modificaciones químicas señaladas, la punta del iceberg de la medicalización de la vida.

Recetar fármacos para atenuar síntomas y dolores es una de las grandes apuestas de las farmacéuticas. Tristeza, duelo, pérdidas, timidez, llanto y dificultad para alcanzar orgasmos son eventos que no necesariamente requieren medicalizarse. La cura, o la mejora, provienen de la capacidad para entender el origen del problema y del interés para escuchar al afectado.

Según la Organización Mundial de la Salud, en la década actual la depresión es, después de las enfermedades cardiovasculares, el segundo problema de salud pública en países ricos. La Academia Estadunidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente calcula que en la actualidad tres millones y medio de niños padecen depresión y seis por ciento de los niños estadunidenses toman medicamentos para problemas psiquiátricos. Hace tres décadas esas cifras eran impensables.

Medicalizar las emociones es una victoria de las farmacéuticas. En el siglo XXI esa moda es, a la vez, una nueva enfermedad y un triunfo para los bolsillos de las farmacéuticas. Debatir el tema es imprescindible. Allen Frances acuñó el término “inflación diagnóstica” para describir ese fenómeno.

Allen Frances es un destacado psiquiatra estadunidense. Fue el encargado de cuidar y dirigir durante años el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders y se ocupó de la penúltima versión (DSM-IV, por sus siglas en inglés, publicada en 1994). El Manual diagnóstico y estadístico contiene “todo” lo referente a las enfermedades mentales, y es un texto muy utilizado por psiquiatras.

En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la psiquiatría (Ariel, 2014), Frances cuestiona algunos apartados de la última versión del DSM-V, publicado en 2013. Sus afirmaciones son contundentes: “…el DSM-IV resultó ser un dique demasiado endeble para frenar el empuje agresivo y diabólicamente astuto de las empresas farmacéuticas para introducir nuevas entidades patológicas. No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para hacer creer a médicos, padres y pacientes que el trastorno psiquiátrico es algo muy común y de fácil solución. El resultado ha sido una inflación diagnóstica que produce mucho daño, especialmente en psiquiatría infantil”.

Doblarse ante las farmacéuticas es amoral. Más lo es cuando la Enfermedad Internet —el término es mío—, y la arrogancia de la medicina contemporánea se conjuntan y ofrecen una piedra filosofal donde dolor, envejecimiento y depresión son eventos controlables gracias a nuevas medicinas. La Enfermedad Internet es complicada: algunos enfermos exigen los nuevos fármacos y no pocos doctores se subsumen y los recetan.

El incremento en la esperanza de vida es un logro inmenso de la ciencia médica; esas conquistas son laudables y encomiables. El reto es separar esos avances, sin olvidar que en las naciones pobres la esperanza de vida ha aumentado poco, de la voracidad de las farmacéuticas, de quienes inventan enfermedades, de los médicos que colaboran en ese constructo y de la comercialización de la salud gracias a la tenacidad de los mass media, en este caso, servil aliada del Poder.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. En 2013 publicó Decir adiós, decirse adiós (Mondadori). Este año, SextoPiso publicará Recordar a los difuntos.

 

2 comentarios en “Medicalizar la vida

  1. No sé. Yo a veces he comentado en broma que se debería inventar una píldora para curar el enamoramiento.
    Pero quizá no sea tan malo el medicar algunas emociones: el odio racial o religioso, la antipatía que sentimos por el compañero de trabajo con el cual tenemos que convivir.

    • Manuel:
      Tu idea me parece fantástica: Vacunar contra todo tipo de odios, fantástica pero imposible. La píldora sería otra: intentar sembrar una “dosis de empatía”, el problema, es ¿cómo hacerlo? Y, por otro lado, !cuidado con la industria farmacéutica!
      Saludos,
      Arnoldo