Pienso en desorden. Divago. Pensar en desorden no es pensar. Fuimos de viaje. A un país prodigioso, que a veces brilla y a veces interroga. Mi hermana me ha enviado la foto de un nopal floreando. Ya regresamos. Diez viajeros.

La más joven de todos estudia una maestría en Asia, con especialidad en China, y era una suerte de bióloga mirando por el microscopio: China creciendo y detallada, como un acertijo que al mirar de cerca en lugar de resolverse abre otra pregunta. Viajeros incansables. De pensarlos vuelvo a cerrar los ojos. Llegamos a lugares que pocos visitan. No sólo a los nombres conocidos, que son siempre milagros por conocer —Shanghai, Pekín, Hong Kong—, sino a rincones inesperados. Cuatro días en un barco por el río Yangtsé, hasta la presa de las tres gargantas. Andábamos entre acantilados y, de repente, en las orillas, aparecían ciudades recién hechas, comunicadas por puentes larguísimos. Uno tras otro. Inmensos.

Todo es grande en China. Por eso no compré ningún recuerdo menudo. Traje una caja de madera, con dibujos del siglo XVIII, empacada, para viajar a otro mundo, por un hombre pequeño y conversador que era la condensación misma de su tienda de antigüedades. Fui con Leonor. Nos encontramos a Bernardo, comprando unos caballos de madera. Y la abrazó.

Cosas extrañas vimos. Tras una ciudad nueva, un templo de siglos al que llegamos atravesando un puente colgante. Recuerdo el viaje en barco como una figuración. Sé que fue real porque me conmueve el recuerdo. Lo mismo que la visita al monasterio en Zhongdian. Ahora todo eso se llama Shangri-la. Le cambiaron el nombre por motivos turísticos y si alguien protestó, no lo oímos. Divago, pero no estoy inventando. El monasterio tiene ochocientos monjes. Y muchos pisos, patios y vericuetos. Cientos de escalones para llegar a un Buda cuyos pies están en la primera parte del templo que crece hasta la cabeza, cien escalones arriba. La urgencia de absoluto conmueve a los más bravos. Encienden una vela. Alrededor quizás existen los milagros.

01-donde

Al día siguiente bajamos a un pueblo pardo. Nos invitaron a entrar a la casa en que un viejo trabajaba cerámica. Otros viajeros recuerdan el lugar en silencio, con las parcelas cultivadas y en orden, las casas con luz solar. Yo sólo vi al hombre con un gesto de siglos, haciendo porcelana bajo las montañas.

Ya lo dije, todo es inmenso en China. La riqueza también. Desde el piso ciento veinte del hotel en Hong Kong, se mira el puerto y luego el mar. ¿Quién dijo que siempre sobran los adjetivos? Nuestra recámara en Pekín, el baño tibio y blanco, las sábanas tiernas. La dorada ciudad prohibida. A todo, menos a la memoria. Ahí se graban los techos dorados, las paredes de colores, los patios sucediéndose. ¿En dónde estuvimos? ¿En el viento de cuántos siglos? El aire nos revolvía las cabezas, subíamos escaleras de mármol cuyo umbral custodian los leones. Todos los barandales empiezan con un león. Dicen que los leones no existían en China, pero sus estatuas son todopoderosas. Y las hay por todas partes. Nadie vio nunca una leona. Por eso, machos y hembras tienen melena. Los leones siempre juegan con una esfera bajo su pata, son los dueños del mundo. Las leonas se distinguen porque bajo su pata hay un cachorro. Así se sabe el sexo de las antiguas leonas chinas. Ellas, también, triunfantes: con melena. Mil veces más hermosas que las auténticas. Dividiendo las escaleras hay cuestas en las que están grabados los dragones. Estupefactos dragones provocando fascinación.

Un día venturoso fuimos a la muralla. Quizás lo mejor de cuanto espectáculo nos regaló esa patria de miles y millones. La muralla serpenteante, infinita. Suspendidos en donde fuera, no podíamos sino verla delante y detrás de nosotros. Subíamos una cresta, nos deteníamos a calmar la sorpresa. La bajábamos riendo. Aún ahora nos estremece recordarla. Algunos caminaron tomando fotos para guardar lo que miraban. Yo, impensable. No hubiera tenido ni manos, ni ojos. Todo lo que tenía en el cuerpo lo necesité para el asombro: la muralla. No hay bahía, ni mar, ni fortaleza, ni templo, ni rascacielos que supere la emoción de andarla. Por eso preferimos bajar por un tobogán. Temblando, para sosegarnos.

La nueva China también espanta. Provoca. La rica es muy rica. La moderna: abismal. Puede uno caminarla por horas sin encontrar miseria en ninguna parte. Aunque uno sepa que ahí está, la ignora. Como en México. La ignora más y hay más. Hay más de todo en ese país cuyo nombre significa centro del mundo. Comimos delicias raras. Lo mismo junto a un mercado en Shanghai que en la terraza del edificio más alto que tiene Hong Kong. Un horizonte sagrado. De noche ahí, de día frente al remanso azul, en las afueras.

No abro los ojos. Veo Chongqing, el puerto desde el que salimos. Gris, pero con un templo budista de hace mil años junto a una carretera como del siglo XXIII. Veinte millones de habitantes. Como ésta, encontraremos varias en el camino. Ciudades que brotaron ayer. En una ladera un millón quinientos mil habitantes, en la otra dos.

No abro los ojos. Veo de nuevo el río, el paisaje cercado por montañas. Y llueve sobre la proa del barco en que estamos temblando, apoyados unos en otros. A veces lastima la belleza. Nos pone a temblar. A mí el puro recuerdo del paso por las tres gargantas me hace creer que anduvimos volando. Una tarde saltamos del barco grande a uno mediano y de ése a unas canoas en las que remaban tres hombres de apariencia quebradiza, sobre cuyas espaldas ondeaba un poderío que hubiera sido imposible imaginar con sólo verlos. Iban remando como si los soñáramos. Sus brazos nos llevarían de prisa hacia el centro del afluente más angosto. Ahí se detuvieron. Entre dos acantilados, como abismos cayendo al cielo. Y nosotros pequeños, pero hablando, porque las palabras engañan nuestra insignificancia. Si un solo día nos dejaran ahí, volverían a recoger nuestros cadáveres. Avasallados. Será por eso que los humanos aprendimos a nombrar. Para defendernos de lo incomprensible. Si decimos Yang-tsé creemos apresar lo inaudito. No quiero abrir los ojos. Al bajar de las canoas nos ayudaron las manos de esos hombres tan menudos como yo. Manos sucias, manos más diestras de lo que fueron o serán las nuestras.

Y volvimos al barco, al abrigo en donde estaba siempre nuestra mesa, con su mantel tan limpio y su comida a tiempo. Con el vino y el arroz atándonos al mundo que sí entendíamos.

Una tarde bajamos a ver la pagoda construida contra una montaña. Entramos y subimos hacia ninguna parte. Toda ella estaba hecha para verse desde fuera, para imponer su presencia tras el puente en el aire, sobre la terraza con barandales de piedra. En el camino, decenas de puestos en los que se venden artesanías y comida. Bolsitas de seda acomodadas en hileras que sólo terminan cuando se acaba la mesa. Se ven todas iguales, pero cada una es singular. Cada una la cosió una persona perdida en quién sabe qué fábrica remota. Vemos por primera vez algo que ha de repetirse en todos partes: a los niños les abren un agujero grande en el tiro de su pantalón, para que no haya que quitárselos en caso de necesidad. Y así andan casi todos. Al principio creímos que sólo alguno, luego vimos que ésa es la costumbre. En todas partes. En la Ciudad Prohibida, acompañada por una mamá con bolsa italiana y un papá con bufanda de marca francesa, subía las escaleras una niña peinada como muñeca con diez prendedores por trenza, que también tenía abierta la costura en medio del pantalón. Por si se ofrecía.

Sólo una parte de China resultó como imaginé. En la otra vine a saber que el mundo no siempre es un pañuelo. Y que mil millones de personas siguen sin caber en mi cabeza. Lo primero que vimos fue Shanghai. Una bahía que hace muy poco era aldea de pescadores y que hoy es el mundo en un puño. Creí que ir a China sería cosa de una vez. Ahora quiero estirar los años y volver muchas otras, a la extrañeza de sentirla moviéndose. Cientos de millones construyendo aeropuertos, carreteras, emporios. Nadie quieto. Si acaso en vilo. Como los remeros o los vendedores.

Y tantos ricos, tan ricos. En cuanto uno regresa a la China moderna las tiendas de las marcas más caras: Channel, Armani, Hermès, Gucci, son inmensas como todo en el país. Más que las de Nueva York. Cada marca con varias tiendas por ciudad. Y en los aeropuertos, por los que siempre anduvimos tan de prisa que era imposible detenerse a mirar algo, la riqueza gritaba desde los aparadores. Como gritaba la pobreza dejando de serlo en el fondo de una ladera parda, cerca del monasterio más lujoso, a tres mil quinientos metros de altura. Mucho anduvimos. Y fue tan honda la costumbre que, los viajeros, nos extrañamos ya.

¿A dónde querríamos volver? ¿Al viento de cuáles siglos? ¿A cuál constelación de este universo? China. ¿En dónde estuvimos?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “¿En dónde estuvimos?

  1. Sí, las palabras haciendo y haciéndonos compañía, tan necesarias para no sentirnos perdidos cuando el ánimo queda suspendido por el asombro. Es lo que tiene la grandiosidad de la naturaleza.
    Gracias por transmitirnos parte de tus emociones.
    Besos.

  2. Por tu relato, compruebo que el viaje ha sido una maravilla de contrastes y emociones… ¡Toda una aventura! ¡A por el próximo! Abrazos.

  3. Tu emoción y tu asombro en este viaje al pasado y al futuro de China llegan como fotogramas a todo color. De un viaje así no se regresa igual.Gracias.

  4. ¿Para qué viajar a China si ya lo he hecho contigo? Me he imaginado MI viaje a ese mundo maravilloso y tan diferente a lo que estamos acostumbrados por lo bien descrito. Ahora diré que ya he estado en China gracias a la Mastretta… Sale sobrando decir que lo he disfrutado como si de veras hubiera estado allí. Eres MAGA, por esto y por aquello…

  5. Como dice Daniel Romay, acabo de ir a China de tu mano, vi cada lugar q describes. Gracias. Yo tengo mi historia q me encantaría platicarte, tal vez te interese y la escribas, desafortunadamente yo no tengo ese Don maravilloso q tienes tu, he leído tus libros y como los he disfrutado. Hice q mi nieta te leyera desde q tenía como 10 años, y ahora también es adicta a ti. Ojalá te pongas en contacto conmigo, tengo 80 años y creo q ya no muchos por vivir. Saludos

  6. Parecen palabras,pero es la realidad ,no lo describes ,nos llevas a ese viaje,así de maravilloso es todo lo que describes,increíble como siempre como todo lo que nos muestras en tus obras ,gracias