Mi padre era comunista. Quizá debiera decir que lo es y que lo será siempre, pero a lo que voy es a que él lo era en los años sesenta, cuando para un muchacho universitario serlo era un lugar común. El mundo estaba invadido por la densa neblina de la utopía. El impulso rebelde de los jóvenes era turbocargado además por el combustible de ideas libertarias y justicieras, y era inaceptable cerrar los ojos al sinsentido de guerras absurdas, de burocracias absurdas, de racismo absurdo y anacrónico. Era tiempo de dejar el romanticismo pasivo de lado, de “ser realistas y pedir lo imposible”, como sentenciaba Herbert Marcuse, y ejercer lo que podríamos llamar un romanticismo activo. Mi padre era un poco más que un chico contagiado de entusiasmo comunista; lo era en serio. Conocía la teoría marxista de arriba a abajo, y la discutía en interminables círculos de estudio que devenían asambleas sin fin en las que se planteaba, entre otras cosas, si el siguiente paso en la lucha contra el poder debería ser mediante las ideas solamente o era el momento de tomar las armas, “que es la única forma de que los burgueses renuncien a sus privilegios y compartan la riqueza del capital”. Nada puedo decir de esa época, que recuerdo entre las brumas de un sueño infantil, salvo que a veces recibíamos en casa la visita fugaz de grupos de desconocidos, mugrosos, barbudos y de huaraches que dejaban vacío el refrigerador, y se iban, como un día se fue la militancia de mi padre (no su comunismo), para siempre. Lo que sí recuerdo con mucha claridad es el esmero liberal con que él trataba de hacerme entender las cosas del mundo, cuando apenas podía balbucear las primeras lecciones escolares. De esa época quedaron en mi casa, entre las muchas novelas de suspenso de mi madre, tres libros a los que nunca quise acercarme: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Tania, la guerrillera y Las venas abiertas de América Latina.

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Tiempo después, cuando entré a la universidad, me reconcilié a medias con Pablo Neruda, aunque sus Veinte poemas nunca han dejado de parecerme cursis. De Tania, la guerrillera sólo sé que así se llama mi hermana menor, y que hace honor al mote de “guerrillera” porque parece un huracán de actividad constante siempre al borde de la catástrofe. Fue hace bastante poco, sin embargo, que una amiga me regaló un libro de Eduardo Galeano: El libro de los abrazos. Muchas veces, mientras estudiaba para mis exámenes universitarios, intenté leer Las venas abiertas, pero inevitablemente me quedé dormido en cada uno de los intentos. Así que agradecí el regalo sin ningún entusiasmo y lo abrí sin ninguna expectativa. Para mi sorpresa, lo leí de un tirón, y me vi varias veces a punto de la carcajada. Me devolvió, por ejemplo, al momento en que, de la mano de las enseñanzas de mi padre, definí mi religión. “El catecismo me enseñó —dice Galeano—, en la infancia, a hacer el bien con conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo: y yo prometía y creía./ Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y, en todo caso, pienso, si merezco ser asado a la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del Purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de clase media; y al fin y al cabo se hará justicia./ Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: ‘No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro ni a su asno…’ Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra./ Yo bien sé que el pecado del amor está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora”.

El libro de los abrazos consta de 200 textos breves, como el anterior, en los que Eduardo Galeano habla de una forma desparpajada y libre, con buen humor y voluntad narrativa, del sexo, de Dios, del amor, de cómo se conforma el mapa mundial, de los descalabros de la burocracia, de la historia universal, de las noticias de la radio, de la televisión y su influjo hipnotizante, del futbol, en fin, de todo. Hay historias verdaderamente geniales, como la de los ladrones que como no pueden abrirlo, se roban entero un baúl, y resulta que está lleno de cartas, así que deciden devolverlas a su dueño de una por una, por correo. Refiere en otra de estas minicrónicas los avisos de un diario uruguayo de 1840, en los que se ofrecen esclavos en venta, así como sanguijuelas y leones. “Una criada sin vicios ni enfermedades, de nación conga, de edad como de dieciocho años, y asimismo un piano y otros muebles a precios cómodos”. En una nota al pie se sorprende Galeano de que hacía casi tres décadas de que se había abolido la esclavitud, pero no en la vida cotidiana de los uruguayos. También hay, claro está, historias aleccionadoras, como era de esperarse en un intelectual de izquierda, pero que están (cosa rara en la didáctica comunista) cargadas de humor. Entre las sinrazones de la burocracia, cuenta, por ejemplo, cómo aprehenden a un manco por no mantener ambos brazos atrás, y cómo lo consignan dos veces en los expedientes cuando al intentar atraparlo se queda el policía con el brazo mecánico en la mano, y es lo que lleva a la comisaría. Después, cuando ya preso el susodicho, intenta recuperar su brazo mecánico, esto es imposible porque se encuentra en otro expediente. En otra entrada refiere lo que le contesta un anarquista a su hijo cuando éste le afirma, para convencerlo, que Dios debe existir; si no, ¿quién hizo el mundo? “Tonto —le responde el anarquista—, al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles”. El libro de los abrazos está lleno de emoción, de corazón, de pasión, de historias concretas y absurdas de hombres concretos y absurdos. Nada más lejos de un ensayo sistemático voluminoso y abarcante como Las venas abiertas de América Latina, y nada más útil para transmitir la doctrina comunista.

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El propio Eduardo Galeano se dio cuenta de que su medida era la brevedad, porque una de sus obras más ambiciosas es Espejos. Una historia casi universal, editado por Siglo XXI en 2008. Ahí el escritor intenta continuar con el impulso que hizo volar al Libro de los abrazos, pero no lo consigue del todo. Esta vez reúne 600 entradas breves sobre temas diversos, que van de la escritura sumeria al futbolista brasileño Pelé o los famosos escorpiones del colombiano loco René Higuita, pasando por Martin Luther King, Bertolt Brecht, Mao Tse Tung, Lumumba y la liberación del Congo Belga. Se trata, declaró Galeano en una entrevista para el diario La Jornada durante la promoción del libro, de historias que “tienen que venir de la razón y del corazón. Tienen que unir lo que ha sido desvinculado por la cultura del desvínculo, que es la cultura dominante. Que entre otras cosas ha desvinculado la razón de la emoción, como ha desvinculado el pasado del presente”. Ahí el escritor, que también gustaba de dibujar, traza un esbozo autobiográfico: “Me firmo Galeano, que es mi apellido materno, desde los tiempos en que comencé a escribir. Eso ocurrió cuando yo tenía 19 años, o quizá apenas unos días, porque llamarme así fue una manera de nacer de nuevo./ Antes, cuando era un chiquilín y publicaba dibujos, los firmaba Gius, por la difícil pronunciación española de mi apellido paterno (Hughes se llamaba mi tatarabuelo galés, que a los 15 años se echó a la mar en el puerto de Liverpool y llegó al Caribe, a Santo Domingo, y tiempo después a Río de Janeiro, y finalmente a Montevideo. Allí arrojó su anillo de masón al arrollo Miguelete, y en los campos de Paysandú clavó las primeras alambradas y se hizo dueño de tierras y de gentes, y hace más de un siglo murió, mientras traducía al inglés el Martín Fierro)”.

Aunque 600 entradas son muchas, no son suficientes sin embargo para el serio propósito de consignar una historia universal, y aunque lo intenta, difícil sería para este libro retomar el tono jocoso, azaroso y absurdo que impulsa, rozando la poesía, El libro de los abrazos, donde dice, por ejemplo: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”. O: “Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo”.

El tono de este libro me recuerda a mi padre cuando trataba de explicarme cualquier cosa y yo lo miraba desde los pocos centímetros que me separaban del suelo con los ojos bien abiertos, sin entender apenas lo que decía, pero fascinado. Lo prefiero de entre la seriedad doctrinaria de los 25 libros (reportajes, entrevistas y ensayos) que publicó el escritor uruguayo recientemente fallecido. Además la edición que me regaló mi amiga, de la editorial Siglo XXI, tiene unos curiosos dibujitos que me gustan también, hechos por un tal Gius.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

 

3 comentarios en “Eduardo Galeano y mi comunismo infantil

  1. Desgraciadamente tiendo a leer poco he comprado muchos libros y leído pocos por encontrar la mayoría faltos entre otras cosas de interés, no te atrapan, y otros repetitivos, sin embargo he leído lo anterior y me ha parecido interesante, momentos ilustrante, en momentos fascinante, otros reflexivo, còmo podría acceder a los libros que menciona.?

  2. Gracias por compartirnos tus pasos de la mano del buen Galeano. Yo tampoco temo ni creo. Dificil, maravilloso y raro construirse libre pensador hasta el punto de terminar en el fuego lento de las parillas. Saludos afectuosos.