Se ha vuelto costumbre que cuando muere un escritor de gran calado, en este caso Günter Grass (1927-2015), los lectores se pregunten por el destino de la literatura, como si ésta se viera en peligro de subsistir o no. Esto deriva, al parecer, de que cuando un autor logró un asiento en esa secuencia de hitos que es la literatura universal se vuelve, él mismo, lengua viva: palabras para la tribu.

Su narrativa, engarzada a una obsesión reiterada de explicar la historia reciente del pueblo alemán, oscila con un movimiento pendular entre el escupitajo y el aplauso, la mirada de reojo y esa visión de conjunto que puede revelar aspectos inusitados. Grass, polemista consumado, participó de manera activa en la vida pública de Alemania y desde ahí dibujó un perfil a su gusto. El accidente de “ser alemán” en el siglo XX terminó como un asunto de salud pública. Si hay o no responsabilidad moral colectiva por los hechos del Holocausto —innegables, aunque más de uno intentó hacerlo—, aún no se resuelve, pero los campos de concentración son un llamado generalizado a la reflexión sobre la tolerancia. Más aún en su caso, pues la ciudad libre de Dánzig, al momento de su nacimiento, era territorio polaco y Polonia no sólo fue la primera nación que experimentó la bota del nazismo en su política expansionista. También fue una de las más lesionadas en términos humanos por la guerra, atribuible lo mismo a los rusos que a los alemanes. Algo que Grass no pasó por alto en Escribir después de Auschwitz (1990). Pensar Alemania fue una de sus tareas más elaboradas, al igual que responder a la pregunta: ¿hacia dónde va Europa?

Grass siempre será el indiscutible autor de El tambor de hojalata (1959), su primera novela, llevada al cine por el director alemán Volker Schlöndorff, especializado en adaptar obra literaria al cine. Oskar Matzerath, el pequeño protagonista de la novela, fue el mejor testigo de la tragedia de una nación que agonizó por ignorar un padecimiento (en apariencia, salvable) que se extendió sin control. Las imágenes de la esvástica nazi ondeando en los Campos Elíseos refiere la magnitud de la tragedia. Luego de un repaso detallado de lo sucedido, aún no es posible explicar cómo los alemanes fueron birlados por un orador de dotes magnéticos. Las teorías de la histérica colectiva aún son parte del discurso para explicar cómo fue que se cruzaron todos los límites imaginables. El costo en vidas humanas fue gigantesco y las cifras, por lo demás, siempre son aproximadas.

Fernando Sánchez Dragó entrevistó a Grass para “Blanco sobre Negro”, con traducción simultánea (disponible en Youtube). Es una conversación pausada, en donde el escritor español no puede ocultar su felicidad y Grass su cansancio de explicar, una y otra vez, la historia de sus libros, la importancia de la militancia para el escritor y las mutaciones de sus ideas políticas. La entrevista interesa porque el autor alemán se declara un “alfarero” del lenguaje y no parece una boutade. Es una denominación previamente elegida, ya que su manera de trabajar la narrativa es artesanal y con aquel entusiasmo de antaño por crear un objeto preciado para los demás, con aspectos reveladores y bordes inciertos hasta para su autor. Con seguridad habrá elegido esa forma de referirse a sí mismo debido a su pasión paralela: la escultura.

La forma de su narrativa es marcadamente moderna. Parte de un aparente realismo para instalarse en una geografía lograda a través de mecanismos que trituran el relato hasta dejarlo irreconocible. Estética de la demolición. A la par, siempre se tiene la sospecha de que leemos la metáfora de una historia por encima de nosotros, que habita tras la cortina y jamás se revela. Las parábolas no son inusuales en sus novelas, al final. Una memoria nos cuenta la historia y esa voz es una mente que lo sabe todo y dosifica a lector lo necesario para entender la secuencia de acciones. Sospechamos, entonces, que nos pudieron haber contado más y Grass detuvo el flujo del relato.

A nivel humano, su involucramiento con las SS será sopesado (si es que lo hubo o no), aunque la obra literaria debe ser juzgada al margen de las elecciones políticas o los accidentes de la vida personal. ¿Quién puede juzgar a lo que un autor se vio obligado en aras de sobrevivir cuando no hay destellos en el horizonte del ansiado reconocimiento? Los autores alemanes más jóvenes lo leerán mejor, según pasen los años. La distancia es una herramienta indiscutida para leer con más higiene. Quedan los libros, las historias, una vida dedicada a la literatura. En medio de la tristeza por su pérdida, ojalá su partida funcione como punta de lanza para traducir a nuestra lengua sus libros de poesía, o los ensayos que no han hallado al editor que haga una apuesta. Una de las voces indispensables de la Alemania contemporánea se apaga y no obstante subsistirá en sus libros. Ahí podremos encontrarlo.

 

Luis Bugarini

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3 comentarios en “Adiós al “alfarero” Grass

  1. El perfil de este hombre me apasiona, por lo que en este artículo acabo de leer. Ojalá algún día podamos tener acceso a algo de su narrativa artesanal, que pudiera ser la forma más auténtica de escribir. Debido a mi poca afición a la literatura y que ahora esta teniendo un despertar en mi vida, no había escuchado el nombre de Günter Grass, no obstante me surge un sentimiento de que este hombre en verdad vale mucho, y que su partida ha sido para estar mas presente. Porque sin su muerte, ¿cómo hubiese sabido de él?… Dios lo Bendiga!!

  2. Preciosa la nota. Como hacer juicio acerca de Grass o de Pound?( en su momento de participacion a favor del fascismo en Italia q le cost’o carcel, tormentos, manicomio macartismo norteamericano) o Borges por sus posicionamientos pol’iticos o Poe aristocrata o Baudelaire,,,,lo que fuese?. etcs….comparto en facebok a travez de Laura Ines Martínez Coronel. saludos fraternos desde UNquillo,”pueblo de artistas” Sierras chicas de Córdoba. Argentina.