Al cuarto para las seis de la tarde me entra un sueño de medianoche. Envidio a los pájaros que están encendiendo un ruido azul para decirle adiós al día, mientras van metiéndose entre el árbol y la enredadera. No sé qué me está pasando —siento—, porque no puedo decir que lo piense.  Me aprieta una emoción como un zapato, como la de un país desconcertado.

¿Estoy en un país? ¿En mi piel? Cada día soy más chica. Cuando me muera acabarán metiéndome en una caja de cerillos. Ya le dije a Catalina que por favor oigan la “Lacrimosa” antes de abandonarme en el incinerador.

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La “Lacrimosa” es perfecta. Y hay que irse bien acompañada. Cuánto sueño tendré que estoy pensando en mi caja de cerillos. Y pensar que un día era yo escritora y hacía todo de prisa, como quien sabe a dónde va. Aunque nadie nunca es escritor, ni cantante. Si acaso alguien escribe, canta. Yo escribía. Escribo. De repente hasta creo que ando viva dentro de una novela. Me encuentro a los Sauri paseando por la Puebla de 1905. Emilia tiene trece años. Tomamos un helado en “La Rosa”. El mío es de crema de limón. Igual que el de ella. Le digo a Josefa que cuando crezca, la niña va a tener un novio como tormenta. “¿Con qué nombre?”, pregunta. Respondo que no sé. Y Diego dice que él le pondría Daniel. Pienso que cuando vuelva a mi casa le pondré así. Quizás en el camino hasta me lo encuentre en una calle de 1911. “¿Volviste?”. “¿Cómo se te ocurre andar en Morelos que está muy peligroso?”. “¿Quién eres tú para decirme a dónde no puedo ir?”. “Soy tu tía Milagros”, diré. “Y Emilia encontró a Zavalza, un hombre de paz, que le hace bien”. “No te creo tía Milagros”, dirá.

“La Rosa” era una nevería que se fundó en 1940. ¿Cómo es que estuve ahí con los Sauri? Quizás hubiera podido ir con Catalina Ascencio. Pero ahí estuve con mis abuelos y mis primos. Muchos domingos, entre 1955 y 1959. Entonces ya esa Catalina vivía en México y adivinar cómo y con quién, porque Arráncame la vida termina en 1943. Luego ya no dependió de mí.

¿Cuándo dejaron de hacer esos helados? Ahora no existen los helados de limón con crema. Menos convertidos en unas paletitas redondas que uno chupaba largamente, hasta que la punta tocaba el fondo del paladar. Color verde pálido. Cream green diría mi prima Maicha que un día antes de morirse abrió el regalo de su hermana y al ver la blusa tibia salir de la bolsa, elogió el color. “Off white”, dijo. “Combina con todo”.

Yo no sé qué habrá sido de esa blusa porque la tarde siguiente a Maicha le pusimos un vestido con figuras de selva para llevarla a su velorio. La extraño porque ella era dispersa como el agua con que uno riega las macetas. Se metía entre la tierra, mojando primero la más seca. A veces la pienso cuando temo que una violeta quiere marchitarse y le voy goteando despacio un chorrito de agua bajo las hojas.

Leo que Faulkner respondió en una famosa entrevista que él no sabía nada de la inspiración. “He oído de ella, pero no la conozco”. Me atrevo a disentir. Yo sí la he visto. La reconozco en otros. Cada quien sus fantasías. Ya sé que trabajar, ver con cuidado, asir la imaginación, son bienes imprescindibles, no sólo para escribir, sino para el sencillo ir por la vida. Pero existe la inspiración. No como un regalo cotidiano, pero sí como un destello. Pienso, sin duda, en Luis Miguel Aguilar: durante años ha sufrido la muerte de su hijo Eduardo, pero por unos días, la pena le inspiró un texto magistral. Diga Faulkner lo que diga.

Se han dormido los pájaros. Quiero escribir un elogio para Luis Miguel Aguilar. Él sí que es escritor hasta cuando lo celebran. Aunque querría esconderse para que no lo celebren, le dieron el Premio Ramón López Velarde y fuimos con él a Zacatecas. Anduvimos cantando en los callejones, con unos jarritos colgados al cuello en los que decía su nombre. A cada tanto alguien se acercaba a llenar los jarritos con aguardiente. Bajamos una escalera, tras la música, entre la gente. De pronto no estaba cerca, lo habíamos perdido. Giré hacia atrás y lo vi, lejos, en la punta de una escalinata. Alzando su jarrito, con María a un lado. Creo que los vi más felices que nunca. Aunque no sé si eso pueda ser cierto, porque les he visto la dicha frente al mar. Y es más grande. No sé, de otro color. Luis Miguel no sólo trastoca lo que mira. Cambia también el modo en que uno lo mira. 

Hay en él una suerte de timidez ensimismada, propia de quien guarda secretos y cree que a nadie le interesan. Una timidez que tocada por la fortuna puede convertir a un poeta silencioso en un monstruo de erudición polifacética. De todo sabe, con todo juega, a todo canta, con cualquier lío se enfrenta. Prefiere andar disimulado, como si lo suyo fuera sólo ir viendo, como si el juramento que trae cosido a la piel tuviera que mantenerse en secreto hasta el fin de sus días. Los demás andamos por aquí y allá, haciendo ruido, contándonos en prosa y con prisa. Él no, él esgrime palabras, las elige, las acerca al filo de la precisión con tal rigor, que hay en su poesía una lucidez sólo propia de quienes no la pretenden. Su poesía no dictamina, muestra; no delimita, abre; no redunda, crea. Acercarse a leerlo es encontrar un cobijo, un sitio al que no llegan ni la brutalidad ni el odio, pero que nunca elude el sufrimiento, ni su intensidad, ni su sinrazón, ni su derecho a devastarnos. Tampoco evade la risa. Al contrario. Lo que hace su poesía es trenzarla, contar el espanto del que no huiremos nunca porque, como la felicidad, es inevitable. Por eso puede reírse de la pena. Lo suyo es dar testimonio, con la fuerza de una mirada que sí conoce la inspiración, aunque sería incapaz de nombrarla. El talento no se nombra. Pero tampoco puede esconderse. Luis Miguel Aguilar lo trae puesto. Y lo acompaña con todo tipo de rarísimos conocimientos. No es su sabiduría sobre los matices de López Velarde, sor Juana, Eliot o Borges lo que más sorprende, eso es parte de sí, lo que aumenta su condición de excepcional es la rapidez con que alcanza la música de nuestros hijos y canta hasta las tres de la mañana canciones que desconoce casi cualquier mayor de cincuenta años. Lo mismo que es capaz de viajar a otro siglo para mantener una camaleónica conversación con el Arcipreste de Hita. Si arte es lo que conmueve, Luis Miguel es en sí mismo una obra de arte. Incluso cuando es tímido o aprensivo dice cosas inolvidables. O es por eso que las dice. “Cuando el cangrejo avanza hacia la luna, El mar de amor se rompe en los espejos Y hay lectores colmados de fortuna”.

¿Cómo se le ocurren a alguien unos versos así? No escribí en su homenaje de marzo, pero más vale tarde. Esto tenía yo que decirlo aunque fuera en abril. El mes más cruel y el más azul de todos. Un mes más tarde del debido, pero con la certeza de que con Luis siempre llega uno a tiempo. Él sabe. Por eso le traigo además del elogio una encomienda. ¿Qué hago yo con los pájaros y el sueño? ¿Cómo dormir en el desorden de la tarde: con la quietud contenta. Colmada de fortuna, cuando la luna baja hacia el cangrejo?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “Lectora colmada de fortuna

  1. Este homenaje a Luis Miguel Aguilar es una prueba de que la inspiración existe, aunque Faulkner diga que nunca la encontró.
    Y sí: abril es el mes más cruel.

  2. Hago patente mi habitual visita mensual a este sitio, aunque no siempre me dejo ver.
    La inspiración existe, como dice Manu, aunque para algunos es difícil identificarla como dicen que dijo W. Faulkner. Yo no le creo ¿ustedes si? Su sentido del humor fue incomparable.

  3. BELLO escrito, bellos recuerdos y falta mucho para escuchar “La Lacrimosa”. Muchos abriles azules, más si no!!!