En una de las partes menos bíblicas de la Biblia aparece una excelente articulación de la lógica del azar en la política del mundo antiguo: echar la suerte puede poner fin a los conflictos y adjudicar entre los poderosos (Proverbios 18:18). El sorteo distributivo, como lo llamaría luego Santo Tomás en De Sortibus, es capaz de producir la armonía cuando la razón es insuficiente. El azar despersonaliza la decisión. Nadie decide lo que se decide. El orden nace de la orfandad del resultado. Como ha dicho Peter Stone, el sorteo tiene un efecto desinfectante.1 Elimina la parcialidad (aunque, como los antibióticos, también destruye a los buenos microbios: a las buenas razones para elegir alguna de las alternativas). Incluso cuando la tecnología de la suerte no sea esencial para eliminar la parcialidad, puede ser importante para eliminar la sospecha de parcialidad.

Visto así, el sorteo de candidaturas plurinominales en Morena podría ser más que una ocurrencia populista. Cuando las divisiones en un partido lo predisponen a la autofagia, echar la suerte puede, proverbialmente, crear la armonía. Por extraño que parezca, los críticos del obradorismo deberían estar contentos. Al poner la moneda en el aire, Anton Chigurh, el impenetrable personaje de MacCarthy representado por Bardem en No Country for All Men, renuncia a controlar la decisión sobre indultar o no a quienes se cruzan en su camino. Lo mismo ocurre, en cierto grado, con el sorteo de Morena: la cúpula de este partido no tiene el mismo control que tienen otros sobre las candidaturas plurinominales. Cada espacio que coloniza el azar es un espacio que abandona el mesías. ¿Quién pidió más?

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Si los líderes de Morena dictaran quién entra a la tómbola y quién no, el sorteo sería un teatro. La historia tristemente nos obliga a dudar. Pero debemos reconocer que el procedimiento tiene buenas hechuras. Son los militantes del partido quienes eligen a los tres mil correligionarios que participan en el sorteo (10 en cada uno de los 300 distritos electorales del país). Sólo 130 de ellos, el 4.3% del total, según mi cálculos, obtienen un lugar en la lista de candidatos. Por supuesto, es importante saber qué tan libre, auténtica y equitativa es la elección interna. No hay que ser ingenuos. Sin embargo, está claro que el sorteo impide a los dirigentes de Morena, en comparación con otros partidos, tener el mismo margen de maniobra para imponer candidatos plurinominales.

Muy bien, dirán algunos, tal vez el sorteo sirva para amortiguar los sismos en Morena. Tal vez sirva también para que esta organización algún día deje de ser la agencia electoral de una persona. Qué bueno. Pero el sorteo no deja de ser absurdo. Un partido político es un tipo de colegio: recluta y forma cuadros que puedan complacer al votante más que los egresados de otras instituciones. Si cualquiera puede afiliarse al partido (no hay filtros de entrada) y los candidatos se eligen al azar (no hay filtros de salida), ¿para qué está el partido? Imaginemos la situación extrema en la que todos los partidos sortean todas las candidaturas sin filtro alguno. Sería el fin: los partidos negarían el sentido de su propia existencia.

Exacto, dirán otros. Justamente por eso el sorteo de candidaturas no tiene nada de ilógico. Ante el desprestigio de los políticos profesionales y el clamor de “que se vayan todos” habrá quien piense que es un paso en la dirección correcta. Actualmente hay más de un pensador político respetable que propone un retorno a la democracia ateniense: legislaturas compuestas por ciudadanos comunes y corrientes seleccionados al azar, sin intermediarios.2 Mientras tanto, la idea de un partido político cuyo objetivo sea dar pasos en esa dirección a través del sorteo absoluto de todas sus candidaturas no sería absurda, sino irónica. Un partido antipartidos. Ésa sería su marca. Como la guerra que pondría fin a todas las guerras. Tendría mi voto —por lo menos para la próxima elección intermedia.

No es el caso de Morena, obviamente. Este partido emplea el sorteo de forma muy limitada. Antes hay una elección, un filtro. Además, Morena sólo elige por sorteo a dos terceras partes de sus candidatos por representación proporcional. Todas las demás candidaturas (la gran mayoría) se deciden a través de una combinación de elecciones, encuestas y dedazos. Sería entonces un error decir que la adopción del sorteo en Morena contraviene la lógica de lo que se supone que debe hacer un partido político en un sistema representativo.

 

Tres de los politólogos más influyentes de las últimas décadas denuncian, con mucha razón, nuestra exigua capacidad para pensar nuevas instituciones políticas: “desde la gran explosión del pensamiento institucional, cuando las instituciones democráticas que tenemos hoy fueron inventadas —y sí que fueron inventadas— no ha habido casi nada de creatividad institucional”.3 Pero la situación empieza a cambiar. Una de las áreas más fértiles de la teoría democrática hoy es el diseño y justificación de nuevos procedimientos para mejorar la toma de decisiones políticas. El uso del azar es la base de algunas de las propuestas más interesantes.

Morena elige primero y sortea después. Los teóricos de la innovación democrática proponen lo contrario: sortear, luego elegir. La idea es que ciertas decisiones las tome un grupo de ciudadanos comunes y corrientes, un grupo que refleje la diversidad del Estado en su conjunto, pero que tenga además los elementos suficientes para tomar una decisión informada. Se trata del modelo de “minipúblicos”. El sorteo de ciudadanos nos permite, justamente, crear grupos relativamente pequeños cuya composición es idéntica a la de la sociedad. Versiones en miniatura de todo el cuerpo social. Tras ser seleccionados al azar, los ciudadanos participan en un proceso de formación para adquirir el conocimiento necesario sobre el asunto antes de pasar a la urna.4

Uno de los prototipos de minipúblicos más conocido es la “encuesta deliberativa” de James S. Fishkin. El grupo de ciudadanos sorteados emite un voto al principio y otro al final del proceso, con el objetivo de poder evaluar si la deliberación tiene un impacto en las opiniones de los participantes. En 2006 se llevó a cabo una encuesta deliberativa para elegir al candidato del Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK) para alcalde de Marousi, un municipio en el área metropolitana de Atenas. Los participantes, un total de 160 ciudadanos seleccionados por sorteo, deliberaron y luego votaron. El ganador, Panagoitis Alexandris, era el menos conocido al iniciar el proceso. Los dirigentes del PASOK no habían contemplado tomar el resultado como vinculante, todo era un experimento, pero el ejercicio los convenció a tal grado que designaron a Alexandris como el candidato oficial.

¿Por qué no, líderes de Morena, eligen mejor a sus candidatos a través de una encuesta deliberativa, como lo hizo PASOK? Morena ya contempla el uso de encuestas para elegir a sus candidatos uninominales. El problema es que la encuesta tradicional no refleja la opinión informada, deliberada de los participantes, y tampoco queda claro en el estatuto de este partido si el sondeo es abierto o sólo entre militantes. ¿Aceptaría AMLO realizar una auténtica encuesta deliberativa para seleccionar al próximo candidato de Morena a la presidencia de México? Apuesto a que no.

Chigurh nunca echa la moneda para decidir sobre su propia suerte.

 

Claudio López-Guerra
Profesor-Investigador del CIDE. Autor de Democracy and Disenfranchisement. The Morality of Electoral Exclusions, Oxford University Press, Oxford, 2014.


1 Peter Stone, The Luck of the Draw: The Role of Lotteries in Decision Making, Oxford University Press, Oxford, 2011.

2 Por ejemplo, Alexander Guerrero, “Against Elections: The Lottocratic Alternative”, Philosophy and Public Affairs, primavera 2014, pp. 135-178.

3 Bernard Manin, Adam Przeworski, Susan Stokes, “Elections and Representation”, en Democracy Accountability and Representation, Cambridge University Press, Cambridge, 1999, p. 51.

4 Robert Goodin, Innovating Democracy, Oxford University Press, Oxford, 2012.

 

7 comentarios en “AMLO y Chigurh

  1. Señor López-Guerra, ya entendimos que es usted muy culto, leído y escrebido. Por favor no trate de esta manera a este pueblo muerto de hambre y de muchas cosas más, por favor sea más objetivo y directo, entre nosotros más vale ser llano y sencillo. He cptado su mensaje y se que no es usted partidario de Morena, pero déjenos luchar para que azarosamente, si usted quiere, logremos llegar a gobernar este país que necesita de un humanista. Gracias por sus ideas, pero Grecia no es México.

    • Tiene razón y se les debe permitir si ganan, pero ¿quién sería el humanista dentro de ese partido?

  2. Fe de erratas: el libro es “No country for old men” amablemente traducida como “Sin lugar para los debiles”

  3. La elección por sorteo de los candidatos a las diputaciones plurinominales de MORENA si tiene filtros para que no se cuelen personajes vinculados a la delincuencia organizada o con otros grupos de poder, por lo que si es una diferencia con la lamentable partidocracia que padecemos. Se debe otorgar a MORENA el beneficio de la duda.

    • No se les debe otorgar nada, porque la tómbola solo fue un show mediático. Como bien dice la columna, solo dos terceras partes entraron a la tómbola. Esas dos terceras partes que no tienen posibilidades de ganar una diputación plurinominal. La otra tercera parte, la que si tiene posibilidades ¿quién la eligio?

  4. Podría ser interesante el azar dentro la partidocracia, estaría rompiendo los típicos esquemas de poder. Pero obviamente, no como la burla de Morena

  5. Cierto, México no es Grecia, pero tampoco es Cuba, ni Korea del Norte ni Venezuela: sueños guajiros de Dictadores Semitropicales.