Le pregunto a don Juan si había estado aquí. Me responde que hace muchos años. Casi no visita restaurantes. De pronto, alguna cafetería o fondita. En el Boca del Río el tiempo parece haberse detenido.

salario-minimo-t

El piso con trozos de mármol en terrazo verde es como una rebanada de queso de puerco. El de las paredes es café claro. Barra de madera, espejos y fotos de alimentos. Banderas tricolores por las fiestas patrias. Caderas apretadas por el uniforme de las meseras.

“Alguna vez me contaron que los muertos gritan en los hornos crematorios”. Don Juan me observa y escucha. Una sonrisilla aparece bajo su bigote ralo. “Eso, no sé,” bebe un trago de refresco y sigue, “un cuate me ha dicho que se retuercen, lo más tardado es el cerebro y los huesos. Primero se quema todo el cuerpo. Los huesos los vuelve a juntar y le vuelve a prender. La temperatura está a trescientos no sé cuánto. ¡Ay! manita, como decía mi abuelita, ya muerta Jacinta se matan guajolotes.”

Don Juan cree en los dichos. Le disgusta que los jóvenes los tomen como cualquier cosa y no se pregunten por qué. Habla bajito. Se come las letras de las palabras. Trabaja para una empresa de limpieza en una funeraria. Lunes a sábado pone la alarma de su celular a las cinco y media. Va pa’rriba, se baña y vámonos. Aborda la pesera, paga cuatro pesos por trayecto. Ya casi no usa el metro. Vive en Santa María la Ribera, cerca de su trabajo.

Llegando a la funeraria toma un té. Usa uniforme: una playera con logotipo y pantalones oscuros. Empieza por recoger la basura. Agarra cubeta, trapos y limpia las oficinas. Sabe quiénes llegan primero, comienza por ésas. Después lava baños. Cada cuarenta y cinco minutos debe revisarlos. Luego se va al comedor, recoge el café desparramado y los restos del guateque que lleva la gente. El ritmo le pesa pero se ha acostumbrado.

Cerca de las once tiene cuarenta y cinco minutos de descanso. Con otros de limpieza se reúne y comparten entre ellos lo que tienen: chiles rellenos, entomatadas u otros guisos. A las tres termina su turno. Gana mil quinientos pesos a la quincena. Tiene seguro popular y aguinaldo de una quincena a fin de año. En julio cumplió sesenta y un años. Ya se puede retirar pero con el setenta y cinco por ciento de su sueldo. Quiere esperar a cumplir sesenta y cinco y recibir el cien por ciento.

En la televisión transmiten un partido de futbol. Junto, beben y gritan. Don Juan le iba al América. En CU vio al equipo Oro contra las Chivas. Le gustaron más las Chivas. Salvador Reyes, Héctor Hernández, el Curita Chaires y Calderón eran sus favoritos. Pero ahora el Guadalajara anda mal, confiesa. De la bolsa de su pantalón se asoma un llavero con el uniforme Chiva. “Es mi escudo protector”. Jugó en distintos equipos llaneros. Hoy hasta las piernas le duelen.

Don Juan nació en Apaseo El Grande, Guanajuato, en una familia de seis. Ya nada más queda su padre. A sus siete años se mudaron a Santa María la Ribera. Su padre era ranchero y puso una cremería en el mercado La Dalia, “como la flor”, enfatiza. Sólo tres años ha vivido fuera de la colonia, no le fue bien y regresó.

Su primer empleo fue en el café Doré, tenía quince años. Después en una pescadería. Diciembre era lo más pesado pues el tiempo era frío y tenía que meter las manos al hielo. En 1968, a los diecisiete años, trabajó en una vinatería. Podía mantenerse y ayudar a sus padres. Una tarde, de regreso a casa, vio cómo llegaban los granaderos al Politécnico y acribillaban a los estudiantes. Se enfermó del susto. Tuvo que dejar de estudiar y trabajar. Después le dio flojera. Hacía trabajitos, era como un mil usos. A los veinte, regresó a la escuela y terminó la secundaria nocturna.

Comenzó a trabajar en la cremería. Ganaba según las ventas. Si se enfermaba buscaba a un doctor barato, de asistencia. En el 93, con cuarenta años, esposa y tres hijos, el mercado se fue a pique. Entraron cadenas de supermercados y a la gente le pagan con vales. Contra eso no podía defenderse. Aunque las cuotas de la escuela pública eran bajas, tenía que pagar los uniformes y útiles y con eso don Juan ponía el grito en el cielo.

Se presentó al examen para trabajar como cargador en una fábrica. Las pruebas consistían en cargar una caja o hacer sentadillas. Lo contrataron. Usaba faja. Ganaba mil doscientos pesos a la quincena y comenzó a cotizar en el Seguro Social. No me va a alcanzar, pensaba cuando veía su sueldo. Hacía tiempos extras, hasta cuarenta horas a la semana, sacaba más que el sueldo. Cuando no había extras, pesadilla. “Pero al mal tiempo hay que dar buena cara pues ¿qué ganas con llorar?”.

A las cinco de la mañana salía de su casa y regresaba hasta las once de la noche. Sus hijos ya ni lo conocían. Su esposa cocinaba con lo que podía. No compraba fruta. Desayunaban picadillo si sobraba de la comida. Los domingos se desquitaba jugando futbol con sus hijos, visitaban la Alameda y el Chopo. En días de reyes los llevaba al centro.

Doce años después se lastimó una mano. Me la enseña, le quedó chueca. Tuvo que dejar de cargar. Poner un negocio informal y andar en las calles no le atraía. Sacó una licencia y ascendió a chofer en la fábrica. Ganaba dos mil pesos a la quincena. En la renta de su casa se le iban quinientos pesos al mes. Era “muy estresante”. Tenía que pagar mordidas a los choferes y era responsable por la mercancía perdida y robada. Se la descontaban. Dos veces lo asaltaron. Estaba por entregar cuando sintió el piquete y vio la pistola. Camina y no hagas panchos, le dijeron. Le quitaron la camioneta y lo aventaron por Coacalco.

A los cincuenta y siete años, don Juan, junto con otros sesenta perdieron su empleo en la fábrica. Enfermó. Buscó algo donde pudiera seguir cotizando y llegó a la empresa de limpieza. Está en tratamiento, según los resultados sabrá si lo tienen que operar.

Ya se acostumbró a la funeraria, la música de Javier Solís, Roberto Carlos, Pedro Infante y “Como un rayito de luna” de Los Panchos lo acompañan. Cuando llegan famosos ve las cámaras o le pasan la voz y don Juan se asoma a verlos. Le cuentan que hay una niña que aparece y pide jugar a la pelota. Dime de cuál fumaste para andar iguales, les dice a sus compañeros. Mientras no lo vea no les cree. Lo que sí le asustan son los temblores.

Tiene cara redonda. Pocas canas. Cejas gruesas. Cuando sonríe muestra los dientes inferiores. Un lunar decora su mejilla izquierda. En una mano trae amarrada una pulsera negra. Es de san Antonio, se la regaló una sobrina para que lo proteja. En la otra, un reloj. Se lo han arrebatado varias veces, otros se descomponen, pero no sabe qué hacer sin él. Los primeros los compraba a crédito. Después, se fue por los “chafitas”.

De soltero bailaba en el salón Los Ángeles y el California Dancing Club. Escuchaba a la Sonora Santanera y Micky Laure. Visitaba algunas cantinas, la Puebla, la Paraíso, pues “en cada cuadra hay una.” Le paró al vicio porque se le iba el dinero y enfermó. Su esposa era su vecina. Su familia tenía un puesto de abarrotes en el mismo mercado. Él le enseñó a bailar cumbia y danzón. En el quiosco morisco se hicieron novios hace treinta y ocho años. Le costó su trabajo. Se las ingeniaban para poderla ver a solas. En el matrimonio aprendió a ceder y a mantener a la suegra alejada, pues “no todo es penca en miel.” Ella nunca trabajó, se dedicó al cuidado de los hijos. Ahora él la cuida.

Al terminar su turno camina al mercado La Dalia y hace algunas compras. Su gasto varía, un día cien pesos, otros doscientos, otros menos. Compra para que alcance para el otro día y el desayuno. A la semana gasta mil pesos, a veces más a veces menos. En carne ciento cincuenta, azúcar doce, jitomate treinta, calabazas doce. Ciento cincuenta en medias noches, treinta en tortillas y en chucherías como refrescos y paletas de chocolate doscientos.

Regresa cansado. Cocina una sopa que puede ser de verduras, pasta o espagueti y un guisado como albóndigas, picadillo, lengua en salsa verde o pollo con champiñón, su favorito. Al supermercado van de visita, es como salir de su realidad. Algunas cosas se les antojan pero ven los precios y ya no.

Durante su ausencia, su esposa le ayuda trapeando y tendiendo la cama. El otro rato camina por la casa pues el doctor le ha dicho que se ejercite. Don Juan ya no la deja acercarse a la estufa ni salir sola porque casi no tiene visión. Según los doctores está mala del nervio óptico y contra eso no pueden hacer nada. Con unas gotas intentan preservar la poca vista que mantiene. ¿Cuánto tiempo? No saben. Lo que más le duele es no tener la confianza para moverse y bailar como antes con él.

Viven en una casa con dos recámaras, cocina, baño y comedor que les heredó la madre la don Juan. Su hijo menor les ayuda con el gasto, seiscientos u ochocientos pesos a la semana, con eso paga parte del mandado, teléfono fijo y televisión por cable. Trabaja en una tienda que vende plantillas. En agosto le va muy bien pues muchos niños que entran a la escuela tienen pie plano. Don Juan tiene un teléfono celular. Lo usa para enviar mensajes. Lo máximo que le pone son cincuenta pesos de crédito.

Gracias a la ayuda de su hijo logra pellizcarle un billete de cien o doscientos pesos a su quincena que mete al cochinito. No le gusta el crédito, sabe que sale más caro. Para comprar la lavadora ahorraron medio año, para la televisión uno. Ahora deben reponer el boiler. Han dejado de viajar. Antes visitaban a la familia en Guanajuato. Sólo dos años, durante los setenta, tuvo coche. No le gustó y lo vendió.

Después de comer camina con su esposa por el quisco morisco recordando tiempos atrás. Cuando se conocieron, luego de novios, cuando le pidió matrimonio en una fiesta por Iztapalapa y cuando se podía jugar futbol ahí en el quiosco. Le gusta observar las casas de la colonia. Una grande que dicen era de Lázaro Cárdenas, una vecindad de “malvivientes” que llaman la loquera y la casa de los perros. Enorme, la describe. Donde alguna vez vivió Thalía y donde la conoció de niña.

Los sábados ve el futbol. De los equipos europeos le va al Barcelona. Cuando jugaba Valenzuela veía partidos de los Dodgers. Le gusta ver deportistas mexicanos. Los domingos se levanta más tarde y ve películas de rancheros y caballitos. Su esposa las escucha a su lado.

Observo algunas fotos de famosos a mi alrededor. A una no la reconozco. Es Blanca Estela Pavón, me dice, por ella le puse a mi hija Blanca Estela. Me confiesa que su sueño fue haber sido futbolista profesional pero tuvo que “seguir la vida como va”. Le pregunto si tiene alguna mascota. No, ninguna, “de dónde yo vengo o entra el perro o entro yo, prefiero yo”.

Terminamos nuestras bebidas. De camino a la salida Juan se detuvo a observar una repisa con objetos en venta. “El dinero nunca alcanza,” me dice, “en cualquier cosa se va el billete. Todo va cambiando y uno sigue. Aunque salga mal hay que echarle ganas. No queda de otra. Y si nada mas nos ponemos a llorar no sacamos nada, como los perros cuando se pelean. De los golpes aprende uno y de ahí uno se levanta o se cansa, yo me he caído pero me levanto, como el boxeador”.

Cada uno tomó un camino diferente. Yo, al quiosco morisco. Ahí los niños intentan armar un partido de futbol pero las jardineras no se los permiten. Una niña trepa por el barandal azul. “Al chile, no me alcanza,” le dice un barrendero a otro. Unas mujeres con sus perros amarrados comentan lo difícil que es poner un negocio. Dos viejos caminan, ella se apoya en él. En una banca tres organilleros descansan. Uno se levanta y pone la gorra. A lo lejos, dos perros se pelean. Esa tarde los músicos decidieron no tocar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

 

14 comentarios en “Cuando lloran los perros

  1. Muy buen relato, me transportaste a mi años de adolescente, conozco los lugares de los que hablas, ahí paseaba mucho. Hace 25 años dejé de vivir en el DF, ya no lo soportaba. Sòlo voy de pasadita.

  2. Excelente relato, se pueden sacar tantas conclusiones !! Pero es domingo, no quisiera malograrlo, me quedo con el espiritu de lucha de Juan, repetido a lo largo y ancho del pais

  3. Relato de una vida cotidiana como la de miles…como se ve que les ajena esta realidad con la admiración que expresan

  4. El relato es de fácil lectura, de alguna manera es el reflejo de vida de una parte de los millones de Mexicanos, sin embargo el ingreso familiar en México es tan efimero, que no se alcanza a reflejar el hambre con la que se mantiene el pueblo. Es un buen intento de reflejar a los pobres

  5. Buen relato hace recordar sitios de aquel Mexico de antano, asi como que la situacion de los mexicanos no ha cambiado, sino que para algunos esta cada vez peor y con tanta corrupcion, Mexico no puede salir del hoyo.

  6. Hoy todo es tan ajeno, la relación con el otro es superficial. Ahora ya no somos sujetos, somos objetos del sistema capitalista, uno vale por la cantidad de capital que produce para una empresa o alguna institución y me parece que todos sabemos eso. Pero, ¿qué podemos hacer para aprender a vivir con las carencias (no sólo económica)?, todo trato está despersonalizado, ya no vemos a los ojos a ese otro que va a nuestro lado por las mañanas en el transporte público, al tendero, a la vecina, al médico que nos atiende. No sé si acuñar todo ello a una falta de valores o al conformismo en el que hemos caído.
    ¿Cuál es la trascendencia social, cultural, emocional, etc. del relato del señor Juan y del profesional que realizó la entrevista?
    Agradezco que existan artículos como estos, pues nos llevan a la reflexión de la sociedad en la que vivimos