Mi hermano Sergio es el último de cinco hermanos. El mes pasado alcanzó las seis décadas, con un entusiasmo propio de las primeras dos. Cuando él nació, yo apenas había cumplido cinco años. Y hay una de esas películas, en blanco y negro, tomada con aquella cámara pequeña, tras de la cual aún evoco la curiosidad de mi padre, en la que me lo prestan, para pasarlo a su cuna. En medio de nosotros estaban Verónica, Carlos y Daniel. La señora Mastretta tuvo cinco hijos, en cinco años y, en esa película que ahora recuerdo, a los tres meses de parir ya tenía el cuerpo de una recién casada. Adivinar cómo le hacía. Algo de hechicera tuvo desde entonces.

Fuimos a la fiesta. Sergio nos convocó unos días antes diciendo que sólo estaríamos sus hermanos y muy pocos amigos. Así que la emprendimos rumbo a la montaña. Dicen que ahora los sesenta son los nuevos cuarenta. Yo no lo creo, pero lo repito para fortalecer mi espíritu y el suyo. Fuimos porque nos hubiera parecido imperdonable dejar al chiquito, en el campo, con su mujer, sus tres hijas y sus dos perros, esperándonos sin resultado. ¿Sólo algunos amigos? ¿Qué tal si algo se les atravesaba?

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“Mi ranchito”, como llama Sergio al terreno que se ha ido comprando en unas de las tierras que durante muchos años taló la papelera San Rafael, está cercado por magueyes. Ya no hay tierra baldía, aunque ahora está en el descanso del invierno, porque Sergio que trae en la sangre la reverencia por el campo, durante el año le siembra cosas. A veces me regala unos frijoles chiquitos y tiernos, que aún saben a hierro y sol. A veces siembra brócolis y cuando los corta, lo que queda en las matas se puebla de mariposas blancas. No ha ganado un centavo con semejantes faenas, pero con ellas acompaña otra fantasía ligada al pasado. Durante años lo hemos oído contar estas historias y las de las espinacas o el maíz, como quien oye hablar de un mundo remoto que no verá jamás. Su ranchito fue hasta hace poco una entelequia asociada a la ensoñación que le pasaba por los ojos al contarla. Un pedazo de mundo, abandonado, por el que pagó casi nada. Como no sea para contemplarlo, ese campo ha encontrado la compasión de muy pocos. Y de nadie se ha compadecido. Por eso se fue quedando solo, como imaginamos que solo estaría Sergio si no llegábamos. Nos mandó un plano que Carlos y Daniel siguieron al pie de la letra. Yo me limité a ir de pasajera. Lo mismo que un personaje imprevisto pero esencial. Ya para salir, nos compadecimos de la cola y los pasos del Nino, este perro que me considera su animal de compañía y que tras revivir de una manera rotunda no merecía quedarse en el Distrito Federal. Daniel lo subió a la camioneta y él se instaló con una sonrisa en las pestañas. Por ahí sonríen los perros y que lo diga quien lo sabe. En la sala de espera del Centro Veterinario México abundan conocedores. Estar ahí fortaleció mi certeza de que cerca de nosotros hay gente buena. Gente capaz de acompañar a sus animales mientras les vuelven a brillar los ojos. Pensándolo me puse el entusiasmo sobre los hombros, como quien se echa un rebozo en mitad de nuestro invierno con el que nunca se sabe: a veces, el sol del mediodía quema como la lumbre que nos urge cuando cae la tarde.

Viajar en coche con los hermanos siempre es una promesa. Cumplida es festejo. Carlos y Daniel no la han tenido fácil estos años. Pero como todo lo que va, vuelve, pienso que ellos algo han de encontrarse a cambio de su MastrettaMXT. No me gusta hablar mal del país, pero qué difícil, a veces imposible, resulta emprender sueños sin fincarlos en una fortuna previa. Los bancos les prestan a quienes pueden garantizar, con pertenencias, lo que piden prestado. ¿Y cuántas pertenencias hay que tener para montar una fábrica que haga coches? Sin duda, con las nuestras, no alcanzó. Pero esa lamentación es de otro costal.

Al ranchito nos fuimos celebrando que el Viaducto no pareciera una prisión, que la calzada Zaragoza se veía casi libre y que nadie hubiera cerrado la caseta de cobro. Pasados tales obstáculos, todo fue trepar a los cerros para luego ir bajando hasta un lugar desde el que la cabeza de la mujer dormida es, en sí misma, una montaña inescrutable.

Según el calendario Galván, el día en que yo nací la cintura de semejante dama se tragó a nueve alpinistas. No sé si será por eso que su figura me provoca una mezcla de pavor y reverencia. Caminamos a su vera por un acantilado, tras cruzar el caos visual de un pueblo cuyas casas abandonaron el adobe para entregarse sin recato a los blocs de cemento y los tinacos de plástico. Nada de esto se ha tragado la montaña que nació hace doce millones de años, cuyo cráter se apagó hace tanto tiempo que ya estaba dormido cuando apareció el Popocatépetl, hace cuatro millones. “Guerrero humeante” quiere decir este nombre que creció en nuestros oídos al mismo tiempo que nosotros. Ahora está escondido. Hay nubes. Nos prometemos volver con luz para no desbarrancarnos por los veinte metros que caen a nuestros pies. Sin trabajo encontramos el punto, en Google, y lo seguimos mientras Carlos nos cuenta el precio en bolsa que semejante hallazgo ha alcanzado en diez años. Cosa de dar con alguien que invente un algoritmo y nos invite a su negocio en un garaje. Cosa tan lejana, como entusiasma la cabeza de Carlos. Daniel va atrás con su genio, su teléfono y el Nino. Acucioso él, dormido el otro. El punto dice que hemos llegado. Desde la reja vemos un toldo de colores y bajo él, no una mesa para nosotros y pocos amigos: muchas. Se nos hizo temprano. Imaginar que no iría nadie es no conocer la madera de que está hecho el personaje del cumpleaños. Nos dicen que los anfitriones fueron al pueblo a comprar flores. Como si no crecieran alcatraces a la orilla de su estero. Encontramos algunos amigos y un comal del que empiezan a brotar tortillas. No reconozco a nadie. Cada quien ha envejecido por su cuenta y estos compañeros de Sergio no sé quiénes son hasta que ellos van diciendo sus nombres, para recordarme que dejé de verlos cuando yo tenía doce años y ellos siete. A los doce, yo empecé a cantar “Agujetas de color de rosa” y a mirar a los grandes. Tampoco a aquellas caras podría ponerles nombre a estas alturas.

Al ratito llegó Verónica, manejando su camioneta por las veredas como si no hubiera chocado dos veces hace poco. Ella es un roble, lo dijo desde tercero de primaria, subida en una silla, pegándose en el pecho, cuando la directora del colegio irrumpió en el salón para regañarla. Llegó el del cumpleaños con su mujer, el pozole y sus niñas. Llegaron, durante las siguientes dos horas muchos “pocos amigos”. Éramos como cien. Bajo el volcán, abrigados unos en otros, todos en la memoria, menos las niñas que hicieron tres discursos como ensalmos. Ana dijo que había soñado esa fiesta y que soñó también cuando ahí dijo un discurso que ya sabíamos porque estuvimos en el sueño. Alicia que su amor por su papá es del tamaño del universo y que, como el universo, está en expansión. Paulina es tímida, pero acertada. Cuando habló invocó a su papá hablando del nuestro. Su abuelo murió a los cincuenta y ocho. Sergio tenía catorce y ha pasado la vida lamentándolo. “Yo quiero hacer muchas cosas, y que tú vivas para verlas”, dijo. Brindamos contra el sol bajando sobre el agua, mientras tocaba la tambora del pueblo. Un grupo de campesinos, bajo la dirección del nevero, cuyo tema primordial es “La del moño colorado”.

El perro andaba corriendo. El cielo se puso azul de tan claro. Una alegría de muchos desafió a quienes creen que todo está perdido. Hay patria más allá de lo que oímos casi todos los días. Hay inocencia, fervor y gente buena. Volví feliz.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

17 comentarios en “La patria del moño colorado

  1. La magia de recrear con palabras nuestra cotidianeidad. Gracias por el momento y por compartirlo.

  2. Desde que lei Arrancame la Vida en Managua Nicaragua, quede prendado por tu prosa. Espero que
    tengamos Angeles(porque en plural ?) para rato.

  3. Leerte es como estar ahí, tengo la fortuna de vivir en Pachuca y lo describes tal como es la vida en las fiestas de por acá, saludos!!.auque te guste mas leer, nunca dejes de escribir.

  4. Cómo se me antojaron desde las tortillas recién hechas, la música, y el paisaje, hasta la entrñable convivencia que como bien dices nos invita a pensar que no todo está perdido.

  5. Mi primer comentario en tu columna, que sigoncon devoción. Algún dís sabràs el ensalmo que tus líneas son, al leerte en el exilio. Todavía estoy recuperando el aliento. La del moño se baila increíble mentalmente, más cuando es a la salud de un festejado. Yo quiero hacer muchas cosas, y que tú vivas para verlas. Sea. Desde Vancouver!