Estoy descalza, a la orilla del mar. Al fondo, el sol acaba de salir y va subiendo contra el agua que se pliega en el horizonte y se alarga hasta la playa en una gran franja de espuma blanca.

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A mis espaldas hay un hotel como tantos. Porque es tal la cantidad de hoteles frente al mar abierto de Cancún, que la mirada no se detiene en ninguno. A cada cual lo hicieron para que fuera distinto, pero todos se ven iguales. Abismados en su estirpe de pequeños dioses que, por más fieros que hayan sido, no consiguen doblegar la belleza del océano. Lo agobian con su fealdad vestida de lujo, lo alejan volviéndose altos, se lo tienen prohibido a todo el que no sea turista o no trabaje en ellos. Lo necesitan, pero lo tratan como al peor enemigo. Ochenta mil cuartos de hotel tiene la Riviera Maya. Y, a pesar de nosotros, está viva. Hace años que no me detenía en este lado del Caribe. Se ha vuelto distinto. No quiero decir que menos bueno, aunque me lo parezca, porque cuando uno empieza a explicar por qué las cosas eran mejor antes, empieza a maldecir el tiempo en que vive. Y todo menos eso. Yo he sido muy feliz frente a este mar y no voy a ofender su derredor aunque me muera de tristeza. Era de tal modo inocente. Era inmenso. Ahora está sitiado. Sin embargo me hace un hueco, me deja caminar mojándome las piernas. Y aquí estoy, sin tener que cerrar los ojos, con mis niños en los hombros, toreando las olas; con mi hermana, sentadas en la orilla, muriéndonos de risa; con mi madre hundida en una ola de la que sólo salen su cabeza y un brazo con el que nos saluda. Somos las niñas de sus ojos, las madres de sus nietos y como si algo faltara la hemos traído aquí. De qué tamaño era aquella alegría. Sigue siendo. Héctor le pone los zapatos a Catalina. Él, que nunca se quita los suyos, ha bajado a la playa por nosotros. Y Mateo no se quiere salir del agua. Yo tampoco. Estoy en vilo. Desde el primer día en que lo vi, era abril, este Caribe no me deja soltarlo. Hace su ruido azul, se aleja y vuelve. “Eres mío hasta el fin de mis días”, le digo y doy la vuelta pensando que no he de volver a esta orilla, que me agobia tanta gente y tanta faramalla, que me devasta haber perdido la sencillez con que anduve casi a solas, frente al infinito y enamorada. Qué palabra para nombrarlo todo. Luego giro sobre mis pies, desmiento a mi cursilería. Claro que he de volver, nunca me he ido. Ni para qué negar la realidad. 

En nuestra familia, Chetumal es sinónimo de ombligo. Es el territorio mítico de los Aguilar Camín. Ahora lo sabe medio mundo porque Héctor ha escrito un libro en donde lo dice de la primera a la última sílaba. Un libro de amor. No escrito por primera vez, sino por primera vez leído como tal. Y estamos en el parque de los caimanes, alrededor de una escuela con aire art decó que construyó Margarito Ramírez, el gran enemigo del abuelo Aguilar, en el sexenio de Ávila Camacho. Esto último no lo sé porque sea un gran dato histórico, sino porque así lo dice la placa que pusieron entonces para dar fe de tan magna obra. Parten el alma estos políticos que todo lo rotulan y lo fechan para que a nadie se le olvide el donaire con que fundaron cada piedra. En lugar de callárselo para no hacernos pensar en cuánto de lo destinado a esa obra pasó a sus arcas. ¿La mitad? ¿El doble? Me distraigo. Hemos ido al parque a presentar el Adiós a los padres. Yo en calidad de sombra, que es como más me gusta andar por estos sitios. La distinguida esposa del homenajeado. Y sí que homenajean al doctor Aguilar. Con razón. Ha tatuado el nombre de lo que fue este pueblo en un libro vertiginoso y bello. Por eso hay tanta gente. Está llena la plaza recién iluminada. Cuando empieza la conversación entre hermanos, frente a un público tramado por parientes y amigos, cercanos y remotos, el silencio de la selva, en que este pueblo rascó su derecho a existir, puede sentirse. Hasta la sabana que es esa bahía de aguas bajas, junto a la que todos los años pasamos unos días de contemplación y tributo, se iluminó de fiesta. También esto es la realidad, aunque no la proclamen como un hito las redes sociales de la patria en desgracia.

A propósito de la patria y la realidad, pienso en Miriam, la hija de Virginia, mi privadísima Scherezada. Tiene tres hijos. De quince, doce y siete. Su hermano los ha visto crecer y ha ido siendo padrino de cada uno. Él y su esposa llevan años queriendo uno, pero no se ha podido. Primero porque la naturaleza decidió ser cabrona y luego porque el DIF no consideró pertinente dárselos en adopción. Tardaban y tardaban en los trámites. Indagaron lo del in vitro. Se puede, pero cuesta un dineral. Para casos como el suyo puede haber vientres de alquiler. Una de esas extravagancias costaba ciento cincuenta mil pesos. Más la lidia con la desconocida dueña del vientre. “Pero si yo presto el mío”, les dijo Miriam a su hermano y a su cuñada. Ellos le tomaron la palabra. Miriam no es una mujer que presuma de generosa; es más bien callada, tímida y hasta recia. Quién lo diría, pensé. Cuando estuvo listo el embrión, vivo y coleando, se lo implantaron. Un doctor cuya clínica está en Palmas y al que acudían contra toda opinión razonable. Yo seguía sin creerlo. No la vi nunca, viven más allá de Indios Verdes, como a dos horas de mi casa, pero su madre me iba trayendo el chisme. Que a la Miriam ya se le ve la panza, que ya les explicaron a los niños lo de que ahí está su primo y no su hermano, pero que de todos modos la más chiquita se está poniendo celosa; que Miriam trajina como si no estuviera embarazada, que ya pasaron seis meses, que se ve muy bonita otra vez, como las otras veces; que todos están muy entusiasmados, que Angélica ha comprado dos cunas y hará un bautizo grande; que ya pasaron ocho meses y que ahí viene la cesárea. Irreal, dirían algunos. En este mundo con tantos egoístas, Miriam pasará por una cesárea y por lo que se ofrezca, para que pueda nacer Elian Emilio, el hijo de su hermano. Y nace. Y se lo llevan sus papás. Está precioso, dice la abuela. Rara abuela de un nieto doble. Miriam vuelve a su cuerpo, queda guapa. Hasta más que antes, dice Virginia. Porque está muy delgada y floreció. Anda en la calle con sus tres hijos, en la Feria del Sagrado Corazón. “Mira”, dice un señor a su mujer, “esa es la muchacha que le regaló el otro niño a su hermano”. Virginia se enoja: “No sabía, ni se lo preguntó, ni preguntó la historia, pero bien que anduvo de hablador. Así es la gente”, dice, “opina de lo que no sabe”. Y tiene razón, yo por eso quiero contar esta historia, porque sé de lo que hablo y me parece digno de pregón. Hay gente buena. Hay destellos de realidad, que parecen irreales. Como el Caribe, como las novelas, como el pasado, como el nombre del niño. No lo llaman Emilio, lo llaman Elian.

Voy a ver a don Nassim Joaquín. Está sentado frente al mar de Cozumel, como casi todas las tardes de su vida. Entro a su casa con temor, porque Migue, su esposa, que en la foto de la sala apenas tiene quince años, murió hace trece meses. Tenía noventa años y no se había cansado de estar viva. Era la última de mis hadas madrinas. Le gustaban los barcos y las puestas de sol. Yo iba a sentarme junto a ella, que tenía la tele prendida, como parte de la misma cháchara. Veíamos juntas cómo se iban los cruceros y el atardecer. No sé de qué modo, pero estoy segura de que ella adivinaba lo que tenía yo en la cabeza, porque nunca hablamos sino de cosas como el calor y el cielo, pero ella siempre conoció las esenciales. Eso lo sabe su hija Addy. Y de tal modo. Le pedí que me dejara ver la pulsera que llevaba en el brazo porque la recordaba en su madre. La tuve un rato entre las manos, como si fuera un ensalmo, luego se la devolví mientras hablaba con don Nassim del país y sus desfalcos. Tiene noventa y tantos años, pero no dice cuántos son tantos, no se le vayan a caer encima. Me despido segura de que aquí estará cuando yo vuelva en unos meses, porque tiene un pacto con la eternidad. Addy viene conmigo, se quita la pulsera, me la da. Siento pena de habérsela elogiado, le digo que de ninguna manera he de quedármela. Le digo y no me deja que le diga, la pone en mi muñeca y me pone en la puerta. A veces el mundo es más bueno de lo que creemos. Tan es así, que la realidad tiene destellos de irrealidad.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “Destellos de irrealidad

  1. Señora mía, tal como describe el libro del doctor fue como se me removían las entrañas para correr a buscar a lo míos que no lo son tanto y si la vida te va sorprendiendo… no es hasta hoy que me animo a ser parte visible de este puerto que he hecho mío en silencio, tarde tas tarde hasta sentir que la conozco a través de sus letras…

  2. Ha sido un verdadero placer el leer : Cuando loas padres se van, como lo también el leer los artículos de usted más con mes en Nexos (Angeles MAstretta)

  3. No sé cómo se te puede agradecer las emociones que nos haces revivir. Mi mar no es el tuyo, pero las vicisitudes son las mismas: paisaje destruido, aglomeración de gente que todo lo perturba. Y la causa de ese desbarajuste el enriquecimiento avaricioso.
    Ángeles, gracias por todo y todo.

  4. Mi pueblo era de pescadores. Íbamos por las tardes a esperar las barcas al pequeño puerto para llevar el pescado fresco a casa; ahora se ha convertido en un reto de rascacielos en las playas, el puerto es deportivo y además tiene un parque de atracciones internacional. Todavía existe en la memoria, se grabó en los sentidos, en unas cuantas fotografías, en esas conversaciones que empiezan por…te acuerdas de… Es ley de vida, el progreso, no sé. La casa de mis abuelos es ahora un parking municipal para turistas. Gracias Ángeles, apuntas directamente al corazón y además nos presentas a personas que reivindican el género humano.

  5. Precioso, Ángeles. Hay gente buena, sí. Y está muy bien recordar eso frente al mar.
    Gracias. Me ha hecho muy bien leerte.