El siguiente relato periodístico está guiado por el testimonio de un proxeneta móvil, un mexicano que durante años vivió de la explotación de jóvenes mexicanas en Nueva York y Nueva Jersey, un testimonio que explica cómo es que los tratantes lograron establecerse cómodamente en Estados Unidos.


Driver se tensó como un resorte. Estaba sentado en el asiento delantero de su Charger rojo, lo cual era normal, no así que le llamaran cuando la tarde apenas arrancaba. Era demasiado pronto. Way too fucking early, man. Muy temprano para que siquiera la mitad de los clientes terminaran su turno con la chica.

Al otro lado de la línea, gritos. Era un llanto de tonos muy específicos que hombres en su profesión han aprendido a interpretar porque es su moneda de cambio. Lo dispensan a manos llenas todos los días. Miedo.

—¡Ayúdame, me quiere matar! —imploró una mujer.

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Se trataba de Mónica, su menú del día, una poblana linda y jovencita que se estaba iniciando en esto de la prostitución. Recién había llegado desde México, cruzando la frontera por Texas, y esa noche le tocaba dar servicio a una casa entera de migrantes en el suburbio de Corona, un feo barrio cerca del aeropuerto de La Guardia que ha sido tomado como núcleo habitacional por migrantes mexicanos en la última década y media.

Metódico, siguiendo el protocolo que la experiencia le había enseñado para este tipo de casos, Driver descendió del auto, abrió la cajuela, empuñó su bate de aluminio de los Yankees de Nueva York y se dirigió al porche de la descuidada casa de dos pisos. Era un cuchitril en todo el sentido de la palabra: la grama lucía crecida y repleta de basura. Autos viejos yacían en la cochera. La fachada estaba podrida.

En términos coloquiales, la liebre estaba por saltar, aunque para Driver no era nada nuevo. La permanente disposición a la violencia venía con el negocio. Por eso el bate, un pedazo de metal ambiguo cuya gran ventaja es su valor subjetivo, maleable acorde a la ocasión. Si inquiría un policía, se usaba para jugar a la pelota, ¿yo? sí señor oficial, voy al partido en el parque de Flushing con mis homies. Para los rivales significaba que un delivrero estaba dispuesto a defender sus viejas y territorio y ay de quien transgrediera a cualquiera de los dos. Para los clientes era el símbolo de la ley. La señal que dejaba en claro que hasta tus 30 dólares tenían límites. Que podías hacer casi todo lo que quisieras con las chicas. Pero que si te pasabas, te iban a hundir el cráneo.

La escena que ocurrió después quedó grabada a manera de cuatro diapositivas en la memoria de Driver: 1) Aquí tenemos a Mónica traspasando la salida, perseguida por un tipo gordo. Ambos vienen desnudos. 2) Aquí la sorpresa del hombre, cuando vio el bate. 3) Luego, el sonido seco del aluminio chocando contra su cuerpo, muy diferente al que se escucha cuando golpea una pelota. 4) El chofer se yergue victorioso, con un bate en lo alto, como si estuviera festejando un imparable ante las gradas del Yankee Stadium.

Afuera, en el pórtico, Mónica no paraba de sollozar, histérica.

—Dejas de llorar pero ya, te vistes y te me subes al auto. Calladita porque ya viene la policía —amenazó el conductor. Sospechaba que no tardaría mucho para que le cayeran encima. La 5-0 siempre rondaba estos barrios.

El Charger tomó por una calle trasera rumbo a Queens, al burdel clandestino en el que Mónica vivía junto con otras mexicanas desde su llegada a esta esquina de Estados Unidos. Protocolo ante todo: había que informarle a la superioridad padrotil del incidente y deshacerse de las evidencias. Atrás quedaba el bate, lanzado al jardín trasero de una casa por aquello de que sólo un imbécil con ganas de irse de vacaciones a la prisión de Rikers llevaría un arma encima. La subjetividad termina donde comienza la pistola de un policía.

La sospecha de Driver fue correcta. No tomó demasiado para que la sirena de un patrullero apareciera en el retrovisor del auto deportivo. Para quienes no conocen el mundo de la trata de personas, ésa podría pasar por la oportunidad idónea para el escape de Mónica. Un momento de película, en el que pediría ayuda al oficial que se acercaba. Es fácil de imaginar: Help me sir! I’m a slave. Luego el arma de cargo desenfundada, el rescate emotivo, Driver en el suelo esposado. Al fondo, las sirenas, ambulancias, una mujer a la que los paramédicos atienden, calentándola con una frazada sobre los hombros y una taza de cacao. La realidad es más cruel. Pocas veces ocurre así. El silencio, sostenido y cimentado por el terror, complicidad y un avanzado grado de control mental pavloviano —si hablas te golpeo, por ende no hablas—, suele ser la constante. Muchas víctimas no hablan no sólo porque conlleva un enorme riesgo, sino porque literalmente han olvidado cómo hacerlo.

¿Para qué huir cuando el silencio es una certeza? Al interior del auto, tres recomendaciones: calladita. Arréglate la falda y ciérrate la chaqueta. Enjuágate los ojos. Shh, shh, shh.

—Me paró un policía, pero para entonces no tenía miedo. Vi que era un agente federal del ICE, pero estaba seguro de que no había forma de que me probara nada. No había bate y yo sólo era un chofer, ¿no? Me pidió revisar el auto y le di chance. Y pues encontró un condón y unas de mis tarjetas en las que anunciaba mujeres, pero allá eso no es ilegal. Además la chica se quedó callada aunque le preguntaban… Nos dejaron ir poco después —presume Driver, a quien vale presentar con un poco más de detalle.

Es un mexicano y vivió de explotar por años a mujeres en Nueva York y Nueva Jersey. Driver era un conductor y por años sirvió al crimen organizado en el papel de delivrero o proxeneta móvil. Fue un “prostíbulo móvil”, una de las modalidades más socorridas en el negocio de la trata de personas en Estados Unidos porque es de las más complicadas de perseguir: a diferencia de un burdel fijo, las evidencias contra los choferes son difíciles de acumular. Pueden alegar que sólo conducen. Que son taxistas inocentes, ignorantes de lo que le pasa a las mujeres cuando se les deja en sus destinos. ¿Amenazas? ¡Prostitución! No, jefe. Yo sólo manejo.

Tras varios intentos fallidos, Driver por fin ha accedido a contarme su historia. Es una conversación a la que voy porque, tras años de escribir sobre trata de personas, estoy convencido de que me abrirá una rendija a la exitosa internacionalización de las mafias padrotiles que pululan entre México y Estados Unidos, llevando a mujeres de sur a norte y dinero en el sentido contrario. No me equivoqué.

La plática duró varias horas, tiempo durante el que el chofer resumió sus años de trabajo en el inframundo de la trata sexual en Estados Unidos. Es un relato que empieza como muchos otros de su tipo, en una calle de Puebla y Veracruz, con una chica que es enamorada por un padrote. Después la historia da un giro al norte. Pasa por coyotes, la frontera en Nuevo Laredo, golpizas, casas de seguridad y un largo camino.

El relato continúa con un auto sobre la Interestatal 81, que corre desde Texas hasta Nueva York. Sigue con esas mujeres, secuestradas en alguna placita de pueblo mexicano cualquiera, llegando a la gran Manhattan, cruzando uno de los puentes que conectan la isla. Ahí, entre sus rascacielos, las víctimas deben tener relaciones sexuales con decenas de hombres al día. Sufren abortos forzados, golpizas y miedo constante. Y como colofón, trabajan en sórdidos burdeles en Queens y Roosevelt Avenue, una calle famosa por ser el epicentro de la prostitución en Nueva Jersey. Toda una road movie de horror.

Una de las frases que usa Driver para describir su empleo sintetiza las cosas tan bien como terriblemente: “Las entregaba a domicilio como si fueran pizzas calientes”.

No es difícil imaginar el terror que debió generar la mera imagen de su auto, eslabón final en una cadena ininterrumpida de sufrimiento para decenas de mujeres en condiciones de esclavitud. De nuevo, el valor subjetivo de una cosa. En el mundo normal, el Charger es una belleza, una joya de carro. En el de la trata sexual, era el símbolo de que la pesadilla tenía ruedas. Para las víctimas se trataba de lo último que veían antes de ser entregadas a sesiones de violación que podían incluir a 10, 15 clientes. Y era lo primero que veían después, al salir de horas de trabajo. Por aquello de que a veces lloraban y había que guardar las apariencias, Driver tenía un rollo de papel en la guantera.

 

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Una actitud fría bajo presión, licencias de manejo, conocimiento detallado de las calles y hasta una red de asistencia jurídica han hecho de conductores como éste operadores cotizados entre las mafias que controlan el negocio de la trata de personas en la inmensa mancha metropolitana de Nueva York y Nueva Jersey, hogar para un enorme mosaico multirracial de migrantes solteros que quieren consumir sexo.

En un momento los rusos y los sicilianos se encargaron de dominar ese mercado, pero de unos años para acá nuevos actores han irrumpido en escena. Vienen de un pueblo en específico de México. Han tenido tal éxito que su estatus ha crecido en los últimos años hasta erigirles en el equivalente de capos de capos. Y es que cuentan con algo verdaderamente fuera de lo común, una labia que ha sido objeto de estudios e incontables reportajes y que pese a todas las advertencias y denuncias aún les permite atrapar, una y otra vez, a mujeres.

—Todos los padrotes de peso en Jersey y Manhattan son de Tlaxcala —dice Driver.

—¿De qué parte de Tlaxcala?

—Tenancingo.

Driver no es tenancinguense, pero podría serlo. Por años vivió de cerca sus operaciones. En cierta medida, su papel podría entenderse como el de un intermediario, un colocador de importaciones. No conseguía a las chicas, pero las distribuía.

La mecánica, muy similar a la que usaría cualquier multinacional, es la siguiente: en México el padrote tlaxcalteca se encarga de obtener la materia prima —mujeres—, a las que después se transporta a un mercado desarrollado, en este caso la costa este de Estados Unidos. Una vez ahí, para incrementar las ganancias y reducir riesgos, se contrata a un distribuidor, con conocimiento de las condiciones locales, un especialista, podría decirse. Ahí es en donde Driver y su tribu entran en escena.

—Piense en mí como un prostíbulo con ruedas. Para nosotros es un buen negocio porque el delivrero no tiene ni que mantener, ni pagar, ni cuidar a las mujeres. Sólo las lleva y ya —explicó el chofer.

Que un personaje así acceda a contar su vida es algo poco habitual. En el mundo de las mafias padrotiles suele imperar un estricto código de silencio. Quien lo rompe se puede morir. Pero a la vez es una oportunidad valiosa: ofrece un vistazo privilegiado al mundo de la trata de personas y a la psicología detrás de sus actores. Y da trazos de algo más grande. De cómo una conexión ilícita se ha tendido desde el altiplano de México hasta el corazón mismo de Estados Unidos.

El testimonio de este padrote, junto al de activistas, agencias de seguridad y diplomáticos, así como media docena de causas judiciales estatales y federales obtenidas por nexos, sirve para reconstruir los contornos de la colonización que los padrotes de Tenancingo han emprendido en Manhattan, Brooklyn, Queens y Long Island en los últimos 10 años.

Es un hecho innegable que familias tlaxcaltecas dedicadas al padroteo se han expandido y prosperado en distintos estados de la Unión Americana cual agresivas corporaciones multinacionales (“La Conexión Tenancingo”, nexos 1/7/2013). Pero si sus operaciones en el extranjero tienen ya un nodo económico, un hub del que repatrian cientos de miles de dólares todos los años, ése se encuentra en Nueva York y Nueva Jersey. El símil que viene a la mente es el de Coca-Cola. El corporativo podrá tener su sede en Atlanta, pero el grueso de sus ventas vienen de México. Así con los padrotes: su matriz se encuentra en Tlaxcala. Sus ventas, al norte, en Manhattan y sus alrededores.

—Había mucho trabajo. Nos sentíamos los reyes de la isla, llevando mujeres, cobrando, viviendo bien, dando golpizas a todos en la calle —me dijo este conductor, quien sólo accedió a dar una entrevista si se reservaba su identidad, pues teme que al romper el código de silencio podría ser asesinado. Es una perspectiva probable, si no que posible.

Y es que por uno de esos giros de la vida Driver ahora vive en México. Después de trabajar por una década en la entrega a domicilio abandonó Estados Unidos en 2009 porque las cosas se estaban calentando demasiado al norte. Vendió el Charger y su departamento y volvió al país con la idea de seguir en el negocio. Intentó —¿qué más?— padrotear por algunos meses.

No lo logró: si el oficial de ICE no pudo arrestarlo aquella tarde en Corona porque no tenía herramientas legales para hacerlo, aquí la ley mexicana antitrata —una de las más duras de América— permitió a la PGR encarcelarlo por elementos muy similares: una mujer, un auto, tarjetas de promoción sexual. Driver se fue al tanque. Hoy se encuentra preso por trata de personas en una cárcel federal, en donde se ha convertido al cristianismo.

Me queda la impresión de que esta conversación es parte de su intento por expiar los pecados del pasado.

—Sé que lo que hice está mal —admite.

 

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Driver y sus pecados podrán estar en México, pero atrás, en Nueva York y su zona metropolitana, el ecosistema que le permitió a él y a su tribu operar por años sigue intacto y floreciente, como demostró una redada ocurrida en febrero pasado. De todas las fechas posibles, se eligió una de las más icónicas para Estados Unidos: el Superdomingo.

En el estadio Meadowlands de Nueva Jersey los Seahawks de Seattle y los Broncos de Denver jugaban en la edición XLVIII del Supertazón. Casi al mismo tiempo, el FBI y el Departamento de Justicia de Jersey anunciaban la detención de 45 padrotes y el rescate de 16 menores de edad, ofertadas a miles de fanáticos por internet y a través de tarjetas de presentación conocidas como “chica-cards”. Un medio local describió que se les entregaba a domicilio como si fueran MRE’s —meals ready to eat—, mera comida chatarra consumible y después desechable.

Con el proceso judicial aún en curso, las nacionalidades de los padrotes atrapados en la redada del Supertazón se mantienen bajo reserva, pero no es difícil adivinar por qué. Hay que seguir el origen de las víctimas. Entre las mujeres rescatadas el FBI reportó haber encontrado una mexicana. “Sabemos que hay varias bandas de Tenancingo en la zona”, dijo la fiscal antitrata de Nueva Jersey, Tracy Thompson.

El caso de esa mujer mexicana que el día del partido tendría que haberse prostituido no es la excepción, sino la norma: es sólo una de varias decenas que en los últimos años han caído de una u otra forma en el circuito de la esclavitud sexual en la zona metropolitana NY-NJ, más cerca de Canadá que de México. Es un mundo que parece típicamente WASP —Blanco, Anglosajón, Protestante— y en el que la cultura de dominación machista de un pequeño poblado tlaxcalteca parecería no tener cabida ni terreno fértil para crecer. Pero tiene una y la otra.

“Es como si estas redes criminales de Tlaxcala hubieran trasplantado un poco de México a Estados Unidos”, consideró Avaloy Lanning, integrante de la organización no gubernamental Safe Horizons, dedicada al rescate de víctimas de trata de personas de origen extranjero en la zona metropolitana de Nueva York y Nueva Jersey. “Actúan como actuarían en México, aterrando y explotando a comunidades enteras de migrantes […] A veces cuando recibimos a víctimas mexicanas y nos dicen que son de Puebla o de esa región, casi ya sabemos lo que nos van a decir: que fueron explotadas y traídas a Estados Unidos con engaños”.

Tela Muñoz, especialista de atención a víctimas del FBI de Nueva York, coincide. “Nos hemos encontrado con varias víctimas relacionadas a las organizaciones de Tenancingo. Hemos recuperado a personas de ahí, tanto adultos como menores, víctimas que vinieron a nosotros, que huyeron de sus padrotes y de alguna forma llegaron a nuestra oficina”, dijo.

La dispersión geográfica de las mafias de Tenancingo por toda la zona es evidente, como mostró un caso destapado a finales de 2013, cuando agentes del Buró de Pandillas y Crimen Organizado de Nueva Jersey reventaron una célula basada en Lakewood, una ciudad mejor conocida por ser hogar de una enorme comunidad de judíos ortodoxos. Miles de devotos de todo el mundo acuden todos los años a su Yeshivá —centro de estudios hebreos— a analizar la Torá y el Talmud.

De todos los entornos posibles, ésa fue la locación elegida por una organización de padrotes tlaxcaltecas, encabezada por José Cruz Romero Flores, alias El Chato, para operar cuatro casas de citas. Autoridades estatales describieron los burdeles como “casas de prostitución de alto volumen” en las que las mujeres debían atender a un mínimo de 100 clientes por semana y a veces, en temporada alta, hasta 40 por día. Es un volumen que significa que en una sola jornada de trabajo una víctima podía producir hasta mil 200 dólares. Con siete días a tope, las ganancias ascenderían a ocho mil 400 dólares por chica.

Volvemos al símil corporativo. Una matriz con operaciones en ultramar repatria sus ganancias de forma periódica. En este caso, también. El dinero generado por las esclavas de Lakewood volvió a México.

El detective Brian Christensen, una mole de hombre con cabello rubio largo a quien conocí en Trenton, la capital de Nueva Jersey, me dijo que Cruz Romero confesó que transfería vía giro electrónico el dinero de sus ganancias de vuelta a Tenancingo, en donde la inexplicable proliferación de mansiones no deja de ser algo peculiar para un pueblo catalogado de marginado. He ahí la respuesta: “Nos dijo que había construido varios restaurantes y casas”, detalló el investigador.

Y el negocio estaba en proceso de expansión. Una federación de padrotes había comenzado a tomar forma. De acuerdo a documentos judiciales, “[Cruz] Romero Flores y otros dueños de burdeles en Nueva Jersey, Nueva York y otros estados circundantes trabajaron como una red que traía a mujeres de manera ilegal, principalmente de México pero también de otros países latinoamericanos. Muchas mujeres pensaron que venían a Estados Unidos a trabajar como domésticas o nanas”.

Otros cuatro hombres fueron detenidos en la célula de Cruz Romero. Como Driver, uno de ellos era un delivrero encargado de llevar a mujeres a distintos encuentros sexuales. Una redada en los burdeles encontró decenas de pasaportes mexicanos, celulares y una computadora con una tabla Excel que describía, a detalle, los nombres de las mujeres, las fechas de trabajo y las direcciones a las que debían ser entregadas. También, un instrumento clave: licencias de manejo. No cualquiera puede manejar en Estados Unidos, en especial después de las leyes post-11 de septiembre que han endurecido el acceso a identificaciones. (Driver conseguía los permisos en Oregon, una entidad laxa en eso de los controles de identidad.)

Según los testimonios recopilados por el Departamento de Justicia de Nueva Jersey, los delivreros de la célula Cruz Romero se encargaban no sólo de llevar a las mujeres a citas sexuales, sino de trasladarlas de burdel a burdel, para generar “variedad” y mantener a los clientes satisfechos y deseosos de volver. También las recogían en la casa dormitorio en la que vivían en Union City, un enclave de clase trabajadora en el que residen miles de domésticas y jardineros que se ganan la vida en las mansiones de Manhattan y Rochester. Irónicamente, para mantener a sus víctimas los padrotes eligieron rentar una propiedad justo al lado de una iglesia.

Si bien los de Cruz Romero y el Supertazón son sólo dos de los casos más recientes, la conexión entre Tenancingo y los suburbios proletarios de Nueva York data de hace 25 años, con la llegada a la región de una generación inicial de padrotes aventureros. A mayor detalle, el punto de partida fue 1991, cuando los hermanos Gerardo y Josué Flores Carreto detectaron la enorme oportunidad que representaba la creciente población de migrantes latinos en Estados Unidos, en su mayoría hombres solteros. Nacía la primera gran operación binacional de trata de personas.

Con el apoyo de su familia, ambos hermanos acarrearon durante los siguientes 14 años a decenas de mujeres desde México hasta la costa este de Estados Unidos, bajo la mecánica tradicional del padrotismo tlaxcalteca, una fórmula basada en labia, seducción, engaño y violencia. Su imperio no se desmoronó sino hasta 2004, cuando la policía de Nueva York organizó una redada en uno de sus prostíbulos, en Queens, de donde fueron rescatadas varias mujeres en estado de esclavitud. Muchas dijeron ser de Tenancingo y sus alrededores.

La importancia del caso yace en su binacionalidad. De forma simultánea a los operativos en Queens, autoridades mexicanas detuvieron a familiares de los Flores Carreto en Tlaxcala, entre ellos Consuelo, madre del clan, quien recibía parte de las ganancias repatriadas a México vía servicios de giro electrónico. Fue extraditada a Estados Unidos y posteriormente sentenciada a 10 años de prisión.

En su edición del 6 de abril de 2005, The New York Times publicó algunos testimonios que se presentaron durante el juicio de los Flores Carreto: “uno de los hombres trató de apuñalar a una jovencita mexicana con el filo de una botella que había roto en su cabeza. Otro forzó a su novia a tener un aborto, diciendo que era necesario para que la pudiera seguir vendiendo en Brooklyn y Queens. Un tercero le dijo a su propia esposa que mataría a su familia en México si no le daba servicio a 20 hombres cada noche”.

Con un juicio prolífico en testimonios que daban fe a su crueldad, los Flores Carreto fueron sentenciados a 50 años de prisión. Pero lejos de haber sido un disuasivo, la caída de Gerardo y Josué fue sólo el principio de la colonización de padrotes en el noreste estadunidense. Aunque ni de lejos todos los migrantes de Tenancingo están vinculados al crimen organizado —la generalización sería absurda—, llama la atención un dato detectado por la Secretaría de Relaciones Exteriores: su red consular ha notado un peculiar incremento en la migración de tlaxcaltecas de Tenancingo hacia Nueva York y Nueva Jersey, en donde 314 personas han aplicado para recibir matrícula consular desde 2009, año en el que comenzó a llevar estadísticas detalladas. Eso equivaldría a casi el 3% de la población del pueblo.

Y si las cifras consulares hablan de un inusual incremento poblacional, el número de casos que involucran a víctimas mexicanas y padrotes tlaxcaltecas refieren que, en efecto, algo está pasando. En mayo de este año Isaías El Chelo Flores Méndez, un tenancinguense, fue sentenciado por una corte de Nueva York a cadena perpetua por su papel dentro de una organización dedicada a la explotación “de cientos, quizá miles de víctimas mexicanas” durante una década, según la fiscalía federal. No era una banda pequeña: consistía de 17 personas.

“El padrote se cubrió el rostro con las manos cuando la juez Katherine Forrest leyó la primera sentencia a cadena perpetua en Nueva York por trata de personas”, narró el New York Daily News en su edición del 15 de mayo. Como en muchos juicios, un artista trazó un dibujo a lápiz de lo que pasaba al interior de la corte. En el boceto se aprecia a un hombre, con corte a rape, tipo militar, mirando al piso, derrotado. Una mujer de lentes y toga, la juez Forrest, le observa con un inocultable desdén, asco incluso.

“No hay sentencia que pueda hacer justicia suficiente”, dijo la juez a Flores. “Usted dirigió un molino depravado que sometió a mujeres a hacer cosas indecibles”.

Poco antes de que Forrest leyera la sentencia, la defensa de Flores Méndez presentó cartas escritas por su madre, Columba Méndez, y su esposa, Juana Castillo, para tratar de dar una idea de la “integridad” del Chelo y evitarle la cadena perpetua. Se trata de dos mensajes rudimentarios, escritos en hojas de cuaderno a mano y que fracasan en su objetivo por completo. Pero aun así, desnudan uno de los efectos más nocivos del padrotismo tlaxcalteca: el dinero que obtienen de Estados Unidos en la esclavitud vuelve a México, mezclándose en el flujo de capital que viaja de un país a otro. En el sentido estricto de la palabra, es una remesa, lo mismo que los dólares ganados por un albañil, un mesero, un profesionista.

He aquí unos fragmentos de las cartas, con su ortografía original. De Columba: “…mi esposo y yo estamos muy tristes por lo susedido ya que mi hijo Isaias se encuentra en esta situacion. Mi esposo y yo dependemos de el porque somos mayores de edad… yo tengo artritis reumatoide y mi esposo diabetes. Ya que el esta más delicado de salud los médicos quieren hacerle la diálisis y mi hijo era el que nos costiaba todo”.

De su esposa, Juana: “la falta de trabajo fue la causa por la que mi esposo tuvo que irse al extrangero ya que nuestra economía era tan baja que no nos alcanzaba para mantenernos a mi y a mis cuatro hijos… optamos por sacarlos adelante yo cuidándolos y el irse a trabajar al extranjero. Nos acostado salir, pero ahi vamos echandole ganas”.

Echándole ganas. Si el número de víctimas está en los cientos, como argumenta la fiscalía de Nueva York, El Chelo repatrió una cantidad estratosférica de recursos a Tlaxcala.

Después de un juicio de alto perfil como éste, no pasó demasiado para que los padrotes tlaxcaltecas volvieran a estar en el centro de la atención judicial neoyorquina. Sólo dos meses más tarde, el 25 de junio, Antonio Lira Robles, lugarteniente del clan Granados Hernández —otra organización de Tenancingo acusada de trata sexual— fue sentenciado a 15 años de prisión y a una multa de 1.2 millones de dólares por la esclavitud y tortura a las que sometió a una mujer mexicana.

El testimonio ofrecido por esa mujer a principios de agosto pasado, al cierre del juicio contra Lira Robles, da una idea de cómo se ha consolidado un circuito de víctimas y victimarios entre el municipio tlaxcalteca y la Gran Manzana, separadas entre sí por más de tres mil kilómetros pero unidas por estrechos lazos económicos.

“Fui una víctima de trata sexual y forzada a la prostitución”, describió la mujer, cuya identidad se mantuvo en reserva en el juicio conforme a las prácticas de protección a testigos. “Antonio no me trató como un ser humano. Me trató como un robot sexual. Por años lloré en silencio y llevo las cicatrices del abuso todos los días, pero no puedo permanecer en silencio. Estoy aquí hoy para que Antonio y su familia ya no puedan forzar a otra mujer a la prostitución”.

La clave se encuentra en el adverbio aquí: la mujer hablaba ante un juez y jurado en una corte de Brooklyn. El suyo no era un relato más de mujeres perdidas y sometidas a una vida de injusticia y esclavitud en la periferia.

Como su testimonio y los demás casos muestran, al lado de otras mexicanas estaba siendo explotada justo en el corazón mismo del mundo occidental por hombres de un municipio pequeño, rupestre quizá, pero cuyos criminales se han sofisticado y aprendido a utilizar los instrumentos de la globalización de forma rápida y para su beneficio propio.

De acuerdo a Safe Horizons, el 90% de las víctimas que atienden actualmente sus especialistas son de habla hispana y buena parte de ellas provienen de México. En los refugios neoyorquinos de la ONG Restore, “la mayoría de las mujeres que llegan son mexicanas. Diría que tres cuartas partes”, añadió Diego Traverso, documentalista chileno que ha colaborado con la agrupación.

Según cifras del consulado de México en Nueva York, tan sólo en 2013 se detectaron 16 casos de mexicanas que habían sido víctimas de trata sexual en la región. Dos terceras partes provenían del altiplano: funcionarios de protección consular pudieron establecer que el 31% eran originarias de Tlaxcala mientras que otro 31% era de Puebla, otro de los puntos de donde vienen muchas de las mujeres que caen en poder de organizaciones de Tenancingo.

Y ésa es una cifra negra porque muchos no se atreven a denunciar debido a que son indocumentados. “El problema es que tienen temor de acercarse al consulado. La verdad es que es un fenómeno que no siempre se denuncia y que para el consulado es difícil atender a menos que haya una denuncia formal”, dijo Sandra Fuentes-Berain, cónsul de México en Nueva York.

Recordó un caso en particular. “Justo a unas semanas de mi llegada a Nueva York, una de las víctimas de trata acudió a nuestro departamento de protección. Cuando me contó su historia me sacudió muchísimo. Yo no me imaginaba que esto podía suceder. A esta chica la había enamorado un hombre que le había prometido una vida mejor. Le había prometido que iba a salir de la pobreza. La trae a Nueva York, no sé ni con qué tipo de papeles, y una vez aquí la dedicó a la explotación sexual. Esta mujer tuvo el arrojo de venir al consulado a presentarnos el caso. Pero como cónsul general y como mujer, me indignan estos casos”, dijo.

Y si como mujer el fenómeno le ha generado indignación, como cónsul Fuentes-Berain admitió encontrarse ante un dilema. Por un lado, la ley le obliga a defender a cualquier mexicano cuando es acusado judicialmente, sin importar o prejuzgar su delito. Pero por el otro, se encuentra la repugnancia que le genera la crueldad de los padrotes de Tenancingo.

“Hasta el momento —expuso— no he tenido que defender a un padrote, a un explotador. Pero son mexicanos y todos tienen derecho a asistencia consular… aunque como mujer espero que no se presente el caso. Tendría un problema de conciencia”.

Eventualmente, tendrá que hacerlo. La magnitud del fenómeno se dimensiona a partir de una base de datos elaborada con archivos judiciales de cortes estadunidenses del área. Revela lo prolífica que ha sido la colonización tenancinguense en Nueva York y Nueva Jersey: desde 2003, al menos seis células de padrotes han sido sometidas a proceso penal en juzgados de ambos estados, acumulando sentencias que van de 15 años de prisión a cadena perpetua. Las mafias Flores Méndez, López Pérez, Cruz Romero Flores, Carreto Valencia y Jiménez Calderón.

De los datos obtenidos se desprenden dos conclusiones principales: 1) Las mafias de Tenancingo han entrado a las grandes ligas del crimen organizado global, llegando a una de las ciudades más emblemáticas del mundo. 2) Decenas de mexicanas son, hoy por hoy, víctimas de trata de personas a unos kilómetros de símbolos globales como la sede de la Organización de Naciones Unidas, el toro de Wall Street o la Estatua de la Libertad.

 

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Conocí a Driver en prisión hace unos meses por vía de la organización no gubernamental Unidos contra la Trata, que decidió asistirle en su rehabilitación con terapia psicológica y espiritual, bajo la idea de que transparentar su experiencia puede servir para desalentar a otras personas de sumarse al negocio de la trata de personas.

Minutos antes de contarme su historia, había entrado a la oficina del director de la cárcel discretamente, desconfiado, sin dejar de mirar hacia atrás, por si alguien le había seguido.

—Los padrotes me la cobrarían —admitió.

A su espalda, detrás de la puerta, se escuchaban los sonidos del patio de la cárcel. Era la población penitenciaria en su estado natural de ebullición, producto de la convivencia forzada de asesinos, violadores, pandilleros, secuestradores y narcomenudistas en un espacio confinado. Hombres enojados que se insultaban a gritos.

Pese a que su relato denotaba las experiencias propias de un hombre maduro —uno que ya había cometido varias atrocidades—, Driver era apenas un joven. Tenía no más de 30 años y nada en su apariencia delataba su experiencia como un proxeneta vial. El cabello estaba corto y bien arreglado. Su ropa, limpia. En la piel de los brazos podían adivinarse algunos tatuajes y cicatrices, pero no había nada en él que remitiera a la monstruosidad en la que había participado durante varios años.

—Casi todas mis deliveries —dijo— eran mexicanas. Había muchas poblanas, veracruzanas y oaxaqueñas, pero las más cotizadas eran las de Jalisco y Sinaloa. Los padrotes de Tenancingo eran famosos porque siempre conseguían mujeres guapas.

Broadway. Bowery. Houston. Canal. Avenue of the Americas. Edificios de departamentos. Casas dúplex. Suburbios: hasta 2011, Driver distribuyó “existencias femeninas mexicanas” por todo Manhattan y parte de la costa este de Estados Unidos, en donde se encargaba de saciar los antojos de una clientela compuesta predominantemente por migrantes de México. A veces, si había buen dinero, hacía viajes tan lejos como Pennsylvania.

El origen étnico de sus clientes refleja la enorme diversidad racial de la zona. Es el equivalente a una ONU de usuarios de sexo, Johns como se les conoce en Estados Unidos, algo que podría traducirse como los Juanes. Las mujeres mexicanas son de las más populares, quizá sólo porque son de las más ofertadas.

—¿Quiénes eran tus clientes?

—De todo, pero los mexicanos son los mejores. Por lo general no quieren problemas y van a lo que van. Los centroamericanos, por ejemplo, son muy conflictivos. Siempre están tomados. A los colombianos y boricuas nunca les llevamos. Tratan mal a las muchachas. La verdad es que es mejor no perder tiempo con ellos. A otros les cobramos más, como a los indianos (sic) y los chinos que son muy callados y pagan bien.

Lo cierto es que hacía sus entregas con lo que para él era estilo: Chargers, Malibus, Mustangs. Coches rápidos y lujosos pagados con el dinero que le dejaban los padrotes de las chicas, generalmente una tajada de 10 a 15 dólares por cada 15 minutos de chamba. A la semana podía hacerse de hasta mil dólares libres de paja, aunque a veces podía ganar más, dependiendo de la zona en la que se entregase el producto.

Según me explicó, de la misma forma en las empresas de fletes cobran por distancia, los delivreros lo hacen por zona. En Long Island la tarifa es de 30 a 35 dólares por 15 minutos. Queens queda más cerca de las existencias, por lo que el precio por la relación sexual no pasa de los 25 dólares por 30 minutos, mientras que en Manhattan, por tratarse de una zona de mayor poder adquisitivo, se puede cobrar de 35 a 40 dólares por 20 minutos.

El rol crucial que los conductores juegan en el tráfico de personas en Nueva York ya fue reconocido por las autoridades. En 2012 el entonces alcalde Michael Bloomberg firmó la ley 36/2012 con la que se castiga con multas de hasta 10 mil dólares a cualquier chofer que se preste a la trata.

“¿Quién hubiera pensado que los taxis iban a convertirse en un problema en el tema del tráfico sexual?”, cuestionó entonces la vocera del Ayuntamiento de Nueva York, Christine C. Quinn. La ley se sustentó en buena medida en las revelaciones hechas por Sofia, una mexicana que había sido víctima de trata durante varios años y quien reveló la mecánica con la que operaban los delivreros.

¿Y en qué usaba su dinero este padrote vial? Guardando proporciones, lo que Driver describe recuerda al histórico reportaje Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt. Al cubrir el proceso judicial con el que el entonces naciente Estado de Israel enjuició a Adolf Eichmann, responsable de la logística y diseño de la solución final —el transporte de millones de judíos a su muerte—, Arendt se encontró con un hombre superficial, vulgar incluso, algo que confería un tono aún más sombrío a las atrocidades que había ayudado a cometer.

Eso es lo que Driver es: un hombre detrás de cuyas acciones no hay explicación o lógica alguna. Simplemente hizo lo que hizo porque la oportunidad se presentó. Nadie abusó sexualmente de él cuando era un niño ni tuvo un pasado atormentado que haya buscado salir con las mujeres a las que conducía al cadalso de la violación.

—Usaba el dinero para comprar pantallas de plasma o estéreos. Algunos juntaban su lana para comprarse un terreno en México. Yo no. Yo lo usaba para vivir al día —dice—. A veces… me deprimía lo que hacía.

Entendí que buscaba expiación revelando su relato, algo que yo no estaba en posición de darle. No pude evitar recordar una línea de una vieja película de los noventa, 8mm. Cuando el personaje principal, un detective, se enfrenta a un actor dedicado a asesinar mujeres en películas pornográficas snuff, este último le explica la racionalidad detrás de sus acciones: “No me pegaron. No me violaron. Mami no abusó de mí. Papi no me violó. Soy lo que soy. Y eso es todo lo que hay al respecto. No hay ningún misterio. Las cosas que hago, las hago porque me gustan. Porque quiero hacerlas”.

 

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“Tienes que ir a Queens si quieres ver toda la historia”, me recomendó Driver. Y heme aquí, congelándome en esta noche de invierno. Hace tanto frío que pequeñas estalactitas de hielo se han formado en el puente por el que corre el tren suburbano y hasta los dealers de crack se fueron a sus casas, rindiéndose ante la realidad de que nadie en su sano juicio debería estar en la calle. El termómetro parece que se ha desfondado y marca menos 15. Luego menos 16. En minutos ya llegó a menos 17.

En el radio el meteorólogo anuncia la inminente llegada una ventisca que muchos predicen va a paralizar Nueva Jersey, Manhattan y Queens. Lo dice con tanta vehemencia que pareciera que pende sobre nosotros una nueva era de hielo. Le llaman el vórtice polar. En México ya deben estar por entrar a la primavera por estos días. Acá, en Estados Unidos, el invierno parece eterno.

“…pulgadas de nieve…”, “…vuelos suspendidos…”, “…carreteras cerradas…”, “…estado de alerta…”, “…Guardia Nacional…”

A las nueve de la noche el maltrecho tren de la línea Flushing, una bestia que tiene el lomo tatuado por grafitis de pandilleros, se acerca por la vía elevada. A su paso salpica de nieve a los pocos transeúntes que caminan valientemente sobre la avenida Roosevelt, cuyos edificios se iluminan en tonos azules con los destellos del riel eléctrico. Junto a las chispas, caen copos que se acumulan en el lodo congelado, entre lo que parece ser un mar de tarjetas de beisbol, pero que en realidad se tratan de servicios de prostitución. Contienen imágenes de mujeres semidesnudas y anuncios sugestivos en español como “pollitos a domicilio”, “sabrosas” y “mamacitas”.

Antes de que nuestra conversación terminara, Driver me explicó de estas tarjetas. Son las mismas que llevaba en el coche cuando fue detenido por el agente de ICE. Las conocen como “chica cards”, empleadas por los delivreros como marketing para promocionarse entre los clientes. Son repartidas de mano en mano en la calle por muchachos adolescentes que aspiran a un día graduarse y convertirse en choferes y en continuar con el ciclo de esclavitud femenina.

Mientras reflexiono en que pareciera un ciclo interminable, casi como una serpiente que se muerde la cola, llego a la esquina de la Roosevelt con la calle 131. Un hombre que oculta su cara bajo una gorra me habla en voz baja cuando me acerco. De entre el fajo de tarjetas en la mano enguantada se alcanzan a distinguir piernas, ropa interior, camas y mujeres que fueron photoshopeadas de cualquier página de porno en la red.

Chics, chics, chics —dice, el vaho brotando de su boca.

—¿Dónde?

—Allá en la luz roja, compa.

Metros más y se llega al punto prometido. El Bar Tucanazo, un antro con focos rojos a la entrada que anuncia, en español, “colegialas recién llegadas”. De su interior escapa el trombón de la música. Es la Banda Limón tocando “Meter Canción”. Ya hay algunos gritos de aprobación. Supongo que alguien tomó el escenario.

—Pásele, pásele —me ofrece el cadenero.

No sé qué responderle. Driver no mintió. Esto no es México, pero está cerca de serlo. Tenancingo conquistó Estados Unidos.

 

Víctor Hugo Michel
Periodista. Reportero de Asuntos Especiales de Grupo Milenio. Entre sus investigaciones más recientes destacan: Tenancingo, la capital de los padrotes, Tres mexicanos a la horca en Malasia, La ruta equina de la muerte y El extraño viaje de Valeria a Centroamérica.

 

7 comentarios en “El circuito Tenancingo-Manhattan

  1. Lacerante relató el tuyo. Lo leí yendo del escalofrío a la indignación. Pero es impecable, preciso

  2. Lacerante narración, impecable, precisa como hecha por un bisturí que deja al descubierta esa llaga que se ha vuelto cancerosa no sólo por la apatía de la sociedad y sus policías, sino por la necesidad, ignorancia y consecuente depauperación moral de sus protagonistas. Es un excelente reportaje que demuestra que el talento aunque heredado, puede alcanzar nuevas marcas. Soy tu lectora, pero desconocía estos trabajos. Ahora estaré pendiente de ellos… Algo aprenderé.

  3. Narracion brutal e inhumana, no concibo como paueden suceder estas cosas en ciudades tan importantes de EU, tambien me resisto a aceptar que las policias de EU con sus sistemas de inteligencia y cuerpos de policias bien entrenados y capacitados perrmitan que sucedan estas cosas en sus propias narices cuando aprehendan a estas bestias se les debe aplicar la pena de muerte, pues el daño que causan a las familias es insoportable y las destruye totalmente.

  4. !Excelente artículo, que retrata el valor que se le da al ser humano y en este caso a la mujer en una sociedad consumista y sin escrúpulos!
    Es un hecho que esto ocurre en Nueva York y en muchas partes del mundo. Sin embargo, no hay que irnos tan lejos en la ciudad de México y en las principales ciudades de México se da esta trata de personas que son explotadas día tras día y quizás debido a la ignorancia y pobreza en la que se encuentran estas mujeres, aunado a esto un tipo vivaz carente de escrúpulos y con ganas de hacer dinero a cualquier costo (se enrola en las filas de la delincuencia organizada y quizás también con una gran ignorancia, pero con su objetivo en mente) que aprovecha la falta de autoestima de estas mujeres para enamorarlas y explotarlas. Quizás estos personajes solo sean los peones del ajedrez en esta organización delictiva ya que hay mucho dinero en juego.

  5. Las metaforas y la redacción del reportaje me invita a comprende la crudeza que hay en nuestro México, desechado y pisoteado por su propio pueblo.

  6. Creo que ningún Estado debería tener y mantener en sus cárceles a este tipo de individuos. Es ahí donde hacía falta que se legislara la pena de muerte.

  7. ¡Qué impresionante saga al reportaje de Conexión Tenancingo!, esto no es mas que un botón de muestra de los grandes negocios sucios que se manejan desde las altas esferas, ya que de otra forma no se puede explicar el fácil tránsito de tantas mujeres ilegales a EEUU, así como la gran desgracia en que se encuentra socioeconómicamente nuestro gran pero depedazado y depredado país. Felicidades por su gran trabajo.