Antes yo hablaba con los muertos, ahora ellos me hablan. Desde un guiño, un ademán o una ironía de los vivos, oigo hablar a los otros. Aparecen, contándose.

Y no me dejan sola. Cada vez son más ellos que nosotros. Cada vez, más veces, hablo de quienes ya no están, con quienes no les conocieron. Y sé que hay cosas que no podré contar, porque ni quien esté para oírlas. Hay lo que sólo pasó entre dos y falta el otro. No puede haber ¿te acuerdas?, sino con quien lo hubo.

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Le digo a alguien muy querida que no sé de cuál cosa escribir. Veo todo tan confuso. Y traigo muerto al duende de contar. Siempre, en noviembre, pienso en los muertos. Y para mí a cada rato es noviembre. A veces son las nueve de la noche de un día cualquiera, en agosto, y se me antoja ponerle un altar, con flores naranja, a toda mi parentela. Y hacer una fiesta.

De semejante antojo ha de ser que están hechas las ceremonias de noviembre. Cualquier pretexto es bueno para convocar a una conversación de ultratumba. Y comer mientras la tenemos. Qué regia una comida con la mirada suave de nuestra mamá. Y una platicada con las historias que decía no saberse bien. Media de vida de Catalina Ascencio la imaginé con ella. Y con su gesto de diosa.

Yo solía llamar a mi padre si no quería que lloviera. Les enseñé a mis hijos que uno podía pedirle lo que mejor necesitara: que no empezara a tiempo la película, que abrieran tarde la puerta de la Feria del Libro Infantil, que la medalla de oro en la gimnasia le tocara a uno de ellos, que el concurso de inglés tuviera la pregunta sobre las preposiciones que mejor se sabían, que al mercadito de La Cibeles llegara pronto el —ahora también entre los muertos— nuevo juego de Nintendo.

Ese tipo de cosas le pedíamos, porque tiempo antes dejé de confiar en su criterio para asuntos mayores. Dada su precaria eficacia. Era bueno llamarlo si se perdían las llaves, si un personaje sobraba en las cuartillas, si andaba yo tristeando. Pero tanto como pedirle un buen novio fue arriesgado, porque durante un buen rato anduvo distraído, y pasaron por mis veinte años varios especímenes de temerse. Por eso ni pedirle cosas definitivas. Ésas hubo que dejárselas al destino. Fue así como di con las piernas de mi abuelo revividas de golpe, en la reminiscencia, cuando un hombre que hablaba de asuntos muy serios se levantó para despedirse de una reunión a la que acudí justo por órdenes del destino. No había muchas sillas y a mí me había tocado el suelo para conversar. Piernas largas, manos largas. También yo me levanté. Y caminamos. Yo con las piernas de mi abuelo y el raciocinio de mi padre. Él quizás con la sombra de su diminuta abuela asturiana. Dos vivos hablando de futuro con sus muertos.

Antes añoraba a mis muertos, ahora se me aparecen. No como fantasmas, ni como avispas, ni en sueños; sino en la nariz, los ojos, el carácter, las expresiones de sus descendientes. Y la voz. Mi hermana ha empezado a hablar como nuestra madre. Su hija sostiene, en cada pizca de sal y hasta la última palabra, las certezas culinarias de su abuela. La nieta rubia de una tía morena, recuerda su perspicacia. Y ni sus ojos azules en contraste con las canicas negras de la tía, opacan la memoria de aquel discernimiento. El modo en que el hijo mayor de una mujer que fue valiente y sencilla me responde un correo electrónico, tiene su suavidad. Aunque él ya sea director de quién sabe cuántas empresas, su mamá hace lo suyo y me lo acerca. ¿Qué digo de las nietas de la señora Cuenca? Son idénticas. Distintas entre sí, pero con ella dentro.

“Leonorcita”, llamo a mi amiga Leonor. Y mi lengua la mueve el marido que aún tiene cuando sueña. Nunca le dije así mientras él andaba vivo. Por eso afirmo que aparecen. Los vemos en los otros o en nosotros. Habla por nuestra boca su presencia.

De pronto paso frente al espejo y ahí está la tía Tere abriéndome la puerta de su casa: “entra, que me caes como agua de mayo”, dijo. Ahora yo traigo sus ojeras. Y quiero sonreír como ella. No puede estar esa energía en ninguna parte.

Canto por la escalera. ¿Quién cantaba todo el día? Mi suegra. Eso me cuenta, detenida a mi lado, mientras su hijo anda cantando “Estrellita del sur”. Que su madre le mandaba callarse porque no era refinado andar haciendo escándalo. Yo no estoy para escuchar a su madre. Estuve para cantarles a sus nietos. Canciones que han de cantarles ellos a sus hijos.

No es necesario nombrarlos, llegan solos. Hace poco, a mi hermana se le anduvo apareciendo un niño. Ella heredó la pintura desde la que hablan unos ojos que preguntan quién sabe qué. Era más de la medianoche cuando vio la hora brillar en su teléfono. Y esto escribió. Aquí se lo dejo.

Flotando como un fantasma
Verónica Mastretta

Son las tres de la mañana y de repente salgo de mi sueño y me siento en la cama como si hubiera tirado de mí un hilo que mueve una mano invisible. Al sonar las tres de la mañana, los muñecos se paran a bailar/ la casa está dormida y nadie los verá… Así decía una canción infantil que era mi favorita. ¿Nos mueve el capricho de algo desconocido? ¿Qué despierta a los muñecos de la canción? ¿Las campanadas de un reloj? ¿Qué me despierta a mí? Un exacto reloj interno ¿o el ruidoso silencio de la casa dormida? ¿O la rotunda luz de la luna llena que tiñe de plateado los pisos y los muros de la casa? Por debajo de la puerta veo otra luz remota y dorada. Alguien dejó prendida una lámpara. Me levanto y camino por el pasillo en penumbra hacia la sala iluminada. En el camino me topo con la pintura de un niño que fue hermano de mi abuelo y que murió a los siete años. Me mira desde la profundidad de unos ojos parecidos a los de mi familia: negros, raros. Su boca pequeña es indescifrable, pues no se sabe si después de mirarla se reirá o llorará. Siempre me atrajo esa pintura colgada en la sala de mis abuelos, junto a retratos de gente muy vieja. Siempre hubo un lazo entre ese niño y yo. Siempre quise llevarlo donde hubiera otros niños. Un lazo. Tan lo hubo que ahora la pintura vino a dar a mi casa después de varias vueltas por los armarios de otros. Pasó una feliz estancia en casa de mi madre, presidiendo los juegos de los niños nuestros. Cuando de esa casa se fue su dueña, para siempre, y con ella la última niña que jugó ahí, la pintura vino a dar conmigo de manera casual, pero esperada. ¿Nos buscamos a través de los tiempos ese niño y yo? ¿Nos conocimos?

En medio de la noche los muñecos pensamos tonterías, no nos paramos a bailar, sino a alucinar. A mi nuera le da miedo ese cuadro porque el niño al que representa murió poco después. No vivió lo que pudo ser una larga vida. Pero hay quienes viven cien años y tampoco la viven. En cambio, puede haber quien en siete, viva cuarenta y nueve vidas largas. Ya lo sé. El tiempo es un invento humano. Los perros viven en el hoy. Por eso se entristecen si los encierran, porque creen que es para siempre, porque no existe para ellos el mañana. En este momento soy un perro cautivo. La luz fría de la luna y la penumbra de los sueños entra por el tragaluz del patio llenándolo de irrealidad. Me vuelvo a parar frente al retrato de mi tío-abuelo-niño: ¿Estoy dentro de su mundo? ¿O él ha salido al mío? Somos dos fantasmas flotando en la noche. Sin edad, sin futuro, sólo movidos por la mano misteriosa que mueve a los muñecos cuando salen a vagar con la luz de la luna. ¿Por qué, si no, ando vagando ahora por la casa, sin sueño, como el fantasma que algún día seré?

Como ven, no estoy sola en esto de hablar con quienes parece que no están. Fantasmas hemos de ser. No está mal ir adelantando la conversación.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

16 comentarios en “Los otros a la luz de noviembre

  1. Siempre escribes cosas tan vivas Angeles… que tampoco tu vas a irte nunca. Gracias por coincidir conmigo cuando pienso como me habla mi papá queridísimo por los ojos y los gestos de mis hijos. Y de los míos… afortunadamente.

  2. Yo paso mucho tiempo pensando en lo vivido con mis seres queridísimos y que ya no están, o no están como una quisiera que estuvieran. Mañana hará 45 años de la muerte de mi madre; también ese día era martes. El desconsuelo de su pérdida permanece.
    Gracia, Ángeles, por lo que escribes.
    Besos

  3. Muy lindo lo que dices y también lo que dice Verónica.
    Me gusta hablar con mis muertos pero me da mucha tristeza que no estén aquí para hablar de tantas cosas de las que no puede hablar un fantasma…
    En fin, ni modo.

  4. Pues yo a mis muertos los traigo conmigo siempre y también les pido desde un lugar en el estacionamiento, hasta un abrazo apretadito esas tardes en que me siento sola, los sueño y después no se sí de verdad nos encontramos aquí en lo que llamamos realidad o en nuestro pedazo de cielo . Un abrazo Sra. Ángeles no deje de escribir.

  5. Este relato, en algún momento, sentí que lo estábamos platicando tu y yo. Es así siempre que te leo. Recibiste mi correo?

  6. Grande Maestra, solo usted es dueña de esa Narrativa tan envolvente, tan precisa y tan cálida que nos otorga a quienes la leemos, la suficiente confianza para conocer el mínimo detalle de su vida e integrarnos al lugar exacto a que nos quiere llevar, me pasa, me pasara siempre como hasta hoy, que si leo algo suyo; no puedo parar hasta terminar.

    Siempre es y sera, un Placer leerla.

  7. !Otro relato delicioso! Yo también tengo más en el mundo de los que se fueron que en este……………..

    • ¡¡¡ Sensible, precioso¡¡¡ Yo también ando conversando con mis muertos. Gracias Angeles Soy una enamorada de todo lo que escribes. Desde Barcelona , un abrazoooooooooooo.

  8. Maestra los muertos cada vez son mas y nuestra memoria a veces no alcanza y nos sorprende con la enseñanza que la memoria deduce de las acciones que en el pasado ellos nos revelaron