Quince lustros, diría el pirata de la canción. Si apenas hace poco cumplí diez. Ya entonces tenía miedo de ser vieja. Inocente de mí. No imaginaba que el tramo se alarga, ni de qué modo esto resulta una fortuna.  Era yo joven cuando tenía cincuenta. Como creeré que ahora soy joven, si llego a los ochenta. Y, si por suerte, como dice mi médico, me dan los noventa, habré sido una niña a los setenta y cinco.

Nunca me he querido morir. Ni cuando sentí que estaba muerta, ni cuando los amores bestias me derrotaban a los veinte, ni siquiera cuando un segundo fue tan bello que de haber sido el fin hubiera sido de oro.

Me gusta andar viva. Hay tanto que ver. Hasta con los ojos cerrados, hay todo que ver. No conozco el aburrimiento. Menos ahora que con picar una tecla llamo a la Sinfónica de Berlín. Por si fuera poco, tengo mala memoria cuando se trata de encontrar las llaves, pero exacta si ha de acudir al olor de una lumbre encendida hará seis décadas. La chimenea de nuestra casa tenía un tiro tan malo que la lidia de mi padre con los leños será siempre irrevocable. Y recordar entretiene como nada: la calle de casas blancas por cuyas puertas asomaban niños como conejos, por ahí de las seis de la tarde. Se iba acabando el día y antes de la merienda íbamos a comprar pan. Cuando uno recuerda, ¿está pensando? Porque entonces hago mal al responder “nada” si ando en la luna de hace veinte años y alguien pregunta “¿qué piensas?”.  No me aburro, con tararear ya estoy entretenida.

01-eternidad

Me asusta más la muerte de los otros que la mía. Porque en la mía no voy a estar. Sin embargo, cuando cumplí cincuenta no creí que el temor a perderse pudiera ir aumentando. Y que a los sesenta y cinco fuera a perseguirme el monotema de la muerte como la obligación de acudir a un orden que desconozco: hay que hacer testamento. Me lo dicen y me lo digo, pero no lo hago. Mi amiga Concha ha puesto por escrito hasta para quién son sus discos, pero Carlos mi hermano dice que él ni muerto. Cada quien. Yo digo siempre que sí, pero nunca encuentro el momento. Será que no lo busco. Del mismo modo en que si no me duele algo no me reviso nada. Y si me duele el cuello, como ahora, indago un poco si no es aviso de parálisis y me sigo de frente con la esperanza de que se disuelva la piedra entre los hombros. Tengo mucho que hacer como para hacer lo que tengo que hacer. Me faltan varios libros. Ahora mismo creo que tres. Pero también me falta ir a Holbox y no veo para cuándo. Tengo que hacer un testamento, para que no suceda con la casa de Puebla lo que pasó con la casita, frente al lago, que mis abuelos dejaron en tantas manos que ahora ya no es de nadie. Quedarán veintitrés nietos que ya tienen hijos y nietos. La casita mide cien metros y de momento tiene ciento diez posibles herederos. Ni qué decir. Querían que fuera de todos. Lo lograron. Cada quien tiene la suya en la cabeza. Y es grande el hoyo de la memoria en que nos cabe. Yo ahí escribí el primer capítulo de Arráncame la vida. Fue durante un paréntesis que abrió mi hermana en la herencia para arreglar un poquito del tiradero. Luego, como era de todos, alguien opinó en contra y volvió a ser de nadie. Yo andaba con un embarazo de seis meses. No sabía que era un niño el que pateaba, pero era regio sentirlo. Con él dentro y Héctor alrededor conté el encuentro de Catalina Ascencio con la gitana.

Lo que pasa en la infancia se recuerda más si no es de todos los días. Por eso los domingos de buscar piedritas de mármol, camino a la presa, vuelven encendidos, chispeando como luces de bengala. Y se meten a los libros y a los sueños. Han pasado a mi herencia muchos que ya mostré, pero ahora veo una pequeña columna de piedra a la que nos subía mi abuelo. Veo la puerta de atrás, por la que se iba de la cocina a una banca en penumbra, bajo los árboles con flores.

Había una chimenea grande, en cuyo fuego asábamos malvaviscos. Y una mesa larga, como las de las fondas italianas en las que se sientan, al mismo tiempo, gentes de toda ralea.

Al final de las escaleras que subían al altillo había un barandal y sobre él un ancla. No cabe duda que lo fantasioso es de familia. Mi abuelo veía en el lago un mar. Y veía buques urgidos de ancla en los pequeños veleros que armaba su hermano. En la punta del techo había un gallito de acero que hacía de giroscopio entre las cuatro agujas en cruz que marcaban los puntos cardinales. Recordándolo me doy cuenta de que he de cerrar mi ventana al norte y volver al mes de hoy. Octubre.

Me gusta más ahora que tengo ojos y voz para contarlo, que mañana o pasado, cuando hayan puesto mis cenizas todavía no sé en dónde. Dice María Pía que si en el mar se las comerá un pez que ha de ser pescado y acabarán en la panza de quién sabe quién. Yo nunca he visto a un pez comiendo tierra, si acaso las cenizas se irán al fondo, a mezclarse con los pedazos de coral blanco. Y alguna vez, cuando alguien decida, como ya sucedió, llevar arena de Cozumel para recuperar las playas que los ciclones le habrán arrancado a Cancún, por milésima ocasión, a la mejor una brizna de lo que fui se da un baño bajo el sol de mi primer Caribe. Una brizna sin memoria, que andará por ahí la mañana en que otra madre joven lleve a sus hijos a conocer el mar.

Si me ponen frente a los volcanes, entre los cactus, sobre la tierra de octubre, entre las flores moradas que retoñan antes de que empiece a crujir el invierno, me gusta pensar que un polvo de mis huesos andará por el aire, pegándose al chal que use mi nieta para salir a caminar por el terreno en el que no habré construido un estudio que mira a los volcanes.

Dice mi hermana que las cenizas son minerales, así que con las cenizas enterradas no florearía el guayabo como lo hizo cuando pusieron ahí a los perros, cuyo cuerpo dormido no lleva caja ni nicho. Sólo resignación y nostalgia. Todo lo que hizo que aquel año hubiera diez veces más guayabas que otros. Las comimos a mordidas, en agua, en mermelada. Y los perros mandaron su regalo desde el cielo de tierra en el que sueñan.

Pero a la gente no la puede uno enterrar bajo el árbol más que ya convertida en polvo. Así que mejor rodar a ras del suelo, algo han de nutrir lo minerales. Así que tal vez pétalos puedan ser mis cenizas. No se sabe. Pero ardiendo unos días de marzo, vueltas lodo en las mojadas tardes del verano mexicano, sí que podrán estar. ¿Qué más quiero para después de la muerte? ¿Qué otro cielo?

Tras el disgusto que han de llevarse nuestros hijos, porque no sé si ellos lo sepan, pero sí que lastima ver que los padres se hacen polvo, les tocará decir qué hacer con nosotros. Quizás también haya que poner eso en un testamento. Aunque no sé, ya bastante guerra damos vivos como para dejarles instrucciones. Que me pongan en un avispero, en un cohete a la luna, en un rincón. Donde quieran.

Como siempre ando pensando en estas necedades, hace años, en la Plaza de San Marcos, una tarde que pintó de morado la catedral, le pedí a Catalina que llevara un poquito de mi polvo a Venecia. “Sí, claro”, dijo. “Pero te voy a dejar en la maceta de un callejón. Ni creas que frente al Gran Canal”. Luego soltó esa alegría larga que es como una premisa de cascabeles. Malvada muchacha, me quitó las ganas de cruzar el mar. Se enojarían de oírme ahora: “Deja de decir tonterías”, murmuraría Mateo. Él cree que nombrar convoca. Si así fuera, ya estaría hecho el testamento, porque cómo lo he nombrado sin hacerlo. Quince lustros. Voy a pensar que me quedan cinco. A ver si alcanzo a imaginar la eternidad.

 

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

12 comentarios en “Imaginar la eternidad

  1. Mi Arcángeles querida, no te hagas más vieja sin necesidad. El día 9 sólo cumplirás trece lustros, trece. Y yo brindaré por ti con un Single Malt de 16 años, de Islay. Cheers!

  2. Muy bueno. Lo disfruté mucho, con su toque de humor tan personal. Que tenga un lindo cumpleaños y que siga teniendo muchos más y deleitándonos.

  3. Cómo no recordar si somos todo lo vivido… En ellos están la infancia, nuestros seres más queridos, los primeros amores, los primeros libros que nos deslumbraron, y las primeras penas también.
    Tampoco sé si recordar es pensar. Da lo mismo.

  4. Señora: Hace usted amable la idea de partir. Y tenerlo todo claro, como usted, ayuda al disfrute de lo que nos quede de vida. Muchas gracias y que sean muchos más.

  5. Gracias por compartir tu vida bella forma de expresar la vida con las palabras. felicidades y que disfrutes tu cupleanos

  6. Esta muy bien escrito, obviamente, como todo lo tuyo, Angeles, pero … Concuero con Mateo, una vez mas….que tonteria estar enhebrando estos pensamientos, que cuadrarian en quien cumpliera mas de 90 años, pero no sesenta y pocos como tu. Por Dios! Para que pensar en testar y donde cuernos iran a dar las cenizas, si quedan por delante 3650 inmediatos atardeceres de ensueño, 13866 amaneceres tratando de separar a Hector que se ha venido encimando sin querer, 5444 viajes dentro y fuera del territorio mexicano, los triunfos de la cineasta, sus carcajadas resonando en el patio, los rezongos de Mateo, las conferencias de prensa por tus nuevas obras, y el perenne desacomode los libreros en sus estantes mas bajos y las manchas de dulce en las cortinas por las manitos de los nietos….eh! Eh! Para cuandomdejas ese gozo inconmensurable de los Aguilares y Feitos????

  7. Algo mágico hay en tus textos siempre que hace que la vida, así como tú la cuentas, parezca infinitamente más bella de lo que es. Eso, quizás, sea un súper poder y también podría llamarse eternidad.

  8. Que gusto leerte, es una delicia encontrar tanta sensibilidad e inteligencia en frases tan breves. Resumes en una muy corta lo que diría Ortega: la muerte solo tiene realidad para quienes se quedan.

  9. Yo no lo murmuro, lo grito: “deja de decir tonterías”. Por qué hablar de muerte mientras se pueda hablar de vida.

  10. Gracias a todos. No había leído los comentarios. Los leo ahora que es día ocho y estoy a una hora y veinte de que den las doce. Y llegue, inexorable, el cumpleaños. Ni para darle muchas vueltas. Que fortuna estar vivos. Gracias, Angeles

  11. Me encanta que hales de la partida y la eternidad., con ese estilo tan tuyo. Me fascinaste como sueles hacerlo. Muchas Felicidades., me toco sin querer estar en D.F este día nueve., así que podré decir que en tu cumpleaños es muy probable que un trozo de Cielo hayamos compartido y desde ahí te envió mi admiración y cariño.