Hace algunos años, un buen amigo, que a simple vista —sin necesidad de una cinta métrica o de una báscula— se podía apreciar su gordura, entró a una tienda en busca de un elegante traje de tres piezas. Después de un rato de buscar sin éxito algún modelo de su medida, acudió por ayuda con una dependienta. La chica, con un aire de superioridad, le contestó tajantemente: “Hugo Boss no hace trajes de esas tallas”. No se trata, por supuesto, de la única marca de ropa con esta política. Abercrombie, desde su reinvención en 1992 que la llevó a convertirse en un icono de la moda de los jóvenes de estratos sociales privilegiados alrededor del mundo, decidió que su línea de ropa no vestiría a personas con sobrepeso.

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Lo extraño, más bien, es la razón por la que estas y otras marcas han decidido darle la espalda a un mercado que, según las cifras que se quieran consultar, es por demás relevante y su tendencia es claramente creciente. Es decir, ¿por qué un negocio de ropa le cierra la puerta a un significativo grupo de potenciales compradores? Una respuesta nos la ofrece Georges Vigarello en su fascinante libro La metamorfosis de la grasa. Historia de la obesidad:1 el estigma que sufren los gordos hoy en día, en una cultura individualista, está asociada al fracaso. A la incapacidad de cambiar y transformarse; a una ausencia de dominio y autocontrol. De ahí, por ejemplo, que surjan juicios sumarios y reduccionistas como el del escritor Mario Vargas Llosa: “la gordura es una enfermedad mental”. Sin considerar la complejidad y diversidad de factores que influyen en el problema de la obesidad.

Pero este estigma, en su misma lógica, se acompaña por una disparatada apología de la delgadez. Un culto por una complexión del cuerpo humano que elimina carnes y curvas, para embelesarse por músculos y trazos rectos. Y que se relacionan con el éxito. El logro de mantenerse dentro del canon de belleza, esculpir el cuerpo, a pesar de las tentaciones de grasas, azúcares y harinas refinadas que caracterizan la comida de hoy en día. Es, por esto, que en nuestros días circula un tufo esnob de ciertos segmentos de la población y nichos de mercado que buscan evitar que sus productos, hábitos, vestimenta, diversiones y demás se asocien con los gordos.

Es importante señalar, sin embargo, que esta estigmatización de los gordos no es algo nuevo. Al contrario, se trata del rasgo más persistente en la historia de la obesidad. Lo interesante, y que justifica precisamente una lectura histórica del tema, es que el resorte de este estigma ha cambiado con el transcurso del tiempo. En efecto, la crítica medieval de los clérigos, esparcida con bastante éxito durante los siglos XIV y XV, se dirigía a los pecados capitales. Su dardo condenaba al glotón, su desmesura y abdicación ante las pasiones. No se trata tanto de una descalificación por razones estéticas o por una voluntad timorata, como será después, sino por un comportamiento pecaminoso.

Cierto: durante este periodo, ante las hambrunas y escasez de alimentos, la gordura también adquirió cierto prestigio relacionado con opulencia, poder y salud. Un gordo era alguien fuerte, brioso, con la capacidad de sortear las vicisitudes propias de la carestía. Pero, a pesar de que faltaba mucho tiempo para que la gordura fuese estudiada a partir de mediciones claras, este prestigio de los gordos se perdía cuando el volumen llegaba a ser excesivo. La línea ciertamente era confusa, pero una vez que alguien se ubicaba en una gordura desmesurada se evidenciaba el pecado de la gula, el atragantamiento sin límite. De tal manera que mientras el gordo moderado fue apreciado; el gordo inconmensurable fue condenado de manera contundente.

Esto, sin embargo, pronto se diluyó. El prestigio de los gordos no excesivos, salvo en el caso de la clase adinerada que siempre gozó de mayores concesiones por sus aportes a la iglesia católica, no fue capaz de enfrentar el embate religioso. Para los clérigos, la obesidad era fruto de un vientre gobernado por pulsiones irrefrenables, fuente de otros pecados y, por tanto, contrario al libre albedrío que nos dio Dios. Esta voracidad se asoció con la imagen de animalidad y el goloso medieval se concibió como un cerdo. Sobra mencionar, por supuesto, que durante este periodo los avances médicos respecto a la gordura eran prácticamente nulos. La misma definición de gordura no era precisa o concreta. No estaba claro la relevancia de distinguir los grados de la obesidad. Ni tampoco se tenía siquiera una buena idea de sus causas y consecuencias.

Con el Renacimiento, la crítica de la gordura cambia de dirección y se dirige a la torpeza y holgazanería. Los pecados capitales medievales son sustituidos por preocupaciones de la modernidad como indolencia e ineficacia. En esta línea, a partir de los siglos XVI y XVII se presenta una novedad no menor: el creciente desprecio por los gordos se refleja en el lenguaje, construyendo expresiones insultantes que manifiestan como nunca antes una cultura negativa de la obesidad. Los gordos son, ahora, tontos, ignorantes, flojos, torpes. La gente obesa se vuelve objeto de sospecha: no son confiables en cuanto a sus capacidades físicas e intelectuales. En respuesta surge una práctica generalizada de contener las carnes. Es cierto, empiezan a surgir dietas basadas en laxantes y demás métodos draconianos. Sin embargo, el recurso clave para combatir la obesidad son dispositivos como cinturones y corsés. Los gordos se sometieron, entonces, a constricciones mecánicas —que en términos prácticos eran aparatos de tortura— con el propósito de ceñir su cuerpo a figuras estrechas, esbeltas, estilizadas.

Vale subrayar que aquí surge una diferenciación entre la gordura femenina y masculina que se va a mantener hasta nuestros días: culturalmente nos volvemos más indulgentes con la obesidad de los hombres que con la de las mujeres. De ahí que la mayoría de los mecanismos, que mencionamos líneas arriba, diseñados para ceñir el cuerpo, estaban pensados principalmente para las mujeres. Mientras que a los hombres se les perdonaba con mayor facilidad una barriga moderada, la sociedad se volvió implacable ante la más mínima lonja de las mujeres.

En la trinchera médica el estudio de la grasa sigue en buena medida atado a la intuición. Todavía la gordura se determina a partir de lo visible, guiándose de la percepción, sin considerar siquiera la fórmula que después será clave: peso-altura. No obstante, surgen nuevos esbozos respecto a sus orígenes, estados y particularidades, detrás de los cuales existe una creciente preocupación por los efectos de la gordura. Surgen las primeras hipótesis y razonamientos que relacionan la obesidad con el estado de salud de las personas, en particular con padecimientos como la hidropesía, apoplejía y demás. Y aunque el conocimiento en la gordura sigue anclado en los tratados tradicionales, que en no pocas ocasiones se reducen a libros de magia y chamanes, lo cierto es que en esta época se siembran los puntos de interés que prevalecerán hasta nuestros días procesados ya a través del conocimiento científico.

A finales del siglo XVIII surge otro estigma de la gordura, estrechamente relacionado con el reacomodo de clases sociales derivado de la Revolución Industrial: la crítica social al obeso se dirige ahora a los privilegios. El gordo ya no sólo es torpe e incapaz, sino también un acaparador. El cual dentro de su desmesura, propia de la glotonería, también abusa de los segmentos sociales más desprotegidos para enriquecerse. La gordura, entonces, se relaciona con la fortuna mal habida. Lo cual evidencia su incapacidad y permite estampas clásicas como la del acaudalado obeso, con cabeza de cerdo, que exprime al proletariado. Se trata de la imagen clásica del vientre burgués.

Fue hasta ya adentrado el siglo XIX que se da el punto de inflexión respecto el criterio para entender la obesidad: las cifras. Se trabaja en estadísticas, se establece la fórmula peso-altura y se inicia una revolución científica sobre causas, mediciones y consecuencias de la gordura. Hasta construir el conocimiento y lenguaje que rige la discusión hoy en día: índice de masa corporal, carbohidratos, enfermedades cardiovasculares, sedentarismo, contexto social, predisposición genética y un largo etcétera. Desde una lectura médica, la obesidad se vuelve, entonces, un problema multifactorial que deja de ser la desgracia de un individuo que no cumple con la exigencia estética dominante y se erige en un problema social, cuantificable en términos de epidemia, y que pone en riesgo la viabilidad de sistemas de salud y de retiro alrededor del mundo. En paralelo, surge la hegemonía de la delgadez, se crea una millonaria industria de dietas y productos milagro para bajar de peso, surgen enfermedades como anorexia, bulimia y vigorexia y, por último como ya apuntamos, brota el estigma que castiga al gordo por su flaqueza de voluntad para lograr el dominio de sí mismo. Los obesos se vuelven mártires, se combina el prejuicio de esta falta de carácter para moldear su cuerpo con la cultura de la terapia y autoayuda, al grado de que surgen movimientos sociales que buscan construir una narrativa de protección de derechos de los gordos.

Estamos ya en el último episodio de esta fascinante historia. La cual entrelaza diversas correas sociales de enorme importancia, como el imaginario de nuestro cuerpo, el yugo estético que se impone a la mujer, los perversos incentivos que marcan el rumbo de la industria de los alimentos procesados, la desigualdad económica, los avances científicos… y un sinfín de aspectos que es indispensable considerar para enfrentar uno de los desafíos más complejos y con tantas repercusiones en la sociedad contemporánea: la obesidad.

 

Saúl López Noriega
Profesor e investigador de tiempo completo del Departamento de Derecho del ITAM.


1 Trad. de Elisenda Julibert, Ediciones Península, Barcelona, 2011.

 

9 comentarios en “El estigma de la talla XXL

  1. El problema de la obesidad no solo es de vestimenta o autoestima, es ante todo de salud; si la población de obesos se incrementa es un indicativo que tenemos escaza cultura para comer, estaría bien que en los programas de salud, se incrementaran las acciones de educación para alimentarnos mejor. Un artículo que nos obliga a pensar en los excesos o descuidos en el consumo de alimentos. Saludos.

  2. Es un interesante tema, pero el autor deja fuera muy importante investigacion reciente sobre el tema, especificamente Scaraboto and Fischer (2013) en Journal of Consumer Research. Ellos identifican claramente que las razones por las que las marcas de alta costura no producen ropa de talla grande por una logica de arte y de generacion de aspiraciones.

    • Creo que al calificar en el articulo a estas marcas como “snobs” queda más que claro tú último punto

  3. ser esbelto no es por belleza, la obesidad es un problema de salud, para nada las personas obesas están bien de salud.

  4. La vanagloria a la esbeltez, el hipócrita culto al cuerpo de la ingenua creencia que una persona delgada es más sana que una robusta. Vargas Llosa afirma de manera atinada que la gordura es una enfermedad mental, con esto refiere a un problema de aceptación por ende de autoestima, no a un problema glandular o alimentario, no necesariamente, diferenciar de robustez, a obesidad, a obesidad del tipo mórbido, es una condición medular para un sano ejercicio de crítica social y no encasillarnos en el vericueto estético de lo comercialmente ofertado como un modelo de salud. El fracaso de las politicas publicas en materia de salud, derecho y economía, le pasan la factura a una sociedad cuya gobernanza se encuentra más preocupada en su sustentabilidad que en la sustentabilidad alimentaria de sus gobernados.
    Atacar y hacer culta mofa de la obesidad, no reduce ni aborda la problematica social en que dicha situación nos hunde como país. Cómo pedirle que coma cinco frutas y cinco verduras distintas a una familia de cinco miembros con un ingreso de dos salarios mínimos? Educación y obesidad no pueden desentenderse de la situación económica de un país; cosificarlas es caer en lugares comunes sin mayor trascendencia: la obesidad es mala, coman sano; pinches pobres ignorantes. Así de periférica la visión obtenida…

  5. Pocas muy pocas cosas nuevas bajo este cielo, dice el dicho. Por eso veo con fascinacion y morbo los programas del natgeo sobre gordos morbidos. Nadie nunca ni en las fantasias mas febriles se imagino jamas que el ser humano pudiera engordar de esa manera. Esta es nuestra epoca y a mirar este circo moderno. Ser esbelto es lo natural, asi a sido siempte el h.sapiens, todo lo demas es patetico posmodernismo afectado por tratar de ser correcto.

  6. Las sociedades del pasad, cien años atrás por ejemplo, eran frugales, las personas para trasladarse cualesquiera que fuera la distancia lo hacían caminando o trotando o caminando a trechos y a trechos trotando, así se tratara de unos pocos kilómetros o de cientos incluso miles, para la mayoría el trabajo era físico, en suma una dieta de bajas calorías y la actividad física producía personas escuálidas: obsérvese el físico de los actuales campesinos chinos o del Sudeste asiático sin un gramo de grasa. Más allá de marcas de ropa o de ciertas modas como el culto por el cuerpo la obesidad en sí misma es insana.