José Carlos Castañeda

—El señor llegó muerto al hospital y lo trasladaron a la delegación.

Eso alcancé a oír, la noche que fuimos a identificar el cuerpo. Antes de entregarnos al abuelo, ya en sus oficinas, el ministerio público nos pidió hacer una declaración. Compararon nuestras respuestas. ¿Quién era el occiso? ¿Por qué lo evacuaron en una ambulancia? ¿Por qué perdimos el cuerpo? ¿Cómo fue que abandonamos al abuelo a su suerte, mientras la ciudad se empantanaba con cadáveres y heridos?

Dos días antes mi abuelo tropezó en la entrada del edificio de mi padre y se golpeó en la cabeza. Justo en la puerta hay un pequeño escalón y resbaló. El golpe provocó un derrame cerebral y cayó en coma. La operación ocurrió en la madrugada. Todo el tiempo estuve al lado de mi padre, en espera de alguna noticia. Al amanecer, me envió a casa.

—Ve a bañarte, descansa un poco y regresa más tarde, cuando tu abuelo salga de terapia intensiva.

Mi padre se quedó en el hospital. Ahora que revivo esos días, descubro que siempre actuó con tranquilidad. No había ni esperanza ni desconcierto. Su voz ocultó cualquier sentimiento y la respiración nunca lo traicionó.  Entonces no reparé en el esfuerzo de mostrar un rostro en control, mientras busca entre los muertos a su padre.

A las siete de la mañana, mientras bajaba por la escalera en casa de mi madre, sentí la sacudida. Era un temblor. Pero en la casa no se movió nada. Vivíamos en una zona casi inmune a los sismos. Los cimientos son de lo más sólido, suelo de piedra volcánica. Nunca imaginé lo que sucedió. Sólo pensaba en regresar a buscar de nuevo a mi padre.

Del abuelo no tengo anécdotas. Era un ser silencioso. Fue maestro y como uno entre muchos participó en las misiones culturales.  Lo persiguieron los cristeros, pero nunca platicó sobre eso. Le gustaba hacer sus trajes y construir sus muebles. Sastre, carpintero, albañil. Lo vi hacer de todo. Una época, cuando sus hijos eran niños, trabajó remodelando casas para venderlas. Vivía en Michoacán: era de allá. De su padre nada sabemos, su rastro se pierde tras un telón de fondo. Hubo quien dijo que el bisabuelo era brujo, tal vez sólo tenía conocimientos para curar.

Salí de mi casa con total desconocimiento. Primero visité a unos amigos de mi padre en Coyoacán. Por la falta de energía eléctrica, se suspendieron los noticiarios. Sólo me platicaron un rumor, se decía que algunos edificios se derrumbaron en colonias del centro.  Enfilé a mi destino en un camión por Insurgentes. En el cruce con viaducto cerraron el paso y tuve que bajar y seguir a pie. Alcancé a ver edificios con vidrios rotos.

Al llegar a la colonia Roma, lo primero que me asaltó fue un edificio enterrado, la ventana del primer piso tocaba la banqueta. La puerta bajo tierra. Esa boca de la catástrofe me salió al paso en la calle de Durango. Mi tensión aumentó de inmediato. Ya no me detuve a observar nada. Avancé sin demora ni distracción. Sólo quería regresar lo más pronto. “¿Dónde le había tocado el temblor?”. Aún hoy escucha el estruendo de esa mañana.

Entré a la recepción, ya nadie te atendía. No encontré a mi padre en la sala de espera. En ese momento, entró uno de sus mejores amigos, Santiago. Salimos a buscar un lugar donde comer algo. Era una insensatez, pero nadie tenía idea de la magnitud. Todo cerrado. Olor a gas y letreros de aviso de fugas. No había luz en ningún lado. Llegamos hasta Cuauhtémoc y vimos el edificio colapsado de la Secretaría de Comercio.

Mis recuerdos de infancia están contrahechos. Nadie rememora con absoluta claridad. El pasado es un foso de los deseos que oculta monedas envenenadas. Mi caso no era distinto en eso, pero hubo una época en que tuve una certeza: la memoria de mi niñez desapareció. Las pocas imágenes que resguardo son copia fiel de fotografías o relatos familiares. Sin embargo, la casa de mis abuelos en Cuautla sobrevive como uno de los pocos lugares que la fantasía mantiene intactos. El olor del chocolate caliente y la mirada adusta del abuelo trabajando en su taller de carpintería.

La réplica del terremoto fue el caos. El hospital tuvo que ser desalojado. Sufrió afectaciones importantes. Unos tablones de madera mantuvieron la conexión entre los dos edificios que la fuerza telúrica separó.

Mi testimonio de la tragedia nada tiene que ver con esa enorme agitación de solidaridad, rabia y dolor. En las horas más sombrías de la desgracia colectiva, mi peregrinaje tenía un nombre propio: José Castañeda. Encontrarlo fue más sencillo de lo que hubiera imaginado, dada la espiral de la destrucción. Lo mío era un asunto profundamente personal. Enterrar un cuerpo. ¿Incinerarlo?

El ministerio público no fue el único obstáculo. Al llegar a la funeraria del ISSSTE en San Fernando, la inteligencia burocrática dimitió. Había un error inadmisible. Aquí me detengo a recordar el contexto. La ciudad está en ruinas a nuestro alrededor y en cada una de las capillas de los velatorios reciben por lo menos cinco o seis cuerpos. Familias mezcladas. Ataúdes de toda clase, de la más simple madera de pino hasta la maligna caoba. Imposible exigir una florería. Ni una rosa para tus muertos. Un tío había robado de un arreglo vecino una flor marchita y abrió el féretro. Vi el rostro de mi abuelo envuelto en una bolsa de plástico. No había tiempo para arreglos mortuorios.

Mi tía se quejó.

—Acaso no había otra funeraria, una más elegante, para velar al abuelo.

El equívoco era sencillo, pero descomunal. No coincidía el informe del médico que declaró su muerte con el acta de defunción y la mujer responsable de recibir el cadáver sólo regurgitó:

—Esa hora no existe. Las 12 pm no es una hora.

En el informe, mi abuelo muere al anochecer a las 12 en punto; en el acta, muere en el despertar del nuevo día, a las cero horas. Tremenda paradoja. El tiempo es tan relativo y la muerte tan definitiva. Nunca pudieron dar con el momento exacto del deceso. Esa hora no existe. Para entonces, el dolor era un nudo incrustado en un ataque de furia y zozobra. ¿Cómo era posible aquello? ¿Nadie era consciente de la procesión de víctimas que exigía cuidado?

Esa noche fue la última que vi al abuelo, atrapado en una bolsa de plástico transparente. La metrópoli callada enfrenta su infortunio. Nunca salí a formar parte de las brigadas de auxilio. Me avergüenza no haber ayudado. Mi propia familia resultó herida después del ataque de terror del segundo temblor. No es una disculpa. Lo personal es un ingrediente difícil de masticar.

Después de que mi abuelo fue desalojado por la emergencia, tuvimos que dedicar días a recorrer hospitales. Estuve en el 20 de Noviembre. Desde la puerta entreabierta contemplé cientos de camillas en los pasillos. Un individuo con traje de enfermero revisaba las hojas de una lista. Miles de desaparecidos. A mi lado, rostros de familiares con una angustia fija en la mirada. La incertidumbre de una búsqueda infructuosa. Salí de ahí con una indicación: “Busque en otro lugar”. A esa hora comienzan apilarse cadáveres sin nombre, con olor a fosas comunes. Testimonio del drama humano más descarnado.

No asistí al crematorio. Mi padre no quiso que fuera. Tal vez pensó que sería una despedida grotesca. Una ciudad derruida y un cuerpo descompuesto. Figuras propias del derrumbamiento de una época.

Los sueños desmantelados también son un paraíso artificial. Al menos para mí lo fueron. Es el lugar donde terminan nuestras conversaciones o el escondite donde descansa tu desilusión, casi siempre en compañía de un trago.

 

José Carlos Castañeda
Escritor.

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5 comentarios en “Temblor y carpintería

  1. Carlos, realmente me tocó tu relato, no conocía esta historia que supongo es verídica….. El servicio hacia los demás empieza por uno mismo, si uno no es capaz de conmoverse con lo suyo como podrá conmoverse o tocarse por lo de los otros?, debes de aber sido un jovencito en esta época, admiro tu capacidad de retomar este momento y de alguna forma procesarlo… Van mis abrazos

  2. Claro y brillante el recuerdo de una desgracia personal se entrevera con la colectiva de una ciudad que no puede aún recobrar a sus muertos y tal vez ni a su memoria.

  3. Que forma de escribir!!! Felicidades, maravilloso relato, me dejas sin palabras y conmovida profundamente…

  4. Momentos dificiles que pasó nuestra ciudad, pero nos demostró que en circuntancias de apremio somos un pueblo solidario; un relato emblemático de esos dias. Saludos.