“El futuro es nuestro: Fidel”. La frase, pintada sobre una cartelera espectacular, aparece súbitamente al salir de una curva en el camino a Caibairén. La palabra futuro está casi borrada, la estructura desvencijada. Es evidente que nadie le ha metido una mano de pintura o le ha hecho una reparación desde los años noventa, y sin embargo la firma sigue ahí, clara e inconfundible. Fidel, el indeleble, mantiene la promesa de futuro, aunque el futuro apenas se insinúe, desvanecido por el tiempo.

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La autopista A1 en Cuba es la espina dorsal que conecta la isla por la parte central, desde La Habana hasta Taguasco, cerca de Sacti Spiritus. El trayecto de la capital a Cayo Ensenacho es más que un recorrido por la república socialista de América, es una metáfora del país. En su arranque, al sur de La Habana, la A1 es un gran viaducto de concreto con cuatro carriles por lado y un enorme camellón jardinado. Es, a primera vista, mucha carretera para tan pocos vehículos, está sobrada, pero es muestra de fortaleza, riqueza y orden. Los primeros 50 kilómetros son impecables, pero en cuanto nos alejamos de la capital aparecen baches. No son muchos, pero ahí están, como una alerta de que el cambio está por venir. Aproximadamente en el kilómetro 100 súbitamente un carril ha desparecido, los cuatro carriles ahora son tres, y sin embargo nadie los extraña, pues tres siguen siendo más que suficientes y hasta excesivos para el escaso tráfico de esta zona de la isla: carros antiguos de los años cuarenta y cincuenta reparados con motores diesel soviéticos desechados en los ochenta e ingeniosísima mecánica cubana; camiones de movimiento de tropas, también soviéticos, acondicionados como sistema de transporte colectivo; grandes autobuses con aire acondicionado repletos de turistas, y unos cuantos carros de renta, Renault, Audi, MG, de modelos recientes, impecables. Lo que no hay son camiones de carga, tráileres con mercancía o camiones de redilas con productos del campo. El campo está muerto; salvo algunas parcelas sembradas de caña y unos cuantos animales que pastan bajo el sol inclemente, el resto está en el abandono.

En el kilómetro 150 lo que ha desaparecido no es otro carril, sino un lado completo de la A1; el arroyo de oriente a poniente no existe más. Sin que medie letrero o indicación alguna, los tres carriles ahora son compartidos de ida y vuelta, cada uno por su derecha y el de en medio para rebasar. El futuro prometido al salir de La Habana se ha desvanecido.

Santa Calara es la ciudad del Che. Ahí están su museo y sus restos. Ahí se le venera aún más y se hace patente con grandes carteleras que recuerdan sus ideales, monumentos y siluetas pintadas por doquier. Hacia el norte por la carretera a Camajuaní y Caibairén, los autos escasean, lo que más circula en esta zona pequeñas lomas selváticas son carretas de caballos y bicicletas triciclo. Los pequeños pueblos tienen poco o nulo comercio, pero todos tienen escuela. En medio de la nada aparecen enormes edificios de concreto llano, símbolo de la arquitectura socialista. Están ahí en el verde intenso del campo como navíos abandonados. Ahí vivieron en algún tiempo los estudiantes que eran enviados a la zafra; hoy sólo hay fantasmas.

Al llegar a la costa norte repentinamente aparece un gran puente que desemboca en una garita de policía: pasaportes. Inmediatamente después una caseta de cobro: dos dólares en moneda convertible. Lo que sigue es la carretera de cuota que une las pequeñas islas de los cayos y que llevan al más hermoso de los caribes. Ahí sólo hay turistas.

 

Dimitri es un joven taxista. Tendrá a los sumo 20 años pero tiene muy claro lo que quiere: hacer dinero. Lo importante, dice, es tener moneda convertible, los famosos CUC, que son los que permiten acceder al mercado de bienes y servicios. No quiere saber nada de pesos cubanos, ésos que ganan su padre y sus tíos, y que sólo sirven para comprar algunas baratijas.

Dimitri tiene nombre soviético pero de aquella época sólo recuerda lo que fue el periodo especial. Creció en medio de la escasez y no quiere volver a verla ni a vivirla. Despotrica contra el sistema del partido con mucha naturalidad. “¿Te sientes traicionado por Fidel?”. “¿Traicionado? No, para nada —contesta—. Él engañó a mis padres y a mis abuelos, pero a mí no, yo tengo claro que esto se trata de hacer dinero”. Su taxi, que gracias a las últimas reformas de Raúl Castro ya es su taxi, es un De Soto de los años cincuenta, impecablemente mantenido y que emite una columna de humo negro más sólida que la propia carrocería. Tiene un buen estéreo, con cuatro bocinas que consiguió en México, en el que suena un disco de los Back Street Boys, el grupo juvenil que estuvo de moda hace más de 10 años en todo el mundo pero que en Cuba sigue siendo novedad. Su corte de pelo, pequeño, engominado y bien acicalado, emula al de los cantantes estadunidenses de las bandas juveniles. Dimitri no es una ave raris en La Habana de hoy. En el camellón de la calle 70, en pleno barrio de Buena Vista, donde salieron grandes músicos cubanos, dos adolescentes, casi niñas, se pasean con grabadora al hombro y camisetas con la bandera de Estados Unidos, escuchando reguetón. Caminan altivas, con una enorme sonrisa, sabedoras de su belleza y de su provocación. Quién iba a pensar que escuchar al más horripilante de los grupos juveniles estadunidenses o el horrible reguetón se convertirían en una forma de protesta, en otra forma de utopía, la utopía del mercado.

 

En el bar Floridita, en Obispo, un Hemingway de bronce tamaño natural con el codo sobre la barra contempla con mirada melancólica, quizá sólo alcohólica, a los turistas que pasan revista obligada del bar donde, dicen, “se inventó el daiquirí”. Pero quizá la mirada triste del escritor nada tenga que ver con su alcoholismo o su melancolía sino con el hecho de que el daiquirí ya no es el de antes, pues ya no se hace más con jugo de limón natural sino con extracto empacado en algún otro país porque en Cuba ya no se produce limón.

La calle Obispo, que une la zona del Capitolio con la Plaza de Armas, es el corazón comercial de La Habana vieja. La riqueza arquitectónica es inasible, desbordante. Ésta fue por muchos siglos la capital financiera de América, y se siente. Ahí están lo que fueron los grandes almacenes de finales del siglo XIX y principios del XX, las viejas farmacias con estantes de caoba, las casas de cambio, el antiguo banco de comercio, la tiendas de electrodomésticos y ropa, todas con sus aparadores con un orgulloso minimalismo involuntario. La tienda de abasto más grande de La Habana vieja está también en esta calle; dentro hay más consignas y pinturas del Che que mercancías. En medio de ellas asoman las primeras tiendas extranjeras, una de tenis Adidas y otra más de Ridel, el fabricante de cristalería fina. Un poco más lejos, en la zona recién restaurada de la plaza del mercado, hay ya dos tiendas ancla, ambas británicas: Pepe Jeans y Paul and Shark.

Tres vueltas a la izquierda es el camino más largo a la derecha, y se llega por la parte de atrás. Cuba está llegando a la economía de mercado por el lado más oscuro, el del mercado negro. El “periodo especial”, como se llamó eufemísticamente la crisis posterior a la caída de la Unión Soviética, se caracterizó por la terrible escasez de alimentos. El periodo especial nunca terminó, pero los cubanos encontraron la manera de acceder a los alimentos que el Estado ya no podía proveer. Una estrategia fueron los huertos familiares, cuyos excedentes se venden libremente en carritos en las colonias: guayaba, mango, boniato, yuca, papaya, cebolla y ajo se consiguen sin problema y en pesos cubanos. El resto de los alimentos también se consiguen en la cantidad que se requieran, carne, leche, huevo, lechuga o jugo de limón, pero en el mercado negro y con pesos convertibles. En el mercado negro un litro de leche, muy probablemente extraída de la cocina de algún restaurante de hotel para turistas, cuesta seis CUC, poco más de 70 pesos mexicanos; la botella de aceite, 11 CUC.

En la Cuba de hoy el mundo aún se divide en dos, pero ya no es entre buenos y malos, los gusanos y los fieles, comunistas y capitalistas, sino los que tienen CUC y los que no tienen CUC. Las reformas económicas recientes impulsadas por Raúl Castro permiten que los cubanos sean propietarios de su casa y su auto, que presten libremente servicios de plomería, albañilería, comida, transporte a otros cubanos, e incluso que vendan los excedentes de sus huertos familiares. También los cubanos que tengan moneda convertible pueden acceder a los bienes y servicios antes destinados sólo para turistas: comercios, restaurantes, hoteles, bares, autos, etcétera. Quien quiera salir del país puede hacerlo, el problema es conseguir una visa.

A la moneda convertible se llega por tres vías: la prestación de servicios turísticos, formales o informales, a lo que están abocados los jóvenes; las remesas que llegan de los parientes de fuera de la isla y el creciente mercado negro. La brecha entre los que tienen CUC y los demás es cada día más evidente. Mientras los profesionistas, maestros universitarios y prestadores de servicios de empresas del Estado siguen ganando sueldos cada día menos significativos en pesos cubanos (lo que gana un director de un hospital o un maestro universitario en una quincena no le alcanzará para comprar un litro de leche y uno de aceite en el mercado negro), el que maneja el mercado negro en Buena Vista tiene un Mercedes negro nuevo a la puerta de su casa.

 

Key West, Cayo Hueso le dicen los cubanos, es el territorio estadunidense más cercano a la isla de Cuba, pero también es el barrio de La Habana más cercano a África. Este rincón de La Habana surgió a finales del siglo XVIII como una especie de ensanche entre el casco Viejo y el Panteón de la Espada. La urbanización y la arquitectura decimonónica son extraordinariamente bellos. A principios del siglo XX el barrio cambio radicalmente de habitantes. Tras la independencia se convirtió en una zona de fábricas tabacaleras, fue habitado por obreros, en su mayoría negros, y bautizado como Cayo Hueso.

Hoy este barrio histórico del centro de La Habana, vecino del único barrio chino del mundo sin chinos, se distingue por dos cosas: sus centros de culto de religiones africanas, básicamente santeros y paleros, y por las aguerridas Damas de Blanco, un movimiento de mujeres surgido en 2003 que demanda libertad de quienes ellas consideran son presos políticos y que se ha convertido en un dolor de cabeza para el sistema.

El tour, guiado por W., un historiador de la Universidad de La Habana, comienza en el callejón de Hamel, una calle que serpentea entre las casas del barrio y que los seguidores de las religiones afroamericanas han convertido en centro cultural y difusión de lo afro. Ahí llegan los turistas pescados por enganchadores en el malecón o los llevados por tours oficiales a ver y sentir la cultura afrocubana. Más allá del callejón, por la calle Aramburu, está el parque Trillo, uno de lo más viejos de La Habana, y corazón de la negritud. La estatua de Quintín Banderas, el libertador negro, y el teatro de La Rumba, el ritmo africano surgido de las celebraciones religiosas y que el gobierno socialista no reconoció como expresión cultural hasta muy entrados los años setenta, son marca de identidad. Pero sobre todo, ahí en parque Trillo está la madre Ceiba, el árbol sagrado de las religiones paleras, de origen centroafricano, y yorubas, del oeste de África. En las raíces de la madre Ceiba, que los moradores saludan con respeto, se depositan todos los días ofrendas a los orishás; gallos sacrificados, tabaco, imágenes, peticiones.

En las vecindades o en los altos de alguna casa señorial se puede encontrar un sacerdote o sacerdotisa palera o yoruba. No hay conflicto entre ellos, cada uno practica su religión, cada uno la ha ido integrando a las imágenes católicas, cada uno tiene su clientela, muchos mexicanos, entre ellos, dice el sacerdote palero, un político veracruzano con problemas de impotencia.

Esa mañana en las calles de Cayo Hueso hay música, música a muy alto volumen, pero nadie parece festejar nada. De hecho no hay nada que festejar; la realidad es otra. Ese día las Damas de Blanco salieron a la calle, una vez más, a protestar y lanzar consignas contra el sistema. La respuesta oficial fue música, música a muy alto volumen, para que las consignas no fueran escuchadas. Luego aparecieron los policías, revisaron casa por casa de cada una de las manifestantes para pedir papeles, revisar cualquier falta administrativa, hacer la vida difícil. La reacción del Estado no queda ahí. Poco a poco, con una falsa naturalidad evidente hasta para quienes no son del barrio, decenas de grupos de niños de las escuelas cercanas comienzan a desfilar por las calles para “saludar” a los policías. El Estado sigue siendo el mismo, fuerte, omnipresente y controlador.

La discusión es agria: ¿hay pobreza en Cuba? Los profesores cubanos sostienen que no, pues todo cubano sigue teniendo asegurada su alimentación, su techo, su educación y principalmente acceso a servicios de salud. Pero hoy la pobreza se mide por vulnerabilidades, y la dieta a la que se accede por la vía del Estado no asegura lo necesario; el techo se viene encima en muchas casas de La Habana sin que puedan ser reparados; la educación ya no permite acceder a un empleo con un salario con el que se pueda vivir con decoro; la salud es gratuita, pero las medicinas escasas o inexistentes, nada que no hayamos experimentado los mexicanos, y sólo se consiguen en el mercado negro a precios inalcanzables.

“Lo que más me gusta de Cuba es que acá soy libre”, dice con toda certeza C., una niña de 10 años que vive en México pero viaja con frecuencia a La Habana. En esta ciudad puede salir a cualquier hora, andar en la calle sin que nadie la moleste, jugar con todos los vecinos. Y tiene razón, la vida en las calles de La Habana tiene pocas amenazas, la seguridad pública es real. La calle se vive y en la calle se vive, a pesar del abandono que muestra el espacio público por la falta crónica de inversión.

 

“A veces creo que nos encandilaron con tanta luz y pasamos por el lado del futuro sin verlo…”, dice Mario Conde, el personaje de las novelas policiacas de Leonardo Padura, en La neblina del ayer.

Hoy en Cuba el futuro, el futuro luminoso que estaba al final de una vida de sacrificios revolucionarios, ya es cosa del pasado. Nadie habla de él, quizá simplemente porque el presente está más presente que nunca; cada día hay que dar la batalla por la supervivencia, hay que salir a buscar el CUC nuestro de cada día. Todos tienen la certeza de que algo está por suceder, pero nadie sabe qué. Las reformas económicas son la esperanza de los viejos, ya no de un futuro luminoso sino de un presente llevadero. Para los jóvenes el futuro, el futuro de Fidel que se desvanece en las consignas revolucionarias, simplemente nunca fue.

 

Diego Petersen Farah
Periodista y analista político, columnista del periódico El Informador de Guadalajara.

 

7 comentarios en “Cuba: El futuro es cosa del pasado

  1. En 1985 fui a Cuba en un recorrido turístico por la Habana, Varadero, Matanzas y otros lugares que no recuerdo.

    Lo que sí recuerdo son esas calles sin comercios, sin actividad humana. Recuerdo que me salí del tour con otras personas del viaje y visitamos varios como changarros del Estado donde abastecían los alimentos de la libreta (“racionamiento”). En las noches había bares y los antiguos casinos de la Cuba anterior, pero sólo podían entrar los cubanos con extranjeros o si eran funcionarios del Partido.
    Eran comunes las limosinas mercedes Benz-como también se veían en Moscú en tiempos de la URSS- que los mismos guías nos decían que eran funcionarios “altos e importantes” o diplomáticos.
    En fin, este artículo me recordó todo aquello de Cuba de los ochentas y parece que está peor. Sí, si hay educación, salud (sin medicamentos) , alimentación (de mala calidad), pero y el ¿futuro?.
    Y aquí me recuerdo una frase del Monsí, hecha para México: “de que te preocupas por el futuro, si éste ya no existe desde la instauración del neoliberalismo”.

    Cuba y México necesitan cambios: quitar a la Dictadura Castrista y quitar a los neoliberales del poder.

    Cosa demasiado difícil pero no imposible.

    • No puedes mencionar la frase de Monsivaís, haciendo un simil de Cuba y México; eso habla de tu torpeza e ignorancia. Precisamente eso es lo que evita Cuba; el neoliberalismo y por ello esta pagando un bloqueo. No se puede criticar a Cuba cuando existe un bloqueo, por defender su soberanía; ser valientes es un precio muy caro que están pagando; pero ser cobarde jamas valdrá la pena

    • Que triste que estuviste en Cuba y no viste la mas importante diferencia, te lo explicare facilito : Veracruz es como Cuba, pero con libertad. Y aqui hasta chia le ponemos al agua de limon.

    • Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen y si en cuba no ha habido un cambio es porque el pueblo no ha querido, no metan las narices donde no los llaman bien dijo Juárez respetemos la soberanía de los pueblos el respeto al derecho ajeno es la paz. Como se atreven a comparar la seguridad la paz que se vive en Cuba con los crímenes del narco los secuestros y la miseria que se vive en nuestro país donde niños mueren de enfermedades curables donde existe un alto grado de analfabetismo donde tenemos siete millones de jóvenes que no estudian ni trabajan donde hay personas que mueren de hambre, donde hay niños que inhalan solventes donde los funcionarios de gobierno se autorizan salarios millonarios etc etc. En serio se necesita ser un tonto y estar sometido mentalmente por la industria manipuladora de las conciencias la radio la televisión los periódicos, para tener un pensamiento tan pobre.

  2. Es por el bloqueo que no hay limones? Creo qué ya es necesario darse cuenta de la triste realidad. En Cuba se murieron los sueños!

  3. Sin duda la situación en cuba es bien complicada, no faltan análisis maniqueos.

    Si, es verdad todo eso que se dice, las carencias materiales son agudas, sin embargo, dentro de todas las facetas que es ese hermoso pueblo a muchos “se les pasa por alto” los logros reales.

    El ejemplo más reciente es el envío de 160 expertos en salúd a África para combatir el “brote” de Ébola, calificado por el director ejecutivo de la OMS como “El más importante relizado por un Estado”… inclusive con todas las carencias meniconadas -y las faltantes, que no son pocas- Cuba ha formado miles de médicos que en todo el mundo pobre realizan trabajos de salúd.

    Cuba no es Fidel, Cuba es la contradicción constante, es mucho más que un panfleto más en su contra y deberíamos aprender mucho de las areas más avanzadas como el deporte y la salúd… en nuestra patria !Oh¡ esa maravilla neoliberal dónde se pueden destrozar ríos y calcinar niños sin consecuencias o agachar la cabeza ante la entrada ILEGAL de armamento – remember Fast and Furious- nos hace falta tanto, Cuba es un pueblo hermano.

    Como hermanos deberíamos acompañarlos en esta etapa de reconfiguración y colaborar, sin juzgar – que no nos corresponde- haciendo más fuerte lo envidiable de su organización y cambiando lo que tenga que ser cambiado.

    Un bloqueo tan cruel ni siquiera lo imaginamos.