El estrépito seguía a la caída de un niño. Tras el ruido seco de un golpazo, el llanto de un descalabrado con el pico de un columpio, el susto de quien salió volando desde la barda que dividía dos vecindarios, los otros niños corrían a avisar del accidente, mientras al fondo aún se oía un alarido. Hasta entonces, los adultos, que conversaban en paz abrazando su aperitivo, entre los dedos, seguros de que el mundo de la infancia está mejor mientras menos se le interrumpa, iban corriendo a revisar si había sobrevivido el chamaco en ciernes. Inamovibles quedaban las abuelas, convencidas de que no había pasado nada grave. Y en cuanto veían aparecer al niño que aún lloraba, seguido por un enjambre de gritos describiendo la historia del accidente —hasta que la curiosidad general quedara satisfecha—, una de ellas decía como quien declama la verdad que todo lo resuelve: denle azúcar.

De entre las madres que habían creído reconocer en el chillido el de alguno de sus hijos, se desprendía una en pos del agua oxigenada y otra en busca de las llaves del coche por si había que llevar al herido a que un doctor le zurciera la cabeza. Sin duda la otra iba tras la vieja receta: una cucharada de azúcar con la que acallar cualquier despropósito. “No tiene nada”, era casi siempre lo que se decía: “¿Ya le dieron su azúcar?”.

La solución a casi toda pena estaba ahí, tranquila y apreciada, en una azucarera.

01-tetera

Eran aquellos años en los que reinaba la majestad de los cristales diminutos, casi transparentes, que puestos contra el sol, en la palma de la mano, brillaban como diamantes. Se le rendía homenaje a eso que ahora los ilustrados y los médicos tratan como al peor de los venenos. Asociada lo mismo a las fiestas que a los velorios, a los cumpleaños que a la Navidad, al día de muertos que al domingo de Pascua, el azúcar tenía un lugar de honor en las celebraciones y era una buena compañera de las penas. Sin duda era dañina, como se ha descubierto hasta el cansancio, pero había menos enfermos por su culpa. (O eso creíamos.) Porque no se le asociaba a mayor daño. Nada parecía más inofensivo. Se hablaba mal de la grasa, aunque no se reparara de más en la diferencia entre la saturada y el aceite de oliva, pero el azúcar no era sino bondad.

Alguna vez fuimos a un ingenio, en Matamoros, la más cercana tierra caliente que tenía la ciudad de Puebla. Alrededor había plantíos de caña y desde el corte hasta la salida de un puño de buenaventura, cada paso mostraba un prodigio. Desde el acre olor de la melaza y la consistencia firme del piloncillo hasta que cada grano era un pequeño diamante, había un proceso largo. Y tan divertido de mirar y de oler que a mí tuvieron que asustarme con la proximidad de una noche lluviosa, para sacar de ahí mi cabeza llena de fantasías. Capaz que un sapo  sí podía volverse príncipe. Si era posible convertir un montón de cañas trituradas en unos caramelos de colores, parecía fácil que un cascanueces se volviera bailarín, que los Santos Reyes viajaran por el cielo, que la muñeca fea resultara tan amiga de la escoba y el recogedor, que un comal hablara con una olla y que el domingo las hormigas salieran al campo, todas vestidas de rosa y blanco.

No volví a ver nada igual. Ni en Tequila, ni en la fábrica de ron, ni siquiera en las minas de sal. Ahí donde se seca el mar dejando unos montes blancos que escalamos con facilidad para luego bajar deslizándonos, sentados, la pendiente. Ni cuando vi una bola de algodón convertirse en hilo, ni del cruce de tres hilos salir una tela, me sorprendí como esa tarde. Por eso, para mí el azúcar sigue siendo una vieja amiga, aunque cada vez tenga menos trato con ella. Antes no podía imaginarme terminando la comida sin un postre y a media tarde quería unas galletitas. Ahora ni se me ocurre.

Que tal cosa sucede, que uno se aleja de su prodigio, me lo diagnosticó mi abuelo materno quien entre sus veinticinco mil intereses tuvo el de ser dentista. La amenaza de provocar un diente picado era la única mala fama que se le permitía al azúcar. Todo lo demás eran ventajas. Hasta el mal de amores se curaba con postres. Sin duda se le entretenía. Nadie hablaba, como ahora, no sólo de cuánto engorda sino de que casi cualquier mal puede venir de su textura. No sólo la diabetes no heredada, sino hasta el riesgo de Parkinson, el cáncer, algunos infartos y ciertas adicciones. Todo mal viene de ese bien. Si uno sigue leyendo el linchamiento de tan noble fortuna, termina asustándose porque hasta los catarros pasan por su influencia. Sin duda, vivir mata y antes no lo teníamos tan claro. Quizás porque la gente vivía menos. Cuando yo nací, en 1949, la esperanza de vida era de 58 años. Ahora es de 76. Y aquí estamos todos los vivos, rezándoles a varios dioses, incluidos por supuesto los del futbol y los del almíbar, para quedar en la parte alta de la métrica.

Leo que en nuestro país la principal fuente de calorías es  el azúcar. Y que eso es tan grave que ahora la salud se mide en kilos y en exceso de kilos ganados comiendo azúcar. El veneno del siglo XXI. Leo que en Estados Unidos, en el 1700, una persona promedio consumía dos kilos de azúcar al año. Un  siglo después la persona promedio consumía nueve kilos, en 1900 el consumo individual había subido a 45 kilos de azúcar al año, y en 2009 a 250 gramos de azúcar al día, por persona. Lo que lleva las cosas a algo así como 90 kilos de azúcar por piocha. Leo también que eso en México es parecido y que estamos a la cabeza de gordos en el mundo. Lo que no equivale a que estemos ricos, sino a que la pobreza ha encontrado su camino a la energía comiendo y bebiendo azúcar. A pesar de eso, los niños de ahora van a vivir más tiempo que los niños de mis tiempos. Hay ahí una contradicción que tal vez nos podría explicar Martín Lajous, uno de los más grandes enemigos del azúcar que ha dado nuestro país. Yo de oírlo tiemblo. El doctor culpa, con razón, a las refresqueras y a Bimbo de semejante mal. ¿Y qué hacer? Parece que es imposible borrarlas del mapa, pero se les ha dado un impuesto especial a los refrescos con lo que se espera reducir el consumo. Iremos viendo. Por lo pronto me curo la preocupación con la memoria. “Denle azúcar”, oigo decir a una abuela. “Chúpate una paleta”, decía la otra. Y si era niña, la recién nacida, el papá repartía chocolates en el bautizo. No había cumpleaños sin pastel y  no había en el festejo quien no se lo comiera. La gente era gorda o flaca —diría Juanita—, de su de por sí. Y se moría por la voluntad de Dios. Jamás se habló mal del turrón, ni de los polvorones, ni del mazapán. Mucho menos de las azucareras. Nadie se imaginó que a la mesa llegarían, en su lugar, unos pequeños sobres de papel que, para mí, son el sinónimo más preciso de la palabra desencanto. ¿Quién le hubiera dicho al hada del azúcar, en cuyo nombre escribió Tchaikovsky una danza exquisita, que alguna vez querrían suplirla con el gnomo  al que llaman Aspartame?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

16 comentarios en “El hada del azúcar

  1. O cuando poníamos en los chichones por un golpazo, azúcar untada. Como sí fuéramos un pan de azúcar viviente. Presumiendo esos cristales diminutos a medio mundo. “Es que me hice un chichón” decíamos como recién salidos de un horno de pan.

  2. Pues yo no estoy dispuesta a que me amarguen la vida.

    Yo te agradezco el placer de leerte con un dulce abrazo.

  3. Chupete embadurnado de miel y el crio no solo se calma sino que duerme con sonrisa en los labios.

    Para un buen cafe puede prescindirse hasta de los edulcorantes. Pero necesita la compañia de algo crocantito y dulzon. Ni modo.

  4. Cuando no es azúcar es la sal. Cuando no, la carne roja, el pescado según de que mar salga, el vino, el maíz y cereales transgénicos y un largo etcétera ¿y qué comemos zanahorias no más ? Ni se les ocurra, están llenas de pesticidas.
    Sigamos comiendo lo que nos gusta y ya moriremos de haber vivido. Lo que no se puede es morir de pena en una fiesta sin pasteles.

    Ángeles, es divino tu escrito

    • Qué bonita frase: “moriremos de haber vivido”, pues sí, que le vamos a hacer.

  5. Más daño hacen el rencor, el egoísmo, el mal humor, la falta de risa y de amor y que a una se le quite lo mula, eso sí hace daño. Un abrazo y mil gracias por compartir tus escritos.

  6. Uyyyy, ahí me has dado, en todo el corazón.
    Yo soy, como lo era mi padre, “larpeira” -así les llamamos en mi familia a los dulceros-.
    Comería dulce en todas las comidas diarias y nocturnas, si pudiera.
    Como menos dulce del que me gustaría por el tema calorías, no por salud, lo reconozco.
    Cuando estoy ansiosa me lanzo sobre cualquier dulce, comenzando por el chocolate y terminando por cualquier otro que tenga mejor o peor pinta de lo más industrializado del supermercado.
    En fin, qué te cuento. Como dice Fabi, comamos de lo que nos gusta y ¡a vivir!

    Me ha encantado leerte, Angeles!!!!

  7. Un delicioso relato sin caer en lo acaramelado, un diabético la saluda con el aprecio y admiración de un lector que siempre la lee, gracias a mi Dulce Poly, que así le digo a mi esposa Paulina, quien me comparte sus textos.

  8. Primoroso tu escrito. Me fascina su hilación hasta llegar a un final sin una palabra de más.
    Calumniar! Cómo han calumniado al azúcar y a la manteca de puerco. Deliciosas. Manteca con azúcar en la planta de los piés era de gran utilidad…. Pero no recuerdo para qué. En mi casa no lo oí nunca fuimos de remedios.
    Quién sabe quién lo dijo.

    Un beso y mi gratitud y admiración por esta Hada del azúcar.
    Palabra por demás dulce y difícil de declinar en todas sus posibilidades. Femenina pero “el” para virar la cacofonía y de ahí…. Cada quién le dice como quiere.

    B.