Brillando en una maceta, encontré un trébol de cuatro hojas. Estaba ahí, con la cabeza levantada entre los demás. Dicen que por cada trébol de cuatro hojas hay diez mil de tres. De ahí viene la leyenda que los considera de buena suerte. Lo corté antes de que lo rompiera la lluvia  y lo puse entre dos cristales. Más para tenerlo que para esperar una mejora en mi fortuna. Ya vivo agradecida con tanto bueno. Sólo me lastima la muerte, y contra ella no hay trébol de mil hojas que pueda. De todos modos, lo puse a predominar en mi librero hasta que mis sobrinos quisieron un hijo que no encontraban y lo buscaron en una probeta y con muchos trajines. Dado que, tras algunos irresolutos desfalcos familiares, su tía no tiende a confiar ni de chiste en el célebre  Señor de las Maravillas, al que se venera  en el coro bajo de la iglesia de Santa Mónica en la Puebla de los Ángeles, ni en el Niño de Atocha, el bebé peregrino con báculo, sombrero y sandalias de viaje, ni en San Charbel, el santo que suda, jugamos a confiar el asunto al trébol que si no da vida al menos la trae dentro. Total, con los tréboles se puede creer en la prestidigitación y cuando no funcionan no hay rostro con el que disgustarse. Ni teología que se desprestigie. Ni veladora que se haya malgastado, ni derrota que se deba a la desfachatez de un santo distraído. Les presté el mío por un rato y gracias a los raros adelantos de la ciencia mi sobrina se hizo de dos embriones que retozaron y crecieron en su barriga durante ocho meses,  al cabo de los cuales nacieron dos niños.

01-trebol

Justo antes de tan sonado milagro, el trébol de cuatro hojas me había dado un disgusto. Quizás se molestó porque no encomendé a sus delirios la aparición del buen sol sobre el campo de mayo, pero cuando volví de perseguir a los volcanes y bien casar al hombre más noble que existe, encontré vacío el espacio entre los dos vidrios. Del trébol ni una hoja, ni el largo rabo, ni el rastro. Alguien lo tiró, pensé agraviada. Y nadie me lo dijo.

Pregunté. Ni quien supiera nada, ni quien quisiera darles a las cuatro hojas algún significado. La fe, la salud,  la prosperidad y la buena fortuna que le confieren los cuentos de hadas a un trébol, como el mío, habían desaparecido. Me callé la pérdida hasta que vi a los dos niños brillantes como vivos eternos, como tréboles de cincuenta hojas. Entonces volví del hospital a cantar la desaparición hasta que las quejas cayeron en los oídos de las altas autoridades de mi casa resumidas en el padre de mis hijos, porque ellos no estaban sino en sus lunas de miel. “Ando furiosa porque se esfumó mi trébol”, le conté como una niña robada. Me gustaba tener ese juguete. A mí, que con tanta tranquilidad paso bajo las escaleras o me encuentro con gatos negros, que no llevo una pata de conejo, ni toco madera, ni cruzo los dedos, ni pido un deseo cuando se me cae una pestaña, ni creo que haya aviso de buena estrella en que me silben los oídos, me gustaba tener ese juguete. Iba a ponerlo de cabeza a ver si de alguno de mis diez prometedores principios puede salir una novela. “¿No te acuerdas? Tú lo tiraste”, dijo el historiador. “La otra noche. ¿No te acuerdas?”. ¡Horror al crimen! Claro que no me acordaba. Sigo sin acordarme. No de un detalle, sino de toda una trifulca. Parece que en mitad de la noche desperté en busca de una jarra que dejamos siempre en el estante bajo el que andaba el trébol y que yo (yo,yo,yo) lo tiré, me entristecí, desperté a mi pobre cónyuge, prendí la luz, busqué en el suelo, recogí los vidrios y por fin me dormí sin haber encontrado ni una de sus cuatro hojas, ni el rastro de su tallo. Todavía sigo sin recordar siquiera un segundo de todo el percance. Si no fuera porque le creo toda novela al novelista con quien vivo, estaría segura de que tal cosa no sucedió jamás. Que fue Nefástulo el gato del misterio criminal, o  Mistoffelees el mago de T. S. Eliot quienes lo desaparecieron. Adivinar a qué súcubos, licántropos, dragones rojos, cíclopes, murciélagos, pegasos, duendes o tritones estaría yo culpando. Pero no, yo lo tiré y ni san Pafnuncio, ni san Antonio Abad ni san Pedro el ermitaño van a encontrarlo nunca.

Ateísmo burgués del siglo XIX, llamó Hugo Hiriart a la  religiosidad en la que imagino vivir. No sé cómo apareció esta terminante descripción en el espléndido discurso en torno a la Ilíada, con el que entró a formar parte de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero me sentí cómoda arropándome en semejante categoría. Hasta cuando me creo moderna soy anticuada. Esto de ser ateo viene del siglo XIX. Hasta del tardío XVIII. Mi bisabuelo liberal ya era obsoleto. Con todo, yo tengo mi fe. Creo en la madre naturaleza y en los seres humanos que son generosos y buenos. Ahí está el dios de esta atea. Creo en Elizabeth Bennet, en Úrsula Iguarán, en Isaac Dinesen. Creo en la Maga y en la valentía de Leonor. Creo que tiene razón Mateo cuando lo aflige que haya guerra en Ucrania, cuando dilucida que si aletea una mariposa en África, tiembla en México. Creo en Verónica cuando se niega a heredarles a nuestros hijos la mugre del río Atoyac. Creo en los trabajadores obsesivos, como Roberto, Kathya, Héctor y Catalina. Creo en los misterios del fondo del mar, en el cine, en la poesía del Siglo de Oro y en la del siglo XX. Creo en la memoria, en la escuela primaria, en el amor de los quince años y en el sexo de los cincuenta. Creo en las comedias musicales, las jacarandas y los rascacielos. Creo en el caldo de frijoles y el arroz blanco, creo en el horizonte y en que un día tendré más nietos. Creo en la música de Rosario, en las películas de Catalina, en el libro que me cuenta Mateo. Creo en las historias que Virginia trae del Metro, creo que tenemos remedio, creo en los lápices del número tres, en la punta de las plumas Mont Blanc, en la ciencia del doctor Goldberg, en la incredulidad del doctor Estañol, en los barcos con que soñaba una mujer frente a la bahía de Cozumel, en el perro volando que vió doña Emma en un ciclón, en la frente lúcida y la nariz perfecta de la antropóloga Guzmán, en la Sierra Negra cuando la recorre Daniela, en las mujeres que han llamado a su grupo “Los varitas de nardo” y son diez gordas reunidas para cambiar sus hornos de leña por unos que contaminen menos. Creo en el hipo con que mi perro anuncia que está soñando un vuelo alrededor del mundo, creo en el diccionario de la RAE y en las cartas que mandan mis amigos. Creo que aún camina bien mi camioneta vieja y que mis hermanos hicieron una empresa en donde había un sueño. Creo, ingenua yo, en que les irá mal a los malos. Creo en la luz de mi iPhone, en la cocina de mi abuela, en la esperanza de quienes, a pesar del miedo, siguen viviendo en Michoacán. Bendigo el correo electrónico, las orquídeas y los zapatos cómodos. Les rezo a las puestas de sol, a la vitamina B12, a mis rodillas y a las fotos de mis antepasados. Comulgo con quienes saben conversar, oigo misa en las sobremesas de mi casa. Soy una atea con varios dioses. Tantos y de tan buen grado que ahora, presa de la aflicción que es la desmemoria, voy a acudir al único dios de la trilogía de  mi madre que me sigue pareciendo confiable: Espíritu Santo, fuente de luz: ilumíname. ¿A qué horas tiré el trébol y cómo es que olvidé tan memorable catástrofe?

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

11 comentarios en “La trifulca del trébol

  1. Ángeles: pero si crees en todo menos en la Santísima Trinidad. Será por la palomica…
    Un abrazo tan fenomenal como tus escritos.
    Besos

  2. Querida Ángeles,

    que sabrosura salió de un trébol de cuatro hojas que no forma parte de las supersticiones… Ésas son anuncio de mala suerte y no pueden compararse con un amuleto.
    Tu y tus palabra escritas, pensadas, digeridas, son amuletos coleccionables.

    Felicidad a los sobrinos nietos. Mastretta va a salir adelante… Y mejor aún que lo pensado.
    Nadie que te tenga cerca es ajeno a tu influencia de dadora de paz y suerte.

  3. Yo creo en ti. Me hacia falta leer algo bonito, algo que me pusiera de buen humor y que me pusiera a creer en todo lo que crees y en todo lo que no creo.

    • Fabiola, que bellas palabras has dicho: Yo creo en ti. Lo escribiste con sinceridad y fortaleza pero con una fe divina. Gracias Fabiola y Gracias Angeles Mastretta.

  4. ¿Te das cuenta, Ángeles, de que ya no necesitas tu trébol de cuatro hojas? ¡Cumplió sus misiones y desaparareció ! ¡Todo va bien!

  5. Precioso lo que has escrito. Sigue creyendo en tus dioses. Son más poderosos que el trébol desaparecido…

  6. Qué preciosidad, Ángeles.
    Como dicen aquí arriba, leerte produce paz y alegría de seguir compartiendo el mundo contigo.
    Tus palabras contienen la magia de un campo de tréboles (de tres o de cuatro hojas, da igual).
    Para que veas, tu trébol voló pero dejó sus regalos.

  7. Tu escrito tan hermoso me trae a la mente una especie de inventario de las cosas en la que creo y me ha hecho sentir alegría .En cuanto al trébol de cuatro hojas jamás he visto uno, el que tuviste la suerte de encontrar se desapareció, tras brindarte algunos de tus deseos.