—¿Es usted mexicano? —me preguntó la empleada del hotel Marriot de Salt Lake City localizado en el enorme campus de la Universidad de Utah.

—Sí —alcancé a responder antes de que ella me contara que ayer le había tocado registrar a un mexicano que, según le habían dicho sus jefes, era muy famoso.

Me quedé callado. Mi plan de pasar desapercibido estaba a punto de fracasar. No digas nada, no digas nada, pensé.

—Es más, lo voy a poner en su mismo piso, con suerte se lo encuentra y lo saluda. ¿Le parece?

—Sí, gracias.


—Es el señor… Paz… Octavius… ¿Lo conoce? Creo que es escritor.


—Sí, algo he oído de él.


Era el miércoles 18 de octubre de 1989. Yo tenía 25 años, tres de haber salido de la universidad, cinco meses de ser corresponsal de la revista Proceso en Washington y estaba en Salt Lake para lo que hasta el momento era la asignación más importante de mi carrera.

Dos días antes me había llamado Armando Ponce, editor de la sección de cultura del semanario:

—Carlos, tienes que ir a Utah. Don Julio sabe que ahí va estar Paz este jueves, cuando se dé el Nobel y le va a tocar este año. Es un secreto lo de Paz allá, sólo don Julio lo sabe, seremos los únicos en el mero día.

—¿Y tú? —le pregunté.


—No tengo visa. Saca el vuelo y hablamos.


Tres días después, recién instalado en mi habitación le marqué a Ponce. Estaba listo, sabía cuál era el número de habitación de Paz que estaba en mi piso. Esa tarde Paz daba la primera de una serie de conferencias.

Armando y yo acordamos que esa tarde no me presentaría con el poeta para no alertarlo de la presencia de un medio de comunicación mexicano y que lo hiciera hasta la mañana siguiente, cuando lo anunciaran como Premio Nobel de Literatura 1989.

Esa tarde el auditorio del Museo de Bellas Artes de la universidad se llenó media hora antes del inicio de la XXI Conferencia Tanner en Valores Humanos y Poesía. Unas 400 personas, en su mayoría alumnos, aplaudieron de pie cuando el poeta estadunidense Mark Strand presentó a Paz, que llegó al auditorio acompañado de su esposa, Marie Jo.

“Mis credenciales para dar esta conferencia son dudosas: no soy un crítico ni un historiador, no soy nada más que un apasionado de la poesía”, dijo Paz.

“Lo que diré esta tarde”, explicó, “es un testimonio, más que un veredicto”.

La aguda voz del poeta inundó el auditorio: “El futuro está desacreditado, la modernidad está herida, el hijo del progreso está sentado en el horizonte y nosotros aún no descubrimos la nueva estrella intelectual que nos guiará”.

Rescato de mis notas de hace 25 años: Paz viste un traje azul, corbata azul, celeste la camisa, y claros los ojos que fija en el público. Antes de comenzar, Paz mira a Marie Jo, su esposa, sentada en primera fila, y que a lo largo de la lectura no quita los ojos de su marido, ni abandona una calmada sonrisa de orgullo y admiración, como si lo viera por primera vez.

Paz: “Lo moderno es por naturaleza transitorio. Contemporáneo es una cualidad que se evapora tan pronto como existe. Hay tantas modernidades y antigüedades como hay épocas y sociedades. La modernidad de hoy no puede evitar ser la antigüedad del mañana. Pero por el momento nos tenemos que resignar y aceptar que vivimos en la era moderna. Término que es a la vez ambivalente y provisional.

”La modernidad comenzó en la crítica de la religión, historia, filosofía, moralidad, ley, economía y política. La crítica fue su marca distintiva, nació con ella. Toda la historia moderna es resultado de la crítica, que es para mí nada más que un método de investigación, creación y acción”.

El sonido no es muy bueno y el micrófono se vicia constantemente. Nadie protesta. Inclinan su cuerpo hacia adelante para poner más atención, nadie habla. El inglés de Paz, gramaticalmente perfecto, pero tosco en la pronunciación, exige de su público un esfuerzo mayor: al igual que su tono, sin variaciones, que acompaña solamente con un leve ademán de la mano derecha.

Cuando termina, cuento más de dos minutos de ovación. Paz sonríe y lleva su mano izquierda a la boca. Nervioso juega con su dedo pulgar e índice. Mark Strand interrumpe el aplauso para invitar al público a que pregunte al poeta aunque advierte que no contestará preguntas sobre política.

Tres preguntas más tarde Paz da las gracias. Firma algunos libros. Bosteza. Tomo un taxi y le pido al conductor que siga a la camioneta que lleva a Paz, Mari Jo y funcionarios de la universidad. Llegamos al hotel.

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Ahí, acompañado por los organizadores de las charlas, el escritor se toma una copa en el bar, yo los vigilo a unos metros, me tomo un güisqui. Hacia las 10:30 sube con su esposa a la habitación.

Yo, desde la mía, le marqué a Armando Ponce. No hay, por supuesto, celulares ni internet. Ponce desde México me marcará en el momento que se dé el anuncio. Yo caminaré a la habitación de los Paz y tendremos la exclusiva mundial.

No perdemos el tiempo pensando qué hacer si no lo gana Paz. No lo contemplamos. Lo dijo don Julio, viajé hasta allí, no hay más periodistas. Todo ha salido bien. En unas horas completaremos la hazaña periodística.

Con esa certeza nos dimos las buenas noches Armando y yo.

Pido que una llamada me despierte media hora antes del anuncio en Suecia, antes de las seis de la mañana, hora de Salt Lake. Abro mi puerta y me asomo a la de la habitación de los Paz. La luz está prendida. Están esperando el anuncio —pienso—. O ya lo saben —me emociono.

Por fin suena el teléfono de mi cuarto. —Es Cela —me dice Armando.

—¿Quién? ¿Qué?

—Camilo José Cela, el español. 


—Carajo.

—Ni me digas —me dice Armando desconsolado.


—Carajo —repito yo.


Vuelvo a la puerta de mi habitación. La entreabro. La luz de la habitación de Paz sigue prendida. Me quedo mucho tiempo ahí, espiando. Una media hora más tarde veo salir a Mari Jo, ya vestida, va hacia el elevador. Regresa a los 10 minutos. Media hora más tarde llega un empleado del hotel con una charola con el desayuno de los Paz.

Poco antes de las nueve de la mañana aparecen Paz y Marie Jo en la Casa de la Sociedad de Alumnos de la universidad. Paz sonríe. Se ve animado.

En el vestíbulo de una sala para unas cien personas Paz espera entrar y conversa con algunos alumnos. Es el momento, me digo en silencio.

—Maestro, mucho gusto, soy Carlos Puig, de la revista Proceso.


—¿Puig? ¿Catalán verdad?


—Sí, maestro, pero soy el corresponsal en Washington de Proceso…


—¿Qué hace usted aquí Puig? —me interrumpe.


—Me mandó don Julio, pensamos que hoy estaríamos celebrando.


—¡Ay, este Julio! ¡Qué bárbaro este Julio! Marie Jo, Marie Jo —llama la atención de su mujer—. Mira la locura que hizo Julio —le dice, señalándome—. Este muchacho catalán, Puig, ¿verdad? Hasta acá lo mandó ¡Qué bárbaro este Julio!

Paz celebraba la idea de Scherer, Marie Jo le daba la razón. Y yo, ahí parado en medio de estudiantes mormones que no entendían nada.

—Mire Puig si le iban a dar el premio a la España de Felipe se lo debían haber entregado a mi amigo Alberti.

Paz debe haber visto cómo se me iluminaron los ojos de reportero porque inmediatamente me dijo: “Eso, no lo puede publicar”.

Alguien lo apura a pasar a la sala y me quedo con Marie Jo quien me toma el brazo y me invita a sentar junto a ella en el pequeño auditorio.

Desde esa mañana hasta la tarde del viernes 20 gracias a la esposa de Paz pude estar cerca del poeta en comidas, cenas y eventos. Pero fue muchos años después que me di cuenta del privilegio que había significado estar en sobremesas en donde Paz discutía con Charles Simic, Richard Poirier o Helen Venler. Yo callaba y escuchaba
y Paz me presentaba como el muchacho “catalán, ¿verdad?”, que el loco de su amigo Julio había mandado hasta Utah pensando que le darían el Nobel.

El viernes en la tarde la gira de Paz por territorio mormón concluye con una lectura de su poema “Hermandad”, que provoca un aplauso de cinco minutos —el público de pie— y que el poeta agradece con la cabeza y rubor en las mejillas.

Esa tarde yo dicté mi crónica a la revista que por petición del poeta no incluyó ni una declaración suya. La portada del lunes siguiente decía: “El día que no le dieron el Nobel a Paz”.

“Su peor trabajo en la corresponsalía”, me diría años más tarde Don Julio. “Muy malito”.

Un año más tarde, en octubre de 1990, el gobierno mexicano se hizo una magna fiesta en Nueva York.

De la mano de Televisa y con Octavio Paz como referente, el salinismo
 invadió Manhattan y sus alrededores con la magna exposición “México: 30 Siglos de Esplendor” en el Met y decenas de otras exposiciones, obras de teatro, ciclos de cine y conferencias a lo largo del mes de octubre.

Armando Ponce, acompañado del jefe de fotografía de Proceso Juan Miranda, se instaló en Nueva York y yo pasé semanas entre mi casa en Washington y Manhattan. Una de esas noches decidimos separarnos para cubrir dos eventos. A él le tocó ir a la inauguración de “Mujeres de México” en las instalaciones de la Academia Americana del Dibujo.

Ya tarde en el hotel, encontré a Armando tristísimo. Paz, quien había asistido a la exposición de las mujeres, lo había maltratado, le había reclamado un par de textos en Proceso, le había gritado, había insultado a colaboradores de Proceso y se había despedido de él, ante la petición de Raquel Tibol de que “ya lo perdonara”, con una negativa a la que agregó, mirándolo a los ojos: “Con usted estoy muy molesto”.

El enojo de Paz tenía que ver, sobre todo, con la portada de Proceso del 3 de septiembre que decía: “La prepotencia de Octavio Paz”, en relación a aquel Encuentro de la Libertad. Pero también con una controversia publicada en la sección que dirigía Armando sobre un supuesto texto inédito de sor Juana.

La relación con Paz, decía Armando, estaba rota.

El lunes 8 de octubre cenamos en Washington con José Emilio Pacheco, colaborador de Proceso y profesor en la Universidad de Maryland, que contó sus propias anécdotas pacianas e intentó consolar a Armando narrando cómo alguna vez Paz le había quitado el habla por meses porque José Emilio lo había plantado. “Me perdí al llegar a Reforma, caminé por horas, nunca logré llegar a su casa”, contó José Emilio entre carcajadas. Terminamos todos coincidiendo que sería muy difícil que la Academia Sueca le diera el Nobel a dos escritores en español en dos años. El tiempo del Nobel para Paz, había pasado.

El jueves 11 me desperté temprano para checar lo del Nobel ya que Mario Vargas Llosa estaba en la ciudad y no fuera a ser…

Esa mañana la Academia Sueca se lo concedió a Octavio Paz.

Marqué al hotel de Nueva York en el que aún dormía Armando. Lo desperté y no me creyó. “No estés jugando, Carlos”.

Unas hora más tarde me marcó desde el Drake, donde Paz había dado una conferencia de prensa. “Está de la chingada Carlos, no quiere nada conmigo”, me decía Armando. “Carajo, me toca el primer Nobel mexicano, estoy con él en Nueva York y me encuentra peleado por una portada. Carajo”.

Le dije que en ese momento me tomaba el tren a Nueva York y que no se preocupara, que algo haríamos.

Cuando llegué a Nueva York, Armando lo había solucionado. En los pasillos
del Drake se había topado con Mari Jo quien le había reiterado que Paz estaba “muy molesto con Julio y con Proceso”. Ponce le recordó de mi viaje a Utah el año anterior. La señora Paz se acordó de mí, prometió comentarle al poeta y pidió que yo le llamara esa noche a un número privado. Esa noche Mari Jo me citó muy temprano en el Drake. “A Octavio le dará mucho gusto verlo Carlos”.

Yo tenía apenas 26 años y además de Angélica Abelleyra de La Jornada, con quien había hablado unos minutos a solas el jueves, sería el único medio mexicano al que concedería una entrevista.

Esa noche, nervioso, le llamé a Vicente Leñero. ¿Qué le pregunto, Vicente?

“Que te hable de teatro, Carlos; nunca le entró al teatro, ni como escritor ni como crítico, ni le dio espacio en sus revistas, que te diga por qué le vale madre el teatro”.

El viernes 12 de octubre de 1990 Octavio Paz abrió la puerta de la suite que le había puesto el hotel para hacer entrevistas. Armando decidió no acompañarme para no “enrarecer” el ambiente.

Me recibió con un fax en la mano: “Mire, Puig, mire qué cosa tan fabulosa me mandó un amigo: Le bon nobel. ¿Se da cuenta? ¡Qué palíndroma!”.

En la suite está Marie-José Paz y su traductor al inglés Eliot Weinberger.

“Ayer me pasé todo el día dando entrevistas, ¿vio algo? ¿Qué le pareció? ¿De qué quiere hablar?”. Me presenta con Weinberger: “este es Puig, catalán, mexicano, pero catalán ¿verdad?”.

Le transmito las felicitaciones de Scherer y el resto de la revista. Marie Jo alude a la portada de la prepotencia, al “maltrato” de Proceso.

Se me sume el estómago. Para qué acordarse de eso ahorita, pienso.

“Así es Julio, le dice Paz a su esposa. Siempre ha sido así. Dígale a Julio que lo abrazo”, me dice Paz, el Nobel, el triunfador, zanjando la bronca.

Mari Jo me invita a que me siente en una cama desde donde soy testigo de al menos tres entrevistas telefónicas y una larguísima sesión fotográfica.

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Una media hora más tarde acomodamos entre todos dos sillas frente a frente y una mesita donde pongo la grabadora, antes de que la prenda me dice: “Oiga, nada de política, por favor. Pura literatura”.

La primera parte de la entrevista deriva en Alfonso Reyes y se dice “inquieto” porque se le compare con él. “Él nunca se arriesgó”, me dice.

Le pregunto por otros autores mexicanos, críticos y sin decir palabra, cuidándose para no dejar rastro en la grabadora, mueve los brazos para decirme que eso no lo contestará.

Por fin llego al teatro, a la dramaturgia. La pregunta de Vicente.

—Ésa es una de mis grandes penas —me dice Paz—. Me habla todo mundo que por qué no escribo novelas; me hubiera encantado escribir novelas y no las escribí. Pero en fin, ya es muy tarde. Ahora, el teatro, eso fue más grande. Porque creo que entre
el teatro y la poesía hay una relación muy profunda y muchos poetas que yo admiro han hecho teatro, y muchos dramaturgos que yo admiro, el que más, Shakespeare, han sido poetas. Así que a mí me hubiera gustado mucho hacer teatro. No lo escribí porque en mi época había poca oportunidad, estuve fuera; para hacer teatro hay que tener público, hay que tener actores, y yo no los tuve. A mí me hubiera gustado hacerlo.

—¿Y le interesa el teatro mexicano, ha visto teatro mexicano contemporáneo?

—Sí, cuando puedo, creo que en el campo de la actuación, los mexicanos pueden ser excelentes actores…

—… y en cuanto a los dramaturgos…

—… por ejemplo, tenemos a Cantinflas que lo muestra, es uno entre muchos pero yo lo admiro, creó un personaje.

—¿Y ve usted buenos dramaturgos en México?

—Yo sí creo que los mexicanos pueden ser buenos autores de teatro. Claro,
el teatro es un género también en crisis, con las nuevas técnicas de comunicación.
Yo sí creo mucho que el nuevo arte, la nueva literatura tendrá que usar las nuevas tecnologías. Primero fue el cine, ahora tendremos que encontrar la manera de utilizar la televisión.

Leñero tenía razón, a Paz le valía madre el teatro. Cantinflas lo más que pudo mencionar.

Tanto le valía que esa mañana se olvidó de “La hija de Rapaccini”, obra escrita para el programa Poesía en Voz Alta de la UNAM a finales de la década de los cincuenta.

Una hora de entrevista más tarde me despedí de los Paz y cuando se cerraron las puertas del elevador dije en voz alta: ¡Chingón!

Ponce, que me esperaba en el lobby del Drake, y yo corrimos a la estación de tren. En el trayecto a Washington fuimos desgrabando (así le decíamos a transcribir) la entrevista y muy tarde ese viernes mandamos por fax a la redacción de Proceso la crónica de Armando y mi entrevista.

El lunes 15 de octubre de 1990 la portada de Proceso decía: Por fin: Octavio Paz.

Para mí la frase tuvo un significado diferente.

Carlos Puig

Periodista. Es articulista de Milenio Diario y titular del programa En 15, transmitido por Milenio TV.

 

8 comentarios en “Octavio Paz: La falsa entrega del Nobel

  1. Leer tan puntual crónica siempre alimenta las ganas de queres saber más. Gran privilegio don Carlos Puig ha tenido y no por la excelente entrevista que realizo y agradezco la comparta sino por los tiempos que le ha tocado vivir, como diría un proverbio chino: “que te toque vivir buenos tiempos”. Gracias y felicidades.

  2. Muy estimado Señor Puig,

    ¿La aguda voz de Paz? Lo que Paz tenía por voz era un sonzonete monótono, monocromático. Desagradable. Intuitivamente jamás me cayó bien. Qué desasosiego produce su voz, su presencia. Fue un ser humano feo pero muy, muy feo.

    Su amiga en Puebla.

  3. Qué crónica. Magnífica, mejor aún cuando se descorren los velos del Paz sobrehumano, casi dios y no los presenta con sus claroscuros: el hombre que atendía más el origen catalán de Puig, el escritor que desdeñaba el teatro habiendo escrito ¡La hija de Rapaccini!, el intelectual preocupado por la sombra de un grande (éste sí) como lo fue Alfonso Reyes. Ese era Paz, ni tan culto, ni tan erudito, ¿será por ello que los lectores modernos le huimos y lo dejamos descansar en paz?

  4. Octavio Paz fue y es un gran artífice de los tiempos modernos su legado, inpenetrable gusta a todo tipo de lectores, respeten su memoria Señora de Puebla, siempre le dio su lugar.

    • Estimado Señor Copacabana,

      Nunca me conoció el Señor Paz. “Tavito” como lo llamaba su inconmensurable madre.
      Me está usted confundiendo. ¿Está seguro que Octavio Paz siempre me dio mi lugar?

      Me llamo Betilón.

      Y lo siento en el alma, señor Copacabana, pero Paz me produce horror. Y aún Nobel. No puedo respetarlo.

  5. He leído este artículo con un vivo interés pues en la época en que se lo otorgaron y ha sido muy gratificante para mi saber que este gran literato, este gran poeta mexicano y universal, fue debidamente reconocido por la academia sueca, y que el mundo miraba a nuestro país a través de sus ensayos y de sus poemas. Sin duda alguna lastimó a tirios y troyanos, porque el lenguaje fue para él, la fuente primara del ser civilizado, y con las palabras, creía desvelar los secretos de la vida, de la belleza, de la felicidad, pero también desnudar la mentira y la hipocresía de de quienes se decían estar al servicio de los demás y sólo servían para servirse. Es probable que Octavio haya callado algunas cosas, pero las que quiso decir no tienen desperdicio alguno. Hay algunos por allí, muy pocos por cierto, que han tomado de su legado para decir las cosas que piensan y continuar una ardua tarea de esclarecer las cosas por medio de las palabras. Saludos a Nexos y a su gente.

  6. Leer a Octavio Paz es siempre aprender y emocionarse. Su libro sobre Sor Juana es una lección. Y “a Llama Doble” Y toda su poesía. Hemos tenido la fortuna de que naciera en nuestro siglo, pero desde cualquier tiempo, será un privilegio leerlo.