Por primera vez, supe de Gabriel por Álvaro Mutis, quien en los años cincuenta me regaló un ejemplar de La hojarasca. “Esto es lo mejor que ha salido”, me dijo, sin preciar, sabiamente, tiempo y espacio.

Yo dirigía, entonces, con Emmanuel Carballo, la Revista Mexicana de Literatura y en ella publiqué textos  —grandes textos— del admirado pero ausente García Márquez: “Los funerales de la Mamá Grande”, “Monólogo de Isabel…”.

Regresé en 1963 de un viaje a Europa y Gabriel ya estaba en México. Nos presentó Berta Maldonado y  el flechazo fue instantáneo. La simpatía, la gracia y la sabiduría inmediatas de la presencia de Gabriel en el mundo se fueron multiplicando en el descubrimiento de intereses comunes, filias y fobias, visiones y versiones, lugares públicos y rostros privados, hasta cumplir treinta años de amistad que, como lo ha dicho él, constituye también una biografía compartida en la cual los capítulos suyos y los míos casi pueden barajarse, intercambiarse y confundirse bajo títulos tan sugerentes como Perdidos en Churubusco, La Primavera de Praga, El extraño caso de las visas negadas, La balada de las damas de los tiempos pasados, Mil domingos en San Ángel, Un corrido a dos voces o A punto de morir en el sauna.
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Se nos han extraviado, en este cambalache cordial, personajes y textos. Un cierto coronel Gavilán que se me perdió en La muerte de Artemio Cruz reapareció nuevecito en Cien años de soledad, y un cálculo desteñido y atado con cintas tricolores de El general en su laberinto aparece, escrito 1821, en La campaña.

Cuando en 1965 recibí y leí en París las primeras cuartillas de Cien años de soledad me senté sin pensarlo dos veces a escribir lo que sentí: acababa de leer la Biblia latinoamericana; saludaba, además el genio conmovedor y cálido de uno de mis más queridos amigos.

Y recordaba por si fuera poco, un célebre dicho de Gabriel un día que rodábamos juntos de Cuernavaca a Acapulco: todos estamos escribiendo la misma novelota latinoamericana con un capítulo colombiano mío, un capítulo mexicano tuyo, el argentino de Julio Cortázar, el chileno de Pepe Donoso, el cubano de Alejo Carpentier…

Porque este es el punto: Gabriel ha sido acompañado a lo largo de su vida por el cariño de sus cuates. Todos hemos celebrado sus inmensos triunfos como éxitos propios; todos le hemos dado aplausos públicos que, como él dice, “ojalá fueran votos”. “La vida sería distinta”, y lo es. El aplauso privado que le tributamos es más permanente, más hondo, más cariñoso, que cualquier reconocimiento público.

Cien años más, otros cien  encima de ésos, le deseo hoy. Y del primero que se vaya, podremos decir como dijo Gabriel al enterarse de  la desaparición de otro amigo que  los dos quisimos entrañablemente,  el gran cronopio Cortázar. “No es cierto, no se ha muerto”. Porque existen complicidades amistosas  que no se acaban nunca.

México, D.F., 18 de febrero de 1992

Carlos Fuentes
Escritor y ensayista. En su obra figuran más de 50 títulos —cuento, novela y ensayos—, entre los que se encuentran: Federico en su balcón, La voluntad y la fortuna, Cuentos sobrenaturales, Aura, La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.

 

Un comentario en “Biografía compartida

  1. “Complicidades amistosas que no acaban nunca”
    Es hora de proseguir, alli donde se encuentren ambos.