El día en que supimos que Gabriel García Márquez era Premio Nobel se detuvieron los relojes. Mi primer Premio Nobel conocido en la Edad de la Razón, cuando mi mundo labrábase joven y solamente él matrimoniado. México existía unívoco en nosotros sin admitir a nadie más. Aún no entendía adentro, en el alma, lo que entrañaba el ser colombiano, porque todo estaba acoquinado en mi mundo pequeño, familiar y literario: es decir que Gabo nos lo reveló trayendo su trópico caribeño al leerlo. Yo luchaba por la potestad de la letra escrita, y así Gabo significaba “el que escribe”, sin que esto lo comprobara todavía en la incandescente belleza que me estaba reservada. Cuando leí Cien años de soledad el “tiempo en sí se expandió como un sol”, se sacramentaron los árboles, volaron las catedrales y fueron abriéndose con alborozo las alacenas cantarinas. Vivir con García Márquez se trocó en admiración natural, el misterio común del parentesco. Cada libro me encendía más, el fuego quema igual  que si es en la cuchara de alcohol o en la selva; la herida macondiana se convirtió en mi segunda piel de por sí hoguera, rumbo a la mañana en que recibí la noticia del Premio Nobel.

“¡Gabo Premio Nobel!” me dijo contundente y seca, solitaria de un coro griego que anuncia lo que siempre supo esa especia implacable y observante en el atalaya que es mi hermana Chaneca Maldonado. Serían las siete de los amaneceres, el reloj se paró y empezó a iluminarse la alborada cegadoramente. Salí pitando en mi auto al “Pedregal” para atestiguar lo insólito, lo nunca visto, lo milagroso, la mitad final del eclipse, la aurora boreal. El portón estaba abierto y tras las puertas acristaladas de la sala pude distinguir en el jardín a Gabo hablando a micrófonos y cámaras de la televisión británica que sigilosas eran arrastradas hacia atrás por sus manejadores como amenazados por el entrevistado. Me colé al salón blanquísimo a esa hora, bergamiano, donde parecían petrificados Gaba la esposa, su hijo Gonzalo el hermoso (Rodrigo filmaba una película en el extranjero), María Luisa Ellio, a quien se le dedicó Cien años de soledad, y Chane. La entrevista para la televisión inglesa tardó lo suficiente para calmar mi corazón atolondrado y mis resuellos, y entró la comitiva, reculando a donde nos encontrábamos. Dijo el Nobel: “hasta aquí está la raya, en adelante es mi vida privada”, señalándonos.

Me hubiera encantado aparecer en Londres en la tele, pero ni modo.

De alguna manera, no sé cómo se diluyó la multitud y la casa entera, cuarto por cuarto, se iba llenando incesantemente, lenta e inexorable, de rosas amarillas, un enorme y fragante jardín de rosas amarillas nos invadió. Gabo, que no vestía de overol como lo hace en la intimidad, sino con el saco inglés de cuadros, esfumóse a hablar con el presidente de la República quien lo convocaba; no sé tampoco por qué me quedé yo sola con una sirvienta en aquel huerto amarillo donde los teléfonos resonaban implacables en la fiebre de lo sobrenatural. Como no había nadie más me vi investida de contestadora y durante horas enteras respondí a las llamadas imperiosas de periodistas del mundo entero. Hablaba el New York Times, el Times, de Londres. Le Monde parisino, y estoy segura que el Combat de Camus; querían entrevistar al escritor a fuerza desde Tokio y Pekín; oí la canturreante voz de un colega del Journal do Brasil, las indulgencias del Observatore Romano; respondí en mi inglés lastimoso a Katty Jurado: “He is no here”; la insistencia tormentosa no amainaba desde la Unión Soviética, Australia, Canadá, Portugal, donde casi nadie se muere; y en el momento en que se trataba de hablar en español las cosas se complicaban, máxime si era colombiano el periodista, pues varonil indagaba no sólo del Premio sino quién era yo, qué había escrito y si estaba casada. Nunca he sido a tal grado protagonista del quehacer peridístico que es el mío como en esa alada ocasión que me conmocionó, y despeinada, desabotonada, enardecida traté de aclarar la ausencia Gabiana y llenar de rosas amarillas las notas de color de mis compañeros. Por supuesto que me cité en un bar de Aracataca con un enamorado corresponsal de la amurallada Cartagena de Indias.
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Dejé la casa con los teléfonos bloqueados, derrumbándose de canastas floreadas, aquello volvióse una ionesquiana obra abrumadora que se apoderó de inverosímiles espacios. En esos momentos volaba de Colombia a México en un avión indiferente a las sacudidas terráqueas, el gran pintor Alejandro Obregón invitado por los García Márquez a pasar una temporada con ellos, y cuando llegó a la casa ya anochecida, el zaguán absurdamente de puertas sin cerrar, tuvo un aterrador golpe interno al imaginarse que alguien había muerto.

Recuerdo que en la madrugada  —así está en mi memoria— hubo un fiestón enloquecedor: todos sentados a la mesa de la casa de Álvaro Mutis donde apenas levantábamos la voz como si estuviéramos en un sueño increíble; sobresalía sensual y revivida La cándida Eréndira sin su desalmada abuela, y la pienso en apenas un camisoncillo; bebíamos en cámara lenta hasta que todo comenzó de nuevo rompiéndose el embrujo al entrar Obregón cargando en los brazos a Juan García Ponce y gritando como Mutis a voz en cuello de felicidad que lo embargaba. Y entonces, en ese instante, los relojes volvieron a caminar llenos de campanas.

México D.F., enero de 1992

María Luisa Mendoza
Escritora y periodista. Algunos de sus libros: Con él, conmigo, con nosotros tres, Ojos de papel volando y De amor y lujo.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.