Llegamos casi al mismo segundo al sitio de encuentro combinado: el café del Boulevard Saint Michel. Lo reconocí inmediatamente: su cabello denso, crespo, y su ojeada serena, alerta, las fotos no dejaban dudas. Nos sentamos y cambiamos impresiones sobre la vida de París. El escritor dijo que podríamos habernos encontrado también en casa de Carlos Fuentes donde estaba hospedado. En fin… Vacilante, algo tímido, inicié mi tema que me había traído a París a pedido de su editor alemán de Colonia, antes de iniciar mi viaje de conferencias a través del continente latinoamericano —estábamos al comienzo de agosto de 1968—: sugerí a García Márquez a desistir de su  deseo para que Cien años de soledad fuera publicado en la versión alemana presentada por su agente de Barcelona, Carmen Balcells, pues no correspondía a las exigencias literarias, estilísticas y semánticas del original. El novelista arrugó la frente: “Ernesto Volkening es el hombre que primero que todos en Bogotá llamó la atención sobre mis libros. Un hombre que habla y escribe el español como nosotros colombianos, por tanto, debe ser el primero capaz de traducir, recrear mi literatura en su lengua materna”. “En equivalencia idiomática”, añadí, “como hubiera dicho Rilke, al traducir la poesía de su amigo Paul Valery”. Vacilé antes de continuar. “Más infelizmente”, dije, “la versión del primer capítulo revela que el traductor ha perdido el contacto vivencial, existencial, íntimo con su idioma. Usted me dijo que su amigo emigró de Alemania en los años treinta. Quiere decir: él vive hace treinta años en Colombia, dejó su lengua atrás para incorporarse al idioma de Colombia, se volvió colombiano, convive con los colombianos”. García Márquez inclinó la cabeza. “Ernesto Volkening”, proseguí, “por tanto, vino a Bogotá provisto de la lengua alemana de los años veinte. Desde entonces pasaron cuarenta años. En el primer encuentro del “Grupo 47” en 1947, dijo Heinrich Böll: ‘Lo que necesitamos hoy es una lengua habitable en un país habitable”. Ernesto Volkening es un hombre tan inteligente, tan noble, tan dotado…”. García Márquez encogió los hombros. “Es una pena”, dijo. “Es una lástima, de veras”, asentí. “Usted, señor García Márquez, vive en Barcelona, pero cercado por su lengua materna, paterna, convivencial”. “Sí, sí”, dijo Gabriel García Márquez y encogió los hombros, de nuevo, por simpatía con su amigo Ernesto Volkening.

Sentí también compasión. “Mire, señor García Márquez, yo viví diecisiete años en Brasil, y un año en Argentina, en mi juventud cogí mis “girias brasileiras” en la calle, me volví bilingüe, mas tuve que regresar a mi país a fin de poder entregarme en carne y hueso al estudio de mi lengua, a la literatura, a la escritura. Equipado con una lección inolvidable: el conocimiento de Joao Guimaraes Rosa y de sus libros. Y, además, con su frase que, para mí vale más que quinientas teorías académicas de traducción: “¡Traducir es convivir!”. (Aprendí con Gabriel García Márquez el arte de exagerar, pues cuando le pregunté si yo, en caso de dudas durante mi labor de traducción, podría consultarlo por carta, respondió: “consulte la traducción italiana, dirigí quinientas cartas explicativas a mi traductor italiano”.) Así, después de haber convivido con el Sertão mineiro de Joao Guimaraes Rosa, cuya traducción me enseñó a aprender mi alemán personal, algo mestizo, me lancé a la aventura de convivir con el Mundo Macondo Colombiano. Exploré este laberinto transparente de tiempos y espacios, de gente, de olores, de hábitos, de premoniciones, de pasiones y de temores. Y llegué a sentirme en casa. Así comprendí que la madre de Gabriel García Márquez le dijo al entrar en su cocina de Aracataca: “puedes sentarte, la sopa está lista”. Pues sabía, presentía que su hijo que quería sorprenderla, estaba llegando. En 1970 volví a ver a García Márquez en Darmstadt, República Federal alemana, con ocasión de un simposio entre escritores latinoamericanos y alemanes. El protocolo era tieso, la atmósfera académica apática, abstracta. En cierto momento, el presidente solicitó a García Márquez interpretar su obra. Contestó el novelista de manera algo airada, enojada: “Para qué discutir la pregunta: ¿Qué es Latinoamérica? Por eso es que escribimos. Para el fin de ustedes pueden servir los críticos”. Después Gabriel García Márquez se retiro a la esquina de una sala, enmudecido y seguramente rumió, por el resto del encuentro, la vida de su futuro “Patriarca” y su nuevo tema novelístico, la ecuación: poder=soledad. Después del encuentro malogrado, durante una cena, ofrecida por su editor alemán en Colonia, en compañía de Mario Vargas Llosa y de Heinrich Böll, Gabriel García Márquez dijo: “El ruido alemán entorno al Tercer Mundo, evidentemente, sería una maniobra de diversión, de distracción de una sociedad de consumo supersaturada. Para quien deseara ayudar en nuestra revolución, debería venir, un fusil en la mano, mas, ¡por favor!, no quedarse con vida, al ejemplo de Régis Debray. En todo caso, él, Gabriel García Márquez, no volvería a Alemania en los próximos diez años. Cumplió su palabra, hasta hoy. Ni aceptó la invitación de Walter Höllerer para tomar la palabra en el Coloquio Literario de Berlín, ni contestó la carta personal del canciller de Austria, doctor Bruno Kreisky, que le invitó a un encuentro en Viena. Entre tanto, recibió en el curso de los años a uno que otro periodista de mi país, y respondió a la pregunta “lugarcomunizante” —como diría Guimaraes Rosa—: ¿Cómo escribe usted?, con la respuesta nada menos “lugarcomunizante”: “Yo lucho con cada palabra…”. Para el traductor que aprendió a convivir, a la manera rosaneana, con el Mundo de Macondo, la falta de contacto con la presencia viva del autor es menos grave. Pues él vive en contacto diario con su obra, casi como hermano gemelo que está resuelto a recrear una obra idéntica en su idioma. Pues no obstante que incomparables, las lenguas están emparentadas como los pueblos a través de sus fronteras. Basta la curiosidad amorosa para conocerlos. No importa que Gabriel García Márquez no pueda leer mis versiones de manera como él puede apreciar las de Gregory Rabassa de Nueva York. El traductor, ligado por sus cinco sentidos a la obra colombiana, vive de la satisfacción de recitar el compás, el ritmo interior —como dijo Borges—, la fraseología, los valores musicales, semánticos, sensuales de sus libros.
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¡Gracias a Colombia por haber procreado a su Hijo Electo, Predilecto!

München, 16 de diciembre de 1991

Curt Meyer Clason
Escritor y traductor alemán. Miembro de la Academia Brasileña de las Letras. Tradujo a Borges, a Neruda y a García Márquez al alemán y fue merecedor del Premio de Traducción de la Academia Alemana de Lengua y Literatura en 1975.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.