Fui compañero de trabajo del joven periodista Gabriel García Márquez, pero no he intentado competir con los gabólogos en el relato de historias de aquella época.

Alguna vez Gabo me preguntó qué había pasado con las cartas que me escribió cuando llegó por primera  vez a Europa, en las que me contaba su aventura como corresponsal del periódico que en esos días fue cerrado por la dictadura. “Las boté, como pasa con tanto papel que llega a un periódico y no se publica”, le respondí.

Los recuerdos de ese tiempo los reservamos para las escasas ocasiones en que hemos vuelto a encontrarnos. Surgen espontáneamente y sin intención alguna de volverlos públicos. Porque si hay un rasgo nítido en la personalidad de Gabo es que frente a sus antiguos amigos es como si desaparecieran los años intermedios y nada importante hubiera ocurrido en su vida, distinto a esa amistad.

Cuando me preguntan sobre la forma como trabajamos con Gabo, me limito a destacar dos cualidades que he admirado en él desde que lo conocí, muchísimo antes de la fama: la pulcritud de sus originales y su disciplina para el trabajo periodístico.
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Por lo general los reporteros jóvenes trabajan con angustia, hablan a la vez por dos teléfonos, sus escritorios tienen montones de papeles revueltos y sus cuartillas pasan llenas de tachaduras. Gabo fue la excepción. Investigaba a fondo y con calma, ordenaba las ideas y las palabras y como un torero medía los terrenos para ejecutar limpiamente la faena a la hora que le correspondía, o sea que no demoraba la entrega del periódico a los lectores.

Sin duda, el triunfo de García  Márquez se debió en gran parte a  que aplicó a la novela su disciplina como periodista.

Hace ocho años, en la columna semanal que escribía para El Espectador, Gabo contó algunos de esos cuentos de nuestra juventud periodística, con ocasión de los homenajes que recibí al completar 50 años en el oficio. “Aquel era tablero de las noticias”, se titulaba la nota, porque el tema central era el tablero que se colocaba en los balcones del periódico sobre la carrera 7ª. Y entre mis funciones estaba la de dar avances de las noticias de última hora, con tiza de escuela.

Decía García Márquez en la última parte de su columna:

“Cuando ingresé a la redacción de El Espectador —en 1953—, José Salgar fue el jefe de la redacción desalmado que me ordenó como regla de oro del periodismo: ‘Tuérzale el cuello al cisne’. Para un novato de provincia  que estaba dispuesto a hacerse matar por la literatura, aquella orden era  poco menos que un insulto. Pero tal vez el mérito mayor de José Salgar ha sido el de saber dar órdenes sin dolor, porque no las da con la cara de jefe sino de subalterno. No sé si le hice  caso o no, pero en vez de sentirme ofendido le agradecí el consejo, y desde entonces —hasta el sol de hoy—, nos hicimos cómplices.

”Tal vez lo que más nos agradecemos el uno al otro es que mientras trabajamos juntos no dejábamos de hacerlo ni siquiera en las horas de descanso. Recuerdo que no nos separamos ni siquiera un minuto durante aquellas tres semanas históricas en que el papa Pío XII le dio un hipo que no se le quitaba con nada, y José Salgar y yo nos declaramos en guardia permanente esperando que ocurriera cualquiera de los dos extremos de la noticia: que al Papa se le quitara el hipo, o que se muriera. Los domingos nos íbamos en carro por las carreteras de la sabana, con el radio conectado para seguir sin pausa el ritmo del hipo del Papa, pero sin alejarnos demasiado, para poder regresar a la redacción tan pronto se conociera el desenlace.

”Me acordaba de esos tiempos la  noche de la semana pasada en que asistimos a la cena de su jubileo, y creo que hasta entonces no había descubierto que tal vez aquel sentido insomne del oficio le venía a José  Salgar de la costumbre incurable del tablero de las noticias”.

Bogotá, diciembre de 1991.

José Salgar
Periodista y director de El Espectador, donde fue editor de Gabriel García Márquez.