La mañana del domingo 24 de febrero de 2013 Hipólito se levantó de madrugada, como siempre. Llevaba años esperando ese día. El jueves le había pedido a Leonel, el del negocio del perifoneo de La Ruana, que saliera a dar vueltas con su camión cargado de altavoces y que convocara a todo el pueblo a una reunión el domingo en la plaza.
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—¿De qué se trata el asunto? —le había preguntado Leonel al que se le conoce como El Rebo.

—Tú di que se invita a todo el pueblo en general a una reunión urgente para tratar problemas que tenemos, nada más.

Hipólito llevaba años acercándose discretamente a la gente que presumía de valor. Uno por uno les había propuesto que se organizaran, que hicieran algo porque esa gente se había apoderado de su trabajo y de su voluntad.

Nadie lo quería escuchar.

No digas eso, nos matan, era la respuesta que recibía.

La sola mención del tema los asustaba. Pero poco a poco Hipólito juntó a un grupito de limoneros en La Ruana, y en Tepalcatepec, con la ayuda de su amigo Miguel Ángel Gutiérrez El Kiro, logró que un grupo de ganaderos hiciera lo mismo. El 10 de febrero, en el interior de una camioneta para no despertar sospechas, se reunieron Hipólito, El Kiro y Juan José Farías El Abuelo. Ahí pactaron el levantamiento y fijaron la fecha.

A las nueve de la mañana Hipólito llamó al muchacho de las bocinas y le pidió que se fuera a la plaza y pusiera música. La gente empezó a llegar. Desde la plaza lo mantenían informado. A las 11 le avisaron que el de la música se había ido. Lo llamó.

—¿Qué pasó?

—Me amenazaron, que me quite de ahí.

No hacía falta preguntar quién.

Hipólito consiguió una bocina pequeña para que la gente lo oyera y se fue para la plaza. Había llegado el momento. Llamó a todos con los que se había arreglado.

—Es ahorita, es el momento —le dijo varias veces a cada uno, pero ninguno se atrevió a acompañarlo.

—Que se me rajan —recuerda Hipólito.

A su lado estaba un muchacho que había trabajado con él de becerrerito.

—¿Te animas a subirte conmigo? Te pongo la capucha —le propuso.

—Sí, me animo.

Luego se volteó con su hijo y le pidió que fuera por El Tribilín, un albañil que le había mandado decir que cuando se atreviera a hacer algo, él lo seguiría. Lo trajeron. Aceptó subirse luego de ir a su casa a traer su pistola.

A las 12:30, 4 hombres encapuchados se presentaron frente a la gente reunida en el jardín del centro de La Ruana. La plaza estaba repleta.

Hipólito estaba aterrado, él mismo lo dice: temblaba. Pero no por miedo a que lo mataran. Cuenta que ya había decidido que si el pueblo no le respondía se devolvía para su casa y ahí los esperaba. No, lo que a Hipólito lo tenía casi enfermo era tener que hablarle a la gente, ponerse al frente.

—Yo nunca en mi vida había hablado en público, soy tímido y le juro por Dios que se me hacía lo más difícil.

Por eso recuerda exactamente las palabras que usó:

—Señores, los invité porque ustedes saben cómo nos tienen Los Caballeros Templarios, no nos dejan trabajar ya, les están quitando el bocado a nuestras familias. El que tenga valor para defender sus derechos, sus familias y sacar a Los Templarios, brínquenle para acá.

—Y qué brincan todos —recuerda emocionado—, muchísima gente. Qué gusto me dieron. Vale la pena —pensé.

De la plaza, en bola, se fueron a las casas de Los Templarios. En el camino Hipólito se quitó la capucha porque todos lo reconocían. “Por gordito”. Llevaban escopetas y veintidoses y en las casas encontraron armas y camionetas. Con eso se fueron a la entrada del pueblo por donde sabían que Los Templarios podían aparecer. Ahí se pusieron. Nadie los enfrentó. “Ni una bala ocupamos, ellos corrieron”.

Así recuerda y narra Hipólito Mora, líder de las autodefensas de La Ruana, el día del levantamiento.

Un año después, en marzo de 2014, las autodefensas tienen presencia en 24 municipios del estado de Michoacán y han logrado que el gobierno federal se vuelque sobre la región con recursos y refuerzos. En los hechos, a raíz del levantamiento, Tierra Caliente está siendo gobernada desde la ciudad de México a través de un comisionado plenipotenciario, Alfredo Castillo Cervantes, y sus líderes tienen acceso a las más altas instancias del gobierno federal.

La Ruana, oficialmente Felipe Carrillo Puerto —nombre que en la zona nadie utiliza porque ahí lo oficial no ha podido imponerse ni en la nomenclatura—, es una tenencia del municipio de Buenavista Tomatlán. Un pueblo pequeño de 11 mil habitantes, donde la mayoría de la gente vive del limón y la ganadería. El vecino Tepalcatepec que se levantó el mismo día, dos horas después, es un pueblo más rico, con mucho comercio donde viven 14 mil habitantes y es cabecera del municipio del mismo nombre. Ahí se vive de la ganadería, del limón, del mango y de la producción de queso.

Desde que se difundieron las primeras imágenes, los grupos de autodefensa despertaron suspicacias: hombres y mujeres encapuchados, fuertemente armados, conduciendo camionetas costosas y uniformados con playeras blancas, impecables, con el lema estampado que decía: “Por un Tepalcatepec Libre”. Nada tenían que ver con las policías comunitarias de Guerrero que estaban siendo noticia en esos días: gente humilde, la mayoría indígena portando armas viejas.

¿Quiénes eran esos levantados? ¿Cómo podían poseer y portar armas tan poderosas? ¿De dónde salía el dinero para mantener esos ejércitos? Todos se hacían las mismas preguntas. Cecilia Reynoso, reportera de Punto de Partida, regresó de Tierra Caliente el 28 de febrero, cuatro días después del levantamiento y nos mostró las primeras imágenes en la sala de edición. Era inevitable hacerse esas preguntas porque a las autodefensas nada las diferenciaba de los narcotraficantes: las mismas armas, las mismas camionetas, el mismo estilo.

Cecilia aseguraba que el apoyo a estos grupos en La Ruana y en Tepalcatepec era generalizado y entusiasta. “La gente está con ellos”, me repetía mientras yo levantaba las cejas cada que veíamos un desfile de poderosas camionetas o el despliegue de armas de alto calibre en la pantalla.

Sabíamos por la experiencia acumulada en años de cubrir la zona, que el respaldo de los habitantes no era un elemento suficiente ni concluyente sobre la naturaleza del levantamiento. No garantizaba que estuviéramos frente a un movimiento con aspiraciones legítimas y no promovido por grupos dedicados a actividades delincuenciales. Miriam Moreno, también reportera de Punto de Partida, llevaba años haciendo viajes periódicos a la zona. Ella había sido testigo de marchas numerosas y abiertamente favorables a grupos criminales en la ciudad de Apatzingán. Conservábamos las imágenes de esos trabajos previos: mujeres mayores que sin ocultar el rostro decían a cámara que aunque reprobaban las actividades de los narcotraficantes ellos las protegían mejor que los policías. Y es que en Tierra Caliente nada es como parece. Había que ser muy cuidadosos y no condenarlos por lo que parecían ser, pero tampoco entregarnos a la epopeya que decían estar representando: el pueblo bueno que se levanta contra el perverso crimen. Convenimos entonces que abordaríamos el tema con cuidado, desterrando los juicios apresurados y la utilización de términos de fácil uso que parecían embonar con la situación: paramilitares, narcotraficantes, subversivos. Atajos conceptuales que en nada nos ayudaban a entender el fenómeno.

Dos días después del levantamiento en La Ruana y Tepalcatepec aparecieron mantas colgadas en puentes y carreteras de los alrededores de Apatzingán que denunciaban que detrás de los grupos de autodefensas estaba el Cártel Jalisco Nueva Generación, un grupo liderado por Nemesio Oseguera Valencia, conocido como El Mencho, oriundo del municipio de Aguililla, parte de la misma Tierra Caliente michoacana.

Hombres con rostros cubiertos pero también mujeres y niños marcharon esos días en Apatzingán contra las autodefensas.

—Dicen que ésos están pagados por Los Templarios  —me decían Cecilia y Miriam.

—Puede ser, pero de los otros se dice que los financia el Cártel de Jalisco.

¿Cómo saber quiénes eran los buenos?

El error, por supuesto, estaba en plantearlo de esa manera. Porque en Tierra Cliente no hay ciudadanos impolutos por un lado y grupos de criminales por el otro. La mayoría, en mayor o menor grado, ha tenido tratos con los grupos dedicados a actividades ilegales que se han disputado la zona durante años. Y todos han convivido con ellos. Lo acepta cualquiera al que se le pregunte al respecto en las calles de esos pueblos. No es un misterio. Lo han hecho por necesidad, por miedo o por ambición. Pero todos conocían a los delincuentes, sabían sus nombres, apodos y las familias a las que pertenecían.

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La Familia Michoacana, y luego Los Caballeros Templarios, habían sido bien recibidos en la zona cuando llegaron para desterrar a los violentos Zetas y contener a la pequeña delincuencia. Se ofrecieron como garantes del orden en las comunidades y los caminos. Ofrecían un orden precario e ilegal, pero un orden que nadie más, desde luego no las autoridades, parecía estar en condiciones de ofrecer. Era a ellos a los que se les pedía trabajo, préstamos y justicia.

En agosto de 2013 fuimos testigos de la Pax Narca que brindaban Los Templarios. Fátima Monterrosa, reportera de Punto de Partida, había ido a Apatzingán a buscar la otra versión, la de los empresarios que se oponían a las autodefensas. Propusieron mostrarle que en los municipios aledaños se vivía con tranquilidad. Acabó pasando la noche en Tumbiscatío. En la madrugada tocaron a su puerta, era Servando Gómez, La Tuta, líder de Los Templarios. Le dijo que quería hablar, darle una entrevista. A la mañana siguiente, a plena luz del día y con la gente reunida, se presentó La Tuta en la plaza central de Tumbiscatío. Quería que lo grabáramos, que fuéramos testigos de cómo lo recibía la gente. Una niña se apresuró a besarle la mano, lo llamó padrino. La Tuta, con una pistola al cinto con incrustaciones de metales y piedras, saludaba y ordenaba. Las mujeres competían por ganar su atención, pedían dinero, favores, lo halagaban. La presencia de la cámara no las disuadió.

¿Por qué habrían de avergonzarse? Se acercaban a La Tuta como lo habrían hecho con cualquiera que tuviera la capacidad efectiva, el poder de solucionarles sus acuciantes problemas y necesidades.

—Es que vamos al municipio y no nos atienden —le dijo impotente una de las mujeres mientras La Tuta le deslizaba un billete de 200 pesos. Para ellas tener tratos con él no era hacer algo malo, era hacer lo posible.

Plantearse el problema del crimen organizado y de su arraigo en Tierra Caliente como un asunto de buenos contra malos fue uno de los errores del gobierno de Felipe Calderón. La Policía Federal, bajo el mando de Genaro García Luna, llegó a Michoacán con la idea que impregnaba todo el discurso del presidente: que iban a combatir a los malos, que eran unos cuantos y que los buenos, la inmensa mayoría de los ciudadanos, les iban a ayudar. Nada más lejos de la realidad.

En unos años la Policía Federal era detestada en muchos pueblos de Tierra Caliente. Y es que, vistos desde afuera, sin un conocimiento de la zona y de su historia, todos los habitantes de la región podían entrar en la definición de malos. Así los empezó a ver en poco tiempo la Federal. Nadie se salvaba, ni los presidentes municipales, ni los policías locales, ni los comerciantes, ni los limoneros, ni los aguacateros, ni los ganaderos, menos los dueños de bares y las prostitutas. Y en efecto la inmensa mayoría tenía o había tenido tratos con miembros de La Familia o de Los Templarios. Se podía fácilmente documentar reuniones de los presidentes municipales con líderes de La Familia o de Los Templarios en sitios apartados. El presidente municipal de Coalcomán, Rafael García, que se unió tiempo después con las autodefensas, narró cómo se daban esos contactos:

—Cuando yo ingresé a la administración, el primer mes de enero, tuvimos una reunión en Las Bateas, en Apatzingán. Ahí se nos dijo que finalmente les teníamos que dar el diezmo de lo que era del ramo de obras, y aparte de lo que se consiguiera, ya fuera obra convenida u obra federal. No había necesidad de que nos dijeran los vamos a matar, vamos a secuestrarlos, era por demás. Mientras estuviéramos pagando no había amenaza, todos felices y contentos. La policía municipal nos la tenían sometida, yo no mandaba. A mí me mandaban a través de los comandantes de la policía municipal. Es una gran presión sobre todo de la población, con la gente que tú te comprometiste de que vas a hacer obra y programas sociales y no poder hacerlo. Es que tú estás metido, estás coludido pero ¿yo qué hago? El que se atrevió a ponerles el dedo ya no está aquí.

Lo gente no denunciaba y las autoridades federales no encontraban aliados. Una habitante de Barranca Seca, Coalcomán, así lo explica ahora:

—Dicen que protegíamos a los malandros pero eso no es cierto, nosotros al que va pasando les brindamos ayuda, si nos dicen adiós, les decimos adiós, si nos compran, les vendemos. Si esas personas se alojaban aquí a lo mejor no nos dábamos cuenta o si nos dábamos no podíamos decir por temor, por temor es por lo que no se puede hablar.

La incomprensión de lo que ocurría en la zona por parte de la Policía Federal y de sus mandos en la ciudad de México se hizo muy evidente el primero de agosto de 2009. Ese día los federales irrumpieron en plena misa de 15 años de una niña con síndrome de Down en una parroquia de Apatzingán. El grito de: “Policía Federal, todos al piso”, desató el pánico. Hombres, mujeres y niños corrieron, hubo empujones, sillas volteadas, tropezones. Los policías se llevaron a todos los hombres de más de 18 años, un total de 33, de los cuales sólo dos acabaron consignados por presuntos vínculos con el grupo de La Familia Michoacana. La gente estaba indignada, el párroco también. Se sentían criminalizados.

El 26 de mayo de ese año la Policía Federal ya había detenido en el famoso Michoacanazo a prácticamente todos los presidentes municipales de la región de Tierra Caliente. La violencia no disminuía. Los enfrentamientos entre fuerzas federales y criminales eran cada vez más frecuentes y violentos. El 12 de julio de 2009 La Familia mató a 12 policías federales  y apiló sus cuerpos a la orilla de la autopista Siglo XXI en una puesta en escena macabra. En diciembre de 2010, después de varios días de enfrentamientos constantes entre fuerzas federales y miembros de esa organización en los alrededores de Apatzingán, el gobierno anunció que había abatido al líder de La Familia, Nazario Moreno González, alias El Chayo.

Por esas fechas Miriam Moreno regresó de Tierra Caliente con testimonios de gente en las plazas declarando abiertamente su apoyo a La Familia y mostrando enojo por las incursiones de la Policía Federal en sus pueblos.

—Pero cómo puede ser Miriam.

—Dicen que la Policía Federal los trata a todos como criminales.

Cuando la policía hacía rondines en los pueblos era palpable la hostilidad de los habitantes. Por temor o convicción algunas personas habían levantado capillas en cruces y caminos para honrar a Nazario Moreno, el líder supuestamente abatido, y los policías federales las destruían cuando que se encontraban con una. Aquello parecía cada vez menos un operativo policiaco en contra de un grupo criminal y se asemejaba más a una fuerza de ocupación en territorio enemigo.

Por esas fechas el gobierno inició, a 10 kilómetros de La Ruana, la construcción de una inmensa cárcel de mediana seguridad en un terreno de 100 hectáreas. Para su construcción se destinaron cuatro mil millones de pesos y se esperaba inaugurarla durante el sexenio de Calderón. Pero la construcción avanzaba con dificultad: los trabajadores eran amenazados y renunciaban; el jefe de instalaciones fue secuestrado y asesinado, y los ingenieros pasaban 15 días trabajando encerrados en la obra, y cuatro de descanso fuera de la zona, por razones de seguridad. En los pueblos rechazaban el proyecto. Les parecía un signo más de que la autoridad los veía como delincuentes y no se preocupaba por sus clínicas y escuelas. En ese viaje un habitante de La Ruana exclamó molesto cuando un convoy de policías federales llegó a la plaza: “Estamos en plena fiesta y vienen a acabárnosla, que se vayan, son peor que los otros señores”.

La cárcel sigue inconclusa.

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El doctor José Manuel Mireles, médico cirujano de la clínica del Seguro Social en Tepalcatepec y un tiempo portavoz de las autodefensas explica la relación que se dio entre habitantes y narcotraficantes.

—Fue nuestra culpa.

—¿Culpa de qué?

—Aceptamos su apoyo. Aquí estaban Los Zetas, pero usted debe haber visto las noticias, las cabezas que dejaban a la entrada del pueblo para que ningún otro cártel se metiera. La gente se desesperó y aceptó la invitación de La Familia.

—¿Cómo fue?

—Llegó La Familia, hicieron una junta y reunieron a toda la gente productiva del pueblo y les dijeron: ya corrimos a Los Zetas, ya van a estar bien, en paz, nadie los va a maltratar, nadie los va a secuestrar, nadie los va a extorsionar. Vamos a decir que fue un contubernio. Y funcionó un tiempo. Pero cuando se dividen entre ellos y aparecen Los Caballeros Templarios vuelven a hacer asamblea en el salón Plaza de Tepalcatepec y ofrecen lo mismo. Un empresario abarrotero les preguntó que de qué pensaban vivir y le respondieron que su negocio era el narcotráfico. Pero aunque decían que no nos iba a pasar nada ahí mismo mataron a un bato que porque no les había pagado.

—¿Y entonces qué pasa? ¿Cómo se rompe el acuerdo?

—Pues porque los productores de droga de anfetaminas, los laboratoristas que pagaban para los viajes se cansan de que los muchachos de aquí que les llevaban la droga al norte empezaron a regresar sin el dinero. Y empezaron a matarlos con todo y familia. Y se empezaron a ir.

—¿Los narcotraficantes?

—Sí. Pero se quedaron los que les servían de todo. Y ésos estaban acostumbrados a no pagar gasolina, a no comprar nada. Cuando se quedan sin dinero ahí empiezan a joder al que vende jitomate en el mercado, al que vende queso. La última familia grande de Tepalcatepec que ejecutaron fue una de queseros porque no pagaron la cuota de 50 mil pesos mensuales.

En un dato coinciden todos los testimonios: a partir del 2010 se empieza a incrementar la actividad de extorsión de los grupos criminales en la zona. El relato del doctor Mireles refiere que el negocio del tráfico de drogas se les empezó a dificultar y los criminales se volcaron sobre una población indefensa y relativamente rica para extraer recursos y compensar sus pérdidas. ¿Qué fue exactamente lo que pasó? Es difícil decirlo y no tenemos aún información suficiente para concluir en una causa determinada. Surge naturalmente como hipótesis la guerra emprendida por el gobierno de Felipe Calderón contra el tráfico de drogas. Ya sea porque cortó los contactos entre diferentes grupos o porque volvió complicado o imposible el trasiego en un corredor determinado hacia el norte y Estados Unidos, de cualquier manera algo ocurrió que llevó a los narcotraficantes a diversificar sus actividades.

En enero de este año, dentro de los aparatos de seguridad del gobierno, se consideraba que Los Caballeros Templarios acabaron obteniendo sólo el 30% de sus ingresos del tráfico de drogas, lo demás era producto de los secuestros, de la extorsión, de la producción agropecuaria y de la actividad minera.

¿Por qué justamente en 2010 y no desde 2006, cuando el gobierno lanza la primera Operación Conjunta Michoacán? ¿Existe evidencia de que disminuyó el tráfico de drogas sintéticas desde esa zona? Son preguntas que falta responder. Queda también la posibilidad, y no hay que descartarla, de que los criminales hayan diversificado sus actividades no por necesidad sino simplemente porque podían hacerlo, porque nada ni nadie, desde luego no la autoridad, fue capaz de ponerle un alto a sus actividades criminales.

En cualquier caso, y de acuerdo con todos los testimonios que fuimos recabando, es la extorsión generalizada y los abusos de los miembros de los grupos criminales lo que lleva al levantamiento de febrero de 2013.

Hipólito Mora es originario de La Ruana, huérfano de padre, desde niño se crió en una casa de madera al lado del mercado en el centro del pueblo. Su madre, cuenta, los mantuvo a él y a sus nueve hermanos vendiendo café y atole en una tiendita de abarrotes. Hoy tiene 58 años, se casó una vez pero tiene 11 hijos con cinco mujeres, y es dueño de 15 hectáreas de limón y ganado. Es el fundador y la voz mesurada del movimiento.

Hipólito narra cómo Los Caballeros Templarios fueron controlando toda la actividad económica de La Ruana. Empezaron por apropiarse de ranchos limoneros, algunos a la mala, sin papeles, otros comprándolos gracias al dinero de la droga y muchas veces al precio que ellos querían: “Te doy tanto por tu rancho, si no lo aceptas luego se lo entrego a tu viuda”. Después regularon la actividad: ya no se podía cortar limón todos los días sino únicamente lunes, miércoles y viernes, y hasta cierta hora. Las empacadoras sólo podían recibir el limón de sus propiedades o de quien ellos señalaban. Su objetivo era controlar el precio del producto que se fija en el tianguis del limón en Apatzingán. Esto fue dejando sin ingresos a muchos habitantes de La Ruana que viven de esa actividad.

Siempre que le preguntan sobre las razones que lo llevaron a organizar el levantamiento, Hipólito cuenta la misma historia: Que una mañana vio a don Pedro, un hombre de 70 años, cortador de limón, saliendo de trabajar al 10 para las ocho.

—¿No me diga que ya estuvo?

—Ya estuvo.

—Cuántas cajitas alcanzó a cortar.

—Una. Le hablaron al dueño de la huerta que se salga.

Una cubeta se pagaba en 15 pesos, recuerda Hipólito. “Eso era todo lo que ese hombre iba a ganar en el día”. A su propio hijo, al que le había regalado tres hectáreas de limón —“que no son muchas”, aclara—, lo encontró una mañana tirado en una hamaca, le habían mandado decir que no cortara porque no se lo iban a recibir en la empacadora.

Ese sujeto indefinido, le habían hablado o le mandaron decir, se usó durante años en la zona para referirse a los criminales del momento. Un sobreentendido que todos compartían y que no los comprometía ni los exponía. Mencionarlos era señalarlos, en sí mismo todo un desafío y todos se guardaban de hacerlo. Uno de los signos de que algo estaba cambiando fue escuchar abiertamente a los lugareños decir: Caballeros Templarios.

La narración que hace Hipólito de lo que ocurría en La Ruana con el limón la repiten los líderes de las otras comunidades levantadas casi palabra por palabra, lo único que cambia es el producto. En Tancítaro fue con los aguacates, en Tepalcatepec con la carne y el queso, en Coalcomán con los aserraderos, en Aguililla con las minas: robo de propiedades, cobro de derecho de piso, control de la actividad. Hay que agregar el cobro a los comerciantes y el diezmo que le imponían a los municipios sobre todo el dinero que recibían. Todos estaban siendo robados y todos tenían miedo. Pero los motivos que dan no son sólo económicos. Al robo había que agregar las humillaciones. En Tepalcatepec se le sumó al agravio de la extorsión y los secuestros —el doctor Mireles fue él mismo víctima de secuestro—, el acoso y la violación de mujeres y niñas por parte del jefe de la plaza, El Toro. Estaban hartos de vivir con miedo y de ser ninguneados frente a sus propias familias.

El 19 de abril, dos meses después del levantamiento, apareció otro grupo de civiles encapuchados y armados. Dijeron ser las Guardias Comunitarias de Apatzingán y pusieron retenes en varios puntos, el más importante en la estratégica carretera que une Apatzingán con Tepalcatepec y Buenavista Tomatlán y que es la única salida de esos municipios hacia la autopista Siglo XXI que comunica Morelia con el puerto de Lázaro Cárdenas. Eran hombres jóvenes con caras tapadas que decían querer defender al pueblo de Apatzingán de las autodefensas. Con sorprendente ingenuidad uno de estos jóvenes le dijo a Cecilia Reynoso refiriéndose a las autodefensas: “Esa gente es mala señorita, son de otro cártel que se viene a meter aquí a Michoacán”.

En la lógica de la zona, la lucha sólo podía ser entre cárteles, y aunque el señalar al otro implicaba una tácita aceptación de representar a uno, pareció no importarle.

En los retenes no se permitía el paso de alimentos, medicamentos ni combustibles. Muy pronto las empacadoras de limón de Buenavista Tomatlán cerraron. Durante semanas los municipios levantados quedaron aislados. Se vivieron días tensos. Las tiendas estaban desabastecidas y escaseaba la gasolina. El 28 de abril en la madrugada Los Caballeros Templarios atacaron siete puntos de Buenavista, La Ruana y Tepalcatepec de forma simultánea. En La Ruana mataron a cuatro. Días después un grupo de limoneros fue atacado cuando regresaban a La Ruana después de haber participado en una manifestación contra el bloqueo del limón. El saldo fue de ocho muertos.

El miércoles 15 de mayo el municipio de Coalcomán se unió a las autodefensas. Lo hicieron con ayuda de los de Tepalcatepec y encabezados por Misael González, un hombre de origen humilde, sin primaria terminada y dueño de un aserradero. Contaron también con el apoyo del presidente municipal, el perredista Rafael García Zamora.

El 21 de mayo el gobierno federal finalmente intervino y el secretario de Gobernación anunció el envió de tropas para garantizar la libre circulación en las carreteras. En La Ruana fueron recibidos con agradecimiento y alivio, en Buenavista y Coalcomán con desconfianza pero el doctor Mireles habló a nombre de todos cuando dijo: “Nadie nos va defender, sólo nosotros, por eso no podemos dejar las armas, no vamos a dejar las armas”.

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A pesar de las suspicacias iniciales muy pronto se hicieron evidentes las diferencias entre las autodefensas y los grupos que habían dominado la zona en años anteriores. Si el considerable y sostenido apoyo de la población no era suficiente para diferenciarlos, el que sus líderes no ocultaran su identidad y que muy pronto la mayoría se hubiera descubierto la cara sí revelaba que estábamos ante un fenómeno nuevo. Lejos de actuar escondidos, ocultándose detrás de la gente en los pueblos, o comunicándose a través de anónimos, mantas o narcomensajes, surgieron portavoces que, lejos de rehuir a los medios, los buscaban. Pronto se impuso como vocero el doctor Mireles, un hombre alto, moreno, de abundante pelo cano, peinado de raya en medio y con un tupido y crecido bigote. Fácil de palabra, su figura atractiva y su discurso directo y sin tapujos acabaron imponiéndose.

La diferencia de fondo entre las autodefensas y los grupos criminales fue, desde el inicio, su discurso. No quiénes son, ni el apoyo que tienen, ni cómo se relacionan con los medios, sino lo que piden. En todos los tonos las autodefensas han exigido que el Estado asuma su responsabilidad, combata a los criminales y se haga cargo de la seguridad en la región. Hipólito ha encarado en varias ocasiones a los enviados de las autoridades estatales y federales exigiéndoles que hagan su trabajo para que él pueda volver al suyo. Misael, el líder de Coalcomán, como buen empresario, se lamenta públicamente porque cada día que pasa como autodefensa pierde dinero: “Para nosotros es más importante traer una guadaña, un machete en la mano que un rifle, nos da más resultados porque haces un trabajo que te beneficie y un rifle es estar sin producir”.

La verdadera novedad es el hartazgo frente a la Pax Narca. Un arreglo que todos ellos conocen bien porque algunos lo propiciaron, otros lo toleraron y todos lo acabaron padeciendo. No quieren que a Los Caballeros Templarios les suceda otro grupo que les ofrezca seguridad y paz. Entre ellos mismos se miran con desconfianza porque temen que alguien haga grupito con sus autodefensas y acaben en lo mismo.

Por cansancio, por desgaste o por desesperación, la novedad es que voltearon a ver al Estado. No quieren seguir aceptando arreglos que resultan muy costosos, en dinero y en vidas y que ofrecen una seguridad ficticia o precaria. No quieren seguir sintiéndose indefensos frente a detentadores pasajeros e ilegítimos del poder. El levantamiento del 24 de febrero en Tierra Caliente no fue contra el Estado, no fue un acto de subversión, en La Ruana y en Tepalcatepec la gente se armó para defenderse del crimen y para exigirle a las autoridades que hicieran su trabajo. Fue un llamado de auxilio.

No deja de sorprender que acudieran al Estado porque en años recientes habían sido testigos de su relativa impotencia en la lucha contra La Familia y de la corrupción y complicidad de autoridades locales con los grupos de delincuentes. ¿A quién se referían entonces con el término “autoridades”? Es ambiguo y ha ido evolucionando con el tiempo, pero acabó siendo un llamado a las autoridades federales. Saben de la debilidad e inoperancia de la autoridad municipal frente a los desafíos del crimen organizado y acusan de complicidad con Los Templarios al gobierno estatal.

No todos los líderes muestran el mismo entusiasmo ni confianza en que “las autoridades” sean la salida. Hipólito es el gran promotor de la conversión legalista de las elites locales. Que su comunidad sea relativamente pobre respecto a sus vecinos y que él no sea un gran propietario juega un papel importante en esta apuesta. Él quiere que alguien más se encargue de la seguridad, pero ese alguien más no puede ser una milicia privada que obedezca a los más ricos y fuertes de la región, porque La Ruana y él quedarían nuevamente supeditados a un poder externo, ilegítimo e incontrolable. Hipólito además parece tener una vieja confianza o fe en las autoridades. Cuando el gobierno ya había nombrado a Alfredo Castillo como comisionado plenipotenciario en la zona, en una comida informal y después de oír a los líderes de las autodefensas explicarle por qué habían tomado las armas, Castillo le preguntó a Hipólito por qué si la situación que vivían era a tal punto intolerable tardaron tanto tiempo en hacer algo. Hipólito sonrió y le respondió: “Honestamente yo esperé años que el gobierno viniera e hiciera algo, pero ya que vi que no pasaba nada dije: ‘pues nos toca a nosotros’. Pero qué bueno que ya están aquí”. El 8 de febrero, cuando finalmente las autodefensas entraron a Apatzingán, mientras se ponía el chaleco a prueba de balas, en medio de la excitación y el nerviosismo, le pedía a los que lo rodeaban que cualquier cosa la denunciaran con los ministerios públicos que iban a entrar con ellos.

—¿Y son confiables? —le preguntaban.

—Totalmente confiables —respondía.

Otros líderes no piensan igual. Pero la mayoría parece imaginar —porque no lo dicen abierta y claramente— que lo que puede cambiar la situación en la zona es una alianza entre ellos, las autodefensas, y el gobierno federal. Que su conocimiento de la región, su participación activa y vigilante, el poder económico que representan, el apoyo de la población que tienen, más la fuerza y los recursos de la federación, es la única posibilidad de construir una autoridad legal y legítima que le pueda hacer durable y exitosamente frente a los grupos criminales de la región.

De mayo a noviembre de 2013 las autodefensas se atrincheraron en sus municipios y continuaron con sus vidas. En Tepalcatepec, en Buenavista Tomatlán y en Coalcomán la gente se sentía segura pero no se atrevía a ir al centro administrativo y económico de la región: Apatzingán. Los enfermos tenían que ser trasladados a Guadalajara, a 260 kilómetros de distancia y a tres horas de camino. Gracias a la presencia de las fuerzas federales se restableció el abasto pero la actividad se retomó parcialmente. Se acumulaban los pagos incumplidos, las diligencias postergadas, los cobros pendientes.

Con las fuerzas federales se instaló una suerte de acuerdo tácito. Las autodefensas podrían andar armadas en sus comunidades y en las trincheras que cuidaban, pero no se toleraría que se desplazaran con ellas en caminos y carreteras. Se limitaron a hacer incursiones en rancherías y poblados cercanos, y nada más. Este acuerdo no estuvo exento de tensiones y hubo serios conatos de enfrentamiento. El más grave, a fines de junio, cuando los líderes de Coalcomán y su comitiva salían rumbo a Tepalcatepec para festejar su 136 aniversario como municipio libre y unos militares les marcaron el alto y los desarmaron. El rumor corrió en el pueblo de que los líderes, Misael y Felipe, habían sido detenidos. Una muchedumbre enardecida se fue al campo militar cercano donde supusieron que los tenían resguardados. Unos pilotos del Ejército que acababan de aterrizar fueron bajados por la fuerza de sus aparatos, empujados y desarmados en medio de gritos e insultos. Por prudencia, o por temor a ser linchados, los pilotos no dispararon y se evitó el derramamiento de sangre. El incidente terminó cuando Misael se presentó junto con un coronel aclarando que nunca había estado detenido. El enfrentamiento armado entre fuerzas federales y autodefensas se había evitado de milagro.

Los roces continuaron. El 26 de octubre las autodefensas pretendieron tomar por primera vez Apatzingán, pero el Ejército los detuvo a la entrada de la ciudad y sólo después de cinco horas de tensas negociaciones les permitió seguir pero sin armas. En camionetas y coches, tres mil personas entraron a la ciudad y recorrieron las avenidas principales tocando el claxon e invitando a la gente a que se les uniera. La toma simbólica terminó cuando ya en la plaza central les empezaron a disparar desde el campanario de la catedral, de lo alto de un hotel y desde el palacio municipal. La Policía Federal y el Ejército intervinieron y repelieron la agresión.

La situación no podía durar. El 16 de noviembre el equilibrio se rompió. Un contingente de 80 camionetas y alrededor de 700 hombres encabezados por el doctor Mireles avanzó hacia el norte para liberar Tancítaro, un municipio de 30 mil habitantes y máximo productor y exportador de aguacates del país. Dos kilómetros antes de llegar a Tancítaro los esperaba el Ejército. Ahí se registró un nuevo y tenso altercado verbal entre autodefensas y militares por la portación de armas. Los ánimos se caldearon cuando algunos fueron desarmados. A lo que respondieron hombres y mujeres de las autodefensas acostándose en la carretera para evitar que los militares se llevaran sus armas. Hubo intercambio de amenazas y gritos. Finalmente los militares les devolvieron sus armas pero no se les dejó seguir avanzando. Tancítaro se levantó ese día gracias a que desde la noche anterior un grupo de autodefensas de Tepalcatepec se había infiltrado en la ciudad para apoyar a las recién organizadas autodefensas de ese pueblo.

En Morelia el gobierno de Fausto Vallejo se manifestaba contrariado por estos avances y en México el procurador Murillo Karam aseguraba a la prensa que no se iban a tolerar más tomas de las autodefensas. Era un hecho, y ellos lo sabían, que su transformación de defensores de sus comunidades, a liberadores de toda la Tierra Caliente y sus alrededores, no iba a pasar desapercibida, ni sería bien recibida. Y entonces, ¿por qué hacerlo?

—Los pueblos te exigen, te piden, te escriben, te visitan —nos dijo Misael, de Coalcomán, en esos días—. La gente de Chinicuila nos exigió que entráramos con ellos a la semana de que nosotros nos habíamos levantado. Es como todo, la gente tiene mucha necesidad y a los pueblos les falta un buen líder que tenga decisión y que la gente los siga.

Para Mireles era una cuestión de ir a defender familiares y amigos. Hipólito, por su parte, estaba convencido de que no podían permanecer confinados en sus comunidades y que si esperaban a que el gobierno liberara la región de Los Caballeros Templarios pasarían años. Estanislao Beltrán, quien sucedió a Mireles como portavoz, luego del accidente de avión que éste sufrió los primeros días de enero, lo planteaba más estratégicamente como una forma de dificultarle a Los Templarios los desplazamientos y por lo tanto su capacidad de organización y de hacer daño.

A pesar de las advertencias del gobierno, en enero, las autodefensas siguieron avanzando. El 4 de enero entraron a la cabecera municipal de Parácuaro. La reacción de Los Templarios fue inmediata. En las carreteras grupos contrarios a las autodefensas bloquearon, con autobuses y camiones de carga que luego incendiaron, la carreta Cuatro Caminos-Apatzingán. Se suspendieron las corridas entre Apatzingán y Morelia. Los niños no regresaron a clases. El viernes 10 las autodefensas entraron a Antúnez y en respuesta Los Templarios provocaron un incendio en la presidencia municipal y quemaron negocios en Apatzingán. Esa noche, a dos kilómetros de Antúnez, Los Templarios obligaron a varios automovilistas, entre ellos a Miriam y a Antonio Mandujano de Punto de Partida, a que cruzaran sus vehículos en la carretera y les entregaran las llaves. Los mantuvieron retenidos durante horas amenazándolos con quemar los coches. Se vivía el caos en la zona y la ausencia del Estado era notable. Periodistas de todo el mundo reportaban los hechos desde una situación de enorme inseguridad. La gente en la zona se informaba a través de las redes sociales. El domingo 12 las autodefensas entraron en Múgica. Parecía inminente un choque violento entre autodefensas y Templarios con población civil de por medio.

Paralelamente, en la ciudad de México el secretario de Gobernación aceptaba en una entrevista que el gobierno estaba en pláticas con las autodefensas y que la Policía Federal protegía al doctor Mireles en el hospital donde se recuperaba de las heridas que había sufrido en el accidente de avión.

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¿Dónde estaba el Estado? La pregunta ya no se la hacían sólo los habitantes de Tierra Caliente sino de todo el país. En los periódicos se multiplicaron los editoriales que exigían la intervención del Estado, y que se aclarara cuál era la relación del gobierno con esos grupos. ¿Por qué no se les había detenido dado que portaban armas de uso exclusivo del Ejército? ¿Por qué el gobierno protegía a un alzado? ¿Cómo podía un grupo de civiles armados desplazarse en Michoacán sin que se les pusiera un alto?

En medio de estos señalamientos, el gobierno de Enrique Peña Nieto, que venía negociando con los líderes de las autodefensas, dio un giro en su posición y el lunes 13 de enero, desde Morelia, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, responsabilizó a las autodefensas “por debilitar el Estado de derecho y por abonar en el terreno siempre arbitrario, inconstitucional y peligroso de la aplicación de la justicia por propia mano”, y los emplazó “a regresar a sus lugares de origen y reincorporarse a sus actividades cotidianas, en tanto las fuerzas federales, en coordinación con las autoridades estatales, se hacen cargo de la protección y seguridad de los habitantes de la Tierra Caliente”. El cambio de señal era claro: no más tolerancia. Esa misma noche, en Antúnez, tenencia de Parácuaro, un grupo de militares se encontró con autodefensas armados, trataron de desarmarlos, éstos se resistieron, la gente de la zona se metió, forcejearon, pero ahora sí un soldado disparó, un hombre cayó y le respondieron. El saldo, tres muertos.

La presión de los días previos al discurso de Osorio en Morelia fue intensa y muy crítica por la tolerancia  del gobierno hacia las autodefensas. Venía de columnistas en los periódicos que manifestaban sus opiniones  y también de quienes se hacían eco de las discrepancias al interior del gobierno respecto a la actitud que éste debía asumir frente a los grupos de civiles armados. Tres eran las posiciones que se manifestaron con más fuerza: la que urgía al gobierno a actuar contra las autodefensas porque, independientemente de su origen y objetivo, violaban la ley al portar armas; la que descartaba que las autodefensas pudieran ser un movimiento genuino, es decir, no vinculado con criminales, y la que veía en estos grupos a paramilitares organizados y auspiciados por las propias autoridades que buscaban así enfrentar sin los estorbos de la ley a grupos criminales.

Las autodefensas siguieron avanzando. Y la ambigüedad del gobierno se agudizó: mientras en el terreno los toleraba y colaboraba con ellos, desde algunas dependencias oficiales se filtraba información para demostrar que los autodefensas eran criminales embozados. La ficha policiaca de Mireles que evidenciaba que había sido encarcelado en los años noventa por tráfico de drogas fue generosamente distribuida, y en privado algunos altos funcionarios aseguraban que los vínculos de las autodefensas con el Cártel de Jalisco eran incontestables. ¿A qué jugaba entonces el gobierno?

A los líderes de las autodefensas les empezó a preocupar también cada vez más que malosos se les hubieran infiltrado. En cierto momento, lo dieron por hecho.

—Que sea el gobierno que deslinde quienes sí y quienes no —insistía Hipólito.

Muchos templarios se unieron a las autodefensas, la mayoría punteros —informantes de los criminales—, jóvenes sin jerarquía dentro de la organización. Pero en corto algunos líderes temían que otros comandantes de las autodefensas, con el afán de avanzar más rápido, estuvieran aceptando la colaboración de células importantes de Los Caballeros Templarios que traían pleito con La Tuta.

Es cierto que dentro de los rangos de las autodefensas hay delincuentes. Lo crucial es ¿si las autodefensas son simplemente la cara presentable de un grupo criminal? Por lo que hemos visto, parece poco probable que un cártel haya logrado provocar el levantamiento, y si fue así, no cabe duda que en algún momento perdió el control. Resulta muy arriesgado para quien busca delinquir en la zona, levantar a los pueblos, pedir el auxilio del Estado y provocar una presencia masiva de fuerzas federales.

La pregunta más preocupante es qué tan arriba están los delincuentes dentro de la estructura jerárquica de las autodefensas y qué peso tienen en las decisiones que toman. Eso lo sabremos con el tiempo.

Hoy las autodefensas no son el pequeño grupo que se armó hace un año en La Ruana y Tepalcatepec. Son cientos, miles de personas armadas.1 Y bajo esa misma denominación conviven grupos con objetivos y orígenes muy distintos: ciudadanos cansados de los atropellos, productores en búsqueda de orden, oportunistas de toda índole, delincuentes con agendas múltiples.

Por lo pronto siguen contenidos. Al momento en que escribo esto hemos sido testigos de que incurren en actividades ilegales, pero no en actos criminales. Sí portan armas largas, sí han retenido a personas de forma ilegal y sí reciben aportaciones de los productores de las zonas que liberan, pero no conocemos casos en los que hayan matado o torturado a los templarios que detienen, ni hemos podido documentar que estén obligando a nadie a que les den contribuciones.

La línea es muy delgada y la pueden cruzar en cualquier momento.

Y si su origen no es criminal, ¿podríamos, como dicen muchos en la prensa, estar frente a grupos creados y organizados por el poder político?

La relación de las autoridades con las autodefensas ciertamente ha sido muy ambigua: tolerados la mayor parte del tiempo, con conatos de enfrentamientos esporádicos y con más de 90 encarcelados.

Lo que sí está documentado es que las autodefensas contaron, desde el inicio, con apoyo de mandos militares apostados en la zona.

Hipólito cuenta que estando a unos días del levantamiento decidió citarse con un militar de alto rango de la zona de Apatzingán. Sus amigos y familiares trataron de disuadirlo temiendo que el militar lo entregara a Los Caballeros Templarios. Aun así, fue. El militar lo citó en un Kentucky Fried Chicken de la ciudad y lo recibió vestido de civil. Hipólito le dijo lo que pensaban hacer y le pidió que el viernes previo al levantamiento mandara un destacamento a La Ruana y lo dejara ahí hasta el domingo. Un rondín de rutina, pero en el momento adecuado. Hipólito sabía que la presencia de los militares obligaría a Los Templarios a replegarse y le daría la posibilidad de organizar el evento en la plaza. El militar —dice Hipólito— le prometió ahí mismo, sin consultarlo con nadie, que lo haría. Y lo cumplió. A cambio pidió, que pasara lo que pasara, Hipólito nunca revelaría su identidad.

Algo similar pasó en Tepalcatepec. Un patrullaje oportuno facilitó la rebelión de los mil 400 ganaderos que ese día estaban reunidos en la Ganadera para elegir a su nuevo consejo directivo y de vigilancia.

La relación parecía depender del coronel que estuviera al frente de los destacamentos. En Coalcomán la relación siempre fue muy tensa. —Ese coronel no entiende —se quejaba Misael.

En La Ruana había una buena relación y sin embrago el 7 de marzo el Ejército detuvo a 34 autodefensas. A dos les iniciaron proceso por vínculos con el crimen organizado y a los otros 32 por portación de armas de uso exclusivo del Ejército. La hermana de uno de los cortadores de limón detenidos, sorprendida, le dijo a Cecilia Reynoso días después de que se los llevaran:

—Los soldados aquí estaban y los estaban apoyando, hasta los estaban entrenando, diciéndoles que hicieran esto y que hicieran lo otro.

A la fecha estos vecinos de La Ruana siguen encarcelados y son el motivo de mayor fricción entre las autodefensas y el gobierno.

Todo parece indicar que el apoyo de los mandos y soldados presentes en la zona fue a iniciativa propia y no siguiendo órdenes superiores. Las contradicciones entre unos y otros así parecen indicarlo.

¿Y qué decir de la Policía Federal? Todos los testimonios concuerdan en que si Tancítaro se unió al levantamiento el 16 de noviembre, a pesar de que el Ejército detuvo dos kilometros antes a los hombres del doctor Mireles, fue porque un grupo de autodefensas se infiltraron una noche antes en la ciudad ocultos en camionetas de la Policía Federal. Algo similar ocurrió con los párrocos de la zona. El padre Gregorio López, vicario parroquial en Apatzingán, se unió sin reservas con las autodefensas y acabó oficiando misa con un chaleco a prueba de balas. Otros, como Andrés Larios, vicario en Coalcomán, siempre se lamentó de que no fueran las autoridades las que se hicieran cargo de la seguridad. Él tuvo que irse seis meses de la zona porque cuando se levantó La Ruana repartió despensas entre las autodefensas. Otros, como el párroco de Tepalcatepec, simplemente se lamentaban de la división que existía en su comunidad.

—¿Cómo ir ahorita a celebrar la eucaristía de las 12? Es lo lamentable que estás como una madre que tiene dos hijos que están peleados y tienes que ir a buscar a la autoridad para poner orden.

Los sacerdotes tampoco parecían seguir la directriz clara de ninguna autoridad eclesiástica.

Hay cierta dosis de nostalgia en quienes imaginan que el Estado fue capaz de idear, operar y controlar en la práctica un levantamiento popular de la magnitud de las autodefensas de Tierra Caliente. Si el Estado mexicano actual tuviera esa capacidad: la presencia, las redes y los liderazgos locales que se necesitan para llevar a cabo una empresa de esa envergadura, el levantamiento no hubiera ocurrido sencillamente porque el orden habría estado garantizado por esa misma estructura. De lo que hemos sido testigos en Tierra Caliente es de la debilidad del Estado mexicano, no de su omnipotente fuerza y perversidad. Y el mayor peligro, sin duda, es que pierda, no que gane.

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El 13 de enero el gobierno emplazó a las autodefensas a desarmarse y por la noche murieron tres en Antúnez. En horas, el gobierno rectificó.2

El miércoles 15 el presidente Peña Nieto nombró a Alfredo Castillo comisionado para la paz y el desarrollo integral de Michoacán. El secretario de Gobernación le pidió “reconstruir las relaciones entre la sociedad y el gobierno”. El 27 de enero los gobiernos federal y estatal firmaron con las autodefensas un acuerdo para integrarlos a la vida legal e institucional. El esfuerzo se centró en combatir a Los Caballeros Templarios, generar confianza, inyectar recursos, cooptar liderazgos e ir progresivamente desarmando a las autodefensas.

El gobierno tenía muy pocas opciones a principios de enero. Tratar de desarmar a las autodefensas era impracticable. La cantidad de gente armada con la que cuentan y el apoyo que tienen en las poblaciones de la zona garantizaba un baño de sangre. Dejarlos avanzar sin ponerles un límite no sólo era una confesión de debilidad inaceptable, sino una apuesta que desembocaría inevitablemente en batallas sangrientas entre grupos de civiles armados.

El gobierno tenía enfrente un grupo que no buscaba combatirlo, que contaba con el respaldo de la población, que combatía con éxito a los delincuentes y que decía buscar el restablecimiento del orden y las instituciones en la región. Optó por tomarles la palabra. Decidió pactar con ellos, más allá de su identidad y pureza, porque planteaban un proyecto aceptable e incluso deseable. Una opción muy arriesgada, pero realista.

Los riesgos son incontables. Cada día que pasa aumenta la posibilidad de que un grupito de autodefensas use sus armas y su poder para robar y matar. La urgencia por uniformar a algunos y desarmar a otros es acuciante. Quienes dejaron de lado su actividad productiva para integrarse a las autodefensas deben poder regresar a ella lo más pronto posible porque el temor de que las autodefensas se conviertan en policías privadas de los productores locales es fundado. Hoy es difícil decir que lo son porque no participan por dinero. Sí reciben pequeñas cantidades pero hay mística entre quienes hacen guardias en las trincheras o los que pasan el día preparando comida para llevárselas. Ser autodefensa significó, durante muchos meses, tener miedo, malpasarse, no dormir. Aún así se les veía entusiastas. Pero cada día que pasa la probabilidad que estos jóvenes armados en lugar de regresar a cortar limón o a ser vaqueros en los ranchos ganaderos de Tepalcatepec se acostumbren a andar armados y se renten como policías privados, es mayor. Las armas dan poder y estatus. Si se vuelve su modus vivendi, si alguien les ofrece dinero para que sigan armados, y el Estado no logra antes reclutarlos en las guardias rurales o en las policías locales, estamos seguramente en el inicio de una nueva escalada de violencia en la región.

La cultura en la zona no ayuda. Tierra Caliente es un territorio que ha vivido sin ley. Fuera de unos cuantos, la gente no piensa en términos de ley, gobierno o Estado. Los valores son los de una sociedad que no confía en papeles ni documentos. A la gente se le juzga no porque cumplió con la ley o porque nunca ha ido a la cárcel sino porque tiene palabra. Haber tenido problemas con las autoridades no es razón para ser rechazado ni constituye un estigma. Cuando a Hipólito le cuestionaron sobre el pasado de Juan José Farías El Abuelo —que fue presentado en un periódico como capo del narcotráfico— respondió simplemente diciendo:

—Es un hombre de palabra.

Esa descripción le pareció el respaldo más grande que podía darle. Y cuando el comisionado Alfredo Castillo se reunió con los líderes para llegar a un acuerdo y les pidió unos días para afinar la redacción, ellos le aseguraron que no hacía falta el escrito, les bastaba con su palabra.

El peor enemigo que el gobierno tiene en Michoacán es el tiempo que pasa. Mientras intenta reclutar y uniformar a algunos, en Tancítaro los dueños de las huertas de aguacate están pensando en formar una policía comunitaria mantenida por ellos. Jesús Bucio, aguacatero y presidente del consejo de autodefensas de Tancítaro le dijo a Miriam Moreno:

—Estamos muy unidos y en la junta local [decidimos que] todos los productores vamos a aportar 900 pesos por hectárea pero para poner una seguridad que nos cuide a nivel municipio. Tenemos que ocupar personal que se prepare para tener una policía comunitaria que sea de aquí del pueblo, pero policía de confianza porque aquí teníamos una policía pero que trabajaba para ellos. Hacemos la cuenta de unos 90 policías y pensamos pagarles a cada policía tres mil pesos por semana.

El pasado 24 de febrero las autodefensas festejaron un año de su levantamiento e hicieron un balance muy positivo. Ya no pagan extorsiones, se sienten liberados, ganan más —“el trabajo que hacemos está rindiendo un poco más para vivir un poco mejor”—, el precio del limón está en 18 pesos el kilo y a los cortadores que se les pagaban 15 pesos por cubeta ahora están recibiendo entre 20 y 40 pesos. Juanita Reyes, líder de las autodefensas, lo resumió muy bien en su discurso frente a la plaza repleta en Tepalcatepec:

—Hemos logrado lo que pedíamos a gritos, que el gobierno volteara su atención a estos lugares de Tierra Caliente olvidados por años. Ahora, gracias a las autodefensas, Michoacán es prioridad nacional.

A Hipólito le pregunté dónde se imagina estar dentro de un año.

—Trabajando en la huerta de limón o en el panteón.

—¿Cómo que en el panteón, Hipólito?

—Hay muchos problemas que ni siquiera puedo platicarles. Le pido a Dios que todo se nivele, que la gente entienda que necesitamos luchar para bien de todos, no para intereses propios. Ojalá se pueda, que los que estemos involucrados en este movimiento estemos trabajando en las huertas y que si se cansa uno se pueda acostar debajo de un árbol a descansar, dormirse, sin el miedo de que van a llegar a dar balazos o garrotazos. Ojalá vuelva a ser la vida como hace 20, 30 años.

Su respuesta refleja la incertidumbre que pesa sobre el destino del levantamiento. La moneda está en el aire. O se logra establecer en la región una autoridad legal, legítima y capaz de enfrentar a los grupos criminales o sólo estamos ante un nuevo reacomodo, seguramente muy violento, de los poderes fácticos locales.

7 de marzo de 2014

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Alcance: El martes 11 de marzo Hipólito Mora fue detenido, se le acusa de haber participado en el asesinato de Rafael Sánchez Moreno El Pollo y de José Luis Torres Castañeda, miembros de las autodefensas de Buenavista y con quien el grupo de Hipólito mantenía diferencias y rivalidades. A reserva de que se compruebe su responsabilidad, no deja de ser paradójico que el fundador de las autodefensas, principal promotor de la presencia de las fuerzas federales en la zona e interlocutor privilegiado del gobierno, haya sido el primer detenido entre los líderes de los grupos locales.

El lunes 10 de marzo recorrió La Ruana un coche azul invitando por perifoneo a una nueva junta en el jardín central. Los convocantes eran los que habían salido del pueblo el 24 de febrero de 2013 sin disparar un tiro. Pidieron perdón y que se les permitiera volver. Los resguardaban los hombres armados de Simón El Americano, líder de Buenavista y rival de Hipólito Mora. Hoy tienen el control de una comunidad, otra vez, sumida en el miedo.

Denise Maerker
Periodista. Es titular de los programas Atando Cabos y Punto de Partida.

Este artículo es el producto de un trabajo colectivo de más de un año en el que participó todo el equipo del programa Punto de Partida de Televisa, y muy en especial de las reporteras Cecilia Reynoso y Miriam Moreno y de los fotógrafos Adrián Tinoco, Víctor Olvera y Antonio Mandujano.


1 Es difícil determinar con precisión la cantidad pero hay datos que permiten hacerse una idea de la magnitud. Este es el reporte de inteligencia el 2 de marzo: “A las 11:40, los grupos de autodefensas mantienen 109 barricadas en 21 municipios en donde se detecta un total de 1,845 personas en 94 filtros, de los cuales en 26 se encuentran 1,440 autodefensas armados, en 38 no portan armas y 15 barricadas se encuentran solas”. Más los 200 hombres que se encontraban ese día en la Sierra buscando a un líder de Los Templarios, estaríamos ante un grupo máximo de 2,000 hombres y mujeres armados en un momento determinado.

Los líderes de las autodefensas hablan sin embrago de un movimiento de 15 mil personas. Pero las cifras no necesariamente son incompatibles. Sabemos que en La Ruana de forma permanente sólo son 149 los que andan armados pero que cuando se necesita pueden llegar a juntar hasta 500, aunque no todos armados.

2 Tres muertos en un día son muchos para el conflicto que ha vivido la zona. La cifra que dan las autodefensas en un año entre muertos en combate o civiles atacados es de 42. Parece elevada. En la prensa de mayo de 2013 a marzo de 2014 pudimos contar 17 muertos en enfrentamientos, incluyendo los tres de Antúnez. En La Ruana, que es la comunidad más golpeada, el sacerdote tiene registro de 16 muertos en el año por el movimiento.

 

14 comentarios en “Auxilio, ¿dónde está el Estado?

  1. No es gratuito el Premio Nacional de Periodismo otorgado a Denise Maerker quien, con la honestidad que le caracteriza, reconoció la importancia de su equipo de reporteros. Muy buen trabajo. Felicidades. Mi reconocimiento para esas mujeres y hombres que se armaron (de valor y equipo) para defenderse contra quienes los vejaron por tanto tiempo, aunque haya sido contra la ley.

  2. Excepcional trabajo y por mucho. No hay palabras para dimensionar el valor que tiene este trabajo colectivo en diferentes ámbitos. El texto, además, retoma y da coherencia a todas las piezas que se han ido dando a conocer en Punto de partida. Estoy convencido de que esto es de lo mejor que se ha visto en el periodismo mexicano en años. ¡Muchas felicidades!

  3. Creo que la mejor cronista del conflicto es la señora Dennise Maercker, la primera vez que escuche un relato sobre Michoacan fue cuando viajaba en auto por carretera a travez de su programa de radio, y asi continue escuchando… hago enfasis en esto porque los testimonios que en su momento parecen piezas sueltas cada vez hacen sentido cuando uno trata de entender el rompecabezas del conflicto, me sorprendio que despues de tanto tiempo nadie del gobierno en ese entonces le importara lo que estaba sucediendo, para un ciudadano comun y corriente con la suficiente informacion y buen juicio la cosas estan muy claras el gran problema de Mexico, es como lo plantea este reporte periodistico la incompetencia del gobierno practicamente en todo.

  4. Es lamentable que la participación del estado en la pacificación de Michoacán tenga actitudes erráticas, por años ha sido la omisión, los excesos y ante todo el desconocimiento absoluto del problema, parece que la intervención gubernamental solo sirve para exacervar los ánimos de los grupos armados y de la comunidad civil, mientras tanto vemos a poblaciones con la economía destrosada, la ausencia de un estado de derecho y a la población aterrorizada ante la posibilidad de ser victima de cualquier grupo “pacificador”.

  5. Excelente artículo, gracias Denise.- No sé que nos espera, lo cierto es que si no es por los grupos de autodefensa el gobierno federal aún estaría ignorándonos y el pueblo michoacano sometido a los malandros. Ya era necesario hacer algo y la voz de los autodefensas nos pusieron otra vez en el mapa pues antes no existíamos para el (des)gobierno de Peña. Ojalá las acciones del gobierno no sean solo llamarada de petate.

  6. Periodismo con obejtividad! Felicidades Denise por tan buen artículo!!
    Para Diana, estoy de acuerdo contigo pero la verdad es que desde hace muchas adminsitraciones no existiamos para ningun gobierno, por eso Michoacan esta como está. Saludos!

  7. Hace muchos años que sigo a Denise, la admiraba primero como analista, ahora como periodista. Muchas veces me pregunto que es lo que pasa por la mente de las personas que arriesgan su seguridad y su vida para llevar estas historias a gente que no conocen y que quizá nunca les de el reconocimiento que merecen. Mi admiración para Fátima Monterroso que aparece en muchos reportajes de Denise, a Cecilia Reynoso, Miriam Moreno, Antonio Mandujano, Alberto Tinoco y demás colaboradores.

  8. Mientras leo el reportaje hay algunas preguntas que se me ocurren ¿ y la inteligencia del Estado? de que sirvieron cientos de millones a la PFP y al Ejercito Mexicano (que también tiene su “inteligencia”). El Estado entra a las comunidades sin una estrategia más que el rifle en la mano, ¿donde queda una investigación y preparación anticipada?. El gobierno de Peña nieto me parece un poco más acertado, en vez de abrir otro frente de guerra contra las autodefenzas, prefiere hacer un cerco comun y luchar juntos, pero ¿ por que no hacer un solo ejercito y buscar mismos objetivos y metas? parece que son dos fuerzas que jalan para lados diferentes.
    ¿Y el gobierno del Estado de Michoacán? Totalmente ausente y sin ninguna participación, desaparición de poderes seria lo más justo para todos los michuacanos.

  9. Denise, nadie duda de la manera impecable de este trabajo de investigación periodístico, sin embargo lamentablemente para otras zonas importantes de Michoacán, solo estás encerrada en la zona de tierra caliente, te has olvidado por completo del puerto de Lázaro Cárdenas, este lugar representa el 35% del PIB de todo Michoacán, es un puerto industrial del que a corto plazo se convertirá en el puerto número uno de Latinoamérica, solo por darte algunos datos se puso en marcha recientemente la Aduana mas moderna en su tipo, cuenta con una mega terminal especializada de contenedores equipada con grúas únicas en México, y ya está en construcción otra terminal de la empresa Maersk (la naviera más grande del mundo), también construirán un astillero (único en su tipo), etc., En este puerto su ubica uno de los complejos siderúrgicos más grandes de México que pertenece a la multinacional Arcelormittal quien es la compañía más grande del mundo productora de acero y mineral de hierro. Su ubicación aquí no es casualidad, esta estratégicamente situada en el recinto portuario y todo esto desde luego que también llamó poderosamente la atención de los criminales quienes también querían formar parte del negocio, es decir de la exportación de mineral de hierro el cual es un recurso que se ha convertido muy redituable por la gran demanda en China. El gran o principal negocio de los templarios ya no eran los limoncitos o sus extorciones (que también no deja de ser negocio para ellos) sino que se dieron cuenta de que despojar de los legítimos concesionarios de minas su material para comercializarlo al lejano oriente, lo cual les estaba dejando cantidades millonarias, su principal fuente de ingresos. Estos criminales hicieron todo lo que tenían que hacer por supuesto para extraer o robar el mineral y exportarlo, asesinando, amenazando, cooptando aduanales, marinos, ejercito, federales para llevar a cabo su lucro ilegitimo, al final valía la pena comprar a todo el gobierno, incluso un director de Arcelormittal fue asesinado hace un año exactamente y nadie habla de ello, ni el gobierno, ni tampoco esos famosos periodistas que según denuncian lo que otros no lo hacen, en cambio periodistas del diario estadounidense Wall Stree Journall si se interesaron en el tema y denunciaron todos los agravios que se han cometido en este puerto, te repito Denise es tiempo de que los medios giren la mirada a Lázaro Cárdenas, Ningún medio se ha acercado aquí, porque? es muy extraño.

  10. No hay mejor forma de enteder el conflicto que se vive en esa zona de la republica, sino es por este excelente trabajo de investigación. Nos permite explorar en cada reglón la situación que viven día a día sus habitantes.. Gracias, compredí ahora mucho mejor, por que las detenciones, por que los grupos, por que el levantaniento social; y me deja mas en claro, por que la falta de intervención de las autoridades del Estado.

  11. Este reportaje me ha sido sumamente útil para comprender el caso Michoacán. Vivo en Sonora y me entristece y me ofende el saber que otro estado de la República vive una situación terrible para su gente. Los cárteles de narcos y sus consecuencias existen porque, desde siempre, el Estado Mexicano ha sido un estado fallido de la A a la Z, es un concepto que sólo existe en la vacua retórica gubernamental, año tras año, década tras década, del partido y del color que sean quienes estén a cargo del poder. Si el Estado de Derecho se respetara Michoacán no estaría sufriendo como lo ha hecho estos últimos años.
    Su reportaje me ha parecido útil para comprender, de alguna manera, lo que sucede en esa hermosa tierra de los limones y los aguacates. ¡Muchas felicidades, Sra. Maerker, para usted y su excelente equipo de colaboradores!

  12. QUE VALIENTE Y COMPLETA INVESTIGACION GRACIAS DENISSE POR EXPONER ANTE LOS OJOS DE LA CIUDADANIA PERO SOBRE TODO EL GOBIERNO LA REALIDAD DE LAS NECESIDADES EN SEGURIDAD QUE NECESITAMOS LOS MEXICANOS.
    ES INCREIBLE HASTA DONDE LA CORRUPCION REBASO A LA MISMA AUTORIDAD QUE INCLUSO YA NO SEAN RESPETADOS LOS POLITICOS QUE ACEPTARON HACER LA VISTA A UN LADO Y PERMITIRLES SU ACTIVIDAD CRIMINAL.
    DESGRACIADAMENTE ESO OCURRE EN TODO EL PAIS,OJALA PUDIERAN HACER UNA INVESTIGACION EN TAMAULIPAS PORQUE ES RIDICULA LA POSTURA DE LA SEGURIDAD EN EL ESTADO. DEBIDO A LA COMPLICIDAD ABIERTA DE LAS AUTORIDADES CON LA DELINCUENCIA..

  13. Excelente trabajo de Denise Maerker y demás personas que colaboraron para su realización. Muy lamentable el gran descuido del Estado mexicano en esa zona que propició esta entropía por tanto tiempo; y desde luego también muy criticable la acción del gobierno de Felipe Calderón que en lugar de disminuir el problema lo acrecentó, debido en gran medida a una carencia de estrategia. Maquiavelo decía en su trascendental obra literaria “El Príncipe” que en los problemas del Estado, cuando estos son detectados a tiempo es fácil de combatirlos; no así cuando el problema ha crecido. Y en este caso de Michoacán, el problema se dejó crecer de una forma desmesurada e inconcebible. Los motivos sean los que hayan sido, son injustificables. En un sistema político supuestamente democrático representativo no pueden suceder estos casos, porque si suceden como es el caso de México, estamos hablando de un sistema político falaz que sólo existe de manera retórica, pero muy alejado de ese importante marco. Las parcelas territoriales del Estado no pueden ni deben seguirse ampliando con la dolorosa denominación de fallidas; ya la debilitación de los Estados-nación es muy evidente por los aspectos económicos preponderantemente; o por el paradigma de alcance global imperante. Al menos el Estado debilitado debe cuidar a su sociedad, como mínimo rescate y vigencia de sí mismo.