La mesa está puesta, yo misma acomodé los platos, las copas, los cubiertos, las servilletas para los labios puros, resignada a formar parte del mundo verdadero, lo espero a cenar hace años, el deseo de cenar con él creció, fue ocu­pando mi pecho, pues tengo ahora ganas de gritar, ¿qué vas a cenar? En un momento sabrás el platillo principal de esta noche, perfumada desamparada solitaria palpitante, vestido negro, guante negro sólo en la mano izquierda, collar de perlas, mis almas se debaten dentro de mí y se arrastran atrás de mí como una cola peluda, voy hacia la ventana, miro a la calle, prendo un cigarro, fumo, Todo te está esperando, humo, cabello recogido, ando arrastrando en la cola mi corazón inconsciente, húmedo, suena el timbre, las ocho, abro la puerta, sus ojos marítimos son el cuerpo mostrando el espíritu, un espejo sorprendente y atrás de él un hombre, los dos embriagados de algo que no conozco, Traje un amigo, dice él, al cerrar la puerta siento que un cuchillo destaza mi cuerpo, aquel amigo detrás de él como sombra y salvación, un pedazo de mí en cada parte y yo tan desamparada, un gesto cualquiera, Me siento alejada, ellos beben whisky, parecen formar parte del mundo real, poco a poco sus cuerpos y sus rostros se iluminan para mí, pero todavía hay sombras, las nueve, cuerpos vivos y verdaderos de hombres, por qué trajo a alguien ¿me tendrá miedo? Sus palabras, sus sonrisas, sus miradas furtivas a las paredes de la casa, todo es tan intenso, un reflejo de la luna enciende el mar y lo vuelve de un negro hundido, ellos no quieren perderse mis detalles como si yo fuera la cazadora y ellos dos presas sumidas en el sofá, bellos y nerviosos, ahora embriagados de mí, las once, Eso es el mundo, eso soy yo, Me gusta mirar a través de la ventana de mí misma, Voy a ponerme un abrigo, ellos susurran en la sala, pero dejan de hablar cuando regreso, vencida, Siento frío en el cabello, Prendo un cigarrillo, medianoche, ellos miran el reloj, miran la mesa, los platos limpios tenedores dos copas dos de la mañana, dos copas hembras borrachas de vino del cuerpo de la mujer, ellos se van creyendo que no hubo cena, olvidé decirles que la cena era yo.


(Incluido en: Paula Parisot (compiladora), La invención de la realidad. Antología de cuentos brasileños, traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo, Cal y arena, México, D.F., 2013.)

Ana Miranda (Ceará, 1951), es novelista y poeta. Realiza un trabajo de redescubrimiento, valoración y diálogo con las obras y autores de la tradición literaria brasileña. Su obra, integrada por más de veinte libros, ha sido objeto de estu­dios académicos, tesis y monografías, generalmente ligadas a temas como las relaciones entre literatura e historia, el barroco y el romanticismo brasileños, y la posmodernidad. Ha recibido premios como el Jabuti, el de la Academia Brasileira de Letras, y la Sereia de Ouro. Su obra Boca do Inferno fue incluida en el canon de las cien novelas más importantes de la lengua portuguesa del siglo XX. También es autora de las novelas A última quimera, Desmundo, Amrik, Dias & Dias, Yuxin.


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La invención de la realidad incluye cuentos de Marçal Aquino, João Anzanello Carrascoza, João Paulo Cuenca, Rubens Figueiredo, Rubem Fonseca, Milton Hatoum, Michel Laub, Patricia Melo, Ana Miranda, Cíntia Moscovich, João Gilberto Noll, João Ubaldo Ribeiro, Luiz Ruffato, Deonísio da Silva, Veronica Stigger, Lygia Fagundes Telles, Cristovão Tezza, Dalton Trevisan, Elvira Vigna, Joca Reiners Terron y Adriana Lisboa.


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