Más constante que el ángel de la guarda de la infancia, mi casa de entonces aún viene conmigo a todas partes. No he vuelto a verla sino por fuera, desde el día que la dejamos en una jornada sobre la cual mi hermano Carlos filmó un corto al que llamó “La partida de la nostalgia”. Él y los demás se divirtieron haciéndolo. Yo aparecí un segundo y luego me escondí a llorar toda la mañana. Tenía veintidós años, no crean ustedes que estaban destetando a una criatura sin habla. Era sólo que me quedé muda un tiempo y que no volví a cantar como entonces. Ni a escribir. Quizás sirvió la desventura. Hay en todo lo que toco un dejo de nostalgia que matiza la euforia a la que soy propensa, como los perros cuando nos ven volver de la calle. Y los matices siempre le dan textura a la tela en que tramamos las emociones.
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Pero no estaba yo en mí sino en mi casa, y no en mi casa sino en la que cada quien guarda como un artilugio en su memoria. Hablo de la mía, sabiendo que cada cual evocará la suya.

En realidad mi casa era una calle y mi calle, los domingos, llegaba a una cabaña frente a un lago. Nuestra casa era rentada, pero mi mamá la vestía y la pintaba como si hubiera pagado hasta el último de los ladrillos. Nunca se habló de llamar a la dueña si algo se descomponía, ni si una pared necesitaba resanarse. Todo arreglo venía de la pasión con que mi madre cuidaba los muros que nos cuidaban. No imagino mejor arrendataria. Por eso nunca pensamos que la casa podía no ser nuestra. Vivimos ahí veinte años. Tenía cuatro recámaras, en permanente ebullición. Dos hijas en un cuarto, tres hijos en dos, y un costurero que al tiempo era estudio. O al revés. En la semana mi mamá ponía ahí la tejedora y la ropa recién zurcida, el domingo mi papá abría la caja de su máquina para escribir, sacaba el pequeño artefacto que imagino cargó desde Italia y lo ponía sobre el escritorio como quien saca de su cofre un anillo de compromiso. Sentado en la misma silla que usaba la costurera, los miércoles, yo ahora mismo, y mi mamá muchas tardes, él escribía una columna sobre automóviles que firmaba don Temístocles Salvatierra, un supuesto telegrafista viejo cuya amistad con alguien llamado el Mísero Vendecoches, lo llevaba a contar el modo en que lo veía vivir y lidiar con la venta de autos pequeños de la que sacaba para la renta, la comida y el buen pasar de su familia. Don Temístocles era un viejo sabio y compasivo, el Vendecoches llevaba la vida con humor y melancolía. El recuento de sus conversaciones lo escribía mi padre como si redactara un telegrama. Tenía muchos lectores, le pagaban cien pesos. Ningún quehacer disfrutó más que ése. Ya he contado que era muy conversador, pero nada parrandero, nada desvelado, gran fumador. ¿Cómo no iba a morirse a los cincuenta y ocho?, digo como decimos tantas veces. Eso sí: le gustaba su casa. Aunque le tenía terror al cambio. Suponemos que la guerra, en la que todo era distinto cada día, en la que un techo podía desaparecer de golpe, una iglesia volverse polvo, una pared con cuadros volar en pedazos, lo dejó receloso. Como si cualquier movimiento de las cosas pudiera traer el ruido que harían al desplomarse. En cambio a su mujer, que hubiera querido viajar, descubrir, ver mundos diferentes, la divertía ir cambiando las cosas y los muebles como quien palia con ese juego sus ganas de volar. Ahora mismo la recuerdo detenida en la sala, mirando el orden de unas repisas con la concentración de quien observa por un telescopio. “Ya las vas a cambiar”, decía mi padre. Y en efecto, las repisas subían la escalera y terminaban en un cuarto de arriba. En su lugar bajaba un librero, o un sillón y dos cuadros. Había una pared en el vestíbulo de abajo sobre la que reinaba el óleo de un pastor con sus ovejas, bajo él estaba el mueble del tocadiscos. Un día eso ya no le gustó a mi madre y cuando cambió el tapiz de unas sillas se llevó el cuadro al comedor. Pero no movió el espejo. ¿Qué habrá sido del espejo? ¿Y de una lámpara de cristal con forma de pera? Hace poco mi hermana se encontró los muebles del comedor en casa de una prima nuestra. Lo había hecho el célebre ebanista Erasmo y era de marquetería, pero ella lo vendió para suplirlo con uno de pino tosco cuando —así lo decía— “nos cambió el gusto”. Se deshizo de lo que parecía europeo y se mudó al colonial mexicano. Pero eso fue después. Ahora hablo de la casa en la Quince Sur. Había que entrar subiendo una escalerita que daba a la calle y junto a la que crecía un colorín. La puerta era de fierro con cristales detrás. De lejos recuerdo unos sillones azules que fueron cambiando con los tiempos. Lo que estuvo ahí siempre fue un sillón individual, redondito, al que todavía uno entra como a un vientre acogedor. Ahora lo tapizaron para que saliera en la película de Catalina y quedó como nuevo. “Las horas contigo” se llamará la peli, y ahí han de verse algunas de las cosas que un día estuvieron en la Quince. Hubo también un biombo de tres hojas que tirábamos a cada rato. Estaba entre el vestíbulo y la entrada a la cocina. Siempre había algún hermano corriendo cerca. No sé cómo sobrevivió porque todavía lo recuerdo en el departamento de México. Las camas de nosotros tenían unas cabeceras que mi mamá copió de una revista y que nunca han dejado de ser actuales. Modas van y vienen, pero las cabeceras se ven intactas. En la rifa, tras el naufragio que traen siempre las pérdidas, le tocaron a mi hermana, lo mismo que un tocador que yo había sacado del sótano de mi abuela cuando cumplí doce años. Ahora veo uno idéntico en el palacio de las hermanas Crowly y sólo entiendo que mi abuela lo haya movido de su habitación cambiándolo por unos muebles de líneas duras —propios de los años cincuenta—, porque deseaba que los tiempos no la dejaran atrás. Lo fugitivo permanece, es el título de una antología de cuentos y es cómo hay que nombrar al cuento de antología que cabe en ese mueble rescatado porque era hermoso como no fueron los roperos cuadrados que lo suplirían.

Los abuelos vivieron siempre a una calle de nosotros, y la tía Alicia, con sus hijos, a una ventana, y la tía Maicha con los suyos a dos calles, y mi amiga Elena a calle y media y el colegio a cinco, y el parque enfrente al colegio. Tres esquinas más allá la iglesia de Santiago y el hospital del Sagrado Corazón, a veinte metros de ahí la panadería Lili, en la esquina de junto la carnicería y en la contraesquina “El gato Negro”, una pulquería en la que parte del barrio pobre perdía el juicio presidido por el nevero, que a las seis de la tarde terminaba su jornada y dejaba en la puerta su carro de madera verde, aventado hasta la medianoche. El mundo en siete calles. ¿Cómo cabían ahí tantas cosas y cómo caben en mí? Cerca del centro de todas, “La Estrella”, una miscelánea que estaba casi tan cerca de mi casa como está hoy mi cocina de la puerta que se abre hacia la calle. En diez pasos llegábamos a pedir un vaso de chiles en vinagre por veinte centavos, un hielito hecho con agua de refresco por lo que llamábamos una Josefita, la moneda de cinco centavos con la que también podía uno comprar dos chicles, o tres caramelos de anís. Don Silviano se llamaba el hombre de cejas gruesas que atendía el mostrador. Y al nombrarlo recuerdo a don Policarpo, el dueño de la tlapalería, un lugar al borde del abismo, que nunca vimos. Ahí se vendían cohetes, chinampinas, fulminantes, clavos, tachuelas y lijas. En la entrada había un tambo lleno de petróleo dejando al aire gozar su olor y sus riesgos. Nunca oí a nadie considerar peligroso, mucho menos prohibitivo, tener el combustible junto a la pólvora que cualquiera compraba en cuanto había algo que celebrar. Quién sabe cuántas bombas Molotov cabían en ese cuarto, ni cómo es que no estalló cualquier día, lo que he sabido después es que arriba le habían dado abrigo a un pintor excepcional de nombre José Márquez Figueroa que heredaría a esa familia los últimos cuadros que pintó. Yo tengo un Márquez. Cae la lluvia sobre un costado de la catedral. Es un tesoro. También ahí está mi casa. Toda, como el cuadro, dentro de mí cuando la quiero ver. Idéntica a sí misma como ya no será nunca. Como todavía es, cuando quiero mirarla.

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

15 comentarios en “Idéntica a sí misma

  1. Hermoso cuadro nos has dejado de la casa y del vecindario. U lujo la descrpcion, tan vivida y real, que parece que una hubiera andado por esos rumbos.

  2. Coincido con Marion, pareciera que uno anduvo por esos lares en ese tiempo. Un detalle curioso, en Buenos Aires existe un local llamado “El gato negro” que vende especias, café y té. Ahora es también un café, donde uno puede pasar y tomar el desayuno, la colación o la merienda, pero en sus orígenes, fue el único lugar que exportaba especias para su comercio en la ciudad.

  3. Han pasado cuarenta años y sigues, como los caracoles, con tu casa y con todos los recuerdos.
    Te leí con verdadero placer, y terminé con tristeza.
    Besos

  4. Para hacer salsa borracha y otros platillos busqué en el directorio telefónico dónde encontrar una pulquería. No hay. Se extinguieron.

    Gracias Ángeles… Precioso. Me encantó.

  5. Ángeles querida, cada vez que te leo encuentro más cosas en común. Esos personajes y lugares que describes con tanta maestría y sensibilidad ¡me son tan familiares! Nací y viví mis primeros años muy, pero muy cerca de allí, en la quince sur mil quinientos tres antes que anduviéramos trotando por otros rincones del país debido a las actividades de mi padre en aquella época. Pero regresábamos al Barrio de Santiago en vacaciones para visitar a mi abuela que siguió viviendo por allí hasta su muerte. Me hiciste recordar a la tiendita de la esquina de don Silviano, al hombre de las nieves con su carrito de madela (y su pata, también), las deliciosas conchas de la panadería Lilí frente a la parroquia de Santiago y de la pulquería… pues esa no, porque no sabía que existía. Una y mil veces, gracias por los recuerdos.

  6. Mi admirada Angeles: leerte es reencontrarme. Repasar mis sentimientos en tus palabras. Recordar olores y sabores, dolores y nostalgias. Sin conocerte, veo tu alma. Sin tocarte, me conmueves. Tu voz se oye a pesar del tiempo y la distancia. Eres espejo y molde. Eres tú y yo y todas las mujeres.

  7. Querida Angeles tu remembranza la relaciono con mi casa de Santa Maria la Ribera esquina con la calle de Alzate era una privada de 8 casitas alineadas a cada lado de la privada la mía era el numero 4 de la privada de la calle marcada con el numero 107 de Santa Maria.Era de Dos pisos abajo a la entrada había un pequeño vestíbulo y a la derecha la puerta de la sala y unos metros mas la puerta del comedor que por cierto sala y comedor adentro no tenían mas separación que un marco vacío sin separación.En el halla que así le llamaban al pie de la escalera estaba un austero librero con obras de Emilio Salgari y de Julio Verne con las obras completas en impresión rústica.Subiendo la escalera en el descanso había una vidriera muy grande y afuera se veía sa subida a la azotea una escalera de metal.Eran tres recamaras y al centro un baño con tina y boyler de leña.Ahi cada mañana nos teníamos que bañar calentando el boyler que solo duraba para un baño.La recamara del fondo del lado derecho la recamara de mis padres con su ropero y un tocador con un espejo donde se peinaba mi madre.Al lado la recamara de mi hermana y del otro lado dormíamos apilados en dos literas de metal mis tres hermanos y yo. En la noche era un martirio para mi hermano Pepe y yo que éramos los mas pequeños y el cuarto despedía un vapor nocturno producto de la digestión de la cena de cada noche de frijoles con arroz y bolillos.LVG

  8. Por poco y vivo yo en esa casa, porque hace unos pocos años que decidí venirme a estudiar a Puebla de tus Ángeles, vivía (no se si viva aún ahí) en esa casa que describes y recuerdas una familia que me ofreció pensión. Cuando ellos me dijeron que habías vivido ahí, supe que tenía que quedarme. “Vivir donde vivió mi autora favorita”. Mil emociones. Más inspiraciones. Muchas posibilidades. Pocos pasos hacia la universidad. Mi madre y mi destino pensaron diferente. Pero cómo me gusta imaginar qué hubiera sido de mí viviendo donde viviste. Un gusto leerte, como lo ha sido para mí desde siempre, desde hace más de diez años que te encontré en el librero de una tía y me robé “Mal de amores”. Todo en Puebla.

  9. al leerte siento como si estuviera ahí: hace tantos años, hace muchos kilómetros. A pesar de tener mucha vida fuera de mi país, de mi ciudad, te leo y es como si fuera niña de nuevo, en mi distrito federal de nuevo. Hasta puedo sentir los olores, y por supuesto reconocer las luces y las sombras de nuestra (hermosa, muy hermosa, inolvidable) ciudad.

  10. Espero otro libro tuyo, no escuches a quien, con esto y con aquello, te detiene, el que tienes cerca solo escribe, tu eres escritora. Ese precioso mundo interior que rodos llevamos, hoy tu si puedes y sabes hacerlo salir. Mañaña…