Uno de los hilos que recorre la obra de Elena Poniatowska es el propósito de hacer visibles a las mujeres como protagonistas centrales de la historia del siglo XX. La escritora elige, en lo fundamental, a dos tipos de personajes: por un lado, se interesa en creadoras del mundo artístico y cultural —como lo es ella misma desde que se inició en el periodismo cultural, bajo la égida de Fernando Benítez— y, por el otro, se acerca a mujeres de clases sociales subalternas o ajenas al mundo de las letras. Entre éstas destaca la memorable Jesusa Palancares, protagonista de Hasta no verte Jesús mío (1969); Rosario Ibarra de Piedra, quien entró al escenario político al encabezar el movimiento para encontrar y liberar a desaparecidos y presos políticos y que aparece en una de las poderosas crónicas de Fuerte es el silencio (1980) y Evangelina Corona, trabajadora de la costura que se convirtió en dirigente sindical de su gremio a raíz de los sismos de año de 1985, en la ciudad de México, cuya historia se recoge en Nada, nadie. Las voces del temblor (1988).

Figuran entre las primeras la surrealista Leonora Carrington, a quien Poniatowska dedica una de sus obras más recientes; la pintora rusa inmigrada a México que protagoniza la novela epistolar Querido Diego, te abraza Quiela, (1978), inspirada en las memorias de Angelina Beloff; y la fotógrafa Tina Modotti. También hay que mencionar en este conjunto a Elena Garro, Pita Amor y Nellie Campobello, entre otras personalidades abordadas en el libro Las siete cabritas (2000). Tales relatos y ensayos se nutren del impulso feminista de la segunda ola  que propició la revaloración de escritoras y artistas de épocas pasadas cuando todavía prevalecía un ambiente intelectual francamente androcéntrico, que sólo por excepción acogía a mujeres, y solía poner en duda su capacidad para producir grandes obras del pensamiento o de arte. En Sobre cultura femenina (2005, FCE), un ensayo filosófico de juventud, Rosario Castellanos aludía a ese entorno misógino cuando afirmaba –un poco en broma, un poco en serio–, que las mujeres intelectuales y artistas de eran percibidas en México como  una rareza, seres excéntricos que podrían despertar curiosidad, pero no eran objeto un aprecio genuino. La primera en salir de ese desdén fue Frida Kahlo, quien se transformó en un ícono de autodeterminación, rebeldía y transgresión sexual de las mujeres. Paradójicamente, su relato biográfico se desenvuelve en clave de tragedia. Lo mismo ocurre con las narraciones de Elena Poniatowska, que si bien se apoyan y refuerzan discursos de género convencionales, en los que el sufrimiento y la locura son una seña de identidad de las creadoras y artistas, también rebatieron en forma contundente los relatos históricos androcéntricos, al mostrar que las  mujeres son sujetos históricos capaces de hacer contribuciones significativas a la sociedad y que son poseedoras de historias interesantes, dignas de contarse debido a que agregan una dimensión propia, un ángulo distinto que por su relevancia no merece reducirse a las notas al pie o a un capítulo secundario de la historia del arte y la cultura mexicana.

Del segundo conjunto de personajes sobresale Jesusa Palancares, protagonista de Hasta no verte Jesús mío, una recreación ficcionalizada de la vida de Josefina Bojórquez, nacida con el siglo en Miahuatlán, Oaxaca y quien fue parte de las legiones de migrantes que se asentaron en la capital del país en los años de crecimiento económico, urbanización y  modernización del periodo conocido como “milagro mexicano”.  La experiencia no tuvo nada de milagrosa para quienes llegaron a la capital en busca de mejores condiciones de vida y la mancha urbana fue empujando a una periferia de la ciudad cada vez más alejada del centro y de los beneficios de la urbanización: colonias sin agua entubada y pavimentar, ubicadas en asentamientos irregulares y a enormes distancias de las fuentes de trabajo.

Hasta no verte Jesús mío, publicada por primera vez en 1969, fue una de las pocas obras que en esos años expresaban el punto de vista de mujeres pertenecientes a las clases subalternas. El relato estaba, desde luego, mediado por la mirada de la escritora que inventó y agregó elementos a la historia personal y recreó sus expresiones. Otro de los escasos documentos que en esa época expresó el punto de vista de una mujer pobre es el de Consuelo, una de las hijas de Sánchez, que redactó su autobiografía en el marco de la investigación etnográfica del antropólogo estadounidense Oscar Lewis.

La vida de Jesusa/Josefina se caracteriza por el abuso y la violencia cotidiana que refrenda la autoridad masculina y por tener oportunidades de trabajo más reducidas y menos remuneradas que las accesibles a los hombres. El relato de Poniatowska establece cómo las posibilidades del personaje están moldeadas por un orden de género y,  por lo tanto, su experiencia no es asimilable a la masculina. Como soldadera, Bojorquez/Palancares había participado en el Ejército Constitucionalista, incorporándose  a la Revolución mexicana por razones circunstanciales y no por convicciones ideológicas que, por cierto nunca albergó.

Los hijos de Sánchez (1961) de Oscar Lewis fue un antecedente de Hasta no verte Jesús mío. La polémica obra fue reeditada recientemente con motivo de su cincuentenario por el Fondo de Cultura Económica, en una edición conmemorativa con un prólogo de Claudio Lomnitz, quien revalora su dimensión etnográfica.

La investigación de Lewis tenía el propósito de dar cuenta de la forma de vida de la gente pobre en las grandes ciudades. Se sustentó en muchas sesiones de entrevistas con los miembros de la familia Sánchez. Las horas y horas de grabación fueron trasladadas al papel por transcriptores, un gesto que acercó a la oralidad a la materialidad del lenguaje escrito. Según Ricardo Piglia, el uso de la grabadora representó un giro en la transmisión de la expresión oral, lo que imprimió nuevas modalidades en la escritura y abrió el camino para el periodismo de investigación.

Poniatowska trabajó como editora de las transcripciones efectuadas para otra de las obras de Lewis: Pedro Martínez, la vida de un campesino de Tepoztlán. En sus propias palabras, ella se ocupó de “limpiar esos relatos de la hojarasca”. Fue así como se familiarizó con las posibilidades de la grabadora  como un medio que le permitió fijar el lenguaje verbal de la gente pobre y se entrenó en el difícil oficio de corregir versiones escritas del flujo oral. La experiencia la animó a grabar las entrevistas semanales que le hizo a Josefina Bojórquez y transcribirlas, recreando la forma de hablar del personaje, sus expresiones y giros lingüísticos. Logró una escritura que, al hacer gala de una notable puntuación, producía el efecto de recoger, casi literalmente, las expresiones de Josefina Bojórquez y de otros mexicanismos que la escritora conocía y que amalgamó en la voz de Jesusa Palancares, que se nos presenta como auténtica.

No es que Poniatowska le diera voz a Bojorquez, sino que la organizó sobre el papel, imprimiendo el orden y la coherencia que no tiene el lenguaje oral al colocar los puntos y la comas en los lugares precisos. Con ello nos convenció de que en Jesusa Palancares escuchábamos la voz genuina de las mujeres pobres, siempre despreciada.

Poniatowska conoció a Josefina Bojórquez en 1964, cuando la antigua soldadera era ya una mujer mayor que se ganaba la vida como lavandera y prestando servicios de limpieza y daba sentido a la vida y a la muerte a través de las creencias espiritistas a las que era afecta. Arisca y decidida, el personaje de Jesusa Palancares no hace concesiones al extendido y duradero mito de la Adelita revolucionaria. Poniatowska elude la prevaleciente noción de las soldaderas concebidas como mujeres jóvenes y bonitas; sexualmente disponibles y aguerridas, pero también sumisas, y que sólo existieron en la imaginación tanto de los reconocidos escritores de novelas como en la de los autores anónimos de corridos. Por el contrario –y en eso radica su fuerza–, el personaje construido por Poniatowska luce su independencia de carácter, su empecinamiento y capacidad para defenderse y salir adelante frente la adversidad. Como negación de la mítica Adelita, Poniatowska abunda en los rasgos masculinos de Palancares, que vestía de pantalones para tener una apariencia de varón y  aseguraba que actuando y presentándose como hombres las mujeres tendrían libertad y serían más felices.

La polémica en torno a Los hijos de Sánchez  y, en particular, la reacción en contra de la así llamada “cultura de la pobreza” advirtió a Poniatowska del riesgo de escribir una historia de vida desde abajo, que pudiera leerse como una obra inscrita en el esquema teórico de la cultura de la pobreza que intentaba explicar (sin conseguirlo) la reproducción de rasgos culturales e instituciones en condiciones de pobreza en poblaciones en tránsito del campo a la ciudad. De ahí la insistencia de la autora en mostrar a su personaje como una trabajadora empeñosa como pocas, que sólo se permitía un momento de descanso por las tardes para fumar un cigarrito y dejar claro que fueron las estructuras económicas del capitalismo y la expansión urbana lo que le impidieron mejorar su situación.

Al igual que la mayor parte de la población, Josefina Bojórquez condenaba al movimiento estudiantil del 68 y opinaba que el “alboroto” debería terminarse y los jóvenes dedicarse a estudiar. En este y en otros muchos puntos discrepaba con Poniatowska.  Después de todo, eran enormes las desigualdades entre sus respectivos mundos,  experiencias de vida y visiones políticas. Bojórquez había padecido guerras, hambre y desplazamientos forzados  Poniatowska, aunque nació en 1933 y su infancia transcurrió a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, tuvo una vida protegida y, ya en México se asimiló a la bonanza y el optimismo en que se formaron los baby-boomers, además de nutrirse de los vientos de la contracultura.

Sabemos que el lazo de amistad entre la escritora y la entrevistada perduró hasta el fallecimiento de Bojórquez en 1987. Desconocemos en cambio, cómo juzgo Bojórquez el  efecto que tuvo La noche de Tlateloco (1971) al colocar a Poniatowska en  la primera fila de la literatura y la crónica de denuncia. Al margen de las imprecisiones fácticas del ensayo coral, es innegable que el libro más conocido de Poniatowska, que ha formado a generaciones de lectores y militantes, seguirá siendo una lectura central en tanto que estableció la versión hasta ahora más influyente sobre los hechos del 68.

No es de extrañar que Poniatowska se empeñara en recoger las opiniones tanto de hombres como de mujeres activistas. De no ser por su afán de visiblilizar a las mujeres, habríamos olvidado a las participantes del movimiento estudiantil mexicano, cuya memoria ha encumbrado como héroes a sus dirigentes. No sabríamos de Margarita Nolasco, María Elena Martínez Medrano, ni de las únicas dos integrantes del Comité de Huelga: Ignacia Rodríguez, la Nacha ni Roberta Avendaño, la Tita, que a sus veinte años se hicieron de un lugar político en espacios tajantemente codificados como masculinos por la cultura.

El propósito logrado de hacer visibles a las mujeres como protagonistas con rostro y proyecto propios es una de las riquezas de la vasta obra de Elena Poniatowska y un faceta crucial para apreciar su contribución para producir recuentos literarios perdurables de la historia contemporánea.